Fe

No sé cuándo perdí la fe. Ni siquiera tengo claro haberla perdido del todo. No recuerdo un momento de epifanía o una decisión vital, un punto de inflexión, un cruce de caminos. Simplemente he estado pensando acerca del tema estos días. Sobre la fe y por qué la fe. Sobre la fe y para qué. Y que mejor la confianza. Intento explicarme.

La fe, por definición, está hecha de vacío. Construida sobre ausencias y desconocimiento, preñada de intenciones. Y poco más. Rellenamos los huecos que encontramos con lo que queremos, con lo que creemos merecer, esperamos encontrar o deseamos, simplemente. Abrazamos las grietas, las dudas, con la normal (incluso sana) esperanza de que allí se encuentre todo lo que no existe en las certezas. Requiere además, opino, de una inmensa autoestima: allá donde no hay nada, o nada que yo pueda aprehender, se encuentra justo lo que necesito. Lo que yo necesito. Lo que quiero y deseo. Lo que merezco. Yo.

No logro tener (¿recuperar?) fe. Y estoy prácticamente seguro de que es algo en lo que he invertido, consciente e inconscientemente, la mayor parte de mi vida. Pero como con tantas otras cosas, en vano.

Mucho mejor la confianza, ¿no creen? Si la fe encuentra su razón de ser en el vacío, en las grietas, en la utopía/distopía que ha de llegar, en las intenciones y esperanzas, en el yo; la confianza existe en los datos, las certezas, la realidad (que es gris, pero es), en la historia común. Pero principalmente la confianza existe en los demás, por los demás. Confiamos en los que conocemos, en lo que hemos podido tocar, en lo que está comprobado, en los especialistas. Qué prosaico todo. Qué bien. Si la fe es una nube, la más esponjosa que puedas imaginar, la confianza es una cama de metro cincuenta, colchón de viscolástica y nórdico de plumas. La fe te invita a saltar. La confianza evita que te caigas.

Y creo saber por qué he estado dándole vueltas a esto últimamente. Por la fe de los antivacunas y negacionistas varios en que algo hay en las rendijas, en las esquinas poco iluminadas, que es más importante que lo que podemos ver. Por su inquebrantable fe en que los datos engañan y el secreto habita en lo que no está. Por su espeluznante autoestima. Ellos son los elegidos, los que saben lo que no todos se atreven a saber. Yo, consciente o inconscientemente, he elegido confiar. En la abrumadora evidencia científica, en la gris realidad, en la labor de otros, que saben más que yo, en la colaboración y en no derrochar autoestima, que no estamos para dispendios y cada uno quiere su cachito.

Soy cobarde. Lo sé. Pero sigo vivo y los que me rodean también.

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