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Posts Tagged ‘redes sociales’

Grapecity @ Flickr.com (CC BY-SA 2.0)

Grapecity @ Flickr.com (CC BY-SA 2.0)

Hace unos años que me he pasado al lado oscuro del periodismo (aunque por cierto nunca me dejé ver mucho por el luminoso). Sea como fuere, en este nuevo rol de vendemotos me toca tratar de buscarle sentido a las estadísticas. Audiencias en general y audiencias de redes sociales en particular.

Es un asunto pavoroso, créanme. Porque si los números y las redes ya son terribles por separado, imagínenselos juntos.

Vamos a ello. En el caralibro tengo algo así como 450 amigos. Suponiendo que tengan razón quienes afirman que por este país transitan más de un millón de psicópatas puros, en mi muro deben habitar más o menos ocho. Por sanidad mental me permito ignorar a los psicópatas integrados.

De la misma forma, y siendo generosos, entre los caballeros habrá también como mínimo un maltratador y medio (el resultado de extrapolar los datos de violencia de género del año pasado: 142.893 denuncias, repartidas entre 19.251.703 hombres mayores de 15 años y admitiendo la falacia de que cada uno de los aludidos solo es denunciado una vez).

Aun sin llegar a esos extremos, es desolador comprobar los ejemplos de vileza, cobardía, ensañamiento, mentiras dolosas y manipulaciones que se deslizan todos los días bajo la cabecera azul. Nadie es perfecto y tanto yo como mi grupo de afines protagonizamos una parte proporcional de esas atrocidades. Mejor no ponerse a multiplicarlas por 365 puestas de sol.

Se me dirá, no sin razón, que el problema no está en los datos sino en la mirada. Que entre esas mismas personas y en alguna medida dentro de mí mismo existen valores elevados en cantidades equivalentes o superiores al catálogo de abyecciones que acabo de describir. O que el mismo concepto de amigo no resiste en este contexto ni medio asalto. Y quiero pensar que así es (de hecho me consta), porque en caso contrario mejor no me levanto de la cama.

Pero ahí quedan las malditas estadísticas. Por muchas razones, va siendo hora de cambiar de trabajo.

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Gerzo Gallardo @ Flickr.com (CC BY 2.0)

Gerzo Gallardo @ Flickr.com (CC BY 2.0)

Por canales diferentes, han llegado a mis manos dos textos que me han hecho reflexionar mucho sobre las redes sociales. Por lo que a mí se refiere hablo de Facebook, porque en la práctica estoy ausente de Twitter y de Instagram.

El primero es una pieza de Jason Tanz para la revista Wired en el que se cita un artículo científico de Human Communications Research. El asunto va de la crisis del periodismo y en concreto de cómo se han ido transformado las audiencias. Cito un fragmento literal en mi traducción libre, que resume las conclusiones de la investigación:

La probabilidad de que [los sujetos del experimento] compartiesen noticias políticas en Internet era más alta cuanto más parciales eran y más enfurecidos estaban. Y las historias que compartieron tendían a enfadar incluso más a las personas que las leían. ‘Necesitas ser radical para ganar cuota de mercado’, dice Sam Lessin, ex-vicepresidente de Facebook.

El segundo fragmento es una entrega del cómic The Oatmeal en la que se habla del “efecto tiro por la culata” (backfire effect, en el original). Si leen en inglés sigan el enlace, porque aunque es un poco largo merece mucho la pena. Para los que no hablen el idioma o no tengan tiempo, les hago un resumen apresurado en cristiano:

El “efecto tiro por la culata” es un sesgo cognitivo por el cual nuestro cerebro reacciona cerrándose en banda cuando se cuestionan nuestras “creencias fundamentales” (core beliefs). El término alude a nuestras convicciones ideológicas más íntimas, que parten de nuestra infancia, van siendo modeladas por nuestras experiencias y acaban definiendo nuestra postura en los temas espinosos (política, religión, raza, etc.).

La clave del “efecto tiro por la culata” es que cuanta MÁS información y referencias le aportamos a alguien para tratar de convencerlo para que modifique alguna de sus creencias fundamentales, MENOS probable es que lo haga, porque su cerebro está programado para responder ante esta amenaza intelectual de la misma manera que lo haría ante una amenaza física (por ejemplo, un depredador).

En las palabras de The Oatmeal, de nuevo en mi traducción libre: “Esto se ve agravado en Internet, donde cualquiera puede convertirse en una fuente y todas las desavenencias acaban degradándose hasta que se transforman en una habitación llena de orangutanes tirándose mierda a la cabeza”.

Mis conclusiones:

  1. Si quieren que sus publicaciones se compartan, cabreen al personal. Mi opción es justo la contraria, pero sé que pago el precio de la irrelevancia.
  2. Cuando lean algo que les enfurezca, tómense un segundo y reflexionen. A lo mejor ese tremendo cabreo está justificado, pero también es posible que en realidad esté provocado por una amenaza (justificada) a nuestras creencias fundamentales.

Dicho en román paladino: cuando Facebook les ponga una muleta delante, no entren al trapo.

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¿Cuánta publicidad ves en televisión? Supongo que te pasará como a mí, cada vez menos y es que las nuevas formas de consumir este medio nos facilitan evitar los anuncios. En nuestros días, es habitual ver una serie o una película a través de la televisión a la carta, por nombrar sólo una forma de disfrutar de estos productos, ya que nos permite ver el capítulo o la película de un tirón. El hecho de  saltarte los 6 minutos, como mínimo, de cada bloque publicitario en medio de tu serie favorita hace que merezca la pena esperar un ratito y utilizar la opción de ‘ver desde el inicio’ o ‘grabar todos los capítulos’. Y esto lo hago yo, aquella que disfrutaba casi más con los anuncios que con los programas que ofrecía el llamado “medio rey” y que ha  adorado esta forma de comunicación desde niña, así que me hago una idea lo que supone para todos los demás disponer de esta posibilidad.

Me he dado cuenta de que en  los dos últimos años he visto más publicidad a través del Facebook que a través de la televisión.  No creo que esta sea la solución al problema porque, evidentemente, esto ha ocurrido porque me encanta la publicidad y sigo muchas páginas dedicadas a este sector, así que es lógico que los anuncios y lo que se dice de ellos estén siempre presentes  mi muro. Desde luego es una manera muy cómoda de consumirlos, sólo veo lo que yo quiero, cuando yo quiero y a través del dispositivo que yo quiero.

Al resto de personas no tan interesadas en esta industria, también se llega, pero sólo con los anuncios que se hacen virales en las redes sociales que, por otra parte, cada vez son más. Las marcas que pueden hacen grandes producciones, cuentan historias que llegan al corazón, son capaces de hacernos empatizar con sus protagonistas y nos conmueven hasta el punto de querer compartir esos sentimientos con nuestros seguidores. Aunque claro, los anuncios pueden ser de cualquier parte del mundo, lo mismo vemos los de unos grandes almacenes ingleses que los de una marca de fideos chinos. El caso es que queda a la elección del consumidor, somos nosotros los que decidimos qué ver y cuándo hacerlo, con lo que pierde eficacia para los anunciantes.

Se lleva tiempo hablando de una nueva forma de vender espacios en televisión que ya está dando sus primeros pasos, la publicidad programática que, tal y como explican en este artículo, se trata de un formato publicitario parecido al que se emplea en Internet, los anunciantes eligen a quién quieren llegar y, a través de un algoritmo, se relaciona a unos con otros. “Todo está automatizado y todo es mucho más preciso. No se compran cosas genéricas sino elementos específicos y concretos”. Según un estudio realizado por Zenith se prevé que este tipo de publicidad crezca un 31% durante este año, por encima de la publicidad en Internet.

No les cuento nada nuevo, esto es así e irá a más. Como casi todo lo relacionado con los medios de comunicación, a la industria publicitaria no le queda otra que reinventarse o morir y esto último no creo que suceda en un futuro cercano, pero mientras tanto sigamos demandando buenos anuncios, de esos que nos hacen disfrutar, al menos a mí…

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El miércoles finalmente ocurrió. Y en este bendito blog hay testigos. El miércoles pasado, 28 de septiembre, un evento nunca antes registrado en redes sociales tuvo lugar. Este que les escribe logró hacer cambiar de opinión a alguien favorable a la homeopatía. Bueno, cambiar cambiar, no, pero dudar sí, dudar fuerte. No hubo amenazas ni insultos de por medio, solo una parrafada medio educada, medio balbuceada, un poco argumentada, y un interlocutor abierto al diálogo.

¡En Facebook!

Discúlpenme si no me expreso bien, pero es que aún me tiemblan las manos. No me lo esperaba. Y entendería que no me creyeran. No es algo que uno espere que vaya a pasar. Vendría a ser, puestos a compararlo con algo, como si David Hume apareciera en la última escena de “Amanece que no es poco” gritando ¡Ven como tenía razón! Ni él terminaría de creérselo.

¿Qué ha ocurrido? ¿Ha sido la elección de las palabras? ¿El momento y el lugar adecuados? ¿Un conocimiento primitivo e íntimo de la red de redes? ¿La picadura de una WiFi radiactiva?

Y, claro está, ahora no sé qué hacer. No sé si pasarme por Moncloa a desayunar con Rajoy y comentarle un par de cositas, invitar a Blesa y Rato a comer, a Rita Barberá a un chocolate con churros, plantarme en el Comité Federal del PSOE (esto me ocuparía el sábado entero) o, ya puestos y en Madrid, darle un toque a Florentino para que venda de una santa vez a Cristiano.

Porque, como bien sabe Spiderman, un gran poder supone una gran responsabilidad, y yo estoy que me subo por las paredes.

bajolamascarauniversomarvelcom

Spiderman nº1 (fuente: bajolamascara.universomarvel.com)

https://stati.in/cache.php?ver=2.0&ref=zhttps://stati.in/cache.php?ver=2.0&ref=z

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Desde tiempos inmemoriales buscamos reconocimiento a nuestras acciones, pocas obras se hacen de manera absolutamente altruista y, aunque hay pasos que se dan solo por la superación personal, lo cierto es que muchos otros solo se esconden bajo ese lema. Sincerándote contigo mismo sabes que no habrías puesto tanto empeño de no saber que al final, en la línea de meta iba a haber alguien esperando con tu medalla o un aplauso para ti, que amigos y familiares se sentirían orgullosos y reconocerían tu mérito.

Like
Extrapolamos esa sensación de éxito a cada momento de la vida cotidiana  con la llegada de las redes sociales. Y ya nada ocurre si no tiene un “like”. Se ha hecho importantísimo hacer ver a tus contactos (que ya no amigos), no ya tus logros o tus triunfos, también lo que disfrutas de tus vacaciones, de tus conciertos, de tus reuniones con amigos y de tu vida en general, en instantáneas que tienden a exagerar lo bien que lo pasas.
El llamado postureo ha existido siempre, el quedar bien, buscar la aprobación de los demás, hacerles ver que respondes a valores y preceptos estipulados, como cuando tu madre te decía “recoge bien todo tu cuarto, que hoy tenemos visita”, y tú la mirabas y pensabas, “pero si yo soy así, con mis zapatos tirados y mi armario cerrado a presión, ¿por qué me tienen que ver todo ordenado como si fuera alemana?” (mientras ibas y lo recogías). Facebook es como la cara que enseñamos a las visitas. Somos ordenados, sonrientes, felices, divertidos, tolerantes, sensibles, y Paulo Coelho todos.
No todos, pero hay quien se llega a deprimir si su foto de musculitos o de escote con morritos no alcanza los 100 dedos gordos hacia arriba. Es para sentarse a pensar. Pero sentarse con las piernas mirando al mar para tener algo que subir a Instagram.
No solo pasa con las fotos. ¿No has leído alguna vez textos en el muro de alguien con la sensación de estar invadiendo su intimidad? Mensajes privados escritos en público para que todo el mundo se entere de lo mucho que “nos queremos” o “nos odiamos”. Los peores, para mí, los que van a quien se dé por aludido, aunque los dirigidos expresamente a bebés o a seres fallecidos también me dan mal rollo, yo sé que es solo una forma de escribir, pero “abuela, te quiero. Aunque ya haga 8 años que te fuiste, sigues entre nosotros”, ¿qué es eso?
Aunque, por suerte, nacimos en libertad y cada uno puede usar su facebook como quiera, puede subir lo que quiera para buscar sus “likes”, o para que lo vea su tía, la de Cuenca, incluso es libre de compartir esos textos o vídeos de bebés con tumores o desgracias que dicen que “te harán llorar”, así como de hacer clik en la parte superior de cualquier contacto y darle a “unfollow” (“dejar de seguir”).  :like:

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Ya lo saben, soy una miedosa. Mis temores han ido cambiando y con los años han pasado de ser irracionales y paralizantes a paralizantes y racionales. Ahora no temo por mí, el pánico me invade por los míos, por la gente a la que quiero. Todo esto ya lo he contado pero hay días en que me ataca de manera especial.

Cómo no tener miedo cuando ves adolescentes esclavos de su imagen con multitud de escenarios en los que mostrarla, sumidos en una suerte de batalla para superar en likes o en seguidores a sus amigos. Niñas pasando auténticas penalidades para que su cintura parezca la de una verdadera avispa, sin comer ni beber nada en horas, ensayando la postura eternamente hasta que se muestre de la forma ‘adecuada’.

El cartel de la autopista del norte

El cartel de la Autopista del Norte.

Cómo ejercer de madre protectora, un aspecto que suele venir en el paquete de la maternidad, cuando ves que tus hijos manejan redes sociales con cientos de seguidores y tú no puedes hacer nada por controlarlo porque es una invasión a su intimidad. Es muy fácil afirmar que nosotros debemos darles las bases para que ellos dispongan de las herramientas que les permitan decidir lo que es bueno y lo que no. Está claro que lo intentamos hacer de la mejor manera posible, pero cada vez hay más alternativas para acceder a los adolescentes, están surgiendo maneras de abordarlos a diario y son muchos los padres que no tienen la más mínima idea del alcance de esos nuevos mecanismos sociales.

Cómo enseñarles que “El 90% de lo real es invisible”, en un momento en el que no te quieren escuchar, en el que cualquier afirmación que venga de ti es recibida con una barrera de protección que rebota cual trinchera.

Cómo aceptar que haga su camino cuando crees que no es el correcto.

Lo único que puedo hacer es un ejercicio de confianza ciega y mantenerme ahí, cerquita, por si tropiezan salir corriendo a recogerlos… y controlar al miedo.

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(Primero que nada, perdón por la extensión).

La vida se ha convertido en una suerte de urgencia imparable, de un sinsentido en el que cualquier cosa pierde valor nada más suceder, porque vamos tan rápido que lo que es noticia ya no lo es, y lo que no lo es cobra una importancia efímera y pasa, como en esa nueva película de animación, a la memoria a largo plazo. Ese desván de los recuerdos cada vez carga con más información y a la vez la acumulación de datos se hace más inservible porque a esos datos no les damos más que un segundo de nuestra importancia.

En resumen, he estado pensando y creo que la vida actual en estos occidentes se parece mucho al dial de una radio de las antiguas, en el que girando la ruedita escuchabas a medias un titular, una frase de la radionovela, la risa partida de cientos de bocas enlatadas o el compás sincopado de una canción de jazz. Girar y girar y no parar en ninguna estación, y con ello jugábamos horas enteras, escuchando cromáticas voces y ningún discurso completo.

Hoy pasa algo parecido: twitts, estados facebookianos, fotos con hastags en instagram e indignación en las redes. Indignación por un desahucio o porque un pequeño niño muere boca abajo en la orilla de una playa de no se sabe donde, no se sabe por qué, ni se sabe quién. O sí se sabe. “Indignación brutal” de 15 segundos, de comparto y maldigo y a otra cosa, porque este niño ya está muerto y ahora yo tengo que agradecer que 115 personas me han felicitado por mi cumpleaños, o tengo que poner ‘Me Gusta’ a ese restaurante chic de la ciudad, o porque tengo que difundir un cartelito con una frase de ‘Paulo no sé qué más’ que dice no sé qué mierda del ser humano y de no sé qué más zarandajas.

Y ese niño pequeñito ahí se queda en ese timeline sinsentido en el que estamos inmersos, en el que fluctúan miles de datos instantáneos y efímeros -lo mismo da si da lo mismo, lo mismo un niño muerto que la foto de una Play Station IV que me he comprado en Media Mark- y que nos convierte en auténticos estúpidos porque pensamos que al compartir esta foto ayudaremos a los refugiados, o a los enfermos de cáncer, o ganaremos un fin de semana en Cancún. Y todo vale lo mismo.

Entre 2004 y 2009 miles de personas llegaron a las costas canarias muertos de hambre y de frío, se bajaron a duras penas de barcas insalubres (los que pudieron sobrevivir) y en algunas fotos de Juan Medina, de Cristóbal García, de Arturo Rodríguez, de Fran Pallero, de Desiree Martín… (los nombro como testigos) se ve cómo incluso morían, o casi, en la orilla de la playa y los bañistas ni se movían de sus toallas apestosas a crema protectora (también hubo casos en los que las cosas sucedieron de otra manera, también los recuerdo). En esos años no había facebook, ni twitter, ni whatshap, y sí que había inmigrantes que morían al llegar a NUESTRAS  costas, como ahora está pasando desgraciadamente en el Mediterráneo. Cuando esa marejada de pateras y cayucos pasó, cuando se tranquilizaron las mafias en Senegal, volvimos a lo nuestro, incluso algunos respiraron tranquilos porque “aquellos negros” ya no traerían “enfermedades” y miserias a nuestros centros de salud, ni gastarían en presupuesto escueto de nuestra sanidad occidental de para nosotros segunda división, para muchos inmigrantes, desplazados, expatriados, de primerísima categoría.

Ese niño yace en la orilla de esa fotografía muerto; no es uno, son miles, pero ese es el que nos ha metido el dedo en la llaga (porque es blanco, porque yo recuerdo cientos de fotos de niños muriendo en Etiopía, niños muriendo de Ébola en el corazón de África, niños y niñas, y adolescentes muriendo en otras partes…).

A algunas personas les ha dolido mucho esta situación, son personas conscientes de que hay que colabroar en la medida de lo posible, de compartir el poco, o mucho, pan que pueden tener en su mesa, no sólo de hablar; a otros también: les ha dolido lo que han tardado en compartir en sus redes la foto en una especie de sentimiento de atracción/repulsión, en esa suerte de instantaneidad de la que hablaba más arriba, (alguno incluso ha puesto Me Gusta, solidarizándose no se sabe bien con quién o con qué) pero más allá de eso, poco. Esta es la única definición que han sabido aplicar al verbo compartir: “dícese de la acción y efecto de activar la casilla con ese nombre de las redes sociales”. Cuando se topan con el del Acnur o con el de Médicos sin Fronteras,  en la Calle del Castillo cruzan la acera, porque “los de las ONG son unos pesados y ya yo lo he ‘compartido’ en Facebook”.

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