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Archive for the ‘Actualidad y reflexiones’ Category

“Por favor, por el bien del país, usa un método anticonceptivo”– Cartel promocionando la planificación familiar o política de control de la población en los suburbios de Nanchang (Dean Jiujiang Xian), provincia de Jiangxi.

Estimada descendencia que no tendré:

El otro día leí que, para frenar el cambio climático, una de las medidas individuales que podíamos poner en práctica era disminuir o, así a lo bestia, no tener descendencia. Pues vaya asco de solución…

Yo, que no tengo descendencia, empecé a pensar en lo triste que debe ser que hasta en eso te controlen. Pensé en China y en su política de hijo único, vigente hasta hace tan solo dos años y que provocó verdaderas atrocidades. Pensé en las culturas en las que nacer niña es una desgracia. Pensé también en todas esas parejas que desean fervientemente tener hijos y no pueden. En la última polémica generada con el tema de la maternidad subrogada (menuda mierda de eufemismo para decir vientre de alquiler). Total: que estuve dándole vueltas al tema. Pese a no tener descendencia, me preocupan el presente y el futuro de la infancia, de la gente joven que empieza a vivir, las oportunidades que nuestra sociedad le dará a quienes tomarán decisiones en unos pocos años.

Nunca he tenido que preocuparme por esos aspectos de la vida cotidiana que acucian a muchas de las parejas que conozco: que si la guardería, que si se ponen malitas, que si a qué colegio los mandamos, que si los deberes, que si la rebeldía, que si no llega el dinero, que si castigo sí-castigo no, que si no come nada, que si… Y así las 24 horas, desde que nacen hasta que nos morimos nosotros (que es lo esperado y deseable). Veo crecer a los hijos e hijas de mis colegas y se me llena el pecho de orgullo. Qué duro es y qué bien están saliendo del paso.

Pero a ti, a vosotros, a esa descendencia que no tendré solo le pido que estudie. Sonará simplón, pero en una época en la que los jóvenes ven que no se respeta la dignidad de los trabajadores (que ni siendo alguien experto en física de partículas ni periodista ni trabajando en la restauración ni siendo médico se respeta nada ni tienes un futuro garantizado en tu país), en esta época sigo pensando que el conocimiento te proporciona los pilares fundamentales sobre los que crecer para mejorar este mundo. Me puedo equivocar. Pero al fin y al cabo esto es solo una carta a alguien que no existe. A los que sí existís, no desistáis: estudiad. Aprended. Y, sobre todo, aprended de todo lo que estamos haciendo mal. Para que nadie os tenga que decir cuántos hijos podéis o no tener.

 

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En mis brevísimos minutos de respiro vespertino de los domingos, mientras las fieras corrupias duermen la nano siesta, me topé con este artículo que firma en El País Cecilia Jan: “Acabemos con el timo del tiempo de calidad con los hijos”. Una está en esa etapa en que le ronda cierta frustración cuando se cuestiona si estará educando correctamente a sus hijas, con lo que este artículo, en el fondo, me transmitió algo de tranquilidad. Sí, todos queremos estar más tiempo con nuestros niños, sobre todo si se portan bien -añado-, y muchas veces siento que no soy más que un ente presente, a modo de antigua mesa camilla, postrada en un sofá cuando no estoy en el trabajo y que mi interacción con las golfiantas no es la que desearía, básicamente porque una no da ya más de sí.

Me saltan a la cabeza esas imágenes de padres y madres entregadísimos en su inmenso tiempo libre con sus hijos, haciendo castillos perfectos en la playa, dibujando auténticos Van Gogh con acuarelas, elaborando la masa para hornear unas galletas hiper cuquis, paseando por el parque relajados mientras sus vástagos se divierten… Luego me hago mi propia retrospectiva maternal y veo castillos semiderruidos porque la arena de la playa que usaste no estaba lo suficientemente seca, la clase de pintar se ciñe a dos flores mal trazadas en un pedazo de papel, al horno ni te acercas todavía y el parque te queda algo lejos.

Yo nunca paso del segundo piso sin que un tsunami provocado por las golfiantas destruya lo construido. Foto: http://www.sumedico.com

En su artículo, Cecilia Jan, que se define como bloguera maternal con carné de familia numerosa en su perfil de Twitter, habla de “timo” cuando se refiere a esos padres y madres que orgullosos piensan que ese rato con sus hijos, por pequeño que sea, es de más calidad que el que otros podamos darle a los nuestros, simplemente estando a su lado porque el espíritu no te da para más. Y va más allá: considera que esta estrategia del tiempo de calidad interesa sobre todo al sistema productivo en que vivimos. Está claro que en España este sistema difiere muy mucho del concepto que se tiene de la maternidad y la paternidad de países del norte de Europa.

Comenta Jan lo siguiente:

Hagas lo que hagas, des tiempo de calidad o cantidad, es una trampa para los padres, siempre con la sensación de que no llegan. Pero lo pagan sobre todo los hijos, no solo cuando son niños, sino también de adolescentes. Porque necesitan tiempo, a secas. Atención, pero también presencia, alguien que les haga caso, pero también una figura que esté ahí para cuando lo necesiten. Acabemos con el tiempo de calidad y luchemos por ganar tiempo, sin calificativos.

En esta etapa en que cada día me cuestiono si lo hago bien, si los berrinches de golfianta 1 se deben aplacar como lo hago, si quizá me “esté cogiendo la camella”, como diría mi abuela, y me toree en el futuro, si los rezos a la Meca en protesta por decirle “eso, no” de golfianta 2 los puedo reinterpretar como una acción multicultural o, simplemente, si de verdad no hay por ahí, aunque sea descatalogado, ese manual para educar bien a un hijo… es cuando me digo para mis adentros “¡mi madre, chiquita embarcada la mía!”.

En fin, que a veces pienso que debería ensayar mejores trazos en la libreta donde se pinta.

−¿Dónde se pinta, niñas?, pregunto en plan maestra correctora de Radio Ecca.

−Allí, responden orgullosas mientras señalan la pared.

− ;-(

 

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CON UN CERO

Con todo se puede hacer algo.

Hasta con un cero

– que parece que no vale nada – :

se puede hacer la Tierra,

una rueda,

una manzana,

una luna,

una sandía,

una avellana.

Con dos ceros

se pueden hacer unas gafas.

Con tres ceros,

se puede escribir:

yo os quiero.

 

El libro loco. De todo un poco” fue el primer libro que recuerdo haber recibido como regalo. Yo tenía 5 años recién cumplidos y acababa de terminar Preescolar (hoy en día con esa edad ya has hecho un grado medio en plastilina por lo menos). El libro me lo regaló mi profesora, la señorita Maricarmen. Todos en clase estábamos enamorados de la señorita Maricarmen. Muy enamorados. Enamorados fuerte. Y solo nos permitimos traicionarla un poco cuando enfermó unos días y vino a sustituirla su hermana, la señorita Marilourdes. El enamoramiento continuó unos años más, cuando, ya niños mayores, nos hacíamos los encontradizos en el pasillo o el patio para poder saludarla. Luego, ya se sabe: la vida, el olvido.

Son demasiados impactos como para que el libro pasara desapercibido. O quizá no hubiera sido necesario tanto amor y tanta primera vez para que Gloria Fuertes pasara a formar parte de mi vida. Me huelo que habría bastado con Kaperucito Conká, los Tres Pingüinos, el Mono del Zoo y todos los poemas, las historias, que un día memoricé y que ahora solo recuerdo con dificultad y Google. Ese libro me lo supe hasta por las manos. No sé dónde andará mi “El libro loco. De todo un poco”. Y no quiero buscarlo. Porque buscando las cosas a veces uno se da cuenta de que las ha perdido.

La semana que viene Gloria Fuertes habría cumplido cien años. Y solo ahora he sabido (gracias Naima) que fue una pionera: feminista, lesbiana, roja, poetisa, innovadora, pacifista, ecologista, moderna. Todas esas cosas en un tiempo en el que solo una de ellas ya era suficiente para amargarle a uno la vida. Habiéndome enterado tan tarde no voy a ser yo el que la homenajee (además, Javier Marías me da miedo). Pero está clarísimo que sí que tengo que darle muchas más de cien gracias. Porque con una mínima parte de todo el talento que atesoraba, con un libro loco, y de todo nada más que un poco, me arregló la vida.

 

LOS TRES PINGÜINOS

Eran tres pingüinos

que se llamaban

Pin, Güi y No.

Pin quería a Güi

y Güi quería a No,

por eso el pobre Pin

estaba siempre so(lo).

Lo único que Pin

conseguía de No

era que siempre No

le hablara sobre Güi.

Se cansó el pobre Pin

de tal desolación

y se marchó por fin,

del Polo Sur al Polo Nor.

Y ya solo en el Polo,

el pingüino Pin

se pasaba los días

escribiendo a Güi.

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Hace calor y no llegan a ser las nueve. Cojones, así no hay quien aguante. Anoche cuando llegué se oían los grillos, el ruido del coche sobre la grava los calló un rato pero luego volvieron a estremecer el silencio de la noche. Eran las dos, y así hasta esta mañana. Sin parar. Malditos bichos. 

– Buenos días Alberto, ¿como está? Hace mucho calor, la cama me resultó hasta desagradable. No dormí casi nada. Póngame un café, por favor. No, tostadas no quiero. Un café solo y corto. Sí, azúcar.

– Buenos días, don Miguel. Enseguida. Ya tiene preparado en el saloncito el rifle nuevo, la munición está la canana.

– Gracias, me termino el café y ahora salgo. Hoy va a ser un día duro, por el calor, digo.

– Sí, llegaremos a los cuarenta y largos. Pero valdrá la pena, hoy será un buen día, caerá alguna presa buena.

– Seguro, voy a subir a la habitación. Gracias por el café.

 

 

Maldito calor, la camisa recién lavada y ya está marcada. No soporto el chaleco. No corre aire. Y ahora la llave no abre la puerta. Ya está. ¿Dónde habrá dejado este inútil la munición? Ah, está aquí, junto al rifle nuevo. Está impecable, qué madera más bella. Y qué sonido del cerrojo. Anoche los grillos, esta mañana las chicharras. Ya está bien, coño. Verás ahora si se callan o no.

Se quitó el calcetín, apoyó el cañón sobre el pecho, metió el dedo gordo y pisó fuerte.

El estruendo apagó, como el ruido del coche la noche anterior, el canto de las cigarras. Un par de minutos. Luego siguieron cantando, al sol.

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El anuncio por parte de Arturo Pérez-Reverte, a través de su cuenta de Twitter, de que la Real Academia de la Lengua Española va a aceptar la utilización común de “iros” en lugar del más correcto “idos” ha sido la última polémica en el uso de nuestra lengua castellana, no exenta de ellas. Muchos llevamos algún tiempo comportándonos como auténticos talibanes de la lengua, mostrándonos más inflexibles que los supuestamente rancios y apolillados académicos que ahora les da por aceptar usos incorrectos de vocablos o tiempos verbales. Lo que no parece que tengamos en cuenta es que la lengua es algo vivo y en continuo movimiento y evolución. Que desde siempre ha sido la forma en la que la gente habla lo que le da forma y la modifica, y no unos señores sentados en sus sillones que lo único que hacen realmente es dar fe de esos cambios y ponerlos en negro sobre blanco. De esa forma desaparecieron expresiones como “vuesa merced” o la pronunciación aspirada de la letra “H” y tantas y tantas otras; y a la lengua castellana no le pasó nada ni se puso en peligro por ello.

 

Ahora nos da también por preocuparnos por la introducción de palabras anglosajonas para nombrar cosas que ya existen en español, no vaya a ser que los ingleses nos vuelvan a invadir, esta vez comenzando por el idioma. Que desde hace mucho tiempo digamos “sandwich”, “poster”, “fútbol”, etc., en lugar de “emparedado”, “cartel” o “balompié” y que aquí siga el idioma español tan vivo y tan campante, parece que no lo tenemos muy en cuenta. Desde mi punto de vista, que el castellano asimile palabras de origen extranjero no lo debilita o lo pone en peligro, sino que lo enriquece con nuevos vocablos, significados y matices.

Por eso yo voy a seguir utilizando “spoiler”, “hype” o “tablet” en lugar de “destripe”, “expectativa” o “tableta”, porque esas palabras foráneas me aportan unos matices que no hacen sus equivalentes en castellano. Y no creo que haya que rasgarse las vestiduras por ello. Como tampoco porque la R.A.E. de visto bueno a lo que hace casi todo el mundo que habla en castellano: decir iros en lugar de idos.

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El camino hacia la igualdad no ha sido fácil. Nuestras antecesoras tuvieron que luchar mil batallas, recibir mil golpes, caminar solas mil veces cargando la losa del qué dirán muchos hombres e incluso de muchas otras mujeres rancias ancladas en conservar valores antiguos por encima de sus propios derechos. Algunas por religión, otras por educación. Como aquellas que aprobaron la ablación genital de sus hijas y hermanas con el cerebro totalmente absorbido o las que siguen tachando de zorras a la que viven su sexualidad con libertad.

Gracias a ellas, a las valientes (y a los que las apoyaron), nosotras tenemos el terreno más moldeable y ya es casi insólito, por ejemplo, que alguien se ponga de parte del agresor ante un abuso, -¡estaría bueno!- Sin embargo, y sobre todo cuando las agresiones son sexuales, hay ciertos comentarios que no se limitan a señalarlo a él. Esto pasa en todas partes, supongo, pero San Fermín se ha apoderado para su desgracia de la etiqueta de “la fiesta de los abusos sexuales”, tanto, que hay extranjeros que viajan a Pamplona de borrachera, de encierros y de toqueteo. (Y españoles también).

Y comienza julio y amanece con las noticias de agresiones sexuales a las que siguen comentarios como: «es que las chicas deberían prevenir que les metan mano evitando entrar en la plaza durante aglomeraciones», y yo, que no he ido a esa fiesta nunca, me imagino a una chavalita cruzando por otra calle, evitando la multitud porque lo “normal” es que sufra algún abuso si pasa por ciertas zonas y me dan ganas de volver al medievo y cruzar la plaza cortando manos a machetazos, así sin mayor cortesía ni escrúpulo, como el botones de Four Rooms convencido por Tarantino.

«No es que ellas tengan la culpa, pero claro, si se pusieran pantalones bajos quizás evitarían llamar la atención de los agresores sexuales», y piensas pero ¿hasta cuándo la responsabilidad en la mujer que viste como le da la gana, que camina como le da la gana y que vive como le da la gana? Se trata el tema como si se quemaran después de haber caminado sobre el fuego. Como si fuera inevitable en el mismo grado que lo es que el fuego queme.

«Vale, te violaron, qué cabrones. Pero podías haber hecho más por evitarlo». Estas insinuaciones que podrían derivar, si lo permitimos, en ir tapadas con burkas sin que se nos vean siquiera los ojos por lo que pueda provocar a un hombre una mirada, son patéticas. Bajo ningún concepto se debería promover el mensaje del miedo. Los que obran mal son los agresores y punto. Más seguridad, más denuncias, más sanciones y más compromiso de quienes son testigos y no hacen nada. No ceder nunca. Si nuestras bisabuelas, aquellas que dieron un paso al frente, hubieran seguido agachando la cabeza, cambiando de calle, evitando áreas de hombres, ni siquiera tendríamos derecho a votar.

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Vaya título el de este artículo. No teman, únicamente voy a resumir mi criterio para distinguir a alguien que sepa jugar al fútbol, que no es más un juego.

Saber jugar al fútbol no es necesariamente hacer filigranas por doquier. El mundo balompédico, desde la cancha escolar hasta la élite, está plagado de gente capaz de puros malabarismos e incapaz de tomar una decisión coherente en el discurrir del juego.

Saber jugar al fútbol no es necesariamente meter goles. Claro que quien lo haga parte con una gran ventaja (pues es lo que decanta ganar o perder el juego), pero su labor es incompleta si se despreocupa de otras labores de equipo, que son las más. Quién no ha odiado jugar con aquel que jamás da un pase y tira a puerta nieve o solee.

Saber jugar al fútbol no es necesariamente tomar decisiones coherentes y ser solidario dentro del campo de juego. Claro que quien cumpla ambos requisitos ya tiene bastantes probabilidades de pasar mi filtro. He conocido gente que, mal que bien, los cumplía pero nunca se preocupó de guardar un mínimo respeto al vestuario, que, en efecto, tiene sus códigos; minusvalorar o despreciar al suplente que te sustituye en la banda es una de sus más altas violaciones.

Discernir este último requisito es casi imposible para quienes seguimos al fútbol de mercado. Así que todo juicio al respecto será imparcial. Pero como es un juego, no temo emitir juicios imparciales. Y ésta es una síntesis: anticipar y pasar; ir al espacio y crear una solución; dar el pase atrás y fabricar un gol: Modric en el minuto 64 de la última final de la Champions.

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Concluyendo la lección (imagen: Reuters)

[In memoriam: cómo te gustaba el caballito rubio, padre]

 

 

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