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Posts Tagged ‘fútbol’

Al presidente de la Federación Española de Fútbol y sus adláteres le han crecido los enanos de su propio circo de la noche a la mañana. Desde hacía tiempo un rumor venía advirtiendo que algo estaba podrido en el reino de Villar, pero parece que nadie quería ponerle el cascabel al gato. Hombre, raro era que dicha Federación, la del circo del pueblo, la que movía o mueve, miles de millones de euros, antes pesetas, estuviera siempre gobernada por el mismo timonel. Parece ser que la perpetuidad de los cargos en pocas ocasiones transparenta una labor clara y cristalina. Y ahora está por demostrar que éste Villar, y nuestro Padrón, no se hayan estado “embostando” desde que el fútbol el fútbol y la tele es tele.

Nuestro Padrón, padre de aquel otro del Canal 7, tampoco parecía un señor demasiado honrado, y digo parecía porque sálveme Dios de estar yo cursando acusación alguna. Resulta que como en cualquier colectivo que se precie en la actualidad empiezan a salir, como setas venenosas, trampas, trampitas y trampones. Otra vez el run run de la corrupción en esta España grotesca que ya barruntaba Valle Inclán en sus esperpentos.

Meses hace que oímos una y otra vez casos de corruptelas, la mayoría de políticos. Ahora les toca a los futbolerrimos gobernantes de la mandanga. Eso sí que es un negocio, alimentado por el sentimiento patrio de los colores y el orgullo españóh.

Pues todo aquello que llamábamos deporte nacional, inflándosenos los cachetes de gloria patria, porque otra gloria no nos queda ya, está teñido también de oscurantismo, enriquecimiento impropio, cohechos, levantamiento de bienes, compra de votos, adjudicaciones a dedo, desvío de ingresos en partidos amistosos, etc, etc.

 

El fútbol de la roja, aquel que todos pensábamos que era el más limpio por ser nacional y trascender a intereses privados, regionales, locales o incluso políticos, resulta que estaba más manchado que limpio.

En definitiva, España, ¿qué es otra rayita más para este tigre?

 

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Vaya título el de este artículo. No teman, únicamente voy a resumir mi criterio para distinguir a alguien que sepa jugar al fútbol, que no es más un juego.

Saber jugar al fútbol no es necesariamente hacer filigranas por doquier. El mundo balompédico, desde la cancha escolar hasta la élite, está plagado de gente capaz de puros malabarismos e incapaz de tomar una decisión coherente en el discurrir del juego.

Saber jugar al fútbol no es necesariamente meter goles. Claro que quien lo haga parte con una gran ventaja (pues es lo que decanta ganar o perder el juego), pero su labor es incompleta si se despreocupa de otras labores de equipo, que son las más. Quién no ha odiado jugar con aquel que jamás da un pase y tira a puerta nieve o solee.

Saber jugar al fútbol no es necesariamente tomar decisiones coherentes y ser solidario dentro del campo de juego. Claro que quien cumpla ambos requisitos ya tiene bastantes probabilidades de pasar mi filtro. He conocido gente que, mal que bien, los cumplía pero nunca se preocupó de guardar un mínimo respeto al vestuario, que, en efecto, tiene sus códigos; minusvalorar o despreciar al suplente que te sustituye en la banda es una de sus más altas violaciones.

Discernir este último requisito es casi imposible para quienes seguimos al fútbol de mercado. Así que todo juicio al respecto será imparcial. Pero como es un juego, no temo emitir juicios imparciales. Y ésta es una síntesis: anticipar y pasar; ir al espacio y crear una solución; dar el pase atrás y fabricar un gol: Modric en el minuto 64 de la última final de la Champions.

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Concluyendo la lección (imagen: Reuters)

[In memoriam: cómo te gustaba el caballito rubio, padre]

 

 

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Tengo la suerte de no estar rodeada de padres semejantes a los que el otro día dieron un vergonzoso espectáculo en el campo de fútbol en el que jugaban sus hijos en Palma de Mallorca, o el que protagonizaron poco antes otros energúmenos parecidos en Gran Canaria. Me consta que no es la tónica general. De hecho conozco a no pocos progenitores de niños que practican fútbol u otros deportes que tratan, por todos los medios, de inculcar a sus hijos los valores que se suponen en cualquier juego de este tipo, máxime si es un deporte de equipo: respeto, compañerismo, justicia…

Pero lamentablemente este tipo de situaciones bochornosas se repiten con demasiada frecuencia en muchos campos de fútbol a los que los niños debieran ir a pasar un rato agradable, a practicar deporte, a estar con sus amigos y, por encima de todo, a disfrutar, no a convertirse en el objeto de las iras de padres frustrados que pretenden que sus hijos sean Messi, Cristiano Ronaldo o cualquier otro astro del fútbol.

No puedo evitar ponerme en el lugar del niño o joven que presencia como su padre la emprende a puñetazos y patadas con otro por un partido, en la vergüenza que debe pasar, en lo que debe costarle volver, en el caso de que vuelva, a reunirse con sus compañeros sin pasar un mal rato. Y todo porque unos descerebrados no son capaces de ver el daño que su conducta genera a sus hijos, que cuando crezcan tienen muchas papeletas para convertirse en violentos jugadores o aficionados. Para eso, como bien dice Aarón Gómez y compañía en este vídeo, si eres de esos padres: deja al pibe, hombre.

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Del partido de mi debut en la tercera división del fútbol regional apenas recuerdo nada, sin embargo tengo mucho más vívido lo que pasó apenas dos horas antes. Lo que ocurrió fue un accidente de tráfico que hoy rememoro con nostalgia. Mi padre conducía un Cuatro Latas propiedad del club de luchas que tantos años presidió, a su lado iba el que les escribe malhumorado porque llegaba tarde al estadio y detrás mi hermano, que no sé en qué se entretenía.

A la altura del Peñón del Indiano, cuando el camino se bifurcaba, hacia Tomaren o Masdache, el coche seguía recto, directo a las parras de un arenado que esperaban dos metros más abajo. Advertí que mi padre no giraba y grité. Giró, derrapamos y volcamos de medio lado. Algo muy pesado me cayó encima; era mi padre. Mi hermano voló en el sillón trasero hasta estamparse con uno de los laterales del coche (nadie llevaba cinto de seguridad). En este punto nos recuerdo saliendo por la puerta del conductor, que había quedado mirando al cielo, comprobando que estábamos enteros y recibiendo la ayuda de un taxista que pasó para poner el Renault 4 de nuevo en pie. Lo hicimos y sin pausa seguimos la marcha; supongo que todos magullados, pero ninguno refirió dolor alguno.

cuatro-latas-foto-motorpasion-com

También era blanco y ni un rasguño le advertimos

Medio renqueante de un hombro salté al césped del antiguo Avendaño Porrúa de Lanzarote para tratar de ganar al Tenisca con medio tiempo por delante. No sé qué hice sobre el campo, si me enteré o no, mas luego nos contó mi madre que tras el partido el míster señaló a la radio insular que si yo hubiese metido un gol tras una jugada interesante que hube de hacer él “habría tenido un orgasmo deportivo”; así de tremendo era quien se atrevió a remover un vestuario plagado de veteranos con un puñado de juveniles ilusionados. Ilusión del espíritu que en mi caso aquel día goleó de calle al cuerpo ‘adolorido’.

 

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Fernando Trueba ha abierto la caja de los truenos nacionalistas. En realidad la abrió en septiembre del año pasado, cuando soltó en un discurso al recibir el Premio Nacional de Cinematografía que no se había sentido español “ni cinco minutos” de su vida.

De aquellos barros vienen ahora lodos en forma de boicot a su recién estrenada película, La Reina de España, boicot protagonizado, entre otros, por personajes tan ilustres dentro del mundo de la cultura (¿torturotaurina?) como Francisco Rivera ‘Paquirri’. Lo comento para que quede constancia de la categoría de uno de los más representativos críticos con las declaraciones de Trueba (si la muestra es este botón, guárdame un cachorro, que diría mi padre).

Y digo yo que este hombre, cuya filmografía no es santo de mi devoción, vaya por delante, se habrá dicho que maldita la hora en la que soltó la frase, vista la recaudación de su película en la primera semana tras el estreno por el boicot. En este país, si quieres despertar al monstruo rancio que aúlla en los campos de fútbol consignas españolistas no tienes más que poner de manifiesto que no te sientes de aquí. Puedes desgañitarte apoyando la violencia machista, pero a la patria ni la mientes.

En este país al que la gran mayoría considera una mierda si manifiestas tu desarraigo te lapidan, te crucifican y te culpabilizan mucho más que si hubieses matado cientos de toros o te hubieras llevado lo más grande a las Islas Vírgenes británicas evadiendo impuestos.

En este país de magos (véase la tercera acepción de la Academia Canaria de la Lengua) que dice defender la libertad de expresión no se juzga la obra, se juzga al autor. Pues no, yo tampoco me siento española, ni canaria, cada vez me siento más ciudadana del mundo porque mi casa está en la frontera.

 

 

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Rama V @ Flickr.com (CC BY 2.0)

Rama V @ Flickr.com (CC BY 2.0)

Han pasado más de treinta años de la escena, pero la recuerdo bien. Yo jugando a la pelota en el patio de la casa de mis abuelos y mi tío clavado en la puerta de la cocina, mirándome con cara de pícaro.

Bueno. ¿Y tú de qué equipo quieres ser, del Madrid o del Barcelona?

Consciente (todo lo que uno puede serlo a los seis años) de que era una pregunta trampa, me tomé unos segundos para responderla. Y, sin saber muy bien el motivo, largué:

Del Barcelona.
¿Seguro? Mira que tu padre es del Madrid y yo también.
Pues yo del Barcelona.

Y así, mitad por azar y mitad por tozudez, quedó sellada mi afición. Y en parte también mi desgracia, porque en mis primeros quince años de vida sólo les vi ganar una Liga. Derramé muchas lágrimas en aquella oscura etapa pre-Cruyff.

Recuerdo por ejemplo, que en las repeticiones a cámara lenta de “Estudio Estadio”, rezaba lo indecible para cambiar el sentido de la jugada. Si era un gol en contra, pedía que el balón se marchara a córner. Y lo contrario si era una ocasión de los nuestros.

Justo cuando empezaron a llegar los éxitos, se me empezó a marchar el entusiasmo. Y lo hizo a tal velocidad que hoy detesto el fútbol con todas mis fuerzas.

Si volviera a nacer, probablemente sería igual de tozudo. Y en mi cerebro seguiría pesando, a mi pesar, más el hemisferio izquierdo que el derecho. Para mis amigos, seguiría siendo el sensato. Para mis enemigos, el frío. No dan los genes para otra cosa.

Tomaría, sin embargo, una única decisión irracional: despreciaría a la historia y al sentido común y me haría del Atleti. Mis lágrimas infantiles se hubieran multiplicado, eso seguro. Pero mis alegrías habrían sido también más sentidas. Más sabrosas. Mejores.

Ahora lo sé.

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El otro día, donando, la doña de la sangre me dijo dos cosas: que era B negativo y que cómo era posible que, tras tantos años en Barcelona, no fuera ya culé. Tuve que contestarle. Le dije que se equivocaba, que mi sangre es A positivo. Bueno, y que era más probable que me cambiara espontáneamente el grupo sanguíneo a que yo, algún postrero día, me pintara de blaugrana. No mentí.

Y es que yo soy merengue por un susto. Un día, hace mucho, siendo yo tierno infante, un tío mío me preguntó que de qué equipo era. Yo debí balbucear cualquier cosa: equipodequé, futqué, locuálo. Dio igual. Su respuesta estaba tan clara como entrenada: O eres del Real Madrid o no vuelves a entrar en casa de tu abuela. Y claro, ¿qué podía yo hacer? Era la casa de mi abuela, la de la sopa, las garbanzas, el bingo y la perica. La que me daba las pesetas para luego ganármelas a las cartas. ¡La cama donde dormía cuando mis padres se iban de fiesta! ¡Mi abuela, coño! Llámenme tonto, pero llámenme también sensato, sean justos. Ahí y así empezó mi historial blanco. Más largo que traumático, todo sea dicho.

Pero así también, justo ahí, sospecho que empezaron a quitárseme las ganas de hacerle caso a los sustos. De hacerle caso a los grupos. De hacerle caso a las identidades, así, en plural. A ver si me explico.

El fútbol es una estupidez. Una estupidez divertida, pero una estupidez. Señores en ropa interior corriendo detrás de una pelotita (una sola para todos, cuando tendrían dinero para comprarse una cada uno). Con reglas estúpidas y épica impostada. Mero entretenimiento (desconfío de aquellos que hablan de pasión, de estilo de vida, de Més que un club). Es un juego. Es normal que entre tanta banalidad quepan el sectarismo, los piques, la subjetividad como norma,  la sinrazón, la terquedad, la justificación absurda y el fuera de juego. Pero ya está. Noventa minutos. Una o dos veces por semana, pero hora y media. Y ya.

No me vengan con más. No me agreguen ni me excluyan. No me den por sentado, no tengan nada claro. Por favor. No me supongan hermanamientos, ni fobias ni emociones. No dibujen una línea a mi alrededor con un NOSOTROS en letras grandes. No me obliguen a señalar a los de fuera del círculo. No me abracen sólo cuando toca o donde toca. No me pidan que entienda solo con un DNI. Y si algún día me pronuncio y me adhiero, no asuman intención vitalicia por mi parte. Cambiaré. O no.

Porque me basta y me sobra con una bandera (blanca y limpia que no empaña). Impuesta, sí, pero con truco, sin sustancia. La vida es más seria, mucho más importante. No necesita, le molestan, banderas, fronteras e himnos. Himnos, para el fútbol. Y nada más.

RealMadridCom

Dramatización del momento (www.realmadrid.com)

P.S.: a mi abuela le salió algún nieto culé. Y siguieron entrando en su casa. Pero esa es otra historia. O es precisamente la historia.

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