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Posts Tagged ‘fe’

Me levanté de la siesta. Después de tres días en casa con una gripe casi mortífera ya llevaba prisa. No sé por qué no había sonado el despertador. «Nada. Me da para una ducha rápida y llego a tiempo. Seguro», pensé (ilusa). Y cuando me fui acercando a mi coche reparé en que no había ni uno solo aparcado en la calle, y de fondo, como en una pesadilla propia de las Minas de Moria, ¡tambores! «¿Qué está pasando aquí?». Pues lo que estaba a punto de pasar era una procesión. Una de tantas en estos días, en esta España. Mi coche, estacionado en vayausteasaber, mi compromiso, cancelado y mi fe, que ya cabía en una alcaparra, pues imagínese.

Sin embargo no llevo intención de abrir el debate religioso porque contra la fe no hay argumento y a su favor, tampoco. Y a mí me gusta que la gente sea libre y feliz, así que respeto a todas las formas de vida. Incluso a esas que me paran por la calle para regalarme revistas religiosas que rechazo (con la misma amabilidad) un día tras otro.

Siempre agradezco la buena intención del que ofrece una oración o el que muestra interés en que se sumen a su creencia. Incluso a veces pienso «¿y si existe ese Dios y yo me lo estoy perdiendo por ser tan escéptica, tan incrédula, tan de lo tangible? ¿Qué haría yo con ese acceso a un ser supremo todopoderoso que me escuchase y premiase mis buenas obras con deseos cumplidos?».

Pues en ese caso, creo que, acertando a ver mi posición privilegiada frente a la de otros tantos que, por lo que sea, no hubieran podido establecer contacto con él (o ella), le pediría que se centrase en los que no tienen qué llevarse a la boca, una casa donde dormir o recursos para recibir una educación básica.

Le diría, en plan colega, «enróllate también con los que investigan para curar enfermedades. Dedican sus vidas a eso y es que, joder, a veces algunas se llevan a personas empezando a vivir y es terrible», «echa una mano a los que huyen de conflictos. Demasiada pena ya. Demasiado llanto», «relaja un poco, si puedes, el dolor. Tenemos que morir pero, esa agonía de los que esperan terminales, tampoco la veo necesaria, no sé tú», «y yo qué sé, tengo una lista infinita, Dios, es que está esto un poco manga por hombro».

Creo que bajo ninguna circunstancia le pediría que dejaran una semana más mi peli favorita en los cines, ni que me ayudase con las entrevistas de trabajo o los exámenes. No creo que le llegase a pedir que girase su mirada hacia mis necesidades personales.

La verdad es que ese pedir para sí mismos de mis allegados religiosos (familiares incluso) fue uno de los hechos que en su día me hizo ir perdiendo la fe. Mucho más que la grúa que se me lleva el coche cada Semana Santa.

 

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Conversación de Andrés Hurtado (alter ego de Pío Baroja) con el tío Iturrioz, en El árbol de la ciencia. Comienza el segundo:

– ¿Es que supones que el hombre de hoy es menos egoísta y cruel que el de ayer? Pues te engañas. ¡Si nos dejaran! (…).

– No; yo supongo que hay formas de agrupación social unas mejores que otras, y que se deben ir dejando las malas y tomando las buenas.

– Esto me parece muy vago. A una colectividad no se le moverá jamás diciéndole: puede haber una forma social mejor. Es como si a una mujer se le dijera: si nos unimos, quizá vivamos de manera más soportable. No, a la mujer y la colectividad hay que prometerles el paraíso (…). En todas partes y en todas épocas los conductores de hombres son prometedores de paraísos.

– Sí, quiza; pero alguna vez tenemos que dejar de ser niños, alguna vez tenemos que mirar a nuestro alrededor con serenidad. ¡Cuántos terrores no nos ha quitado de encima el análisis! Ya no hay monstruos en el seno de la noche, ya nadie nos acecha. Con nuestras fuerzas vamos siendo dueños del mundo.

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Y me pregunto: por más que el egoísmo y la crueldad sigan aquí, ¿hemos dejado de ser niños?, ¿vamos siendo dueños del mundo? Sería bueno que esa fuera la tendencia. Y también  que quienes aspiran a conducir a los hombres jamás dejasen de ser prometedores de paraísos en los que análisis e ilusión fuesen de la mano. Lo contrario sería volverse a los monstruos de la noche, que, no lo dudo, tienen sus comisionados entre nosotros.

 

Crédito de imagen: Pixabay

 

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El sentimiento religioso es un sentimiento que cada vez me es más ajeno. Nací y crecí en la fe católica; fui bautizado y recibí la primera comunión… pero con el paso del tiempo mi creciente agnosticismo se ha ido convirtiendo paulatinamente en ateísmo. En realidad no puedo explicar las razones para esto, simplemente cada vez necesito menos creer en Dios.

Ahora me encuentro en un país que vive la religión y la fe de una forma casi obsesiva. Un país que abarrota las iglesias en esta semana santa. Hace unos días conocí a un joven de 22 años que profesaba una profunda devoción por el catolicismo, algo que un joven español es casa vez más difícil de encontrar. Alguien debería hacer un estudio sociológico que intente explicar por qué en Latinoamérica la religión sube y sube mientras en Europa baja y baja… ¿Cuáles son las diferencias fundamentales entre estos dos continentes? La elección del argentino Bergoglio como nuevo Papa no podía ser más acertada por dos razones fundamentales:  el futuro del catolicismo está en América Latina y el Papa Francisco parece llevar la humildad por bandera, algo que la Iglesia católica necesita urgentemente para mejorar su imagen y su capacidad de atraer a los jóvenes.

Mientras, yo sigo sobrecogiéndome con el arte religioso, con el Requiem de Mozart o con algunas iconografías asociadas a la religión (es imposible negar su belleza y su fuerza plástica) pero siento cada vez más la inutilidad de creer en algo más que en nosotros mismos.

Procesión

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A estas Navidades que empiezan a sentirse ya en las calles, le pido recuperar esa fe que he ido perdiendo con los años, la experiencia y los titulares de los periódicos. No sé si son cosas de la complejidad del ser humano, pero, pese, a los desaires del mundo, aún tengo ganas de tener confianza en algo o alguien que saque lo mejor de nosotros mismos, que prenda esa chispa que nos haga quitarle la venda a la justicia, para que, por fin, la balanza se incline hacia los marginados, las víctimas, los enfermos… Antes, con la juventud, defendía todas las utopías, ahora busco dentro de mí ese espíritu que, a pesar de saber que era imperfecto, creía en el ser humano.

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Este fin de agosto no ha sido el mejor. Basta poner en un buscador los nombres de los niños Ruth y José para que más de dos mil referencias nos recuerden su triste desaparición y los informes que concluyen que los restos encontrados en la finca de la familia paterna corresponden a niños de entre dos y seis años. Son estos casos los que hacen caer en picado el nivel de mi fe en el ser humano, en sus bondades y me entran unas ganas locas de pegar un salto atrás en la evolución, para no pertenecer a una especie tan presuntuosa y que, pese a tener todos los recursos físicos y mentales para vivir en paz con la naturaleza y con sus congéneres, se empeña en hacer daño.

Como no quiero sumirme en este estado de odio hacia el ser humano, les dejo aquí un vídeo de un músico cubano residente en París, que abandonó el proyecto de los conocidos Orishas para seguir su formación y trayectoria profesional en solitario: Raúl Paz. Las caras que aparecen en este vídeo consiguen arrancarme una sonrisa y devolverme un poquito de esperanza en el ser humano.

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Qué envidia. Era mi primer concierto de espiritual negro Finalizaba el Festival Gospel Canarias en el lagunero Teatro Leal con la actuación de Georgia Mass Choir, una formación se que hizo famosa con la película de poca calidad La mujer del predicador, Whitney Houston y Denzel Washington a la cabeza. El reverendo Milton Biggham, además de dirigir el coro, actuó como un telepredicador. Carismático, se ganó al público y las carcajadas superaron la música, lo que enfadaría a quienes de veras creen que el góspel no debe salir de las iglesias.

Sentí envidia no sólo por las voces, sino por la fe que expresaban los rostros, un total convencimiento en que lo que cantan es cierto, en que ninguna desgracia puede quebrar sus creencias, su alegría. No me gustan los fanatismos, ni las religiones en masa que no se cuestionan sus valores y rituales, ni las imposiciones. Pero en ese concierto, al ver las caras de felicidad de los miembros del coro, sentí envidia y quise creer. Pronto, mi cerebro volvió a ser el de siempre, aunque esa noche volvió más contento a casa.

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