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Cines de verano

Pero no ver cualquier película, que también se puede. Aquí les traigo algunas pelis a las que les deben una oportunidad y ustedes, los que nos leen, que disfrutan de algo que yo no tengo llamado vacaciones, háganme el bendito favor (en colombiano se dice el hijueputa favor) de ponerse en ropa interior, hacer palomitas/cotufas/crispetas y gocen de estas, mis joyas.

 

1) Old Boy

La descubrí hace relativamente poco y, ay mi madre, me gustaría verla todos los días. Y eso que no es, precisamente, una historia amable. Oh Dae-su, el protagonista, no es buena gente, eso se ve en los primeros planos. Pero al principio de la película lo secuestran. No sabemos quién. Él tampoco. Durante 15 años permanece en una habitación de hotel con la televisión como única compañía. Cuando acaba ese tiempo, lo liberan, y el objetivo de Dae-su es descubrir quién le ha robado la vida. Park Chan-wook, director coreano (del sur, claro) cuenta esta increíble historia de venganza, con una fotografía alucinante y una narrativa aplastante. Abstenerse los que odian ir al dentista.

 

2) Arrival

Decir que “The Arrival”, de Denis Villeneuve, me gusta es una gilipollez. Me encanta, me fascina, me sobrecoge, soy el verdadero fan de toda la obra de este canadiense. Basada en el relato corto corto “The Story of Your Life” de Ted Chiang, Arrival es una historia de ciencia ficción en la que naves extraterrestres aparecen en la Tierra y una experta lingüista acompañada de un físico son los encargados de contactar con los alienígenas. ¿Vienen en son de paz o de guerra? Pero eso no es lo más importa. Lo fundamental es cómo, teniendo canales de comunicación, los humanos tenemos una comunicación de tan mala calidad.

 

3) Hijos de los hombres

En esta peli Clive Owen, que como dice un amigo mío siempre sale sucio en las películas, está especialmente sucio en esta. Y es que en un mundo apocalíptico, las duchas brillan por su ausencia. Año 2027: el ser humano está al borde de la extinción: los hombres han perdido la capacidad de procrear y se ignora por qué razon todas las mujeres del planeta se han vuelto estériles. Un desilusionado exactivista radical de Londres convertido en burócrata es contratado para que proteja a una mujer que puede tener el secreto de la salvación de la humanidad, la persona más valiosa de la Tierra. ¿Cómo se les queda el cuerpo?

 

4) Kubo and the two strings

Kubo y las dos cuerdas mágicas es una bellísima película de los genios de la productora Laika que hace cosas bellísimas en stop motion. ¡Stop motion! Agüita el currazo.

Kubo vive una tranquila y normal vida en un pequeño pueblo hasta que un espíritu del pasado vuelve su vida una locura y sus serviciales acompañantes de aventuras terminarán dándole una sorpresa. Es una historia de amor paternal y de lo importante que son los recuerdos, y cómo la memoria nos reconforta y nos hace ser mejores personas. Estuvo nominada a los Oscar y no ganó. Injusticia total. Es una película preciosa.

 

5) Logan

Para mí es la mejor peli de superhéroes (si quitamos a los Batman de Nolan, que no estoy loco). Pero no te gustará un pelo si te gustan las cintas de superhéroes tradicionales. En un futuro cercano, un viejo y desgastado Lobezno (es más cool decir Wolverine, pero yo paso) vive con un más viejo y hecho polvo Profesor Xavier en algún lugar de la frontera mexicana. Logan quiere permanecer alejado del mundo, invisible, olvidado, pero se va a encontrar la horma de su zapato, a la que tendrá que defender de los malos, que son muy malos, porque el futuro de los mutantes es lo más importante. La actriz Dafne Keen es una de las sorpresas de la película, porque está inmensa. La palabra que define esta peli es violencia. Violencia de la buena.

Si quieren seguir conectados con el cine, el podcast de mis amigos Notedije no cierra por vacaciones. Son gente que sabe mucho del tema, y hablan de las pelis de forma muy amena. Si los escuchan, le dan recuerdos de mi parte. Aunque nunca me invitan a un programa, los muy desgraciados.

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Leonid Mamchenkov @ Flickr.com (CC BY 2.0)

Leonid Mamchenkov @ Flickr.com (CC BY 2.0)

La humedad ha ido corrompiendo la pintura, hasta desdibujar sus ángulos. La balaustrada aparece ahora cubierta de pústulas blancas, a las que el humo del tráfico ha convertido en churretones. Y en su interior se apretuja media docena de personas, que juegan a la brisca o al envite sobre un mantel de plástico a cuadros.

Así se me presenta la escena, a ojos de burgués, mientras la observo día tras día a través del parabrisas. Y en este caso corresponde a Cuesta de Piedra, pero se repite hasta el infinito en Taco, San Matías, Ofra o Cruz del Señor.

Por esta época los barrios populares de la periferia de Santa Cruz se encastillan en los patios y las azoteas. Y entre sudores, a la caída de la tarde, reproducen ritos y juegos que transitan de generación en generación. El verano es su lienzo, el ventilador su herramienta y el ocaso su cómplice.

Durante un segundo, el burgués solitario curiosea y envidia. Al instante siguiente desembraga y ajusta el aire acondicionado.

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Faith

Foto: Jill Greenberg

No hay mayor verdad que esa que asevera que “Hay gente pa’tó”. Porque hay gente pa’tó y pa’más.

Está, por ejemplo, ese tipo de gente pronta a la tristeza. Esa que responde a un Re menor como si esperara en el semáforo jugando con el embrague y el acelerador para entrar chillando rueda en la nostalgia. Son esos que ante la primera nube no piensan en el alivio del fresquito, sino en que se jodió la playa. Los que empezaron la última temporada de Juego de Tronos rumiando que ya se acercaba el final. Los que ríen con Louie porque con Louie se ríe, pero. Son los mismos que tienen una biblioteca llena de gente triste. Y son bibliotecas abultadas porque esos libros ocupan más, que llevan dentro a gente de verdad. Son esos que ven en cada puesta de sol una despedida, en cada despedida un vacío, en cada vacío una muerte y en cada muerte… Bueno, son esos que evitan pensar en la muerte.

Los del pero, el aunque, el y si, el total pa’qué y la madre que los parió.

Es esa gente que colecciona discos de The National y espera años por lo nuevo de Damien Rice. Los que consideran que lo último de Sufjan Stevens es una puta maravilla. Los que le pedirían al DJ Hallelujah (de Jeff Buckley, obviamente) a las 4 de la mañana en Amnesia. Son aquellos que escuchando “Un buen día” pasan por encima del Marca, de Spiderman, Mendieta y los cuatro millones de rayas y asienten cuando Jota explica que “no me he acordado de ti hasta que he llegado a casa, y ya no he podido dormir como siempre me pasa”.

No sé si me entienden, ni voy a explicar qué tipo de gente soy yo. Solo diré que ayer se me acabaron las vacaciones.

Háganse una idea.

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aguaWALLPAPERSOK.COM

Mójate antes la nuca y las muñecas, miniño (wallpapersok.com)

De un tiempo a esta parte parece que es importante dejar que los niños se aburran. A mí me van a disculpar los especialistas, pero no termino de entenderlo. Sé que tengo edad para ser padre, pero como no lo soy y la memoria aún no me falla, en este tipo de situaciones siempre tiendo a ponerme en el lugar del niño que fui en vez de en el padre que no sé si seré.

Yo me he aburrido mucho. Sobre todo en verano. Yo podría haber sido campeón del mundo de la desidia y el tiempo perdido. Yo podría haber rellenado toda la programación veraniega de varias cadenas de televisión con realities basados en mis andanzas en el sofá. Porque yo soy de la generación de las tres horas de digestión. Mi madre las cronometraba. Tres horas exactas entre la última miga y el primer chapuzón. Mi madre señalaba en la playa al señor al que se llevaba en camilla la Cruz Roja y, con voz engolada y ojos fuera de las órbitas, silabeaba alto y claro: COR-TE-DE-DI-GES-TIOOOÓN. Y a mí no me gustaban ni el Tour ni las siestas, Internet era un proyecto (americano), los libros caros, la tele sosa y el calor apabullante.

Si hacemos caso al artículo enlazado al principio del texto yo ahora sería un adulto creativo, un tipo “flexible cognitivamente, tolerante, creativo y, por tanto, más resolutivo”. Seamos honestos, todas esas horas sudadas sobre la funda del sofá esperando poder bajar a la piscina, como mucho han inspirado este post. Y mucho me parece. “Aburrirse desarrolla la autonomía personal, el pensamiento propio, la imaginación… Si un niño se aburre y nadie le dice qué hacer, él mismo acabará dando con una forma de entretenerse”, dice otra parte del texto. Discrepo. Mirar el segundero con angustia no es lo que yo llamo entretenerse. Sin un mísero helado que echarse al cuerpo (“¡Que se te corta la digestión!”). Lo único bueno que tenía el aburrimiento es que, más tarde que temprano, acababa. Bueno, eso y que al final te acostumbras.

Porque ahora mismo, mientras lees esto, lo más probable es que esté haciendo la digestión (últimamente estoy siempre haciendo la digestión). E intentaré hacerla dentro del agua, porque ser adulto tiene sus ventajas, mientras me aburro, me aburro mucho.

Y eso es bien.

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Llegó el momento del año en el que mi ajetreada rutina diaria se convierte en una sencilla repetición de acciones, como una ceremonia, día tras día hasta que toca volver a la acción. Es lo mismo una y otra vez. Hay quien se cansaría, pero yo no, jamás me aburriré.

Levantarme a las 10, las 11 o las 12.

Tomar un café en taza grande mientras reviso las redes sociales.

Desayunar en la terraza recibiendo la brisa, a veces ventisca, del mar.

Cambiar el pijama por el bikini.

Preparar algo ligero para comer.

Llegó el momento.

Llegó el momento.

Untarme en crema solar.

Calzarme el gorro bien grande.

Andar hasta la playa.

Sentarme en el muro a charlar.

Bañarme en el mar, helado al principio, delicioso al final.

Tomar una caña con chochos.

Regresar a casa a comer.

Dormir una siesta con la ventana abierta.

Andar hasta la playa.

Sentarme en el muro a charlar.

Bañarme en el mar, helado al principio, delicioso al final.

Cambiar el bikini por pantalón corto y camiseta.

Quedar a cenar con los amigos.

Regresar a casa cansada de descansar.

Meterme en la cama con un buen libro.

Dormir toda la noche de un tirón.

Y vuelta a empezar.

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bobbi vie @ Flickr.com (CC BY)

bobbi vie @ Flickr.com (CC BY)

“Cortito, bien cortito. Y la barba fuera”. Ofelia no pudo disimular el asombro cuando vio entrar a su marido en la peluquería. Y menos aún al escuchar, de sus propios labios, aquella petición tan extravagante.

Quiso ocuparse en persona. Soltó la brocha de las mechas, dejó plantada a su mejor clienta (Doña Francisca, que soltó un bufido al saberse en manos de la aprendiz) y le pidió que pasara al lavabo.

– Pellízcame por si estoy soñando.
– No aguanto más el calor.
– Bendito verano. En quince días ha conseguido lo que a mí me ha costado seis años.
– ¿En serio tienes apuntada la fecha?
– Soy peluquera. No me hace falta.

Llegado el fin de semana, la llevó a cenar a un sitio caro, de los que ofrecen más de un par de cubiertos. Y de regreso al coche dieron un largo paseo por la costa.

Al poco empezó a abrirle la puerta del coche y volvió a descubrir el desodorante. Todo bastante sospechoso. Sin embargo, cuando una noche insistió en sumergirse en sus regiones australes, ya no pudo aguantar más.

– Paco, estás raro.
– ¿Qué pasa, que no te gusta?
– No, no es eso. Pero es que chico, pareces otro. Lo de Sansón al lado tuyo se queda chico.

Tardó hasta mediados de agosto en descubrir el motivo, encarnado en la animadora infantil de la piscina. Pechugona, algo gordita, veinticinco años. “Menuda putada”, pensó Ofelia. “Menuda putada que el verano no dure un poco más”.

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Crédito: blogs.lainformacion.com

Crédito: blogs.lainformacion.com

Las temperaturas suben. Los presupuestos adelgazan (igual que los periódicos en papel, que cada vez que se acerca el verano pierden hojas… ¡Ni que fuera otoño!). La actividad empieza a paralizarse. Todo busca cierto remanso de paz. Los hogares con niños tienen cierto ajetreo, pero incluso ese tipo de movimiento tiene su toque especial, su sabor a vacaciones. Como tengas papeleo que hacer, mejor hazlo ya, no sea que te encuentres las oficinas cerradas. Cambian las ropas de la gente por la calle. A veces huelo la crema solar protectora en personas que me cruzo. Todo se ralentiza. ¿Todo?

No.

A pesar de los esfuerzos de la naturaleza por aumentar las temperaturas y hacer que nos entre la pachorra, hay una aldea irreductible, un lugar en los mundos casi irreales donde la vida sigue siendo un continuo grito, insulto, y, si me apuran, vómito de la más baja estofa. En verano se agudizan los lumbreras que, cual “barbacoa” (la abanderada canción del verano), vuelven una y otra vez con fórmulas televisivas “refrescantes”. Ridículos juegos donde la gente se cae (y debe hacerse daño), competición de estupidez en viajes que me dan vergüenza ajena (qué pensarán los lugareños, ay señor), concursos casposos y, lo peor de todo (aunque eso lo hacen todo el año), las tertulias de “sabelotodos” que, en verano, gritan y se pelean aún más porque, si no, qué podrían ofrecernos. Apaguen sus televisores y vayan a dar un paseo, lean un buen libro o jueguen con sus hijos. Sus neuronas se lo agradecerán.

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