Ni grinch ni navipeich

Probablemente, sería más adecuado que hoy escribiera algo sobre la Constitución, por eso de que es el día en que se conmemora el voto a favor en referéndum de este texto que, a día de hoy, necesita un remozadito. Sin embargo, no voy a profundizar ni en los porqués ni en las consecuencias de este pensamiento, hay personas más sabias y preparadas para hacerlo.

Creo que voy a volver al mundanal ruido de un fin de semana que supone el sumergirnos en una época que a nadie deja indiferente, o quizás sí. Es verdad que las ciudades más importantes como Londres o Vigo -nótese la ironía- llevan alumbradas ya unas semanas, pero este fin de semana es cuando en España la multitud ocupa las calles como si no hubiera un mañana en un corre corre consumista y comilón de aperitivo navideño. Aunque, curiosamente, esa misma población se va también de puente. ¿Don de la ubicuidad? ¿Multiplicación de las señoras, señores, niños, niñas, papás, mamás, personas en general y demás integrantes de la humanidad?

Y aquí es cuando empezamos a situarnos entre el amor y el odio, y es ahora cuando me doy cuenta de que, una vez más, me posee el justo medio. Todo deriva de una fría clase de filosofía en mi instituto. Aquella extraña señora, que nos catalogó a todos aún sin conocernos, hablaba de la ‘Ética a Nicómaco’, de Aristóteles, y la teoría del justo medio, la virtud entre dos vicios, algo que, por algún motivo, caló en mí. Recuerdo aquella clase como si fuera hoy y sus palabras resuenan en mi cabeza más a menudo de lo que me gustaría: la clave de la sabiduría, en esta vida, pasa por esa equidistancia entre el exceso y la carencia.

El problema es que esa filosofía que dice que la valentía es el justo medio entre la cobardía y la temeridad, la he trasladado a terrenos absurdos como las fiestas navideñas, que ni me gustan ni las odio. Sé que este ámbito mundano de usar el justo medio poco tiene que ver con lo que propone Aristóteles, pero lo cierto es que ahí está, cada año. 

El significado religioso de esta fiesta ni me va ni me viene, el consumismo me exaspera y la felicidad obligatoria me saca de quicio. Sin embargo, las secuelas que me produjo el año pasado no poder estar con mi familia lejana justo esa semana fueron demasiado duras. Me río viendo a los niños felices, aunque sea un gran tópico, y me gustan esas comidas que se preparan una vez al año en compañía de personas que llevas tiempo sin ver, lo mismo que me horrorizan los conflictos que devienen de esos encuentros. Disfruto del día de Reyes, aunque no entiendo el gasto excesivo de muchas familias. Decoro mi casa, aunque lo hago con elementos reciclados porque no me gusta comprarlos. Me encantan las flores de pascua, pero evito las cenas de compañeros. Odio el turrón y el mazapán, pero soy adicta al panettone. Detesto la alegría y el amor fingido, pero añoro a quienes quiero. Disfruto el día de mi cumpleaños, que es justo el día de la Lotería, aunque no me gusta tener un año más… Y así todo, moviéndome entre la indefinición y la equidistancia.

Ayer oía a Manuel Burque hablar en términos parecidos y, al menos, no me sentí sola en este jaleo mental que me producen estas fechas. Es la primera vez que lo cuento porque ya tengo una edad en la que me da igual lo que las demás personas piensen de mí. Sí, mi indefinición a veces es exasperante incluso para mí misma, pero aquí está y con ella tengo que vivir. Si hay más gente como yo, podíamos hacer un movimiento para lograr que las navidades se celebren un año sí y otro no, así a lo mejor conseguimos terminar con nuestra indefinición. Ni Grinch ni Navipeich podría ser nuestro lema

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