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Jordi Carrasco @ Flickr.com (CC BY 2.0)

Jordi Carrasco @ Flickr.com (CC BY 2.0)

De todos los fantasmas de Tenerife, Elsa siempre fue mi debilidad. Tímida como es ella no le gustará que hable de sus cosas, pero creo que es mi obligación hacerlo. Porque ya va siendo hora de poner un par de puntos sobre las íes.

Para empezar, detesta que la llamen «La chica de la curva». Dice Elsa (y yo suscribo), que lo de “chica” es una nueva agresión del heteropatriarcado, siempre tan proclive a infantilizar a las mujeres de rompe y rasga.

También le irrita, y con razón, que después de treinta años de apariciones nadie se haya molestado en averiguar su identidad verdadera. Es más: los pocos que se han atrevido a ponerle nombre (Iker Jiménez entre ellos) andan totalmente desencaminados. Porque no, Elsa no tiene nada que ver con Paquita, la hija de Alberto el Coco que se ahogó en el tanque de su padre por sufrir un corte de digestión. Sino una turista finlandesa, de la que nadie parece acordarse, que se atragantó con unas garbanzas compuestas en un guachinche de Armeñime. ¿O es que nadie parece haberse dado cuenta de que Paquita no era ni rubia ni precisamente flaca? Vale que en Adeje el finlandés les suene a psicofonía, pero dice Elsa (y yo suscribo) que sobre la confusión flota el desagradable aroma de la xenofobia.

Elsa y yo, que lo sepa todo el mundo, estamos bastante enamorados. Es un amor limpio y sincero, que no entiende de barreras idiomáticas ni existenciales, pero que por razones obvias nunca podrá ser carnal. Y eso me jode bastante, qué quieren que les diga.

A veces robo

Todos hemos oído aquello de “es mejor de pedí que de robá” pero yo no lo tengo tan claro. A ver, no quiero decir que nos dediquemos a quitar a diestro y siniestro pero, según el contexto, creo que a veces es mejor robar. A mí me han educado para que no pida, si lo hacía me decían que pedía más que las hermanitas de la caridad. Pedir está feo. Y es que si lo piensas, este verbo está cargado de connotaciones negativas.

Vayamos a su definición, según el DRAE:

  1. tr. Expresar a alguien la necesidad o el deseo de algo para que lo satisfaga.
  2. tr. Por antonom. Pedir limosna.
  3. tr. Dicho del vendedor: Poner precio a su mercancía.
  4. tr. Requerir algo, exigirlo como necesario o conveniente.
  5. tr. Querer, desear o apetecer.

Necesidad, limosna, desear, exigir…

Para empezar, es una acción en la que dependemos siempre de otra persona, de su buena voluntad, de su disponibilidad, de que esté de buen humor, de que entienda lo que pedimos, de que sea empático, de que esté en su mano, de que no le suponga un problema y un montón más de ‘de ques’.

Cuando pides estás en inferioridad, el otro tiene lo que tú quieres, sea quien sea, tu hermano, tu amante, tu amigo, tu jefe, dios o el universo. Si pides es porque te falta algo, amor, cariño, dinero, tiempo, comida, trabajo, libertad, una oportunidad… Algo que el otro sí tiene o al menos eso crees. Muchas veces pedimos a la persona equivocada, a quien no te puede ser fiel, a quien no es capaz de amar, a quien no sabe compartir, a quien no dispone de nada aunque lo parezca o simplemente a quien no quiere dar. Eso es frustrante.

A veces el cuerpo me pide que robe y le envío una respuesta negativa, ‘pedir está feo’, me pongo en mi sitio y no le concedo tregua, me controlo, me reprimo, me castigo por necesitar a los demás, por ser tan sensiblera, por sucumbir al corazón, por depender. Eso me deja un malestar difícilmente apaciguable. Otras me dejo llevar, le doy lo que necesita y robo. Robo caricias de esas que parecen sin querer o aprovecho un contacto casual para quedarme con un olor de los que producen adicción, – como el aroma de un cuello en el hueco que se forma entre la camisa y la clavícula – que casi te hacen llegar al éxtasis. Me encanta atrapar una mirada inesperada de las que te dan la vuelta al estómago tirando con él de todos los músculos de la entrepierna. El tiempo es más difícil, pero también lo he conseguido, sólo se trata de aplicar la estrategia adecuada. El tacto de un pelo recién cortado o de una barba cuidada es fácil de excusar. Me gusta robar la intimidad de los que amo observándolos dormir… A veces prefiero robar.

Creí que lo de la lista de las “buenorras olímpicas” que cierto medio cambió después por “olímpicas más atractivas” cuando le arreciaron las críticas era solo el producto de la mente calenturienta de cierto jefecillo rancio que se excitaba viendo cuerpos femeninos con cualquier excusa.

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Sin embargo, a medida que transcurrían estos Juegos Olímpicos de Río de Janeiro empezamos a darnos cuenta de que el jefecillo calenturiento no estaba solo en su hazaña, tenía otros aliados en la prensa internacional.

Y así, de pronto, en las semanas que ha durado un evento tan importante como el que hemos vivido estos días y que ha arrojado grandes éxitos para el deporte femenino era difícil no leer que los oros, platas o bronces de muchas de ellas se debían a la perseverancia de sus entrenadores, o que “la mujer de” tal deportista conseguía subir al podio (curiosamente, ella también deportista, vaya por dios) o que las deportistas del equipo sueco eran “las bellezas nórdicas, rubias” o a saber qué otro adjetivo.

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Titular del diario latinoamericano Olé.

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Hasta el punto ha sido el bochorno, que otros medios vieron la oportunidad de recopilar las machistadas más sonadas. La articulista Barbijaputa se atrevió acertadamente a escribir un texto mofándose de todo ese lenguaje sexista que usan esos jefecillos calenturientos. ¡Mi aplauso! A veces solo viéndolo escrito es como nos damos cuenta del ridículo más espantoso que hacen algunos al ensalzar los éxitos femeninos no por la valía deportiva de muchas mujeres sino por sus cualidades físicas.

Incluso un estudio de Cambridge University Press pone en evidencia cómo de las mujeres olímpicas se resaltan su estado civil, su apariencia física o su edad, mientras que de los hombres se destacan valores como la fortaleza física o la habilidad y pericia en el juego.

 

Pero ya la gota del cinismo la vemos en esa misma publicación inicial que hablaba de “buenorras” y que días después dedica un artículo a analizar el machismo que aún persiste en los JJOO, como si no fuera con ellos. ¡Ole ahí!

Poco más tengo que aportar. He aquí otro buen resumen que edita en vídeo El Huffintong Post en su página de Facebook. Yo me voy a acostar.

 

Galápagos (IV)

Cangrejo violinista. Crédito: Natalia Ruiz.

Me preguntaba qué narices eran todos esos agujeros que había en la arena. Cientos. Unos más pequeños. Otros de mayor tamaño. Pero nada. En los días primeros no veía nada entrar o salir de esos agujeros. Y pensaba que eran solo eso: extraños huecos en la arena. Hasta que un día (no porque mi paciencia observadora de estatua se viera recompensada, sino por puro azar) los vi.

De lejos eran una sombra. Al acercarme observé cuerpecillos diminutos y veloces volviendo a sus agujeros.

¡A -JA-JÁ! ¡Son cangrejillos!

Pero no un cangrejillo cualquiera. Estos bichos mínimos son cangrejos violinistas. (Me recordaron a un personaje de “Las doce pruebas de Asterix”, un lanzador de jabalina que tenía un brazo mucho más desarrollado que el otro. Cosas de la mente). Del género uca, los machos son los que tienen esa tremenda pinza. Pero, ¿para qué?

Dicen los expertos que es para proteger a sus hembras y a su territorio del ataque de otros machos. Menuda pesadez, todo el día con ese cacho pinza que pesa casi como todo el resto del cuerpecillo… Los cangrejos no crecen como nosotros, no: ellos mudan la “cáscara”. Van dejando cáscaras vacías por ahí. Durante el proceso son más vulnerables y permanecen escondidos hasta que su nueva carcasa se endurece. Y la cacho pinza también crece. Incluso si la pierden en una batalla, la siguiente muda les proporcionará otra pinza pero, esta vez, en el otro lado (alucinante, ¿verdad?).

Pero eso no es todo.

Una cosa que me llamó mucho la atención al buscar información sobre estos bichejos es el fenómeno de lo que los expertos denominan “deshonestidad” en la naturaleza. A veces, al perder la pinzaca, desarrollan rápidamente otra, de igual o mayor tamaño, pero endeble. Se trata de mostrar una pinza que asuste, aunque sea de “cartón”.

Pobrecillos. Deben vivir muy estresados. Primero, por el peso de la pinza. El peso de defender su territorio. Y si pierdes tu pinza no puedes esperar al siguiente ciclo de crecimiento, no: el tiempo apremia. ¡A fabricar una pinza de cartón! Y a esperar que ningún otro macho quiera hacerte la puñeta.

Cuántas cosas esconden esos diminutos agujeros en la arena…

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Les unió un flechazo. Les separó un click.

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– ¡¿Por qué me ignoras?! No contestaste a mis whatsapps, no comentaste mi publicación en Facebook, no retuiteaste mis tweets, ni un Me gusta en Instagram…

– ¿No viste la actualización de mi estado?: “entro en la ducha”.

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Anuló su cita para cenar. Su ex se lesionó en clase de zumba y él tuvo que recoger a la mayor en clase de chino, al pequeño en ábaco y quedárselos esa noche. Menos mal que ella al día siguiente pudo desahogarse con su coach.

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Las fases de su relación:

me gusta / me encanta / me divierte / me asombra / me entristece / me enfada / compartir.

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Pasó horas y horas, durante meses, revisando perfiles en E-darling. No le  gustó ninguno. Era un soltero exigente.

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Amor de un sólo uso.

Pareja de usar y tirar.

Relación desechable.

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Dejaron de escribirse. Perdieron la conexión.

 

 

 

Tristura

Faith

Foto: Jill Greenberg

No hay mayor verdad que esa que asevera que “Hay gente pa’tó”. Porque hay gente pa’tó y pa’más.

Está, por ejemplo, ese tipo de gente pronta a la tristeza. Esa que responde a un Re menor como si esperara en el semáforo jugando con el embrague y el acelerador para entrar chillando rueda en la nostalgia. Son esos que ante la primera nube no piensan en el alivio del fresquito, sino en que se jodió la playa. Los que empezaron la última temporada de Juego de Tronos rumiando que ya se acercaba el final. Los que ríen con Louie porque con Louie se ríe, pero. Son los mismos que tienen una biblioteca llena de gente triste. Y son bibliotecas abultadas porque esos libros ocupan más, que llevan dentro a gente de verdad. Son esos que ven en cada puesta de sol una despedida, en cada despedida un vacío, en cada vacío una muerte y en cada muerte… Bueno, son esos que evitan pensar en la muerte.

Los del pero, el aunque, el y si, el total pa’qué y la madre que los parió.

Es esa gente que colecciona discos de The National y espera años por lo nuevo de Damien Rice. Los que consideran que lo último de Sufjan Stevens es una puta maravilla. Los que le pedirían al DJ Hallelujah (de Jeff Buckley, obviamente) a las 4 de la mañana en Amnesia. Son aquellos que escuchando “Un buen día” pasan por encima del Marca, de Spiderman, Mendieta y los cuatro millones de rayas y asienten cuando Jota explica que “no me he acordado de ti hasta que he llegado a casa, y ya no he podido dormir como siempre me pasa”.

No sé si me entienden, ni voy a explicar qué tipo de gente soy yo. Solo diré que ayer se me acabaron las vacaciones.

Háganse una idea.

El presidente del gobierno en funciones, un señor al que le gusta “caminar rápido” moviendo los brazos (para enterarse, dice de los problemas de los ciudadanos ¿?¿?¿?) y que muestra algunos lapsus de falta de coherencia en su discurso habitual, ha dicho recientemente que si en este país llegamos a las terceras elecciones “haríamos un ridículo” magnífico. No creí que coincidiera nunca con este “buen hombre”, sobre todo porque el resto de las veces que ha dicho algo a los españoles (en directo o por plasma) ha subido el pan más que los huevos en Venezuela; sin embargo, esta vez corroboro todas sus palabras e incluso las refuerzo diciendo que ese ridículo que el teme no llegará con los terceros comicios, es que se está produciendo desde hace exactamente ocho meses.

La situación en la que se encuentra esta España mía, esta España nuestra, más parece un esperpento ideado por el mismísimo Valle Inclán, o quizás un escena calderoniana, plagada de grotescos excesos y diálogos sin sentido (aparente). Y mientras, como cualquier epidemia que se precie -¿recuerdan la gripe aviar, el ruido que hizo y lo pronto que se olvidó?- la verdadera y difícil problemática de todo el asunto se va diluyendo tras el humo de los Juegos Olímpicos, de los programas del corazón, de los incendios de Galicia o La Palma, o de las vacaciones en la playa.

Mientras, en la tramoya, los bufones del siglo XXI siguen urdiendo su comedia, bebiendo de sus copas rebosantes (todos, los que dicen que no lo hacen también) en una orgía de placer, que consiste en decidir cómo no decidir el reparto de los escaños: un no y un sí, un quiero y no puedo, un conmigo o sin mí.

Y si llegamos al ridículo, si por tercera vez volvemos al ridículo más espantoso de los que ha sufrido este país sufridor, volverán a ponerse sus máscaras y a salir al escenario para, desde allí, reírse ellos, en una suerte de comedia inversa, de todo el público que acude a este circo de mierda mal llamado democracia.

Pagaremos la entrada para que nos humillen otra vez, y hasta aplaudiremos.

Como siempre.

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