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Se piensa que la oveja negra es feliz por ser diferente, que es muy roquera, que da nombre a bares de copas porque es la más enrollada. Pero nadie habla de la soledad y la frustración que experimenta la oveja negra. Y no porque sus compañeras blancas la ninguneen, porque ella sigue habitando en el rebaño como una más. El dolor de la oveja negra viene, precisamente, de que adora a sus compañeras de blanca lana y, sin embargo, no encuentra la forma de que sean felices como lo es ella. Ha intentado que disfruten de la visión de una colorida mariposa pero las ovejas blancas sólo lloran por el pasto perdido, por las tierras que antes recorrían y que ahora, con el pastor venido a menos, no pueden pisar. Las borregas que tanto quiere trabajan y sufren para seguir al rebaño y se asustan ante el pastor alemán que las reúne. La oveja negra, en cambio, se entretiene con el caminito de las hormigas y se queda atrás y cuando el pastor ladra ella le hace un quiebro y lo invita a jugar. Las blancas la pelean mucho. Le dicen que vive en los cerros de Úbeda, que no tiene las patas en el terreno, que no demuestra ilusión por mejorar, que se conforma con cualquier mariposa. Es entonces cuando la oveja negra se entristece y se siente muy sola y, algunas veces, aunque sean las menos, siente rabia, porque ella sabe que todas serían felices con las pequeñas cosas, pero no hay manera de que las otras la entiendan.

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Pieza incautada en la "Operación Pandora". Crédito: Guardia Civil.Robar obras de arte, antigüedades y otros bienes tiene un nombre: expolio cultural. Al parecer es algo que se ha hecho desde que somos conscientes del valor de algunos objetos, ya sean históricos o artísticos. A mí me sorprende que el tráfico ilegal de este tipo de cosas sea tan suculento, por lo que entiendo que hay gente que pagará (y mucho) por estos objetos, aun sabiendo que son robados.

El arte tiene muchos significados y cada persona interpreta las obras de una manera distinta, se relaciona con ellas de formas diferentes. Hace unos años me emocionó muchísimo la obra de teatro “El guía del Hermitage”, en la que un brillante Federico Luppi interpretaba el papel del guía que, en los días en los que intentaban salvar las obras del museo ruso del asedio alemán (enviándolas en tren a los Urales), podía hacer el recorrido por el museo vacío, haciendo sentir a quienes le escuchaban que los cuadros y sus historias seguían allí.

Si ya desde la segunda guerra mundial (e imagino que muchísimo antes) hay operaciones de protección, búsqueda y rescate de obras sustraídas (como cuenta la película “The Monuments Men“, inspirada en hechos reales), la actualidad no iba a ser menos.

Hoy en día hay operaciones internacionales para impedir que los cacos se salgan con la suya. Y, lamentablemente, los ladrones aletean cual buitres alrededor de zonas de guerra, sabiendo que estas áreas de conflicto tienen otras cosas de las que preocuparse. Me alegra saber que hay expertos que se dedican a perseguir estos delitos y a castigar a los ladrones, como en la “Operación Pandora“, en la que han participado 18 países europeos y que ha tenido como resultado la detención de 75 personas y la recuperación de 3.561 piezas. A veces los objetos, tanto artísticos como arqueológicos, son mucho más que “cosas”: son memoria.

Listas

Internet y, en concreto, los medios digitales se han convertido en una fuente inagotable de consejos con los que o alcanzas la felicidad total o te hundes en el más hondo de los pozos si ves que no te ajustas a los parámetros por lo que se debe regir una vida plena.

Parece increíble pero hay listas de cosas que se deben o no se deben hacer para absolutamente todo tipo de situaciones.

A veces leo esas listas por curiosidad pero también, lo reconozco, para saber si puedo considerarme una persona apta para vivir en esta sociedad moderna.

Algunas de esas listas que aparecen de forma recurrente en los medios nos ilustran sobre lo que debemos o no decirle a nuestros hijos si queremos evitar que sean unos desgraciados de por vida, unos debiluchos, unos seres sin autoestima o gente con nula capacidad de liderazgo.1aa2f7441c2e1e8ce1ae43bf58de9bfa_xl

Confieso aquí que soy una madre terrible porque de las diez frases que hay que evitar decir a los niños hay ocho que yo les suelto a mis hijos no a diario pero sí con frecuencia. No se crean que me hace gracia, me lleva a cuestionarme mucho mis aptitudes maternales y llego a preguntarme si no estaré ejerciendo una especie de maltrato motivacional, una autoridad desmesurada sobre esos pobres niños.

Recomiendan ahí que nunca les digas “me tienes harta”. Yo jamás lo hago pero solo porque lo sustituyo por un “me tienen hasta el gorro”, el ya clásico “estoy hasta el moño” o “hasta aquí me tienes hoy”, al tiempo que coloco mi mano un palmo por encima de mi cabeza.

Tampoco hay que decirles “me vas a volver loca” o “porque lo digo yo y punto” porque eso puede tener “un impacto negativo en nuestra relación”, además de generarles “gran ansiedad”. Mira, un impacto negativo es que alguien, en este caso menor de edad y poco preparado para saber lo que le conviene, insista cien veces en los mismos argumentos para ver si consigue lo que quiere. Cuando ya se le han dado varias respuestas más o menos amables y razonadas y se entra en un bucle sin fin creo que es más que adecuado espetar esas y otras expresiones, acompañadas mentalmente, si procede, de un “no te fastidia el monicaco este…”.

“Eres un vago” (a mí me gusta más usar gandul/a) es otra de las frases a evitar porque también “daña la relación paterno-filial” y “provoca en los jóvenes frustración y desinterés”. Vamos a ver, ¿y la visión continuada de ropa, juguetes, libros, tirados por la casa, la existencia de un mini ser echado viendo la tele mientras su cuarto se cae a pedazos… no daña la relación y la convivencia? ¿Acaso no genera frustración? A mí, muchísima.

En fin, no voy a relatar aquí todas y cada una de las (ahora, gracias a las listas, lo sé) barbaridades que digo cuando me canso de ser políticamente correcta. Valgan estas como ejemplo y agradézcanme que les ahorre más detalles. Solo añadiré como anécdota que hace unos días les pregunté por un ejemplo de gran depredador y uno de ellos respondió: “tú, cuando te enfadas”.

El pedo

Me pasó una vez. Hallábame yo en la intimidad del ascensor de mi edificio, amparado en su soledad, temporal pero soledad, cuando algo se movió dentro de mí. Una tripa. Ya estaba por llegar a la planta baja, pero no sé qué pensé. Si fue un exceso de confianza, una prisa inaplazable o una enajenación mental transitoria. No sé, pero me dejé ir. Me tiré el pedo. Acto seguido y rubor mediante reaccioné con esperanza: mucha mala suerte sería que justo ahora estuviera alguien esperando para entrar al ascensor. No podía ser así. Justo ahora. Pero así fue.

Hui como alma que lleva el diablo metiendo la nariz bajo el sobaco. Mi esencia tardaría en olvidarla. Mi cara no. Fui un cobarde, quizá, un irresponsable, puede ser, pero ¿qué otra cosa podía hacer?

Eso pensaba entonces, porque hoy sé que podía haber hecho miles de otras cosas. Empezando por quedarme dentro del ascensor y:

  • Negar el mal olor.
  • Negar mi autoría intestinal ante la evidencia incontestable del pestazo.
  • Culpar a un tercero (No sabes lo mal que huele Carmina la del segundo tercera / Esto es el crío del del cuarto primera, que s’ha cagao).
  • Hacer salir al vecino en el primer piso aunque no sea el suyo.
  • Si falla todo lo anterior, recomendarle al vecino un neurólogo, porque esto de que huela cosas que no existen no puede ser sino una lesión cerebral.
  • Acto seguido, mudarme a la zona alta de la ciudad, poniendo el alquiler de mi villa a nombre del vecino molesto.

No lo hice así, no tengo alma de crack, de figura, de máquina, de campeónLo siento, me he equivocado y no volverá a ocurrir . Al menos no de esa manera.

 

 

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Parece que aquí dentro cuesta respirar (EFE)

Sociables

[…] Internet en lugar de disminuir la sociabilidad la aumenta, en lugar de alienar contribuye a desalienar, en lugar de deprimir contribuye a manejar mejor la depresión y el stress. Por una razón muy sencilla: un sistema de comunicación libre e interactivo agrupa a la gente. Cuanto más usamos Internet, más sociabilidad física tenemos”.

Manuel Castells.

 

Si echamos un vistazo a las noticias sobre el uso de internet o del teléfono móvil que publican muchos medios, nos daremos cuenta de que una importante cantidad de ellas intentan convencernos de lo terribles que pueden llegar a ser. Continuamente nos advierten de los peligros de estar en internet, de las consecuencias de pasar nuestro tiempo en Facebook y de la relación entre internet y el aislamiento social e incluso la violencia.

Los seres humanos somos seres sociales por naturaleza, por mucho que el capitalismo y el neoliberalismo insistan en que lo más importante es el individuo. Y precisamente lo que nos proporciona internet es sociabilidad. Es un error pensar que porque una persona pase mucho tiempo de su vida en la web o en las redes sociales está perdiendo el tiempo o se convierta en un antisocial; ese error lo cometemos porque aún no somos del todo conscientes de la enorme capacidad de socialización que tienen las redes.

 

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La imagen que aparece sobre estas líneas era muy habitual hasta la aparición de los teléfonos inteligentes y las tabletas (aún hoy se puede ver algo parecido en cualquier medio de transporte público) y nunca se nos pasaría por la cabeza que esa gente sea antisocial o tenga algún tipo de problema de socialización. Pero la cosa cambia si en lugar de mirar una hoja de papel están mirando una pantalla. Sin embargo, no nos paramos a pensar que lo que está haciendo la gente de esta foto es únicamente informarse y pasar el rato, mientras que el que está delante de una pantalla puede estar haciendo eso mismo y además conversar con personas de cualquier parte del planeta, discutir sobre cualquier tema en las redes sociales, buscar gente con la que hablar o entablar relaciones sexuales o amorosas e incluso escribir un artículo como el que están leyendo en este momento. ¿Es eso ser antisocial? ¿De veras creen que se está perdiendo la sociabilidad?

Hará unos cinco o seis años unos amigos intentaron iniciarme en el mundo de los juegos de mesa. Siempre me han gustado, pero nunca tuve el grupo de personas adecuado con quien jugar. Después de eso me compré un par de juegos y con un pequeño grupo de amigos comenzamos a celebrar jornadas lúdicas (aunque muy espaciadas en el tiempo debido a nuestros compromisos de personas adultas). Todo siguió más o menos así hasta que descubrí la enorme cantidad de aficionados a los juegos de mesa que existen en Internet y que han montado foros, grupos de Facebook o canales de Youtube. Desde que comencé a pasar mi tiempo libre en estos lugares virtuales comencé a comprar más juegos, algunas personas que no conozco personalmente me han añadido a sus redes y me han ofrecido ir a jugar con ellos, he descubierto grupos que organizan jornadas lúdicas en diferentes lugares de mi ciudad e incluso gente de españa (país en el que no vivo) me ha dicho que cuando vuelva podemos organizar partidas. Y todo eso gracias a Facebook o Youtube. No, no pienso que esté perdiendo mi tiempo y tampoco creo que eso no sea socializar. De hecho, este mismo auge de los juegos de mesa es un ejemplo palpable de que la gente no es menos social después de la llegada de internet, sino todo lo contrario.

 

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Así que sí, aunque usted no lo perciba, la gente es hoy más sociable que antes. Conoce más personas y lugares, se reúnen para jugar alrededor de una mesa, para tener relaciones sexuales, para hablar de música, cine, televisión, libros o lo que sea. Porque está en nuestra naturaleza.

 

 

Me dijo: “tú tranquilo, hazlo lo mejor que puedas, y si te ves agobiado no te preocupes que yo me acerco a ayudarte”. No busquen interpretaciones trascendentales, hablábamos de un partido de fútbol sala. Y quien me lo dijo era mi compañero en el cierre del equipo. Jugábamos el Trofeo Rector de la Universidad, contra un equipo de Medicina. El nuestro estaba formado por estudiantes de muchas titulaciones, yo creo que éramos el menos universitario de todos los conjuntos, y el menos oficial de todas las escuadras. Nos reíamos mucho, compartíamos amistad vieja y sincera. Algunos habían sido futbolistas, otros ni siquiera éramos deportistas.

Me dijo: “da igual, lo importante es compartir este rato, lo haces mejor o peor; lo divertido es hacerlo juntos y ya“. Él ni se acordará de estas palabras, pero a mi, casi ocho años mayor, me sirvieron como un aliciente, un aprendizaje, para salir allí, colocarme en el centro de la cancha y dar todo de mi, todo lo que supe o pude. Si fallaba, si la cagaba (podía darse con mucha seguridad esta situación) él estaría allí para ayudarme.

No recuerdo si ganamos o si perdimos aquel día. Ni siquiera si jugué cinco, diez o veinte minutos. Solo recuerdo que aquel amigo me dio esa lección de vida: estaré aquí para ayudarte, y con ella una confianza ciega en mi mismo. Saber que él estaría ahí al lado me hizo mucho más fuerte.

Han pasado ya casi 17 años de eso. La Esclerosis Múltiple llegó a su vida, callada, traicionera y vil, y se coló por sus rendijas, empezó a hacer estragos en su día a día. Pero él no se para, no se rinde, no deja de sonreír, y lo más importante, no deja de ayudar. Como me dijo aquel día, “estaré aquí para ayudar”, y eso está haciendo. Y me gusta pensar que parte de su fortaleza radica en que es consciente que muchas personas estamos aquí, a su lado.

Yo quiero estar aquí, ayudarlo a él y a los que están como él, porque le debo esa ayuda, y esa sonrisa. Porque #rendirsenoesunaopción. Porque si compartimos el peso de los fardos que nos carga la puñetera vida, se hace más ligero el viaje, los obstáculos más llevaderos.

Marino, esta va por ti, te la debía. Este partido sí que lo vamos a ganar.

Si quieres echar un cable para actuar localmente y ayudar a personas con Esclerosis Múltiple puedes enviarme un correo a jleonciog@gmail.com o ponerte en contacto con la Asociación Pichón Trail Project. Puedes ayudar económicamente, corriendo, o de cualquier forma que se te pueda ocurrir.

La Reina Blanca

Debo reconocerme seriéfila a estas alturas de la vida. La televisión en sí no me interesa, pocos programas hay que sean dignos de ver en ella, incluso me atrevo a decir que existen cadenas que aboliría en mi televisor. Por eso hace ya tiempo que lo que veo son documentales o series, mayormente series, y si son históricas mucho mejor.

A lo largo de esta semana he visto The White Queen, basada en los libros de Phillippa Gregory –La Reina Blanca, La Reina Roja y la Hija del Hacedor de Reyes-. Quitando el hecho de que son novelas históricas y como tales tendrán parte de ficción, he de reconocer que me ha llamado mucho la atención en el sentido de que, precisamente, por ser parte de la historia, la gran mayoría de los hechos ocurrieron y fueron así.

En las novelas y por lo tanto en  la serie se relata cómo se desarrolló La Guerra de Las Dos Rosas (1455-1485). Por un lado estaba la Dinastía Lancaster (los representaba la rosa roja) y por otro lado la Dinastía York (a los cuales los representaba la rosa blanca). Cuesta creer la cantidad de pactos, traiciones, secretos, ambiciones, hipocresía, cambios de bando y muertes que se produjeron durante esta guerra. El que hoy era tu aliado mañana podía ser tu enemigo más acérrimo y viceversa ¡Y se quedaban tan anchos!

Pongo un ejemplo gráfico para que os hagáis una idea. En teoría, Margarita Beaufort (madre de Enrique Tudor, futuro Enrique VII de la Dinastía Lancaster) ordena el asesinato de los hijos varones del Rey Eduardo IV (Dinastía York) e Isabel Woodville tras la muerte de este para evitar que lleguen al trono y, conseguir así, que su hijo esté más cerca del mismo. Pues la Reina Isabel que ya no es Reina, caída en desgracia tras haber sido declarado nulo su matrimonio con Eduardo IV y sus hijos bastardos, y a pesar de tener este dato de la más que posible traición de Margarita, promete a su hija mayor, Isabel, con Enrique Tudor, para que así ella llegue a ser Reina de Inglaterra y digamos, la dinastía York, siga en el trono.

¿En serio? ¿Tan importante es el poder? Muchas veces decimos que la realidad supera a la ficción, pero yo no me puedo creer la cantidad de “malas artes” que se pueden utilizar para llegar o conservar el poder ¿a cualquier precio?

Me he quedado bastante impactada con todo lo que sucedió a nivel histórico en la serie y esto me ha hecho preguntarme si hoy en día el poder sigue teniendo esa gran influencia en las vidas de las personas. Probablemente sea así, otros problemas, otras historias, otros secretos y otros tiempos en definitiva, pero el fin es el mismo. Quien tiene el poder tiene la fuerza, da igual el precio que haya que pagar. Simplemente no lo entiendo.

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