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Tabúes

embarazadaConfieso que llevo días dándole vueltas al contenido de esta entrada. Más bien llevo días dándole vueltas a cómo enfocar ese contenido por lo de delicado que tiene el tema, no ya para los que puedan leerme, sino para mí misma. Es un tema que me suscita una lucha interior entre lo socialmente aceptable y los sentimientos sin filtrar que surgen, inevitablemente.

Fue a raíz de este artículo, además del estupendo post de mi compañera siempreenmediera Naima Tavarishka, que decidí abordar el tema de la ‘marcha atrás’ en la maternidad. He hablado alguna que otra vez aquí de mujeres que optan por no ser madres, una elección que sigue siendo incomprendida aunque cada vez menos a tenor de que el número aumenta, pero no de mujeres que se arrepienten de haber tenido hijos.

Para poner los puntos sobre las íes debo aclarar que no hablo de malas madres, de mujeres que no quieren a sus hijos o que no cumplen a la perfección con su papel, no, no, probablemente las mujeres de las que hablo son madres magníficas, responsables, amorosas pero que, en un momento dado y sintiendo angustia, vergüenza y remordimiento han pensado: si volviera atrás no los tendría. Es un pensamiento que no comparten con nadie porque ¿qué dirían si se enterasen de que me planteo alternativas, si supiesen que dejar a un lado un montón de cosas me ha hecho más infeliz a pesar de la felicidad que he sentido teniendo hijos?

Todo esto tiene que ver con ese rol madre que se nos ha asignado a las mujeres, ese rol sin el cual nos han vendido que estamos incompletas, que no hemos hecho aquello para lo que fuimos concebidas. Si hemos cumplido las expectativas ¿cómo vamos a pensar que igual nos hemos equivocado?, sería poner en cuestión las consignas de una aplastante mayoría. Pero sí, se puede estar arrepentido y se puede decir sin que nos quemen en la hoguera o nos señalen, que bastante nos culpabilizamos ya nosotras.

 

 

25 años

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Después de divorciarse de mi padre, mi madre empezó a comerse, beberse, patearse y bailarse la vida. Aunque resulte duro decirlo, todavía hay mujeres para las que la viudedad acaba siendo una bendición, pero mi madre ni supo ni quiso esperar. El hecho es que mi padre sólo duro cinco años desde que se separó de mi madre, así que ella se autodenomina viuda, seguramente porque no tiene esa connotación de fracaso vital que le damos al fin no amistoso de una relación amorosa. Algún día les contaré lo difícil que resulta divorciarse cuando lo has intentado todo y, además, ya no cumples ni los 40 ni los 50, pero hoy tocan cosas más alegres.

Les decía que mi madre es, como decimos en Bilbao, un poco rochera. Vamos, que donde se fragua un plan divertido y sano… allí está ella. No siempre fue así. Cuando yo era adolescente la recuerdo en casa, más bien depresiva y con el peso del mundo sobre sus hombros. Sin embargo, alguien la animó a salir y apuntarse a un Centro de Promoción de la Mujer. Mi sobrina que ahora mismo tiene 25 años no tiene ni idea de qué es eso porque hace unos años se decidió ir cerrándolos.

Al parecer hoy en día las mujeres adultas tenemos otras formas de promocionarnos. Ya no cumplen su función, dicen las instituciones públicas y privadas que los sustentan. ¿Y cuál es, o mejor dicho, era su función? No sabría decirlo en lenguaje fino y administrativo, pero sí puedo contar lo que hizo con y por mi madre. Le permitió recuperar la autoestima, verse como una mujer aparte de esposa y madre, estudiar y sacarse el graduado escolar, aprender algo de inglés (reconozcamos que no era tu fuerte, ama), hacer amistades con otras mujeres, abrirse a los demás, prepararse poco a poco para la que seguramente fue la decisión más importante de su vida y…decir basta.

Muchos hombres, incluido mi padre, vieron estos centros como una amenaza a su mal entendida estabilidad familiar. Estaban tan equivocados y eran tan necesarios que yo, aunque nunca los pisé, les guardo un cariño muy especial. Creo que pocos servicios han hecho tanto por las mujeres en Bilbao.

Esta semana mi madre ha ido a celebrar los 25 años de su entrada en el Centro de Promoción de la Mujer de Zorroza. Han hecho una gran comida, de esas que nos gustan tanto a los vascos, con las profesoras que entonces tuvieron el gran y difícil papel de enseñar a toda una generación que cultivarse, salir, tener criterio y tomar decisiones no sólo no era malo, sino deseable. Como no tengo permiso de ellas, no puedo enseñarles la foto de todo el grupo, pero tengo que reconocer que cuando la recibí hace unos días me emocioné. Allá estaban todas, mi madre y las amigas a las que he ido conociendo en todos estos años. Mayores pero sonrientes. Supongo que ellas dirán lo mismo de mi.

Quejas

He decidido dejar de quejarme. No sé por cuánto tiempo porque, aunque el propósito es firme, hay quien dice que gruño más que hablo y eso me hace dudar un poquito de mis posibilidades. Lo que pasa es que últimamente he notado que mi medidor de quejas rompe todos los parámetros y me paso el día resoplando y perfeccionando mi habilidad para poner los ojos en blanco.

Me siento como si arrastrara una bola de hierro y, honestamente, me molestan hasta las palabras de ánimo que los amigos y conocidos bienintencionados me van soltando cada vez que abro la boca para quejarme.

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El caso es que mi día a día se ha convertido en una retahíla sin sentido de exabruptos que voy encadenando hasta llegar a la noche con la sensación de que voy a explotar en cualquier momento. Tengo quejas de todo tipo y para cualquier situación: amargas, sarcásticas, lastimeras, calculadas, espontáneas, iracundas -la mayoría-, cómicas y hasta irreproducibles en voz alta.

Para conseguir mi objetivo me he puesto a analizar objetivamente si de verdad tengo tanto por lo que quejarme y he llegado a la conclusión de que el 99 por ciento de mis lamentos me sobran. A mí y al resto. He comprobado que no tengo argumentos suficientes para defender ante mí misma esta actitud plañidera que me llena de negatividad.

La verdad es que lo realmente decisivo ha sido darme un golpito con la realidad, comprobar que cualquier situación que a uno le parezca negativa puede empeorar, haciéndole desear la vuelta a lo anterior. También llego a sentirme ridícula cuando me paro a pensar en el motivo de mis quejas y recuerdo que mi situación es de absoluto privilegio.

Por, tanto, no me propongo ir por ahí echando pétalos al aire pero sí voy a tratar de quitarme piedras de la mochila, empezando por las dichosas quejas.

Al final, quejarse es dar por hecho que las cosas le pertenecen a uno, cuando la realidad es que todo aquí es prestado y en cualquier momento se esfuma.

 

Cambié de aires en mis mañanas y, primero, noté un cambio de ruidos. Del tibio rumor blanco de ordenadores y timbrazos de teléfonos sin descanso, a una quietud rota a veces por las voces ajadas de un pescadero, por la pita de vendedores de ropa, por la moto de un cartero que transita por las aceras y da cuenta de los buzones sin apearse, por viandantes que a su paso levantan olas de ladridos de perros sucesivos que, tal que se acercan, se alejan.

Del bullicio de frenéticas conversaciones interrumpidas, al murmullo parsimonioso de diálogos deslavazados que surgen entre dos que se encuentran y se saludan, y con la misma parsimonia dícense adiós.

E igual que el viento lima impasible las aristas de las piedras, los ruidos de la mañana pulen sin pretenderlo la perspectiva de lo que ves, de lo que alegra y de lo que duele, de lo que importa.

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Cine para adultos

Después de meses compartiendo en redes sociales imágenes y avances, llegó el momento de reconocer que Mascotas, la película de animación con la campaña de promoción previa más larga de la historia, es un largometraje para adultos, que pueden ir al cine acompañados de niños si así lo desean. Son los compañeros de todos aquellos animales aceptados como domésticos por la mayoría de la sociedad quienes disfrutarán de las trastadas, reacciones, salidas y personalidades de los perros Duke, Max, Gidget y Buddy, el conejillo de indias Norman, el conejo Pompón o la gata Chloe, entre otros. Eso sí, es un misterio que el agapornis Plumitas no manifieste las mismas capacidades verbales que sus compañeros.

Si una familia tiene mascotas y acude a ver esta película de dibujos animados se escucharán las carcajadas a kilómetros. Porque los dueños de mascotas, sobre todo los adultos (tema aparte es la complicidad y entendimiento especial entre niños y animales varios) verán detalles que pasarán desapercibidos para el público general y disfrutará con el añadido de recordar a sus propios familiares peludos en situaciones semejantes.

(Spoiler): Y qué iba a decir yo ahora… ¡Mariposa!

Espuma

Keith Williamson @ Flickr.com (CC BY 2.0)

Keith Williamson @ Flickr.com (CC BY 2.0)

Seis años después de haberla comenzado, Don Luis concluyó con alivio su investigación sobre el baño perfecto. Fueron seis años de termómetros, tiras reactivas, noches en vela buceando en foros de Internet y una fortuna en franqueos postales, dilapidada en forma de frasquitos despachados hacia el laboratorio del doctor Rodés.

Amigo de sus amigos, la desveló entre puro y puro en una opulenta sobremesa de verano: “El agua debe estar exactamente a 28,5 grados, aunque en invierno es tolerable llegar hasta los 30. En ningún caso debe superar las 50 partes por millón de carbonato cálcico y del PH no hablo para no caer en obviedades. En cuanto a jabones, no hay mejor opción que el de lavanda inglesa de Yardley. Que por supuesto es de aceite, no de glicerina”.

Acostumbrados a sus excentricidades, ninguno de sus amigos puso la menor atención a la fórmula. Y sin embargo su autor la ponía en práctica cada mañana, en el amanecer de las gallinas, en una bañera exenta y de patas zoomorfas.

Bastante dado a las ensoñaciones, disfrutaba de la comunión con el agua desde la víspera. Al acostarse ya anticipaba el placer de la siguiente inmersión, con tal intensidad que en ocasiones le costaba conciliar el sueño. En aquellos diecisiete minutos (ni uno más ni uno menos, suficientes para tonificar la piel pero insuficientes para arrugarla), se sentía el puto rey del mundo.

Fue así como, sin saberlo, construyó el primer peldaño de su escalera hacia la más sofisticada de las infelicidades. Pues bastaba medio grado arriba o abajo para arruinarle no ya el día, sino la semana completa.

Noche de miedo

Anoche fue una de esas noches. Pero no de miedo como el de la película ¿recuerdan esa de los años 80 con el mismo nombre? No es terror a los vampiros, casi diría que ojalá, es el temor a volver a sufrir una noche de insomnio.

3:00. Me despiertan las ganas de orinar, intento volver a dormir e ignorarlas porque sé el riesgo que corro, pero no me dejan seguir durmiendo así que, aun sabiendo lo que puede ocurrir, tengo que levantarme.

3:05. ‘Se acabó’, resuena una y otra vez en mi mente.

3:10. Igual es el mismo miedo el que me impide conciliar el sueño de nuevo. Terror a no poder descansar más en toda la noche, pavor a seguir escuchando las voces en mi cabeza, esas hijas de puta que no paran de hablar ni para coger aire. Que van cambiando de un tema a otro, cada vez más angustioso. Lo que tienes pendiente de hacer, el trabajo, la conciencia, tus trabes, todos ellos se van sucediendo o simultaneando, según el día. Y la música de fondo. Siempre hay una canción que me acompaña, debe ser porque la música es muy importante en mi vida, pero en esos momentos en los que mi único objetivo es volver a dormir es insoportable. Además, puede ser cualquier melodía y se repite la misma parte una y otra vez:

I ain’t gon’ be cooking all day, I ain’t your mama
I ain’t gon’ do your laundry, I ain’t your mama
I ain’t your mama, boy, I ain’t your mama
When you’re gon’ get your act together?
I ain’t your mama
No, I ain’t your mama
No, I ain’t your mama, no

 

4:00. Miro el reloj, el muy desgraciado siempre está ahí con los números bien grandes para recordarme mi destino esa noche. ‘Igual es mejor que me levante’ y ahí están las voces, que aprovechan ese pensamiento para cambiar de tema y decirme lo cansada que estoy, que debo dormir, que me quedan poco más de dos horas para que suene el despertador, que aproveche, que estoy perdiendo el tiempo y siguen , siguen, siguen… No, I ain’t your mama.

4:30. Vuelta para un lado, vuelta para el otro, ahora boca arriba.

5:00. Me doy por vencida. Esto va a seguir así, no hay nada que hacer, el miedo me derrotó. Resistí lo que pude, lo intenté con todas mis fuerzas, utilicé todos los trucos que conozco y probé algunos nuevos, pero lo logró.

6:00. Y en ese momento en el que asumí que estaba totalmente sometida a sus garras, justo entonces, me sumí en un profundo sueño que duró alrededor de 15 minutos.

6:15. Vuelve el terror que me recuerda que esta noche estará acechando para volver a medirse conmigo.

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