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El paseo

Foto: pixabay.com (CC0 1.0)

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Las clientas más veteranas de la peluquería ya se han acostumbrado al ritual, pero a las novicias todavía les espanta.

Indiferente al susto que provoca, don Miguel Andújar sube puntual, cada miércoles por la mañana, desde la Plaza Mayor. Asciende por la Calle Mármoles, gira a la derecha en San Juan Evangelista y compra el ABC en el estanco del tío Braulio. Pide una menta poleo en la cafetería vecina y empieza a leer el periódico por la parte de atrás, comenzando siempre por los Obituarios.

Terciando las doce, cuando alcanza por fin la portada, se pone otra vez en marcha y es entonces cuando se aproxima al escaparate del salón de belleza. Acompañando a la pendiente de la calle, su silueta va ascendiendo a medida que cruza la cristalera de izquierda a derecha, mientras en el interior del local cuaja un silencio denso.

Cada miércoles por la mañana, desde hace más de veinte años, don Miguel se planta en el justo medio, se gira hacia su reflejo y lo taladra sin apenas parpadear durante cinco largos minutos, provocando un rosario de risitas nerviosas entre los secadores del otro lado. Hasta que por fin suspira, se levanta la boina y se acaricia la calva, brillante bajo el sol del mediodía.

«Mi primo el diabético hace lo mismo con las dulcerías», suele comentar doña Reme.

Batidos

Parece que no siempre fui de tan buen comer como ahora. De pequeña traía a todo el mundo loco porque me negaba a ingerir alimentos que no fueran de mi agrado. Cuando era más chica mi familia recurría a todo tipo de artimañas para convencerme y eran más los días que comía en casa de la vecina -Doña Emelina, a quien quería muchísimo y que tenía un precioso pastor alemán que me encantaba- que en la cocina de mi casa.

Cuando crecí un poco la cosa cambió. Se acabaron las contemplaciones. Había que comer me gustara o no, sin más. No había opción más allá de las tres cucharaditas de potaje que lograba encajarle a mi padre, siempre dispuesto a echarme una manita en lo que sea. Recuerdo a mi hermano Rober cumpliendo su amenaza de calzarme un fonil y hacerme llegar así el potaje a la garganta, sin pasar previamente por la boca.

Me acuerdo del calcio 20, el asqueroso aceite de hígado de bacalao, el redoxón, que sabía a fanta, el kéfir y, sobre todo, los jugos de tomate y zanahoria que me hacían beber antes de comer, todo con el fin de complementar mi, según ellos, deficiente alimentación.

La leche con gofio fue mi peor pesadilla infantil. La aborrecía, me repugnaba como si fuera caca de gato y no me la perdonaban ni un día. Yo sabía que tenía que pasar por aquello, por muchas pegas que pusiera. No me preguntaban, no me daban a elegir, no me convencían, no me sobornaban. Hoy sigo sin poder probar  la leche con gofio pero no tengo traumas, como de todo y me encanta probar cosas nuevas.

Desde hace tiempo veo en los canales infantiles de televisión, a cada momento, el anuncio de un preparado, unos polvos que mezclados con agua son perfectos, dicen, para los niños que rehúsan comer como es debido. Si miras en su web verás, lo primero, un test para que averigües si tu hijo es un “malcomedor”; según la marca, son la mitad de los hijos, porque aseguran que “en España el 45% de los niños en edad preescolar son malcomedores”. También te dicen que los resultados son mejores a partir de los seis meses de consumo, a razón de dos o tres vasos de ese batido al día, a 13 euros el bote de 400 gramos.

Entiendo que pasar por el infierno de lidiar con un crío que no come bien, día tras día, tiene que ser tremendo y desquiciante. Ahí es donde la industria mete la zarpa y da de lleno en la diana.

Por otra parte, permitir que se promocionen estos productos en los canales infantiles me parece un enorme error. Me pregunto qué mensaje les llega a los chicos si les decimos que hasta para cubrir una necesidad tan básica como comer hay un sustituto, un camino llano, sin esfuerzos.

Creo que aprender (y enseñar) a comer bien es aprender a vivir bien y pasar por ese proceso es necesario. Aunque parezca una tontería, en ese conflicto con la comida cuando eres un niño empiezas a entrenarte para saber manejar las dificultades que vendrán después, que son mucho más difíciles y, además, no hay batido que las evite.

Soy otro

Hace unos meses di uno de los pasos más complicados y trascendentales de mi vida: comencé a utilizar emoticonos. Sí, ríete, pero lo que me ha costado. Por un prurito absurdo, llevaba años renegando del vasto carrusel de caritas, gestos y demás pictogramas, no fuera que contaminasen el para mí venerado imperio del lenguaje, la casa del ser de Heidegger.

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Pero hete aquí que hace unos meses no sabía qué responder en una tensa conversación de ‘wasap’, no fuera que mi frase se malinterpretase. No tuve salida. Escribí unas pocas palabras y las deslicé junto a una carita sonriente. Como por ensalmo, mi interlocutor me la devolvió y la comunicación fluyó. Desde entonces me he atrevido con sendas caritas para otros tantos estados de ánimos, con un bíceps hipertrofiado y un pulgar hacia arriba. Es increíble, qué economía de la comunicación.

Ahora me acabo de enterar de que la ‘carita sonriente con lágrimas de alegría’ ha sido elegida ‘palabra’ del año 2015 por el Diccionario de Oxford: una tontería como otra cualquiera, pero que refleja cómo estos pictogramas han transido con sus bondades al mismísimo diccionario más prestigioso en lengua inglesa, y yo con reservas pueriles. Si hasta la RAE, que se podía hacer la remolona durante años para recoger una nueva palabra en su acervo, ya ha limpiado, fijado y dado esplendor a la voz ‘emoticono’.

Soy otro, sin duda. Mas mantengo mis líneas rojas: jamás usaré el de los aplausos, ni tampoco al pobre helado de chocolate que algún desalmado influyente logró que haya acabado universalmente identificado con una cagada. ¡Pardiez!

Llega el mes de mayo y comienza el calendario de fiestas populares. En nuestro país muchas de ellas, 16.000 según organizaciones como Igualdad Animal, utilizan animales dentro de las actividades programadas. Muchos de los que acuden a los festejos participan en los mismos desde niños y, ya de adultos, llevan a sus hijos a continuar la tradición familiar. Es a ellos a quienes quiero dirigirme hoy, porque creo que disfrutarían, de igual forma, si en familia acuden a una fiesta en la que los animales no sean los tristes protagonistas. Pienso que es normal el sentimiento de amor hacia un pueblo y sus tradiciones, pero también creo que esa alegría que experimentan en la fiesta la sienten porque recuerdan con cariño las horas pasadas con sus familiares, con los habitantes del pueblo y los visitantes, con la ruptura de la rutina. Pero lo mismo pueden sentir sin que un animal padezca el miedo al ver cómo de sus cuernos de repente surge el fuego, o una horda de humanos lo persiguen. Creo que la diversión puede continuar sin que los seres humanos lo mantengan cargando carretas todo un día, hasta que el sol y el cansancio le quiebra la voluntad. Les pido a esas personas que gustan de las fiestas populares que exploten su creatividad y, sobre todo, que cierren los ojos y se imaginen a ese animal apenas naciendo. Que piensen que disponen del lugar adecuado para albergarlo y que cada día van a alimentarlo, para encontrarse con que ese ser vivo se alegra de verlos, espera con impaciencia el momento en el que el humano viene con agua, comida y una palabra de cariño. Imaginen que lo ven crecer y que muchas veces se han plantado ante él para contarle ese problema que no hay humano que entienda. Piensen, por un momento, que ese ser que han criado, al que han visitado cada día, es acorralado, que siente miedo porque los desconocidos lo azuzan, que de pronto ve cómo sus cuernos desprenden fuego. Piensen en ese ser que activa su instinto de supervivencia porque se ve en peligro y vean a ese animal, en toda su perfección, que una vez fue muy pequeño y necesitó de sus cuidados, muerto, entre los gritos de diversión de un pueblo. Abran los ojos y díganme si no prefieren querer a un animal más que destruirlo.

Como sugerencia, les presento aquí al toro Fadjen y a la asociación a la que da nombre…

 

No sólo machismo

[…] no hay tal cosa como la sociedad. Hay individuos, hombres y mujeres, y hay familias. Y ningún gobierno puede hacer nada si no es a través de la gente, y la gente primero debe cuidar de sí misma”.

Margaret Tatcher (1925 – 2013)

 

La noche del jueves 24 de mayo de 2012 Rosa Elvira Cely, madre soltera de 35 años que vendía dulces en las calles de Bogotá, salió de la institución educativa en la que intentaba terminar el bachillerato en horario nocturno en compañía de dos hombres. Los tres se dirigieron a un local cercano a tomar algunas cervezas y charlar, tras lo cual Rosa se fue en la moto de uno de estos hombres, de nombre Javier Velasco. A las 4:47 de la madrugada del viernes, la línea de emergencias del 123 recibió una llamada de una mujer que, angustiada, pedía auxilio tras haber sido violada. La llamada -al parecer- se cortó, pero el teléfono volvió a sonar 3 minutos más tarde y esta vez la mujer pudo decir dónde se encontraba. Una hora más tarde las autoridades encontraban a Rosa Elvira Cely desnuda y sobre un charco de sangre en un conocido parque de la ciudad.

No voy a reproducir aquí los detalles del estado en la que fue encontrada, únicamente citar las palabras del subdirector del Hospital donde llevaron a Rosa: “Los galenos de urgencias nunca habían visto algo tan brutal y tan horrible como lo que encontramos con esta persona”. Rosa Elvira murió tras cinco días de agonía en cuidados intensivos. Javier Velasco ya tenía una condena por el homicidio de otra mujer, que se saldó con 6 meses en un psiquiátrico, y una investigación por abusar sexualmente de sus dos hijastras, de 3 y 11 años de edad. Finalmente fue declarado culpable y condenado a 48 años de prisión.

Pero este caso no acabó ahí, ni mucho menos, el crimen de Rosa Elvira Cely se convirtió en un icono de la lucha de la mujer contra el machismo e impulsó una ley que lleva su nombre que declara delito penal en Colombia el feminicidio. La hermana de Rosa Elvira, Adriana Cely, demandó al Estado colombiano, argumentando que hubo omisiones “en el desarrollo de las obligaciones de servicio de seguridad y protección ciudadana, debida diligencia para prevenir efectivamente la violencia sexual y de género contra la mujer, mediante los cuales se permitió y ocurrió el secuestro, los actos de violencia sexual y actos de tortura cometidos contra la ciudadana Rosa Elvira Cely”. Incluso el hospital que atendió a la víctima fue sancionado económicamente por no prestar la debida atención a la paciente.

Y el pasado domingo “la guinda del pastel“: la Secretaría de Gobierno de Bogotá, órgano dependiente de la Alcaldía, contesta a la demanda en los siguientes términos:

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Sobra decir que las reacciones ante semejante comunicado no se hicieron esperar: respuestas de repulsa en medios y redes sociales, anuncio de concentración de protesta frente a la Alcaldía Mayor de Bogotá, renuncia de Nayive Carrasco, directora de la oficina asesora jurídica de la entidad, palabras de rechazo del alcalde, Enrique Peñalosa… Pero todo esto no debe desviarnos de las cuestiones centrales que todo esto pone de manifiesto, a saber:

Primero, que el machismo es algo que está fuertemente arraigado en la sociedad colombiana, una sociedad mayoritariamente católica y conservadora que ve a la mujer, en el mejor de los casos, como un complemento del hombre (algo sobre lo que ya escribí en este mismo blog).

Y segundo, el enorme individualismo y falta de empatía hacia el prójimo de esta sociedad (si es que se le puede llamar así). Hay más ejemplos de esto en Colombia, como que se culpabilice socialmente a las víctimas de robos de teléfonos móviles por sacarlos en la calle. Y no debemos olvidar tampoco el contexto de las palabras de la Secretaría de Gobierno de Bogotá: se producen en respuesta a la demanda contra el Estado y el distrito, por considerarlos corresponsables de la muerte de Rosa Elvira, no se refieren al crimen en sí.

Todo esto es un síntoma más de las políticas neoliberales que hacen recaer en los individuos la responsabilidad, no sólo de sus propios actos, sino también de las decisiones (o la falta de ellas) de los órganos de gobierno, que ni se sienten responsables ni lo desean. El desmantelamiento del Estado del Bienestar consiste precisamente en esto: en hacernos creer que dejarnos librados a nuestra suerte es sinónimo de libertad, lo que acaba produciendo individuos faltos de ética, faltos de empatía hacia el otro, faltos de solidaridad, individuos que buscan sobresalir y pasar por encima de quien sea para lograr sus objetivos… en resumen: el modelo neoliberal impone el “cuídate a tí mismo” y acaba con la responsabilidad del Estado hacia la gente y, de paso, la de cada uno hacia sus vecinos. La gran pregunta es: ¿para qué coño necesitamos un gobierno que no protege a sus ciudadanos ni se responsabiliza de ello?

 

Seis meses

Seis meses casi han pasado y yo sigo en la nube. Prefiero continuar pensando que estás de viaje, uno muy largo, el más largo que has hecho, eso me permite seguir adelante casi sin dolor. El dolor me asusta y ver la realidad me aterroriza.

Lloré cuando te fuiste, pero nuestra despedida fue bonita, con la calma del que lleva tiempo preparándose para partir. No nos faltó decirnos nada, eso es bueno, tú te fuiste tranquilo y yo me quedé aliviada y agradecida por haber tenido ese tiempo.

Te echo de menos cada día, tus manos, tu sonrisa, tu apoyo, tu amor… Cada señal que me recuerda que no estás me destroza, así que prefiero seguir imaginándote en un largo viaje, seguir en la nube.

3fd45e2a-8ee6-43f5-8585-396bd0ede48cHace unos días, mi colega Carlospu, colaborador de esta casa, escribía esta magnífica entrada: “Donantes”.

No hay nada que cuente este chico, investigador en el laboratorio de Cáncer del Desarrollo de la Fundació Sant Joan de Déu, que no me emocione. Que no me remueva las entrañas. Y esta vez no ha sido diferente. Porque en un alarde de estilo no buscado (y lo digo así por la sencillez del texto, que él es un artista en esto de la pluma elegante), ha puesto el titular en la post data. Deberían, antes de seguir, leer su entrada para entender esta especie de alegato, queja amarga, dolor silencioso que atraviesa a tantas y tantas personas que se dedican a investigar y a tantas y tantas que apoyamos sus reivindicaciones. Léanlo y luego sigan.

“Donantes”

¿Ya? Pues estarán de acuerdo conmigo en que el titular está en la post data, ¿verdad?

“P.D.: ¿No es el peso (70%) de estas donaciones el síntoma de una financiación pública deficiente? ¿Del desinterés de nuestros gobernantes por la ciencia? Sin duda. Pero de eso, quizá, hable otro día”.

Tras leer la forma en que consiguen el 70% de su financiación para seguir investigando, a mí, como ciudadana que entiende que uno de los mayores actos de solidaridad es contribuir al avance de la sociedad pagando impuestos que impulsen el bien común, se me cae la cara de vergüenza. Se me cae la cara de vergüenza por todo lo que esconde este mensaje, positivo y desalentador. Hay personas que pagan dos veces: una, con sus impuestos, y otra con donaciones.

¿Dónde está el cambio de modelo productivo, el que nos iba a llevar al conocimiento como pilar de crecimiento? ¿Qué más malditas pruebas necesitan, desgraciados?* Ah, que no es que no lo sepan. ¡Es que no quieren hacerlo! Porque no hay dinero, dicen…

Mientras, a Rita Barberá no se le va a investigar hasta después de las elecciones. Bárcenas, Puyoles, Ratos, Cotinos, Alonsos y Marotos, Condes, Urdangarines, Torres y demás sinvergüenzas. La corrupción se lleva dinero de todos los ciudadanos, dinero que debería estar en esos laboratorios, en la educación y en la sanidad (mucho, muchísimo dinero, nuestro, no de ellos). Cuántas camas de hospital perdidas, cuántos contratos que ya nunca se harán, cuántas investigaciones truncadas, cuántas calefacciones de colegios sin gasoil, cuántas putas privatizaciones más (robos a mano armada) tendremos que soportar… Yo ya los maldije cuando todo esto empezó, y ojalá esa maldición se traduzca en juicios y penas de cárcel. Que devuelvan lo robado. Que nunca más en este país quede impune un robo de tamañas magnitudes. Cuánta rabia, señoras y señores. Cuánta rabia pura. Y, como llevo ya unos años diciendo, “No voy a olvidar“.

 

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