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Siete meses a 15.000 kilómetros es mucho tiempo para dos personas que se quieren. Lo bueno es que, como todo, pasa y deja cientos de experiencias, positivas o no, para recordar. El ciclo ya llegó a su fin y son varias las reflexiones que me rondan, si te encuentras en una situación parecida igual te sirven de algo.

Para empezar, no veas la película 10.000 kilómetros: “Alex y Sergi, una sólida pareja de Barcelona, acaricia la idea de tener un hijo, pero, inesperadamente, Alex consigue una beca de un año en Los Ángeles, lo que supondría un año de relación a 10.000 Km de distancia”. (Filmaffinity). Al menos yo no la vi, a pesar de que me la recomendaron encarecidamente, el miedo a que me provocara más miedo ganó la batalla contra la inquietud por ver un peliculón.

Muy importante, no escuchar  los fabulosos comentarios de la gente, lo harán con muy buena intención (o no) pero te dejan con un vacío en el estómago que no se llena con chocolate. Los del tipo “Lo peor es que se acostumbran a estar solos” se quedan rondándote la cabeza y en los momentos de flaqueza, zas, aparecen para llenarte de dudas. Los graciosos en plan “a estas alturas ya se habrá tirado a todas las mujeres del país” acompañados  con unas risas escandalosas… se los pueden meter por el culo. Puñetera gracia tienen. Y los de: “¿Ya? ¡Qué rápido pasó el tiempo!” Nos ha jodido, será a ti, a mí me ha dado tiempo de acabar con la producción anual de tabletas de Cadbury.

Cartel de la película 10.000 kilómetros.

Cartel de la película 10.000 kilómetros.

Otro mito caído: el sexo a distancia es una mierda. Tal cual, mucho Skype, Facetime, Hangouts y hasta Whatsapp, pero a la hora de la verdad es un auténtico coñazo y agota. Los ‘espera, no te veo’,  ‘te quedaste congelado’, ‘ahora, quédate ahí’ y  ‘joder, se volvió a cortar’ le quitan toda emoción al momento y hasta las ganas.

Ojo con las expectativas si viene de visita unos días, sigue haciendo oídos sordos a la gente que parece estar más emocionada que tú y empiezan a imaginarse (y compartir contigo) toda clase de situaciones fantásticas que te terminan contagiando. Ellos se van a su casa con sus rollos y tú te quedas generando una serie de situaciones idílicas que luego no se cumplen. Todo sigue siendo normal, el que no era romántico, no sufre un cambio radical por estar a distancia…

La diferencia horaria es otra gran faena, cuando él se levanta, tú te vas a la cama y mientras él pasa la tarde después del trabajo relajado, tú estás en pleno follón de curro, así que las ocasiones para hablar con calma son bastante escasas. Para eso  el whatsapp ha sido un gran invento, hasta el punto de llegar un momento en el que hablas más por ahí que por teléfono y las conversaciones en directo se limitan a: “Hola, qué tal, muy bien, con mucho curro, todo perfecto, los niños bien, hablamos luego, te quiero”.  Y si quieres contar con él para alguna decisión importante que surge de repente, olvídalo, justo en ese momento o está durmiendo o no tiene cobertura o cualquier otro efecto más de estar a 15.000 kilómetros. Tendrás que decidir tú y atenerte a las consecuencias.

Otro aprendizaje es que hay que apuntarse a todos los planes que surgen, te apetezca o no. De excursión, de cena, un cine, una caña, un café, cualquier excusa es buena para charlar y gastar las palabras que no le dices a él, porque si no se van a cumulando en la boca del estómago en forma de pelota dura y luego para que salgan es un follón. Además, el tiempo pasa más rápido si lo ocupas en algo que entretenga.

Lo cierto es que todo pasa. El tiempo, más o menos rápido, te lleva al final de ese periodo y la experiencia es dura pero se aprende mucho. Eres capaz de buscar recursos para todas las situaciones inesperadas que se presentan y de todo se saca una enseñanza. Con todo eso en la mochila comienzas una nueva etapa, ahora veré 10.000 kilómetros

Los Padilla Marrero

Parte de los Padilla Marrero en acción.

En mi familia somos de parar poco la pata. Mis amigos y amigas suelen sorprenderse del grado de novelería de mis padres, que tienen una agenda digamos que muy movida. Cuando la gente cercana se percata de su rutina, el comentario casi siempre es el mismo: “¿No están mayores ya para eso?”. A ellos, por supuesto, se la refanfinfla. Con una semana tan intensa, lo menos que se pueden permitir es atender ese tipo de críticas.

Los lunes se quedan recogidos, porque el fin de semana ha sido muy duro. De todas formas, si no han tenido hijos ni abuela el domingo, a veces cae un paseo y un picoteo. Llega el martes y ya están recuperados, así que toca playa por la mañana, pasar por el súper y, al caer la tarde, ir a cenar algo por ahí. De hecho, los martes han sido proclamados por mis padres como el día oficial de la salida a picar. Desconozco las razones objetivas, pero es así.

El miércoles y el jueves son dos días de tránsito y adaptación hacia el fin de semana. Toca ir a la playa por la mañana, almorzar por ahí, preparar comida en casa para atraer a sus hijos, caminar por La Laguna, arrastrar a mi padre a las oportunidades de El Corte Inglés o visitar a la abuela, entre otras actividades. De vez en cuando, mi madre practica uno de sus deportes favoritos: telefonear a una casa en venta para ir a verla. Ella decidió invertir en vivienda no para echar raíces, sino para visitar toda la oferta inmobiliaria de Tenerife. Ahora, aunque ya tiene una, no ha logrado quitarse el vicio y de vez en cuando echa una llamadita.

Siempre he dicho que los brasileños tienen el Carnaval de Río, los alemanes el Oktoberfest y mis padres el viernes. Tienen unos amigos que son más o menos como ellos, bastante noveleros, y ese día, el último laborable de la semana, se reúnen para salir a comer, celebrar un cumpleaños o simplemente cenar en casa de alguno y festejar hasta altas horas de la madrugada. Hoy por hoy, lo normal es que lleguen a casa mucho más tarde que yo a la mía.

El sábado se levantan entrada la mañana, van a la playa, dan un paseo y pasan por el mercado antes de volver al nido, donde vaguean el resto de la tarde. Tienen que descansar para el domingo, el día de los hijos y la abuela. Siempre que podemos, allí estamos prestos para despedir la semana que termina acompañados por la familia y –muy importante– por la comida y el vino que nos ofrece mi padre. No es gorronería, sino amor alrededor de una mesa.

A punto de entrar en los cuarenta, empiezo a sentir la llamada novelera de la familia. La llevo ahí, latente, desde el día en que nací. No se lo he contado, pero mi madre, embarazada de mí, se puso de parto la noche de un sábado, en La Laguna, de jolgorio entre Artillería la nueva y Artillería la vieja. Hoy, casi cuatro décadas después, solo espero tener dentro de otras dos el mismo empuje y ganas de vivir que ellos, los incombustibles Padilla Marrero.

Cecil*, melena al viento, nunca imaginaste tu absurdo y triste final, siendo un personaje ya en tu entorno, rey de reyes en la sabana africana.

Cecil, tu belleza, tu porte, tu elegancia… qué importan a esa raza que se cree superior y que paga por conseguir tu cabeza como un trofeo para exponerla de forma ridícula en las paredes de sus horribles casas.

Cecil, te engañaron vilmente, te sacaron de tu reserva para darte caza de forma cobarde y dejarte moribundo varias horas hasta rematarte y degollarte días después.Cecil

Cecil, la miseria humana reside por desgracia en el mismo mundo de tantos otros colectivos que buscan protegerte, a ti y a los tuyos, pero el dinero es tan poderoso que cualquier belleza natural importará siempre menos.

Cecil, malditos cazadores, malditos gobiernos que tuercen la mano para recibir limosnas, maldita la autoproclamación de supremacía de los hombres.

Cecil, pobre Cecil, de qué vale ahora que algunos se rasguen las vestiduras y se detenga a los culpables, que se pidan mil perdones o que se pague con la cárcel un acto tan incomprensible como condenable.

Tus hijos, Cecil, ahora más solos y amenazados que nunca, llorarán tu ausencia y temerán incluso por sus vidas.

Cecil, la belleza de tu rostro y de tu cuerpo serán ya solo el recuerdo de quienes tuvieron la suerte de conocerte.

Qué triste, Cecil, qué triste tu muerte, ni siquiera valdrá para que nos cuestionemos y erradiquemos la estupidez de la caza deportiva, porque tu caída no va a alimentar a ningún ser hambriento y tu muerte, querido león, me temo que ha sido en vano.

*Cecil, el león más emblemático y conocido de Zimbabue, según relatan muchos medios de comunicación, cayó abatido hace unos días por un cazador furtivo, unos cuentan que español, otros que norteamericano, en una zona próxima a la reserva de Hwange, donde había vivido sus 13 años de vida. Deja hijos y quién sabe si compañera de viaje.

Escucho una entrevista que le hacen en la radio al doctor Benito Maceira, jefe del Servicio de Nefrología del Hospital Universitario de Canarias. Su discurso es demoledor. Asegura que comer sano es muy caro y lamenta que ningún responsable político haya hecho “el más mínimo intento de hacer una política de abaratamiento de la comida sana para la población”.

Además, relaciona esta dificultad de acceso a los alimentos más sanos con la obesidad y sus terribles complicaciones sanitarias no sólo para las personas que las padecen, sino también para el propio sistema, que debe soportar un sobrecoste muy importante a causa del tratamiento de patologías relacionadas directamente con cómo nos alimentamos.

Busco y me entero de que Canarias tiene el índice de obesidad mórbida más elevado de toda Europa y, además, leo que la mitad de la población infantil canaria tiene sobrepeso. A esto se suma que las Islas tienen uno de los índices de pobreza más elevados de España, también de Europa.

Para mayor alegría, el triple de enfermos diabéticos en diálisis que la media nacional porque a pesar de tener más o menos la misma cifra de personas con esta enfermedad que otras comunidades, la diabetes se adelanta en Canarias y aparece en personas más jóvenes y, por tanto, con más años para desarrollar complicaciones y fallecer debido a ellas.

En fin, un cuadro desolador que, como poco, asusta.

Con toda esa información me voy a comprar. Me propongo comprobar si lo que dice el doctor Maceira es verdad. Quiero ver si me cuesta más hacer una ensalada o un potaje que comprar alimentos procesados, refinados, azucarados, coloreados, impregnados en grasas trans y atractivamente empaquetados.

Lamento darle la razón al médico: comer sano es bastante más caro que envenenarse.

Con lo que te cuesta un kilo de calabaza, que por sí sola no te resuelve un almuerzo, puedes llevarte a tu casa una caja de magdalenas de 700 gramos que te da para dar de desayunar a tu familia toda la semana. Con lo que pagas por un kilo de tomates de ensalada o una docena de huevos, puedes hacerte con un palmerón de azúcar (ese es su nombre, imaginen el tamaño) para dar de merendar a tus niños con un juguito de bote. No voy a referirme al precio de la fruta porque esto se haría interminable pero en muchos casos es un artículo de lujo.

Entiendo que las personas que tienen pocos recursos económicos tiren de productos procesados y baratos porque el propio sistema les impide acceder a alimentos frescos y saludables. Lo que no me cabe en la cabeza es que los gestores de la sanidad pública se limiten, históricamente, a mirar para otro lado ante una cuestión que es de vida o muerte, según las palabras del doctor Maceira.

Otro tema para un día de estos es lo que la gran industria de la alimentación está haciendo con nosotros, que nos dejamos manejar y aplaudimos cada nueva ocurrencia. Aquí les dejo una muestra, por si no saben qué cenar esta noche y, como bien se apunta en el vídeo, por si además quieren unir a toda la familia.

 

Podría decirse que observar el cielo es un ejercicio en buena parte poético y extraño. Pues vemos luces que vienen de un pasado más o menos remoto, las cuales, en puridad, no son luces: sólo la parte visible a ojos de nuestro cerebro de las ondas electromagnéticas que, portando valiosa información a lomos de sus longitudes y frecuencias concretas, proceden del ayer cósmico.

Este mes, por vez primera, visité el Observatorio del Teide, como un polizón entre un grupo de estudiantes españoles de secundaria significados por sus brillantes expedientes académicos y una terna de selectos divulgadores astronómicos de nuestra tierra: Alfred Rosenberg, astrónomo del Instituto de Astrofísica de Canarias, Antonio Eff-Darwich, físico y profesor de la Universidad de La Laguna, y Rubén Naveros, técnico de Desarrollo del Museo de las Ciencias y el Cosmos de Tenerife.

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El entorno de Izaña también es, per se, digno de ser observado

La visita se saldó con un resultado emocional abrumador, tanto por lo más evidente, el espectáculo de la observación del cielo, como por la resonancia vital que las explicaciones informadas producen, al atisbar la inasible enormidad del universo, que los investigadores y expertos relatan como aquel que ya ha superado el prurito de saberse a sí mismo y a la humanidad de la que forma parte como una insignificante pequeñez.

Que la vida de nuestro planeta es posible por la fortuita y feliz combinación entre presión y temperatura, adecuada para que haya agua líquida, ya lo sabíamos, pero sólo cuando comienzas a comprender el contexto global en que estamos inmersos es cuando das a los antedichos adjetivos fortuita y feliz el valor y la dimensión que merecen.

Si nos atenemos, por poner un ejemplo, al Sol, objeto determinante en esta ecuación que acabamos de reseñar, pues no es más que una entre las cien mil millones de estrellas estimadas sólo en nuestra galaxia. Asombra considerar que nuestra estrella, que se halla en la mitad de su vida, tiene un volumen tal que podría acoger en su interior a alrededor de un millón trescientas mil Tierras: si el Sol fuera una pelota de baloncesto, nosotros una lenteja.

Siguiendo este hilo conductor, y para ayudar a comprender las distancias de los planetas de nuestro sistema solar con respecto al Sol, en Izaña han compuesto una instalación didáctica en forma de hitos que cubre los caminos que serpentean entre los telescopios: a una escala 1:15.000.000.000, Mercurio, el planeta más cercano, está a casi 4 metros; la Tierra, se halla a 10 metros; y Neptuno, el más lejano, a unos 300, perdiéndose ladera abajo. Saber que Alfa Centauri, la estrella más próxima a nosotros después del Sol, estaría situada en Inglaterra da un cariz nuevo a la palabra soledad.

Tras las nociones elementales y efectistas, llegó el ocaso. En tanto anochecía, vimos un firmamento pletórico y cambiante: la conjunción aparente entre Júpiter y Venus; ¡Saturno y sus anillos!; y estrellas, constelaciones, nebulosas…; hasta un satélite que, como queriendo pasar inadvertido, cruzaba en ese momento sobre nuestras cabezas.

Saturno - autor Jesús R. Sánchez by Banco de Imágenes Astronómicas del IAC

Saturno, casi tal cual pudimos verlo esa noche. Foto de Jesús R. Sánchez Luque (Banco de Imágenes Astronómicas del IAC)

La observación comentada de la longitud de onda visible del cielo es todo un lujo para los neófitos, pero no es más que una anécdota en comparación con la labor de prospección que realiza la veintena de telescopios e instalaciones científicas que se hallan en el Observatorio del Teide (por no mencionar los de La Palma), que escudriñan todo el espectro, desde los rayos gamma hasta las ondas de radio, para obtener información que ayude a descifrar nuestro Universo, al cabo parte de nosotros mismos, o viceversa.

Y cuando parece que al menos eres capaz de esquematizar con muchas reservas en tu cabeza esta realidad, te topas con un panel informativo que dice que la materia ordinaria del Universo constituye menos de un 5% del mismo; el 27% es la llamada materia oscura, no detectable con los medios hoy disponibles pero que debe de estar ahí por sus efectos gravitacionales sobre otros objetos visibles; y el 68% restante, más de dos tercios, es energía oscura, que, según la física teórica, explica la expansión acelerada del Universo.

En resumen, que dadas su enormidad y la aplastante mayoría de su composición que aún no ha podido verse o detectarse, que los científicos perdonen al común de los mortales que miramos al cielo con ojos poéticos o extrañados. Si bien, de la media tarde a la media noche, Rosenberg, Eff-Darwich y Naveros no pararon de mascullar  proyectos y artefactos divulgativos de toda índole que socavaran esta excusa.

Adiós Genaro

Igual antes de apagar la luz e irse a la cama Genaro revisó los aparejos, miró en el congelador y sacó la bola de masa que había metido allí dentro al frío hace algunos meses y la puso en un plato sobre el poyo de la cocina. Se quitó la ropa y se metió en la cama, pensando que igual la marea al día siguiente le fuera favorable y podría echar una buena pesca.

Aún no había amanecido, puso de nuevo los pies descalzos en el suelo frío . Se vistió con la ropa que había dejado sobre la silla y salió de la habitación despacito, para no despertar a su mujer. No desayunó porque cada minuto robado a la mañana era un minuto perdido de lances y recogidas.

399863_10201083086257749_79001912_nCuando llegó al pesquero, el salitre le acarició la cara. Sintió un placer casi inexplicable que venía en forma de miles de gotas de agua salada y fría. Y en un momento de esa mañana, no sabemos cuándo ni cómo, si fue un margullo, un resbalón, si fue un desvanecimiento, o nada de eso, en un preciso instante, en el que no sabemos si sonreía o no, se produjo el “stop” de Genaro, un paro repentino e imprevisto que puso fin a su existencia aquí, en aquel preciso lugar de marea, de rocas, de agua, de riscos, de peces, de anzuelos, de cañas y de sol, en el que tantos buenos momentos pasó.

Y fin. Esta es la vida.

Sansón

bobbi vie @ Flickr.com (CC BY)

bobbi vie @ Flickr.com (CC BY)

“Cortito, bien cortito. Y la barba fuera”. Ofelia no pudo disimular el asombro cuando vio entrar a su marido en la peluquería. Y menos aún al escuchar, de sus propios labios, aquella petición tan extravagante.

Quiso ocuparse en persona. Soltó la brocha de las mechas, dejó plantada a su mejor clienta (Doña Francisca, que soltó un bufido al saberse en manos de la aprendiz) y le pidió que pasara al lavabo.

– Pellízcame por si estoy soñando.
– No aguanto más el calor.
– Bendito verano. En quince días ha conseguido lo que a mí me ha costado seis años.
– ¿En serio tienes apuntada la fecha?
– Soy peluquera. No me hace falta.

Llegado el fin de semana, la llevó a cenar a un sitio caro, de los que ofrecen más de un par de cubiertos. Y de regreso al coche dieron un largo paseo por la costa.

Al poco empezó a abrirle la puerta del coche y volvió a descubrir el desodorante. Todo bastante sospechoso. Sin embargo, cuando una noche insistió en sumergirse en sus regiones australes, ya no pudo aguantar más.

– Paco, estás raro.
– ¿Qué pasa, que no te gusta?
– No, no es eso. Pero es que chico, pareces otro. Lo de Sansón al lado tuyo se queda chico.

Tardó hasta mediados de agosto en descubrir el motivo, encarnado en la animadora infantil de la piscina. Pechugona, algo gordita, veinticinco años. “Menuda putada”, pensó Ofelia. “Menuda putada que el verano no dure un poco más”.

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