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El pasado domingo en Bogotá violaron y asesinaron a una pequeña de 7 años. La raptaron en un coche y apareció muerta en el apartamento de un afamado arquitecto. Yuliana era de un barrio pobre, en las lomas de la capital, y las cosas de la vida: justo debajo de su barrio está uno de los más exclusivos de la ciudad, donde los alquileres son pecaminosamente caros.

En Colombia eso ha sido una auténtica conmoción. #Yulianasomostodos hemos puesto cada hijo de vecino en nuestro muro de Facebook. Pero no, Yuliana no somos todos, no somos nadie. Yuliana era especial, tenía 7 años, y era pobre. Muy pobre. Y eso, en este país, es el crimen peor que se puede cometer.

Aún sin salir sentencia judicial ya la sociedad juzgó a Rafael Uribe Noguera. Sí, de acuerdo, todo indica que fue ese tío el que la asesinó, pero yo prefiero esperar a que haya un documento judicial, porque hasta el momento no tengo potestad de juez ni carnet de investigador policial.

Lo único reseñable de Uribe Noguera es que es rico, pecaminosamente rico.

He perdido la cuenta de todas las personas que han manifestado querer la pena de muerte para este hombre. Sé que la rabia y la ira son comprensibles en una situación así, pero no he visto ni pizca de indignación por las más de 700 mujeres que este año han sido asesinados en este país. Más de 700. Y mientras pedimos la pena de muerte:

-Seguimos reproduciendo todos los estereotipos machistas existentes:

-“Si no me paga todo, no es un caballero”, y “si le pago todo, tiene que darme lo que yo quiero”. Que cada uno se pague lo suyo, que para eso tenemos dignidad.

-“No deberían molestarse porque les digan piropos por la calle, ¿a quién no le gusta sentirse guapa?”. Las mujeres no son perros, no les silbes. Si te gusta lo que ves, cállate. Si no te gusta, cállate. ¿Quién te ha pedido tu opinión?

-“Bueno, es que yo tengo muchas amigas”. Ya, pero como tu pareja tenga algún amigo, la revientas.

-“Las “señoritas” no dicen malas palabras”. Pues entonces mejor métete el cargo por el culo.

-“Tráele a tu papá/hermano/esposo lo que te pide”. Eso, tú educa sirvientas y machitos, que la sociedad te lo va a agradecer.

-“Seguro obtuvo ese puesto porque se acostó con alguien”. O porque era mejor que tú, piensa en esa posibilidad.

-“¿Y vas a irte sola, y si te pasa algo?”. Si le pasa algo es culpa del/de la desgraciada que se lo hizo, no de la mujer. A ver si repartimos culpas con lógica.

Yuliana y las miles de mujeres que son asesinadas anualmente merecen que hagamos el esfuerzo de cambiar nuestra mierda de estructura social. Porque yo sí siento que le fallamos a Yuliana, le fallamos porque en varias semanas #nadieseráYuliana, y esperaremos que otro asesino se lleve a otra de nosotros.

Pide menos penas de muerte para los demás y analiza lo que tienes en casa. Las cosas nos irían mejor así.

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Dani

El primer recuerdo de mi infancia es, creo, de cuando aprendí a montar en bicicleta en la plaza de la Basílica, en Candelaria. Me costó poco aprender, como poco me costó atropellar a los primeros que se pusieron por delante. Una hilera de creyentes que se disponía a visitar a la Virgen se interpuso en mi recto camino (el primer día de aprendizaje no hay otro camino que no sea recto) y opté por embestir. Ahí quizás nacieron mis fricciones con la Iglesia, que aun hoy perduran.

Mi infancia estuvo marcada por la introversión y la timidez. Yo lo que quería era pasar desapercibido, no llamar la atención. Eso es de lo poco que recuerdo, porque en realidad mis recuerdos son destellos. Sé que tenía un gran amigo, Dani, con el que crecí y aprendí hasta que la vida se lo llevó antes de cumplir los 30. Prácticamente nos criamos mano a mano, él siempre un paso por delante, con esa inteligencia natural suya.

Fue una buena generación esa del 83 en el Colegio de Igueste. Solo por Dani y Sheila ya podría justificarse el haber construido ese centro. Si sería buena, que en Octavo de EGB (sí, éramos de la EGB), tanto él como ella no asistían a clases de matemáticas, sino que se dedicaban a llevar las cuentas del viaje de fin de curso. Sheila era, y es, la inteligencia caótica y creativa, explosiva, emocional, bordeando la locura pero con la suficiente cordura para mantener un pie fuera de las farmacias. Dani era igual de brillante pero discreto, el Steve Jobs de Barranco Hondo. Él nació sabiendo y murió explicándoles a los médicos por qué se iba.

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Su capacidad de deducción le llevó a concluir que los Reyes no existían, cosa que tuvo a bien en compartir conmigo. “Pero, ¿cómo lo has sabido?”, le pregunté. “Porque el bajo de la escalera está lleno de juguetes”, dijo. Su razonamiento era impecable, como siempre.

Con él, aparte de ir al colegio, fui a clases de natación y de tenis, vivimos nochebuenas y nocheviejas, reyes, vacaciones y fiestas hasta el amanecer. Fue tan inteligente hasta para dejarme ganar en los deportes. Lo único que le hacía perder se capacidad de raciocinio eran las peleas con su hermano, que lo sacaba de quicio hasta que conseguía que lo castigaran; cuando no lo conseguía yo al reventarle la lavadora a la madre de un balonazo imparable, porque como portero sí que era malo.

En realidad mi infancia se resume en todo lo que hice con Dani. Incluso, ahora caigo, mi primer recuerdo es de él: el primer día de preescolar, esperando en el portal con forma de arco de la clase a que llegara nuestra maestra, Dulce. Ese día nació una amistad que el paso del tiempo diluyó porque la vida es así, te separa hasta de los que más quieres. Y te das cuenta de eso cuando un día te despiertan de la siesta para decirte que Dani se ha ido, que ya se ha acabado todo, su sufrimiento y también nuestra esperanza.

Aquel día que aprendí a montar en bici empecé a intuir que dios no existía.

Sentirse español

Fernando Trueba ha abierto la caja de los truenos nacionalistas. En realidad la abrió en septiembre del año pasado, cuando soltó en un discurso al recibir el Premio Nacional de Cinematografía que no se había sentido español “ni cinco minutos” de su vida.

De aquellos barros vienen ahora lodos en forma de boicot a su recién estrenada película, La Reina de España, boicot protagonizado, entre otros, por personajes tan ilustres dentro del mundo de la cultura (¿torturotaurina?) como Francisco Rivera ‘Paquirri’. Lo comento para que quede constancia de la categoría de uno de los más representativos críticos con las declaraciones de Trueba (si la muestra es este botón, guárdame un cachorro, que diría mi padre).

Y digo yo que este hombre, cuya filmografía no es santo de mi devoción, vaya por delante, se habrá dicho que maldita la hora en la que soltó la frase, vista la recaudación de su película en la primera semana tras el estreno por el boicot. En este país, si quieres despertar al monstruo rancio que aúlla en los campos de fútbol consignas españolistas no tienes más que poner de manifiesto que no te sientes de aquí. Puedes desgañitarte apoyando la violencia machista, pero a la patria ni la mientes.

En este país al que la gran mayoría considera una mierda si manifiestas tu desarraigo te lapidan, te crucifican y te culpabilizan mucho más que si hubieses matado cientos de toros o te hubieras llevado lo más grande a las Islas Vírgenes británicas evadiendo impuestos.

En este país de magos (véase la tercera acepción de la Academia Canaria de la Lengua) que dice defender la libertad de expresión no se juzga la obra, se juzga al autor. Pues no, yo tampoco me siento española, ni canaria, cada vez me siento más ciudadana del mundo porque mi casa está en la frontera.

 

 

A punto de dar las siete de la tarde, observo que en mi whatsapp hay un mensaje de un número que no tengo asociado a un contacto. Lo primero que pienso siempre cuando esto me sucede es “¿a quién le habré dado mi móvil que yo no tengo el suyo?” Entonces, como no hay otra forma de salir de dudas, abro el hilo del mensaje. (Reproduzco la breve conversación con las faltas corregidas, después del desprendimiento de retina que sufrí cuando mis ojos vieron lo que vieron).

–Buenas tardes. ¿Qué tal? Soy Ismael, de Tinder.

Busco en mi disco duro inmediatamente tratando de descartar lo que pienso que es Tinder (¿a mí? ¡imposible!) y que al final no puedo descartar porque Tinder es lo que es.

–Ah, pues muy bien, no sé quién eres ni estoy en Tinder –le respondo (al final una es buena y piensa “pobre chico, al menos tengo que decirle que se ha equivocado”).

–Mmmmm… pues alguien me dio tu teléfono, disculpa.

–Sin problema.

Fin de la conversación. El tipo, la verdad, pues fue educado.

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Dos días después, en plena Rambla de Santa Cruz, mientras me dirigía a una reunión de trabajo, se me acerca un ciclista con mochila al hombro.

–Hola, disculpe, ¿podría decirme cómo llegar a la Clínica Parque?

–Ah, pues muy fácil, atraviese usted el Parque García Sanabria, que está justo a pocos metros a su izquierda, y dará con la calle Méndez Núñez, casi a la altura de la propia clínica, no tiene pérdida.

–Estupendo, muy amable. Cuando quiera la invito a un café.

–(Sonrisilla mía de situación embarazosa, de lárgate ya y déjame en paz).

–En serio, ¿cuándo nos tomamos un café, puedo invitarte?

Entonces es cuando una deja la cordialidad, dentro de la educación, y no se le ocurre nada mejor que decir esto:

–Anda, pedalea parriba (muy de abuela, total).

He aquí dos formas de ligar, la cual más mala, a mi modo de ver. Es curioso, dándole vueltas al asunto, cómo un mal comienzo puede dar al traste no solo con una relación afectiva, sino también de amistad. Entonces, como si no tuviera nada mejor que hacer, me descubro imaginando situaciones más inteligentes, graciosas, interesantes de ligar. No sé, todo es cuestión de gustos, desde luego, pero esas entradas buitrancas, que puede que le gusten a alguien, no digo que no, me recuerdan a lo más primigenio de nuestra especie. Yo, por mi parte, no busco ligue en estos momentos. Gracias.

 

 

 

1024px-benedikt_von_nursia_20020817-740x493Obviando la campana de maitines de las cinco de la mañana, ciertos mosquitos aclimatados al frío y algún perro solitario que ladra desde los chalets cercanos, en el monasterio se duerme de fábula. Ayuda el cansancio empedrado de la subida.

Aun sin la capucha puesta, los monjes se mimetizan en las oscuridades de los largos pasillos, flotando en pasos siempre apresurados. Si rompen el silencio, lo hacen con una educación exquisita. Y me sorprende comprobar la abundancia de los que no han asomado a la cuarentena.

Mi amigo, un habitual de la hospedería desde hace más de una década, me cuenta que los opositores adoran este enclaustramiento. En los corrillos administrativos de Vegueta se hablan maravillas del poder de estas horas de quietudes infinitas, que afilan la memoria y tiemplan la autodisciplina.

“Los repetidores somos muchos. He coincidido varias veces, por ejemplo, con un par de chicas de la capital, que suelen venir un poco más adelante para escapar de la Navidad”. No hace falta explicar la ironía. Que ustedes lo compren bien.

Échate a caminar

Mucho se ha escrito ya sobre las bondades de caminar para el ser humano, ya les he contado varias veces que para mí es una terapia, el remedio a todos los males:

Te levantas triste, échate a caminar

Sientes una presión en el estómago, échate a caminar

Estás agobiado, échate a caminar

Tu cabeza no es capaz de parar, échate a caminar

Necesitas aclarar tus ideas, échate a caminar

Tienes que tomar una decisión, échate a caminar…

Camina como si no hubiera un mañana, empieza a andar, coge el ritmo y sigue hasta que tu cuerpo decida parar. No mandas tú, serán tus piernas, tus brazos, tu estómago,  tu corazón quienes te marquen el límite. Da lo mismo si llueve o hace sol, sentir la brisa en la cara, el aire que te corta y las mejillas heladas, todo forma parte de la terapia.

Si eres como yo, te armarás con tu kit de invisibilidad, dejarás que tu cuerpo y tu mente vayan donde quieran, sin control, sin ataduras, los dejarás volar, ya regresarán. En una operación, para nada traumática, todo se volverá a unir de forma natural y te sentirás mucho mejor. Estás aquí, tienes que continuar tu camino, seguir adelante aunque otros se queden atrás, la pena sigue ahí (la ansiedad, la confusión, el agobio…)  pero ya no lo ocupa todo.

Galápagos VIII

Tronco de opuntia

Una imagen inquietante. Algo que parece un árbol al uso, pero que no lo es (aunque la wikipedia se empeñe en llamarlo “árbol”, yo he decidido ignorar este conocimiento y hacerme la loca). Con partes tan diferenciadas que resulta sorprendente que una misma especie tenga tantas personalidades. Si te acercas, su corteza es dura y rojiza. Casi sientes cómo respira. Crees que puedes confiarte y tocarlos todos. Pero no. Luego te das cuenta de que es una invitación con trampa.

Porque, como te despistes, te encuentras con que, dos troncos más allá, en ese camino de piedras rodeado de opuntias (porque así se llaman) hay espinas como agujas de coser rodeándote por todas partes.

Tronco de opuntia

Se trata de una especie de cáctus con tronco que se ha adaptado hasta el punto de tener cinco variedades solo en las Islas Galápagos.

Por su aspecto, cualquiera pensaría que están protegidas por sus terribles armas y que nada puede suponer un peligro para esta planta.

Pues de protegida nada: las iguanas terrestres comen hojas de opuntia, con pinchos y todo (no es raro ver las bocas de las iguanas atravesadas con enormes espinas). De hecho, si no hay opuntias, las pobres tienen pocas opciones para sobrevivir.

Los pinzones (de los que también hay varias familias según sus picos) se han adaptado para poder comer sus flores, semillas y frutos. También las tortugas se alimenta de opuntias. Así que, querida opuntia, gracias por haberte resistido, pero sigues siendo inmensamente atractiva, con pinchos y todo.

Es lo que tiene la vida: que se abre paso.
Opuntia

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