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Tengo que reconocer que ver deporte en la tele me aburre muchísimo. No hay mejor manera de sacarme del sofá que poner un partido de lo que sea, aunque la cumbre del aburrimiento la alcanzo con el fútbol, que me hace saltar a otro lado como si tuviera un resorte.

A pesar de eso, me he pegado los Juegos Olímpicos de Río como una aficionada entusiasta de prácticamente todos los deportes que allí se han exhibido. He trasnochado, he saltado del sillón con el equipo femenino de balonmano, como si alguna vez hubiera yo seguido ese deporte, he alucinado con los saltos de trampolín, me he rendido a la gimnasia artística, he hecho la ola con el atletismo, he aplaudido a Lidia Valentín y a su fortaleza y he vivido como si fuera propia la medalla de oro de la saltadora Ruth Beitia, que a sus 37 años ha conseguido ser la primera española campeona olímpica en atletismo.

También me han gustado estos juegos por la cantidad de mujeres que han conseguido importantes logros, a pesar de que para ellas todos es más cuesta arriba, empezando por el escaso eco que tienen normalmente sus esfuerzos.

Pero más allá de las ejecuciones impecables, de los puntos conseguidos, de los récords alcanzados, si algo me ha emocionado hasta las lágrimas son algunos de los gestos de algunos de los deportistas en estos días de competición. La amazona que renunció a competir para no arriesgar la salud de su caballo, el campeón olímpico de tenis reconociendo a sus colegas femeninas que han logrado esa hazaña antes que él, las dos coreanas mostrando su complicidad ante el mundo entero, la lucha de la campeonísima americana de gimnasia artística por cambiar un destino que le venía ya medio escrito desde que nació y, cómo no, el gesto de Nikki Hamblin y Abbey D’ Agostino, las dos atletas que, aun sabiendo que perdían la carrera, se pararon a echarse una mano tras una caída y se apoyaron para llegar a la meta.

Supongo que por un instante les pesarían las horas de entrenamiento, las renuncias, los sacrificios, la soledad, las ganas de ganar. Se ve que, puesto todo eso en una balanza, a ambas les pesó más algo que les impidió dejar tirada en el suelo a una competidora para tratar de alcanzar una buena marca. Su acción ha sido de lo más destacado de estos juegos olímpicos, mucho más que las victorias, y aunque es probable que en unos días se nos olviden sus nombres y sus caras, esas imágenes estarán ahí para recordar lo importantes que son los gestos y cómo nos retratan.

 

‘Cambia, todo cambia’, le decía a una amiga hace unos días, añadiendo que es la única manera de discernir lo que permanece (como los afectos que nos profesamos). La sentencia de marras me la había traído a las sienes el así titulado himno del acervo musical latinoamericano.

Pocas cosas más ambiguas que las palabras que terminan aisladas en frases hechas, pues siempre se hallará otra que la contraríe con igual presteza. Pero todas, seguro, tienen un poso de verdad. Y ésta, la de que todo cambia, lo tiene. Que se lo digan a la turba de charlatanes que se valen de ella para vivir a cuenta de quienes la vida, su vida, su entorno (llámalo crisis) se les ha trastocado en su discurrir vital. Desde su grupa gritan, los charlatanes, que cualquiera puede ser astronauta, milmillonario o conductor de masas, que sólo hay que creerlo. Ja. Luego pasan el cepillo sin que se note.

Sin embargo, es así, al menos a veces es así. “Cambia el rumbo el caminante / aunque esto le cause daño / y así como todo cambia / que yo cambie no es extraño”, me retumba de vez en cuando Mercedes Sosa en el espíritu.

Ahora me da por pensar que cambiar acaso sea condición necesaria para querer, apreciar, amar. Y quien no lo hace, quien es incapaz de querer, de apreciar, de amar, quizá es que no ha podido cambiar lo suficiente. Ay.

Al hijo de J.R.R. Tolkien, Christopher Tolkien, no le gustan las adaptaciones cinematográficas de El Señor de los Anillos. Si con la primera novela creí que su opinión era un poco puntillosa, con Las Dos Torres, segunda película y libro, debo darle la razón. Porque en este caso, la adaptación de Peter Jackson se centra en la acción que dota de espectacularidad cinematográfica y comercial de la batalla, en detrimento de varios elementos filosóficos que incorpora la obra de Tolkien, quizás el más importante el respeto al medioambiente. Porque la figura de los Ents, la raza antigua de los pastores de árboles, protagoniza una de las líneas argumentales más hermosas del libro de Tolkien, en la que se reflexiona sobre los atentados cometidos contra la Naturaleza por el hombre y sus terribles consecuencias para multitud de especies. Tampoco los orcos son demasiado bien tratados por Jackson y, aunque sean los malos, el escritor los dota de lenguaje y raciocinio, en contra de la brutalidad ignorante con la que los tiñe – la fealdad sí es común -el director de cine. También el personaje de Samsagaz Gamyi protagoniza muchas más páginas que fotogramas. En resumen y para no cansarlos, en esta segunda parte de El Señor de los Anillos vale más la pena sentarse a disfrutar del libro que de la película.

Fotograma de la raza de los Ents en acción en la versión cinematográfica de Las Dos Torres. Extraída de lacompania.net.

Fotograma de la raza de los Ents en acción en la versión cinematográfica de Las Dos Torres. Extraída de lacompania.net.

Jordi Carrasco @ Flickr.com (CC BY 2.0)

Jordi Carrasco @ Flickr.com (CC BY 2.0)

De todos los fantasmas de Tenerife, Elsa siempre fue mi debilidad. Tímida como es ella no le gustará que hable de sus cosas, pero creo que es mi obligación hacerlo. Porque ya va siendo hora de poner un par de puntos sobre las íes.

Para empezar, detesta que la llamen «La chica de la curva». Dice Elsa (y yo suscribo), que lo de “chica” es una nueva agresión del heteropatriarcado, siempre tan proclive a infantilizar a las mujeres de rompe y rasga.

También le irrita, y con razón, que después de treinta años de apariciones nadie se haya molestado en averiguar su identidad verdadera. Es más: los pocos que se han atrevido a ponerle nombre (Iker Jiménez entre ellos) andan totalmente desencaminados. Porque no, Elsa no tiene nada que ver con Paquita, la hija de Alberto el Coco que se ahogó en el tanque de su padre por sufrir un corte de digestión. Sino una turista finlandesa, de la que nadie parece acordarse, que se atragantó con unas garbanzas compuestas en un guachinche de Armeñime. ¿O es que nadie parece haberse dado cuenta de que Paquita no era ni rubia ni precisamente flaca? Vale que en Adeje el finlandés les suene a psicofonía, pero dice Elsa (y yo suscribo) que sobre la confusión flota el desagradable aroma de la xenofobia.

Elsa y yo, que lo sepa todo el mundo, estamos bastante enamorados. Es un amor limpio y sincero, que no entiende de barreras idiomáticas ni existenciales, pero que por razones obvias nunca podrá ser carnal. Y eso me jode bastante, qué quieren que les diga.

A veces robo

Todos hemos oído aquello de “es mejor de pedí que de robá” pero yo no lo tengo tan claro. A ver, no quiero decir que nos dediquemos a quitar a diestro y siniestro pero, según el contexto, creo que a veces es mejor robar. A mí me han educado para que no pida, si lo hacía me decían que pedía más que las hermanitas de la caridad. Pedir está feo. Y es que si lo piensas, este verbo está cargado de connotaciones negativas.

Vayamos a su definición, según el DRAE:

  1. tr. Expresar a alguien la necesidad o el deseo de algo para que lo satisfaga.
  2. tr. Por antonom. Pedir limosna.
  3. tr. Dicho del vendedor: Poner precio a su mercancía.
  4. tr. Requerir algo, exigirlo como necesario o conveniente.
  5. tr. Querer, desear o apetecer.

Necesidad, limosna, desear, exigir…

Para empezar, es una acción en la que dependemos siempre de otra persona, de su buena voluntad, de su disponibilidad, de que esté de buen humor, de que entienda lo que pedimos, de que sea empático, de que esté en su mano, de que no le suponga un problema y un montón más de ‘de ques’.

Cuando pides estás en inferioridad, el otro tiene lo que tú quieres, sea quien sea, tu hermano, tu amante, tu amigo, tu jefe, dios o el universo. Si pides es porque te falta algo, amor, cariño, dinero, tiempo, comida, trabajo, libertad, una oportunidad… Algo que el otro sí tiene o al menos eso crees. Muchas veces pedimos a la persona equivocada, a quien no te puede ser fiel, a quien no es capaz de amar, a quien no sabe compartir, a quien no dispone de nada aunque lo parezca o simplemente a quien no quiere dar. Eso es frustrante.

A veces el cuerpo me pide que robe y le envío una respuesta negativa, ‘pedir está feo’, me pongo en mi sitio y no le concedo tregua, me controlo, me reprimo, me castigo por necesitar a los demás, por ser tan sensiblera, por sucumbir al corazón, por depender. Eso me deja un malestar difícilmente apaciguable. Otras me dejo llevar, le doy lo que necesita y robo. Robo caricias de esas que parecen sin querer o aprovecho un contacto casual para quedarme con un olor de los que producen adicción, – como el aroma de un cuello en el hueco que se forma entre la camisa y la clavícula – que casi te hacen llegar al éxtasis. Me encanta atrapar una mirada inesperada de las que te dan la vuelta al estómago tirando con él de todos los músculos de la entrepierna. El tiempo es más difícil, pero también lo he conseguido, sólo se trata de aplicar la estrategia adecuada. El tacto de un pelo recién cortado o de una barba cuidada es fácil de excusar. Me gusta robar la intimidad de los que amo observándolos dormir… A veces prefiero robar.

Creí que lo de la lista de las “buenorras olímpicas” que cierto medio cambió después por “olímpicas más atractivas” cuando le arreciaron las críticas era solo el producto de la mente calenturienta de cierto jefecillo rancio que se excitaba viendo cuerpos femeninos con cualquier excusa.

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Sin embargo, a medida que transcurrían estos Juegos Olímpicos de Río de Janeiro empezamos a darnos cuenta de que el jefecillo calenturiento no estaba solo en su hazaña, tenía otros aliados en la prensa internacional.

Y así, de pronto, en las semanas que ha durado un evento tan importante como el que hemos vivido estos días y que ha arrojado grandes éxitos para el deporte femenino era difícil no leer que los oros, platas o bronces de muchas de ellas se debían a la perseverancia de sus entrenadores, o que “la mujer de” tal deportista conseguía subir al podio (curiosamente, ella también deportista, vaya por dios) o que las deportistas del equipo sueco eran “las bellezas nórdicas, rubias” o a saber qué otro adjetivo.

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Titular del diario latinoamericano Olé.

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Hasta el punto ha sido el bochorno, que otros medios vieron la oportunidad de recopilar las machistadas más sonadas. La articulista Barbijaputa se atrevió acertadamente a escribir un texto mofándose de todo ese lenguaje sexista que usan esos jefecillos calenturientos. ¡Mi aplauso! A veces solo viéndolo escrito es como nos damos cuenta del ridículo más espantoso que hacen algunos al ensalzar los éxitos femeninos no por la valía deportiva de muchas mujeres sino por sus cualidades físicas.

Incluso un estudio de Cambridge University Press pone en evidencia cómo de las mujeres olímpicas se resaltan su estado civil, su apariencia física o su edad, mientras que de los hombres se destacan valores como la fortaleza física o la habilidad y pericia en el juego.

 

Pero ya la gota del cinismo la vemos en esa misma publicación inicial que hablaba de “buenorras” y que días después dedica un artículo a analizar el machismo que aún persiste en los JJOO, como si no fuera con ellos. ¡Ole ahí!

Poco más tengo que aportar. He aquí otro buen resumen que edita en vídeo El Huffintong Post en su página de Facebook. Yo me voy a acostar.

 

Galápagos (IV)

Cangrejo violinista. Crédito: Natalia Ruiz.

Me preguntaba qué narices eran todos esos agujeros que había en la arena. Cientos. Unos más pequeños. Otros de mayor tamaño. Pero nada. En los días primeros no veía nada entrar o salir de esos agujeros. Y pensaba que eran solo eso: extraños huecos en la arena. Hasta que un día (no porque mi paciencia observadora de estatua se viera recompensada, sino por puro azar) los vi.

De lejos eran una sombra. Al acercarme observé cuerpecillos diminutos y veloces volviendo a sus agujeros.

¡A -JA-JÁ! ¡Son cangrejillos!

Pero no un cangrejillo cualquiera. Estos bichos mínimos son cangrejos violinistas. (Me recordaron a un personaje de “Las doce pruebas de Asterix”, un lanzador de jabalina que tenía un brazo mucho más desarrollado que el otro. Cosas de la mente). Del género uca, los machos son los que tienen esa tremenda pinza. Pero, ¿para qué?

Dicen los expertos que es para proteger a sus hembras y a su territorio del ataque de otros machos. Menuda pesadez, todo el día con ese cacho pinza que pesa casi como todo el resto del cuerpecillo… Los cangrejos no crecen como nosotros, no: ellos mudan la “cáscara”. Van dejando cáscaras vacías por ahí. Durante el proceso son más vulnerables y permanecen escondidos hasta que su nueva carcasa se endurece. Y la cacho pinza también crece. Incluso si la pierden en una batalla, la siguiente muda les proporcionará otra pinza pero, esta vez, en el otro lado (alucinante, ¿verdad?).

Pero eso no es todo.

Una cosa que me llamó mucho la atención al buscar información sobre estos bichejos es el fenómeno de lo que los expertos denominan “deshonestidad” en la naturaleza. A veces, al perder la pinzaca, desarrollan rápidamente otra, de igual o mayor tamaño, pero endeble. Se trata de mostrar una pinza que asuste, aunque sea de “cartón”.

Pobrecillos. Deben vivir muy estresados. Primero, por el peso de la pinza. El peso de defender su territorio. Y si pierdes tu pinza no puedes esperar al siguiente ciclo de crecimiento, no: el tiempo apremia. ¡A fabricar una pinza de cartón! Y a esperar que ningún otro macho quiera hacerte la puñeta.

Cuántas cosas esconden esos diminutos agujeros en la arena…

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