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La sociedad digital

Hoy quiero compartirles conocimiento. El vídeo que enlazo al final de este texto corresponde a una charla TEDxGalicia impartida por Genis Roca, arqueólogo de profesión, con bastante buen humor y mucha perspicacia. Lo que viene a decir en esta conferencia es que estamos inmersos en una revolución (o evolución) muy profunda que no tiene precedente en la historia de la humanidad. Que Internet -eso que muchos todavía hoy consideran una simple curiosidad tecnológica donde la gente piratea, chatea y ve porno- ha venido a cambiar nuestras vidas de un modo como nunca antes había ocurrido. Internet ha cambiado nuestros hábitos de consumo, nuestra forma de entender y hacer política, nuestra manera de estudiar y trabajar, ha puesto patas arriba sectores profesionales tan importantes como el periodismo o la industria del entretenimiento, ha cambiado nuestra economía y, en definitiva, nuestra forma de entender la vida y comunicarnos con los demás. Gracias a la sociedad digital las fronteras son cada vez más permeables y maleables y el mundo cada vez más globalizado, para bien y para mal. De nosotros depende ser conscientes de esto y utilizarlo en beneficio de la sociedad.

Hace poco, entre charla y charla de familias con niños menores de diez años, surgió la pregunta:

¿Cuándo se puede empezar a dejar a los niños solos en casa? ¿En qué momento se les permite moverse solos por la ciudad? ¿Dejarlos solos en casa es desamparo o una muestra de nuestra confianza hacia ellos?

solo-en-casaRecuerdo, cuando yo era niña, que no levantaba mucho más de un metro y ya iba y venía sola, haciendo recados por el barrio. Mi madre y mi padre, confiaban en mí, siempre responsable, cabal y demasiado sensata, para estas pequeñas tareas, que implicaban llevar algo de dinero encima y relacionarme con las personas adultas que tras los mostradores me servían. “Niño, ¿qué es lo que quieres?”, me decían confundidos por mi corte varonil corte de pelo. Ofuscada reclamaba mi sexualidad y les increpaba por su prejuicio ante un corte de pelo y la ausencia de pendientes en mis orejas. Pero orgullosa, cumplía mi cometido y regresaba con la misión cumplida a casa.

Con unos 10 u 11 años, con gran soltura callejeaba ya por toda la ciudad. Iba andando a casa de mis amigas, del Toscal a Cruz del Señor, Barrio de la Salud, Anaga. No había lugar al que mis pies no me llevaran, y a nadie le extrañaba verme por la calle sola.

En cambio, ahora vemos a un menor de 10 años andando solo y buscamos urgente con la mirada algún familiar del menor cerca. Nos da temor que ande solo ¿Estará en desamparo?

Los tiempos han cambiado mucho… Probablemente demasiado.

Me gustaba vivir con la libertad con la que viví mi infancia. Ir al García Sanabria sola desde muy pequeña con mis hermanos o amigos, sin rendir cuentas más allá de cumplir la hora prevista de regreso, impuesta por mis padres.

¿Ha cambiado tanto todo en estos años? ¿Es una locura como dicen muchos dejar a un niño de menos de 10 años solo en casa un rato? ¿Permitirle que vaya a comprar el pan por la mañana? ¿O somos nosotros, los que sí disfrutamos de esta confianza y libertad, quienes limitamos ahora por temores infundados la capacidad e independencia vital de nuestros niños?

bbc.co.uk

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Es viernes por la tarde y hace unas 24 horas que la noticia de que el copiloto del vuelo de Germanwings estampó de forma intencionada el avión contra los Alpes franceses y todavía no he oído nada sobre lo que debe estar pasando su familia; sus padres, sus hermanos o su novia (si los tenía). No digo que las víctimas y sus familias tengan un papel secundario en toda esta tragedia, por supuesto que no. Deben ser, primero, respetadas por todos en su dolor y en su intimidad y, después, recibir todo el apoyo tanto de la compañía como de las autoridades. No digo que sus familiares no estén sufriendo, ¡claro que no! Las 149 historias a las que en una semana hemos puesto cara podría ser la historia de cualquiera de nosotros y nadie, nadie, se merece morir en esas condiciones y nadie, nadie, se merece perder a un ser querido en esta situación tan imprevisible como catastrófica. No obstante, yo no puedo evitar ponerme en la piel de los padres de ese chico de 27 años que hasta ese fatídico martes había tenido, aparentemente, una vida de lo más normal. No puedo evitar imaginar todo lo que debe estar sufriendo esa familia que, además de perder a un ser querido, en circunstancias fatales; recibe el impacto brutal de saber que tu hijo no sólo fue el responsable de la muerte de 149 personas, sino que también quiso quitarse la vida. Es por ello que quiero dedicarles estas palabras, pues parece que salvo por la lógica necesidad de saber qué llevó a este chico a provocar un accidente de estas dimensiones, nadie se acuerda de ellos. Muchos sólo los recodarán como los padres del piloto enfermo.

La Semana Santa, aunque uno no sea católico, está llena de promesas. Promesas de hacer aquello que no has hecho en lo que va del año: arreglar el pestillo de la puerta que no cierra, mirar el grifo que gotea del cuarto de baño, terminar de escribir aquel artículo que no sabe cuánto llevas escribiendo,… Bien, sean honestos por una vez. No lo van a hacer.

Lo que sí pueden lograr es empezar a leer aquel libro que les regalaron en Navidad y al que aún no le has quitado el plástico, porque así se ensucia menos. Vamos, yo hago eso.

Pero no, no lo hagan todavía. Esperen a leer esta crítica literaria de un libro que aún no he leído (saben que es mi especialidad) para que el libro de los Reyes siga en la mesilla de noche esperando pacientemente su turno, porque voy a conseguir que vayan a la librería a comprarse el siguiente libro: Los hijos.

Si yo fuera gay soñaría con Gay Talesse. Eso sí es un tipo elegante carajo. Es el autor de algunas de las joyas más fascinantes que he leído en mi vida. Su obra Los hijos, que recientemente se ha traducido al español (el original, “Unto the sons”, es de 1992), narra la migración de su propia familia desde Calabria a New Jersey durante la II Guerra mundial, la travesía, el cambio no solo geográfico sino social de una realidad a otra, tensiones políticas, vínculos con un pasado que se desvanece y un futuro lleno de promesas.

¿No los he convencido? Bueno, esperen que tengo más. Talesse es, junto a Tom Wolfe y Capote, uno de los fundadores del Nuevo periodismo, ese estilo con el que tantos soñamos y tan pocos logran. Este periodista del que les hablo, que ya ronda los 80 y pico, y que va siempre con traje italiano hecho a medida, pañuelo en el bolsillo y sombrero de ala ancha, es la perfección de la sintaxis. Y es que no le sobra ni le falta nada. No hay un solo verbo superfluo, una coma buscando sitio o un adjetivo desbocado en sus escritos. Es pura precisión. Y eso me fascina. Me fascina él. Me fascinan sus historias reales poco originales a priori, pero es que él lo que hace es periodismo. Y del bueno.

Y ustedes me dirán que estoy loco, porque aún no lo he leído. Pero es que yo tengo feeling con algunos libros. Y desde que me lo regalaron los Reyes, envuelto en su plástico protector, supe que este tenía magia. Yo esas cosas las siento.

Son más de 700 páginas de libro, para estar entretenidos en Semana Santa tienen, así que espero sus comentarios dándome las gracias por haberles descubierto a este ser supremo. Tengo más libros de él que recomendarles, de hecho me estoy haciendo con todos ellos para ponerlos en un sitio privilegiado de mi biblioteca. No donde tengo el resto, no. Estos merecen estantería propia y que les quite el polvo a diario.

Con eso se los digo todo.

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Perdonen que ponga el burro por delante, pero yo estoy cansada ya de tanto yo. En estos últimos tiempo me he dado cuenta que la primera persona del singular es la que domina el mundo. “Yo hago el trabajo mejor”, “yo lo hice todo”, “yo me lo merezco”, “yo no he hecho nada”, “yo no quise”yo sé lo que digo”, “yo creo”, “yo pienso”… Me pregunto (sí, yo) qué pasaría si empezáramos a pensar en términos del otro o, por no querer dar un salto al vacío, al menos de “nosotros”. Si, por ejemplo, antes de dar una exclusiva para que nos alimenten el ego y nos cuelguen una medalla, no podríamos pensar en ese “nosotros” al que puede afectar de forma negativa una información que puede darse en otro momento o de otra forma. O si pensamos por una vez en que las cosas pueden hacerse de la manera que propone el otro. O si decidimos enfrentarnos al destino sin pisotear al otro, sin desvalorar su trabajo. ¿Qué pasaría si ponemos un gran nosotros encima de nuestros “yoes” individuales? Puede que sólo baste con mirar de forma diferente, con los ojos de quien se reconoce en sus congéneres. Tal vez todo empiece con un pequeño cambio que se convierta en una gran cadena de favores, como en este vídeo de la organización sin ánimo de lucro Live Vest Inside que busca extender la práctica de la compasión y la amabilidad hacia los otros. ¿Qué tal si nos apuntamos al nosotros?

El cine es emoción. Puede contener y contar muchas cosas más pero a las historias que cuentan las películas las mueve el deseo de emocionar al espectador. Al menos, así debería ser. ¿Acaso no son las pinturas que nos remueven algo por dentro, la música que nos hace sentir un cosquilleo en el estómago o los libros que nos hacen reír o llorar o sentir miedo los que acaban por fijarse en nuestro cerebro de tal forma que nunca desaparecerán de nuestro recuerdo? Pueden venir críticos sesudos que hablen de técnica, de estructuras, de armonías, de subtextos, de intenciones… que pronuncien palabras que no hemos escuchado en nuestra vida y nombren a personas presumiblemente muy importantes que no conocemos ni sabemos a qué dedicaron su vida… Nada de eso tiene importancia si la obra nos emociona. Y nada de eso tiene tampoco importancia si la obra no nos emociona.

Salí del cine después de ver Birdman (Alejandro González Iñárritu, 2014) con la sensación de haber visto un gran despliegue técnico y artístico para una historia que finalmente no me causaba ningún tipo de emoción. En ningún momento llegó a mi corazón lo que les ocurría a los personajes y con el paso del tiempo cada vez va tomando más fuerza en mi cabeza la sensación de que asistí a una masturbación de Iñárritu en plano secuencia y en pantalla grande. De que esa crítica de la propia crítica y de las superproducciones de Hollywood es, cuando menos, arrogante y presuntuosa. ¿Qué tendría de malo que el papel que más recuerde el público de Michael Keaton fuera el de Batman? ¿Por qué Michael Keaton debería sentirse más actor interpretando a Riggan Thomson que a Bruce Wayne?

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El cine es emoción. Es John Wayne alejándose de una casa en la que encuentra lugar. Es un niño estelar flotando en el espacio ante La Tierra con música de Strauss de fondo. Es Darth Vader diciendo: “Luke. Yo soy tu padre” mientras le tiende la mano a Skywalker. Es un Bruce Willis indestructible encontrando su lugar en el mundo. Es Joaquin Phoenix enamorándose de su sistema operativo. Es Starlord abriendo una caja que contiene una nota de su madre y una cinta de casette. Es Matthew McConaughey cogiendo la mano de una hija anciana después de atravesar el universo y el tiempo. Es un joven baterista demostrando a su maestro que puede tocar como Buddy Rich. Es ir a ver el Batman de Tim Burton con 12 años y sentir que flotas en la butaca con la música de Danny Elfman y el logo del hombre murciélago tallado en piedra.

Que una película trate de representar la inextricable aflicción del ser humano ante el discernimiento de la propia insignificancia (sic)…eso, como dijo  Rhett Butler en Lo que el viento se llevó“francamente, querida, me importa un bledo.”

Fluir

La pena viene y se va. Igual que lloras te ríes y vuelves a llorar. Del mismo modo que tragas vomitas y expulsas lo que no has podido digerir. Las barreras de contención se levantan y, si tienes suerte, si te das cuenta, las derribas liberando la obstrucción. La energía contenida  vuelve a fluir libre, sin bloqueos, sin dificultad. El miedo paralizante, traidor, dominante, se torna en valentía y la inseguridad en confianza. El insomnio da paso al sueño apacible y los ojos como platos a los pegados. La incertidumbre evoluciona a certeza. La pérdida se convierte en hallazgo y la desesperanza se conmuta en ilusión. Transformación, mutación, mudanza, permuta, metamorfosis, cambios…

 

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