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En 1987, un investigador isleño planteó un reto: reconstruir cómo ha sido abordado el poblamiento primitivo de Canarias en los últimos seis siglos, desde el momento en que se esbozó la primera teoría al respecto; pero al mismo tiempo lanzó una advertencia: “rastrear el ‘enigma’ de los orígenes en toda la producción literaria y científica obligaría a una tarea para la que nadie en la actualidad parece tener el apremio de nuestros viejos historiadores”.

Desoída la advertencia, tal apremio ha tenido quien le corresponda. No lo hizo un historiador sino un joven arqueólogo y, por encima de ello, un talento intelectual de estas Islas, José Farrujia, quien ha acometido tal titánica tarea con una solvencia y una erudición que asombran; en su colosal ‘Ab initio’ (desde el principio), su tesis doctoral publicada por Idea, nos muestra página a página un hermoso recorrido por las variadas identidades culturales y raciales que se le han otorgado a los indígenas canarios a lo largo de este tiempo.

Sólo las referencias bibliográficas de la obra ocupan 87 páginas. Dudo que nadie hasta la fecha, al menos a mi limitado conocimiento no le consta, haya acometido en este campo una empresa de tal calibre sobre nuestro pasado. Pues Farrujia ahonda en las numerosas fuentes que han abordado la cuestión, desde el perdido Testamento de los trece hermanos escrito en 1342 por un grupo de frailes que inaugura documentalmente el estudio, en paralelo al redescubrimiento de Canarias, seguido de su conquista y colonización hasta los investigadores coetáneos al periodo franquista (ya espero la continuación).

Analiza innumerables autores, de los más a los menos conocidos, de aquí y de allende los mares; desentraña los contextos sociales en que vivieron, las corrientes de pensamiento y esquemas mentales vigentes en cada época; y corrobora que “la gran mayoría de los juicios emitidos (…) fueron fruto de la construcción social antes que de las propias evidencias arqueológicas o empíricas”.

Desde las ineludibles visiones religiosas y coloniales hasta las tensiones de las élites isleñas por el proceso de división provincial del Archipiélago, entre otros variopintos factores, han tenido su reflejo en las tesis expuestas sobre quiénes fueron aquellas personas que un día pisaron por vez primera estos peñascos atlánticos, a los que se ha llegado a emparentar con los descendientes del bíblico Noé, con los supervivientes de la mítica Atlántida, con los egipcios, los celtas, los cananeos, los fenicios, los libios, los romanos…

Yacimiento de El Cementerio, en La Palma (foto de Tarek Ode, fuente: http://www.cajacanarias.com/microsites/escrito-en-piedra/)

Yacimiento de El Cementerio, en La Palma (foto de Tarek Ode, fuente: http://www.cajacanarias.com/microsites/escrito-en-piedra/)

Como concluye su autor, tras un periplo apasionante: “en ‘Ab initio’ se evidencia, precisamente, cómo la identidad no es un atributo natural, sino una construcción social —y por ende cultural—, una imagen histórica que cambia en función de las circunstancias sociales…”.

Ecos de piedra

Tras leer el libro se queda uno con ganas de saber qué dice la ciencia hoy sobre quiénes, cuándo, cómo, desde dónde y por qué poblaron Canarias. Y así como el astrónomo mira al cielo y ve luces que le hablan del pasado, Farrujia no precisa de levantar la mirada para ver el ayer que busca, pues, llegados a este punto, enseña su alma de arqueólogo y va a buscar repuestas a su bóveda celeste particular, en las evidencias arqueológicas, en las huellas materiales que aquéllos dejaron.

Y desde barrancos, montañas, campos de lava, peñas, cuevas, nos ha traído al asfalto incisiones, picados, rayas, geometrías, signos alfabéticos, formas humanas, de peces, de lagartos, de barcos, de soles…

Nos lo acaba de enseñar en la exposición Escrito en Piedra, apoyada por la Fundación CajaCanarias y que a las dos del mediodía de hoy se cierra en La Laguna. La muestra es un recorrido sin precedentes por numerosos yacimientos arqueológicos de las islas, que nuestro autor identifica y explica según la evidencia actual y el artista Tarek Ode ilumina con fotos magistrales.

Nos han paseado por el Julan, por Tenésera, por La Fajana, por Aripe, por las Toscas del Guirre, por el Barranco de Balos, por Tindaya; por estos y otros lugares irrepetibles, recónditos o evidentes, pero mayormente invisibles para los neófitos, inservibles para los traidores de sus ancestros y de rebajas para los expoliadores sin alma ni mínimas entendederas.

Farrujia y, a la izquierda, Ode explican la exposición 'Escrito en Piedra'

Farrujia y, a la izquierda, Ode explican la exposición ‘Escrito en Piedra’

Durante meses, ambos recorrieron Canarias y dieron luz a las manifestaciones rupestres que aún perviven trazadas mismamente por aquellos sobre los que tanta tinta se ha derramado. Nos han acercado los ecos de gentes antiguas que signaron en las piedras las preocupaciones por su subsistencia o para cumplir con sus creencias, alejadas de cualquier afán estético; ecos que hablan de fuentes de agua, de zonas de pastoreo, de pactos entre tribus, de calendarios lunares, de cultos a sus dioses y a sus muertos.

Sin duda, Farrujia y Ode han realizado un proyecto cultural de primera magnitud, digno de ser reconocido, digno de ser conocido en toda Canarias. Y lo han hecho con el rigor de un científico y con la mirada inconfundible de un artista, erigiendo, al cabo, una fórmula definitiva para abrir ansias de saber. De sabernos.

 

De niño adoraba las vacaciones de verano en el camping, esa forma de vida colectiva que me permitía tener siempre amigos, desde el amanecer, para jugar. El campamento al que íbamos era de tercera categoría y casi siempre el agua estaba fría, pero poco nos importaba eso. Al fin y al cabo, era verano.

Ahora, en cambio, en invierno, el agua fría hiela los pensamientos y entumece el cuerpo y la tienda humanitaria en la que vivo con los restos de lo que fue una gran familia deja entrar el viento. Nunca imaginé que un acto tan sencillo como abrir un grifo se convirtiera en un sueño imposible. Ni que mi lugar de residencia se transformara en una jaula. Ni que el horizonte fuera una utopía. Ni que mis ojos se enrojecieran de tanto mirar el paisaje tras las puertas de este campo, donde la ayuda humanitaria quiere pero no puede con todo, en busca de una salida, de una oportunidad de vivir en paz y con la opción de luchar por una vida en condiciones dignas. No pensé jamás que ese mar, de mis juegos de niño, de mis paseos de joven enamorado, de mis castillos de arena con mis hijos, se convirtiera en un muro y pudieran significar sus aguas la diferencia entre la vida y la muerte.

©Karem Issa y Médicos Sin Fronteras. Colabora con msf.es.

©Karem Issa y Médicos Sin Fronteras. Colabora con msf.es.

Solo puedo preguntarme qué estaría haciendo hoy Federico. Qué habría hecho hasta ahora si lo hubieran dejado. Feliz día del libro.

Hoy 22 de abril es el Día de la Tierra. Hoy hace 45 años desde que “el senador estadounidense Gaylord Nelson quiso crear una conciencia común a los problemas medioambientales”. Permítanme que me ría. ¿Conciencia común? Me toca de cerca (y lo que no tengo) ver cómo se habla de conciencia común cuando cada uno, me refiero a los países, sigue velando por sus intereses y se pasa la conciencia ‘común’ por el forro si le reporta algún beneficio ’individual’.

El cielo de Canarias. Foto: Fernando García. https://www.flickr.com/photos/stroglofilms/sets/

El cielo de Canarias. Foto: Fernando García. https://www.flickr.com/photos/stroglofilms/sets/

Hoy, el Día de la Tierra, y cualquier día, somos testigos de que el cielo no es de todos, de que el mar tiene fronteras y de que lo que le hagamos a la Tierra aquí parece no afectar a lo que ocurre más allá. De que las leyes que protegen el planeta sólo valen en algunos lugares y si nos ponen límites para seguir ganando, pues nos vamos a otro sitio donde no los haya. Que si aquí un 50 es un índice de calidad del aire que hace sonar todas las alarmas, en China 170 se considera lo habitual. Porque, ¿sabes? El cielo chino no es el mismo que el nuestro y su contaminación a nosotros no nos afecta.

Hoy se celebra el Día de la Tierra, ¿de la Tierra de quién?

El cielo de Shanghai

El cielo de Shanghai

 

Otro país

Alan Levine @ Flickr.com

Alan Levine @ Flickr.com

Anoche soñé otro país.

Soñé que se cerraba la brecha entre sus dos almas. Que se licuaban sus cicatrices y soldaban sus fracturas centenarias. Que sus tensiones centrípetas y centrífugas se anulaban entre sí.

Soñé también que nos regocijábamos en su diversidad de lenguas y de culturas. Que mirábamos sin remordimientos hacia América y sin complejos hacia Europa. Que “social” dejaba de ser una palabra muerta de nuestra Constitución.

Todo esto soñé ayer, en una plácida siesta dominical. Por desgracia, me despertaron tres palabras encadenadas. Tres grititos crecientes, como golpes de metralleta: gol, gol, goool.

África¿Le importa a Europa una nueva tragedia en el Mediterráneo?

¿Otra reunión urgente hoy lunes de las autoridades europeas competentes?

¿Desde cuándo se lleva pidiendo que este tipo de desgracias no se repitan?

¿700 vidas serán razón de peso para actuar de forma contundente y definitiva ante la inmigración desesperada de muchos africanos?

¿Hará algo Europa esta vez?

Las preguntas se me acumulan en la cabeza mientras sigo sin dar crédito a un nuevo naufragio en alta mar, cerca de la isla italiana de Lampedussa. Pero son inmigrantes africanos, claro, es gente pobre que actúa a la desesperada porque muchos saben que en sus países de origen morirán antes o después, morirán de hambre, de sed, de enfermedades curables en el viejo continente, asesinados, de desesperanza…

 

Eclipse

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Cuenta la leyenda que la Luna estaba enamorada en secreto del Sol. Le encantaba su fuerza y su capacidad de emanar calor. Era pura energía y la contagiaba, irradiaba vida. Era único, tenía luz propia. Y hacía tiempo que la Luna se había dado cuenta de que la luz del Sol a ella le hacía brillar.
Pero suponía un amor imposible. Él era mayor que ella (¡400 veces!) y estaba tan lejos… Además, era una estrella, le llamaban “el astro rey” y ocho planetas giraban a su alrededor; la Luna, sin embargo, un mero satélite. Jamás se fijaría en ella.

Cuenta la leyenda que el Sol andaba enamorado en secreto de la Luna. Le parecía preciosa, elegante. Era increíble cómo -con tan poco helio- conseguía relucir con aquella intensidad, iluminar las noches de los amantes e inspirar canciones y poemas. Cómo, aún siendo menuda, lograba transformar las mareas. Cómo se mostraba de 28 formas distintas (le gustaban todas). Era maravillosa.
Pero estaban a una gran distancia y eran muy distintos. Para colmo, temía hacerle daño si se acercaba. Ella nunca se fijaría en él.

Se le ocurrió entonces al Sol una idea brillante (como no podía ser de otra manera): se colocaría exactamente 400 veces más alejado de la Tierra que la Luna. ¡Qué astuto!, desde allí se verían ambos del mismo diámetro.

Así lo hizo y, periódicamente, coincidían de manera perfecta. Un encuentro que para todos los demás (incluida la propia Luna) era totalmente casual. Un encuentro que duraba apenas unos segundos, pero que ellos dos recibían como un ansiado abrazo infinito.
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* En otras ocasiones la Tierra se ponía en medio, pero eso ya es otra historia…

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