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Archive for the ‘Salud’ Category

Tick tock. Mike Peres/Custom Medical Stock Photo/SPL

Tengo un muy buen amigo que un buen día empezó a notar que se le dormían las manos. Llevaba un tiempo trabajando en Alemania y últimamente se notaba muy cansado. Los síntomas hablaban de una enfermedad chunga en un estado algo avanzado.  Se ve que tardó en darse cuenta de que algo no iba bien porque no tuvo los síntomas iniciales (puede ocurrir). Y, efectivamente: tenía la enfermedad de Lyme, una dolencia transmitida por garrapatas (a él le gusta ir de excursión por el campo y Alemania tiene mucho verde) que puede tener consecuencias muy graves.

Pues nada, ahora tiene que convivir con ello y con el hecho de poder tener recaídas de las crisis: dolores de cabeza, de las articulaciones, rigidez en la cara o en el cuello… Un poema, vamos. El pobre se llevó un susto considerable. Y aún así lo pilló a tiempo, podría haber sido peor.

Hace unos días me encontré con este artículo de Juan Ignacio Pérez: “La ecología de una enfermedad“, y me puse a leerlo. Y me quedé a cuadros.

Resulta que la enfermedad de mi amigo tiene vacuna, pero ojo, aquí entra la forma de funcionar del mundo de los abogados en Estados Unidos. Allí existe una cosa que se llama “National Vaccine Injury Compensation Program” (NVICP, creado en 1988), es decir, que en el caso de que una vacuna que esté en el programa nacional de vacunaciones ocasione algún daño, se ofrece compensación a los individuos, dando cobertura tanto a los consumidores como a las empresas farmacéuticas que desarrollan las vacunas. Pero la vacuna para la enfermedad de Lyme no es obligatoria, sino que se pone solo en caso de que se considere necesario (como cuando vamos al extranjero y en Sanidad Exterior u otros departamentos de la Seguridad Social nos dicen qué vacunas debemos ponernos según a qué países vayamos).

O sea: que era el médico quien, según la zona, podía recomendar o no a los habitantes o viajeros que se pusiera la vacuna. Pero ¡ay! Al no estar en el programa obligatorio, los abogados podían denunciar a la empresa directamente. Y lo hicieron. Hubo una campaña de acoso en los medios con acusaciones que no estaban probadas científicamente (decían que provocaba astrosis, pero no se ha demostrado) y la empresa SmithKline Beecham acabó retirando la vacuna.

Como leen.

Resumiendo, hay vacuna para los perros, pero no para humanos. Una enfermedad cuya incidencia va en aumento: en Europa la contraen unas 65.000 personas al año. En el norte de América unas 300.000.

Menuda insensatez.

 

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Foto extraída del blog de Rosa Montero en El País Semanal

Aunque ustedes no lo crean, hay un profundo debate en el mundo de la divulgación científica relacionado con cómo decimos las cosas. No con el contenido, que se supone más o menos acotado por los avances de la ciencia, sino por las formas que usamos a la hora de rechazar las pseudociencias y otras zarandajas.

Es un tema muy serio, no se crean. La agresividad a la hora de responder ante ciertos temas puede ser contraproducente. Aunque no siempre (sobre este asunto también se ha investigado bastante, al final adjunto enlaces a algunos artículos y estudios).

Una nunca sabe cómo enfrentarse a ciertas afirmaciones. Quienes dicen que no van a vacunar a sus hijos me dan mucha pena. Quienes recurren a la homeopatía para curarse de alguna enfermedad me dan mucha pena. Quienes acuden a curanderos y videntes me dan mucha pena. Y la situación, en general, me apena bastante porque cómo le dices a todas estas personas (a las que quieres y aprecias) que, básicamente, les están engañando. No voy a entrar aquí a hacer una explicación ni una crítica profunda sobre estos asuntos (sigan mejor los enlaces en cada caso), pero voy a decirles algo a quienes tienen tribuna pública: ¡Ayúdennos!

Los que hacemos divulgación somos hormiguitas. No nos paga ninguna multinacional malvada (es lo que espetan muchos de quienes no aceptan nuestros argumentos). Y es muy triste que se nos acuse de tener intereses ocultos: nuestros intereses están claros y expuestos a la luz. Solo queremos que la gente sepa. Que tengan la información. Y que no se dejen engañar, porque a veces hay consecuencias muy graves.

Así que, desde esta humilde tribuna que es mi casa de “siempreenmedio”, invito a Rosa Montero (que hace poco escribió un artículo muy comentado) a que venga a Naukas 2017. Y lo digo desde el corazón. Conocerás a la gente que curra cada día en sus laboratorios, en sus despachos, en sus oficinas, en sus facultades e institutos, en sus coles, en sus medios de comunicación, en sus casas o en donde sea… personas que divulgan porque creen que la sociedad merece saber. Rosa Montero, ¡vente a Naukas!

 

P.D.: A Cárdenas no lo invito, que es un maleducado y borra sus tuits porque es todo menos un profesional.

 

 

Algunos artículos que analizan estudios relacionados con cómo afectan las respuestas a las críticas a la hora de cambiar de opinión:

Study: Rational arguments and ridicule can both reduce belief in conspiracy theories

Does Challenging or Ridiculing Crazy Ideas Change Anyone’s Mind?

Does combatting quackery and pseudoscience through rational argument and ridicule work?  

The Anti-Vaccine Movement Should Be Ridiculed, Because Shame Works  

Changing Conspiracy Beliefs through Rationality and Ridiculing  

Shame and conformity: The deference-emotion system (abstract del artículo)

¿Cómo desmontar un bulo? Usando ciencia para explicar ciencia

Escéptico sobre lo escéptico

Una encuesta revela la brecha existente entre científicos y ciudadanía  

Misinformation and Its Correction

Study: You Can’t Change an Anti-Vaxxer’s Mind  

How to change someone’s mind, according to science

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Recientemente el multimillonario dueño de Inditex, Amancio Ortega, donó 320 millones de euros para la renovación de equipos de diagnóstico y tratamiento del cáncer en los hospitales públicos españoles. Y últimamente se ha armado bastante revuelo después de que la Asociación para la Defensa de la Sanidad Pública de Aragón manifestara su rechazo a esa donación.

No seré yo el que critique que un millonario done dinero a quien lo necesita, aunque lo haga con fines publicitarios y aunque lo que done sea para él prácticamente calderilla, pero bien haría donando ese dinero a asociaciones que trabajan con la caridad y la ayuda desinteresada de los ciudadanos (asociaciones que viven precisamente de las donaciones) en lugar de dar dinero a algo que supuestamente se financia con dinero público proveniente de nuestros impuestos. Si abrimos la puerta a que la sanidad pública española acepte los donativos como forma de financiación (así sea complementaria) el siguiente paso lógico sería disminuir las partidas presupuestarias para tal fin. Y quién sabe hasta donde nos llevará ese camino.

Creo que todos deberíamos ser críticos con esa donación. Creo que en su lugar, deberíamos exigir a los responsables del funcionamiento de nuestra sanidad que ésta no sufra los recortes que ha venido sufriendo desde hace tiempo; las privatizaciones y el recorte de las condiciones salariales de los que trabajan en ella. Si de veras nos importa el buen funcionamiento de nuestro servicio de salud eso es lo que deberíamos gritar a los cuatro vientos en lugar de agradecer a un multimillonario por su buena voluntad (sic) mientras los políticos que han dilapidado nuestros servicios públicos se frotan las manos al quitarse ese marrón de encima.

Amancio Ortega bien podría haber destinado ese dinero a mejorar las condiciones de sus trabajadores esclavos en Brasil y otros países. O a pagar los impuestos que le corresponden sin buscar argucias legales para evitar pagarlos. Tal vez así su donación no resultaría tan hipócrita.

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Volver-al-ejercicio

Hace ya casi un año que sufrí una lesión en el tobillo derecho que me ha tenido prácticamente inactiva durante el mismo. Aún a día de hoy me sigue molestando y el movimiento lo tengo bastante limitado. Cierto es, que este tobillo ha sufrido varios esguinces anteriores que ya lo tenían un poco maltrecho y que esta última lesión ha sido la gota que ha colmado el vaso. El tobillo dijo: “¡Basta!, te estás pasando”.

Hasta aquí todo relativamente normal, el verdadero problema no es este, sino la combinación con el siguiente: me encanta comer, creo que es uno de los mayores placeres que nos ha dado la vida. De hecho, uno de los motivos por los que hago deporte es para poder comer lo que quiera. Me chifla saborear una buena comida, no le hago ascos a nada… o a casi nada, soy un poco rara porque no me gusta el chocolate, bueno, con excepciones que, cuando las cuento, me dicen: “¡Ah!, pero eso no es chocolate”. Total, que me voy por los cerros de Úbeda y no llego a lo que quería contar.

La combinación de mi inactividad y mi gusto por comer, el cual ha agravado mi maravilloso novio cocinillas, han provocado una subida de peso con la que no estoy nada cómoda. La solución está clara, volver a la actividad física, pero todos sabemos lo que cuesta empezar. Una vez que coges de nuevo el ritmo todo fluye y va genial, pero hasta que eso ocurre, te salen dolores en músculos que no sabías ni que tenías y cualquier otro plan es mejor que salir a hacer ejercicio.

Total, que en esas estoy, intentando cerrar un poco el pico y volver al maravilloso mundo del deporte que tanto cuesta retomar. De una cosa estoy segura, con lo cabezona que soy, conseguiré reactivarme tarde o temprano. Por mi bien espero que sea más lo segundo que lo primero, aunque dicen que nunca es tarde si la dicha es buena.

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Podría empezar diciéndoles que he padecido varias enfermedades de cierta gravedad durante mi vida, más que nada para evitar las críticas ya de antemano. Pero no lo voy a hacer. Voy a decir que yo no quiero que nadie sufra para que yo pueda curarme de cualquier patología que padezca en el futuro. No deseo que ningún animal se inocule de enfermedad en un laboratorio para experimentar primero lo que luego, de todas formas, tendrá que probar un ser humano. Entiendo que durante siglos la única forma de progresar en el ámbito médico fue la experimentación con animales, porque no disponíamos de otras herramientas, pero hoy, la ciencia ha avanzado lo suficiente como para decir ¡basta ya! o, como mínimo, para reducir las pruebas en otros seres vivos que no sean los destinatarios de los tratamientos. Yo no soy seguidora de The Big Bang Theory pero una de sus protagonistas, Mayim Bialik, a la que sí reconozco por encarnar a Blossom, lo explica en este vídeo bastante claro (para los  que hablen el inglés, lo siento pero no he encontrado versión con subtítulos al castellano). Yo no soy científica, así que desconozco si estos mitos sobre los que habla Bialik son tales o no, pero, sea como sea, entiendo que la tecnología ha avanzado lo suficiente como para dejar de utilizar a los animales en las investigaciones médicas y agradecerles así todo lo que tantos ejemplares de diferentes especies han hecho por nuestra salud hasta ahora.

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Nunca he tenido afición por el riesgo, me cuesta mucho comprender la motivación de quienes, por simple gusto, se enredan en aventuras de final incierto y huyo de cualquier situación que mezcle susto, sorpresa y adrenalina.

Las atracciones de feria son una auténtica pesadilla, me horrorizan todas y soy incapaz de pasar por ese trago pese a los ruegos, presiones y chantajes a los que me somete el núcleo familiar cuando llega la época temida.

Igual me pasa cuando me enfrento a esos altísimos toboganes acuáticos a los que a veces me veo obligada a subir como adulta acompañante, que no responsable. Empiezo a temblar ya desde la fila y una vez arriba, a punto de lanzarme, me encomiendo a todos los santos con la esperanza de que justo en el último instante un rayo divino paralice toda la actividad del parque.

Podría decirse, por tanto, que soy una persona plana, aburrida, sosa… miedica, vaya. Hay quien me lo recrimina creyendo que voy  a picarme y que me lanzaré a vencer esos miedos que me paralizan. A mí me da igual. Lo único que me preocupa es escapar de todas esas situaciones lo más entera posible, con el corazón latiendo a su ritmo normal, sin aspavientos ni pérdida de control.

La edad ha acentuado este rasgo de mi carácter porque recuerdo que de cría me apuntaba a todo, a regañadientes, pero siempre iba. Ahora no. Ni que me paguen. Ahora lo que me gusta es pensar, estúpidamente, que mi vida va a transcurrir sin sobresaltos porque yo hago todo lo que debo. Eso me da tranquilidad y ahuyenta los pensamientos catastróficos, que me asaltan bastante a menudo precisamente porque soy una cagueta.

Pero ha sucedido algo. Ha habido un cambio que, honestamente, tengo que decir que no he propiciado yo. Digamos que me han empujado un poquito. Alguien que me quiere y a quien a veces desespera esta forma de ser que tengo me ha sacudido y, con bastante más paciencia de la que quizás merezco, me ha llevado de la mano a tomar una decisión necesaria pero a la que yo me resistía por aquello de no quebrar el status quo al que me aferro normalmente.

Ahora que el suelo que piso es de lo más inestable y que vivo un día tras otro en un veremos qué pasa, sin saber bien cómo va a acabar esto, debo reconocer que estoy ilusionada, con muchas ganas de hacer cosas nuevas y con una euforia interior que me va convenciendo de que los cambios y los riesgos no van a provocarme la muerte instantánea. De ahí a subirme en una montaña rusa, el pulpo o la barca vikinga va un mundo pero ya empiezo a ver el dichoso tobogán como un reto asequible.

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Me gustó más de lo que esperaba; me refiero a That Sugar Film, documental proyectado el pasado jueves en el Museo de la Ciencia y el Cosmos de Tenerife, dentro de su ciclo Ciencia y Biodiversidad. Obviamente, el azúcar omnipresente en el modelo alimentario que nos rodea iba a ser el protagonista de la noche, así que el director del museo, Antonio Mampaso, consideró que quizá el firmante de estas líneas podría aportar algo interesante al debate posterior.

La sala se llenó, signo del interés del asunto y de la capacidad de convocatoria de los organizadores, y el docu me gustó. De un lado, la parte más visual aunque menos interesante a mi juicio del filme: su protagonista, un actor australiano decide prestarse como conejillo de indias para alimentarse exclusivamente durante un tiempo a base de productos alimentarios como zumos de fruta, cereales de desayuno, comidas precocinadas, etc. (aunque nada de refrescos, chocolate o fastfood), con la particularidad de que ingerirá exactamente la misma cantidad de calorías que con su alimentación anterior, basada mayoritariamente en alimentos.

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 Un servidor y el director del Museo, en el coloquio final

Como puede preverse, apenas unas semanas después el equipo médico que lo controla comienza a desaconsejarle que siga con el experimento, pues diferentes indicadores de su salud están empeorando. Lo esperable.

En paralelo se desarrolla la mejor parte del documental: diferentes historias y testimonios de personas que se han topado de frente con el problema de la alimentación procesada, que tiene al azúcar (pero no sólo) como punta de lanza: pequeñas comunidades indígenas australianas que sufren severamente el brusco tránsito nutricional sufrido desde su modo de vida anterior; un dentista que recorre con una consulta ambulante ciudades y pueblos americanos para paliar los destrozos dentales causados por el abuso inmisericorde de bebidas azucaradas por parte de niños y jóvenes; o los testimonios de algunos reputados científicos, ingenieros alimentarios y periodistas de investigación que pude reconocer, quienes, en conjunto, ofrecen una lectura fundamentada y actualizada de esta realidad, que nos atañe a todos.

[Entre ellos, destacaría a Michael Moss, Premio Pulitzer y referente de The New York Times, autor de Salt, Sugar, Fat, monumento descriptivo sobre el funcionamiento de la gran industria alimentaria de nuestro tiempo, cuyas primeras líneas (“El 8 de abril de 1999, en Mineápolis había un aire de tormenta. De una larga hilera de limusinas…”) se graban a fuego, como lo hicieran una vez aquellas en las que Aureliano Buendía, frente al pelotón de fusilamiento, rememorase la tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Una de las cosas más destacables del libro de Moss es que nadie, ni uno solo de los protagonistas de los cientos de en ocasiones escalofriantes relatos literales que recoge, lo haya denunciado por falso testimonio, lo que habla por sí solo de alguien que, por fortuna para nosotros, hace bien, muy bien, su trabajo]

En fin, que tras los títulos de crédito de That Sugar Film hube de salir al pie del escenario, junto a Antonio Mampaso. Comenté que de aquellos barros estos lodos: trayendo a colación un reciente artículo científico sobre el hallazgo de la correspondencia de hace casi medio siglo entre varios científicos prominentes de entonces y la industria azucarera de EE.UU., que muestra que a cambio de lo que hoy serían 43.000 euros se diseñó ad hoc un estudio que minimizó los riesgos de los azúcares para los problemas cardíacos; estudio que tuvo mucho peso para que en las recomendaciones de salud pública posteriores de la administración americana el azúcar saliese indemne, quedando las grasas en el ojo del huracán. Lo ocurrido de ahí en adelante, es historia.

Y comenté también que “el pulso” entre industria y salud pública sigue presente, quizá hasta más vivo que nunca: hace dos veranos el New York Times descubrió (y publicó) que la web de un instituto científico sin ánimo de lucro que defiende la tesis del balance energético (en toscos trazos, que no influye qué comas, sino cuánto comas y cuánto gastes, porque una caloría es una caloría, algo que el protagonista de nuestro docu podría refutar) estaba registrada a nombre de Coca-Cola (uno de los protagonistas se defendió en un primer momento con el relato naif de que ellos no sabían de webs y simplemente la compañía se ofreció). Se armó un gran lío; la empresa fue acusada de financiar de manera encubierta a científicos que se alineen con sus tesis, como la del balance energético, que deja caer todo el peso de posibles problemas de salud en el consumidor, que no es capaz de moderarse.

Ello culminó con un órdago de transparencia por parte de este gigante de la industria alimentaria, que prometió hacer públicas todas sus “colaboraciones” económicas con sociedades científicas, universidades e instituciones de salud en todo el mundo. Y lo ha hecho. Es elocuente echar un ojo, por ejemplo, a su financiación en nuestro país, lo cual no es malo per se ni habría de ser una mácula para las entidades financiadas, si no fuera porque existe literatura que relata que la mayoría de los resultados de los trabajos científicos con conflictos de interés con la industria alimentaria reman a favor de los intereses de la misma (algo de lo que sabe y mucho Marion Nestle, a quien eché de menos en el documental).

En fin, también conté algo de lo que modestamente hacemos por estos lares, y hasta dio tiempo a hacer en la sala una demostración casera de cuánto podría cambiar el punto de vista de un consumidor si el producto que coge entre sus manos le da una información cuantitativa (números y porcentajes, como nos ocurre ahora), o cualitativa (colores y símbolos); esto último sí que facilita elecciones con base científica, informadas y libres. Y para librar la batalla que nos rodea, ésa sí sería un arma cargada de futuro.

 

 

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