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Archive for the ‘Reflexiones’ Category

Andaba pensando si la hiper-conexión que nos abraza supone realmente un agente paralizante; si la ingente cantidad de datos que nos abrasa deriva al cabo en desinterés o, peor, erosiona la capacidad humana de separar la paja del grano, de desperezarse.

Sin embargo, puede que este pensamiento obedezca a un error de percepción, y que todo siga siendo tal cual siempre ha sido. Que, pese a todo, las semillas siguen germinando, que quien tiene algo que hacer, lo hace. Es posible.

En todo caso, es bueno procurar rodearse de gente con cosas que hacer. Como es el caso de la persona que ha esbozado, imaginado y azuzado la creación de muchas cosas parecidas a lo que ves en la foto bajo estas líneas; y desinteresadamente, podríamos añadir; pero no es así, siempre hay un interés; cómo si no gastas horas y energía en proyectos comunitarios, como el que nos ocupa. Lo que pasa es que el interés, por fortuna, trasciende lo pecuniario, y eso nos salva, nos redime, nos completa.

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Las ideas de Rubén tienen la virtud de hacerse realidad

En fin, que llevo tiempo (años) siguiendo a pies juntillas a un tipo —el presidente de la AMPA del cole de mis hijos— capaz de sobreponerse a la hiperconexión que nos abraza, a la ingente cantidad de datos que nos abrasa, con algo que hacer. Y aprendo, admiro y también observo cómo en derredor emerge más gente así.

Y concluyo entonces que sí, que mi pensamiento inicial obedecía a un error de percepción. Que las semillas no cesan de germinar por doquier. E, interesadamente, eso me salva, me redime, me completa.

 

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Aquí, una semilla germinada

Nota: estas líneas han sido espoleadas por el proyecto El Bosquecito.

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Koza1983 @ Wikimedia.org (CC BY 3.0)

Koza1983 @ Wikimedia.org (CC BY 3.0)

Te alaban todos los animales.
Te loan en cada desierto.
Tan alto como el cielo.
Tan amplio como la tierra.
Tan profundo como el Gran Verde.

Himno a Amón-Ra
Papiro Boulaq 17 (Museo Británico)

 

En Sanlúcar la Mayor (Sevilla) lucen dos destellos descomunales. Son visibles desde kilómetros de distancia y siempre los busco con la mirada cuando el avión desciende para tomar tierra en San Pablo. Son las centrales térmicas solares PS10 y PS20, las primeras de su tipo en el mundo.

Entre las dos suman casi 2.000 espejos móviles, concentrados en sendas torres de 114 y 165 metros. Si Abengoa, la empresa propietaria, logra esquivar la bancarrota, está previsto que el complejo solar incorpore otras plantas similares en el futuro, que acabarían produciendo la electricidad suficiente como para abastecer a 180.000 hogares.

SolarReserve, una compañía californiana, está yendo un paso más allá. Aunque su diseño es similar, la concentración de calor se utiliza para calentar sales fundidas, capaces de liberar energía en cualquier momento del día e incluso por la noche. Otras plantas con esta tecnología ya están construyéndose en Sudáfrica y Chile, así como en diferentes regiones de Estados Unidos.

La imagen de estos miles de espejos, moviéndose en una sincronía perfecta para alimentar a la bestia, me resulta algo perturbadora. Cuando las miro, no puedo evitar que me recuerden al congreso nazi filmado por Leni Riefenstahl en El triunfo de la voluntad (1935). Quitas a los camisas pardas y pones a los heliostatos y la arquitectura es similar. Similarmente fascista, quiero decir.

No digo que el avance no sea positivo, líbreme Dios. Que vengan muchas más plantas solares si así conseguimos frenar el efecto invernadero y que el planeta no siga calentándose hasta derretirse. Solo digo que en los últimos 3.000 años no hemos cambiado tanto.

Cientos de millones de fieles se han postrado a los pies de Amón, de Helios, de Inti, de Abora o de Magec. Temblorosos y humillados, nuestros ancestros gastaron siglos en plegarias cegadoras, dirigidas a evitar las plagas y las sequías.

Hoy cambia el sujeto, pero no el predicado. Aunque en un estilo algo más laico, seguimos postrados ante el sol, rezándole en silencio para que no se apague y nos deje el móvil sin batería.

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tienes que entender,

que nadie mete a sus hijos en un barco

salvo que el agua sea más segura que la tierra

nadie se quema las manos

bajo trenes

debajo de vagones

nadie pasa días y noches en el estómago de un camión

alimentándose de periódicos salvo que las millas recorridas

signifiquen algo más que viaje.

(…)

los

volveos a casa negros

refugiados

sucios inmigrantes

solicitantes de asilo

exprimiendo nuestro país

negratas con las manos tendidas

huelen raro

salvaje

destrozaron su país y ahora quieren

destrozar el nuestro

cómo es que las palabras

las miradas sucias

caen rodando de vuestras espaldas

quizá porque el golpe es más blando

que un miembro arrancado

o las palabras son más tiernas

que catorce hombres entre

tus piernas

o los insultos son más fáciles

de tragar

que escombros

que huesos

que tu cuerpo infantil

en pedazos.

quiero ir a casa,

pero la casa es la boca de un tiburón

la casa es el cañón de la pistola

(…)

nadie se va de casa hasta que la casa es una voz sudorosa en el oído

que dice:

vete,

huye de mí ahora

no sé en qué me he convertido

pero sé que cualquier lugar

es más seguro que aquí.

Extractos de “Casa” de Warshan Shire

 

Debo estar más sensible de lo habitual. Porque me acuerdo de cuando era niño y por estas fechas en el colegio de curas me señalaban al Cristo en la cruz. Me lo señalaban y me pedían que imaginara el dolor que supone morir ahí clavado. Todas las horas de agonía. Los músculos desgarrándose, los pulmones colapsando, la sed, el hambre, la angustia. La muerte. Que alguien que se expone voluntariamente a ese castigo ha de tener un motivo bien gordo. Que quien ahí sufrió quería algo realmente grande y muy caro de conseguir: un mundo mejor. Cada año sacamos al martirizado en procesión, y nos martirizamos cada año con peso, cadenas, pies descalzos o latigazos. Y cada año lloramos, aplaudimos, cantamos o callamos, salimos en tromba a las calles y consultamos compulsivamente el pronóstico del tiempo. A veces incluso elegimos gobiernos compuestos por seres que también han ido a colegios de curas y han mirado las heridas del que cuelga en la cruz y se han dado golpes de pecho y han sufrido desde niños por querer un mundo mejor. Suponemos que se van a poner enseguida manos a la obra, van a apostar fuerte, van a priorizar. Pero terminamos limitándonos a vestir de negro, ondear banderas a media asta (un día antes de tiempo) o pedir asilo preferencial para los nuestros. Supongo que porque, pasa siempre, el de la cruz va a resucitar igual al cabo de tres días.

Debo estar más sensible de lo habitual. Porque por estas fechas me parece que cualquier lugar es más humano que aquí.

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No, no es un cofrade (Fuente: EFE)

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Hace unos días recibí un mensaje de mi hermana muy apenada porque su querido “Neno”, un labrador de siete años, estaba muy malito. No se sabía lo que tenía. Lo habían llevado varias veces durante aquella semana al veterinario dándole distintos diagnósticos dependiendo del día en que lo llevaran y de quien lo atendiera. Mi hermana le había hecho un seguro al animalito para tener consultas incluidas y una serie de servicios más que, en un principio, parecían muy ventajosos.

Le mandaron distintos antibióticos al animalito. El sábado el perro se ponía peor a pesar del tratamiento, decidiendo finalmente mi hermana llevarlo a un hospital veterinario especializado.

El perro escapó por los pelos, en el centro no se explicaban cómo era posible que no le hubieran hecho al animal un simple análisis de sangre que hubiera detectado la fuerte infección que tenía y poder ponerle el tratamiento acorde a lo que realmente le estaba afectando. El perrito estaba rechazando el tratamiento que le habían mandado anteriormente, se encontraba totalmente deshidratado y con unos niveles tan bajos de todo que le faltó el canto de un duro para no superarlo.

Imagínense el disgusto de mi hermana, de mi cuñado y de mi sobrino viendo tremendo panorama. A día de hoy todavía se están recuperando del susto y el perrito continúa en fase de recuperación aunque fuera de peligro.

A mi personalmente me parece muy heavy todo lo que ha pasado, la negligencia de los anteriores veterinarios y la sensación de impotencia que genera a las familias este tipo de situaciones pero… ¿no les suena esto de algo?, ¿no les parece que esto es muy similar a lo que se da día a día en hospitales, centros de salud y demás?, ¿que en muchas ocasiones nos encontramos indefensos y sin nadie que nos explique qué fue lo que pasó y por qué las cosas salieron mal?.

En este caso tenemos un final feliz ya que Neno se está recuperando y podrá seguir jugando y siendo feliz con su familia que lo adora, pero ¿cuántas veces estas situaciones no han llegado a buen puerto?, ¿cuántas veces nos hemos tenido que lamentar por una negligencia médica o un mal diagnóstico que no se ha podido corregir a tiempo?.

Tenemos muy buenos médicos en la Sanidad Pública pero también existe una deshumanización importante que al final hace que uno se sienta como un cacho de carne que pasa por una silla, con suerte por una camilla y al que no se atiende como se le tiene que atender. Un poquito más de atención a la persona y a los síntomas que refiere puede hacer que no nos equivoquemos en el diagnóstico, solo se trata de prestar un poco más de atención. Sabemos que la Sanidad Pública deja mucho que desear y que gran parte de la culpa es de nuestros gobernantes, pero las personas acuden al médico para que les ayuden a solucionar sus problemas y no tienen culpa tampoco, por lo que solo pido un poquito de por favor.

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Es curioso cómo, a veces, nos damos cuenta de que nos hacemos mayores por cosas que nos vienen de forma inesperada. Me refiero a que las canas ya las vamos viendo venir. Las arruguillas. Los cambios en el cuerpo. La disminución de la tolerancia al trasnoche… todo eso es progresivo. Al menos en mi caso.

Pero que te den un premio a la trayectoria es fulminante en cuanto a significado: “trayectoria” significa que te ha dado tiempo a hacer algo, ¿no? Igual me equivoco. En realidad puedes haber hecho algo especial siendo muy joven. Ejemplos hay a patadas.

Así que no, no pensaré que me hago mayor, sino que sigo en proceso de obtener una versión de mí que me mole y con la que me sienta bien. No se crean, no es fácil autoanalizarse. A veces una se siente incómoda en ciertas etapas de la vida. Se autoexamina y descubre que hay partes de esa vida que no le gustan. Y se toman decisiones difíciles. Se huye de cosas que no hacen bien. Se crece, en definitiva. Puede que haya un cierto grado de aceptación en todo este proceso. Si no, sería insufrible. Pero una debe sentirse cómoda con esa aceptación.

¿Y todo este discurso a qué narices viene?

Pues a que me han concedido un honor inesperado: el premio “Mario Bohovslasky” de la ARP Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico.

Y me he puesto a pensar en qué narices habré hecho yo para merecer tal honor. He tenido que hacer una revisión crítica que no me ha llevado a ninguna gran conclusión (tienen que ver al resto de premiados para comprender mi desazón). En este proceso de autorevisión me he puesto a releer algunas de las cosas que he escrito en este blog en los últimos siete años y me he dado cuenta de algo: Siempre[en]medio ha sido mi casa, mi rincón, mi espacio para poder decir lo que me ha dado la gana, para dar voz a esa rabia, para maldecir y alabar, para contar y explicar, para lamentarme y alegrarme.

La comunicación de la ciencia la he hecho, principalmente, en los lugares en los que he trabajado. Me he sentido siempre afortunada por ello. Mucho. La divulgación la he hecho en otros lares (como Naukas o HdC) y en distintos formatos (descubrir la astrocopla de la mano de Manuel González ha sido de las mejores cosas que me ha pasado en los últimos años). Pero aquí he podido gritar. Esta parte de mí la redescubro cada vez que leo posts antiguos. ¿Soy yo así de directa? ¿Soy así de guerrera? ¿Esas palabras son mías?

Lo son. Son mías. Sin duda, me habré equivocado mil veces. Habré errado. Pero mi intención siempre ha sido aprender, comprender y compartir. En eso sí me veo siendo una escéptica con todas las letras. Así que ¡gracias! ARP-SAPC por concederme este premio: estoy totalmente abrumada y me habéis hecho muy feliz pero, sobre todo, me habéis hecho pensar.

Y ¡gracias! Siempre[en]medio, por ser mi casa, esa casa desde la que he podido ser la escéptica que recibe este premio con una sonrisa que no me cabe en la cara. ❤

 

P.D.: Desde aquí doy la enhorabuena a J. M. Mulet, miembro de la ARP-SAPC, que ha recibido el premio “Lupa escéptica” este año. Porque para cambiar las cosas (sobre todo en la tele) hay que implicarse. Y estar en el ojo del huracán no es fácil. 😉

 

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Tengo la suerte de no estar rodeada de padres semejantes a los que el otro día dieron un vergonzoso espectáculo en el campo de fútbol en el que jugaban sus hijos en Palma de Mallorca, o el que protagonizaron poco antes otros energúmenos parecidos en Gran Canaria. Me consta que no es la tónica general. De hecho conozco a no pocos progenitores de niños que practican fútbol u otros deportes que tratan, por todos los medios, de inculcar a sus hijos los valores que se suponen en cualquier juego de este tipo, máxime si es un deporte de equipo: respeto, compañerismo, justicia…

Pero lamentablemente este tipo de situaciones bochornosas se repiten con demasiada frecuencia en muchos campos de fútbol a los que los niños debieran ir a pasar un rato agradable, a practicar deporte, a estar con sus amigos y, por encima de todo, a disfrutar, no a convertirse en el objeto de las iras de padres frustrados que pretenden que sus hijos sean Messi, Cristiano Ronaldo o cualquier otro astro del fútbol.

No puedo evitar ponerme en el lugar del niño o joven que presencia como su padre la emprende a puñetazos y patadas con otro por un partido, en la vergüenza que debe pasar, en lo que debe costarle volver, en el caso de que vuelva, a reunirse con sus compañeros sin pasar un mal rato. Y todo porque unos descerebrados no son capaces de ver el daño que su conducta genera a sus hijos, que cuando crezcan tienen muchas papeletas para convertirse en violentos jugadores o aficionados. Para eso, como bien dice Aarón Gómez y compañía en este vídeo, si eres de esos padres: deja al pibe, hombre.

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Me sé un chiste sobre un niño con cáncer. Tan gracioso como cruel. ¡Lo que me reí la primera vez que me lo contaron! ¡Y lo incómodo y culpable que me he sentido cuando lo he contado yo! Todas y cada una de las veces. Las veinte o treinta. Lo juro.

También me sé toneladas de chistes sobre judíos en campos de concentración. Los disfrutamos mucho en las reuniones familiares. He contado lo típico, las bromas obligadas, sobre Irene Villa. Y los chistes machistas ya casi no los trabajo porque no se ríe demasiada gente, lo ven algo tan cotidiano que no les hace gracia el tema.

En mi descargo he de decir que siempre procuro contar estos chistes en petit comité. Y luego la culpa la trabajo por dentro. Nada ostentoso. Pero por pura vergüenza, nada que ver con la prudencia. Hasta el momento había pensado que me bastaría, llegado el momento, con pedir disculpas a alguien en la audiencia, ruborizarme tras la carcajada y aclarar que no dispongo de carnet de ETA, ni de permiso de armas ni me alegro de las enfermedades ajenas, que es solo un chiste. ¡Que soy buena persona! Quizá aguantar reproches y pasar un mal rato. Y ya. Nunca se me pasó por la cabeza que pudiera ocurrir algo más.

Nunca digas nunca. Del otro día a esta parte vivo acojonado. Borro dos de cada tres tuits antes de publicarlos, bajo la voz en reuniones sociales y he hecho firmar un acuerdo de confidencialidad a mis amigos más cercanos, esos que me ríen las gracias. No quiero tener que renunciar a una concejalía como Guillermo Zapata, que me reabran causas taitantas veces como a César Strawberry o me quiten la beca y la posibilidad de opositar como a Cassandra Vera, por cuatro tontás mal escritas que, además, ofenden poco.

Este miedo no es ni sano ni es normal. Sé que son problemas del primer mundo, que tenemos comida en la mesa y algunos hasta carnet de gimnasio. Pero que tu capacidad de hacer reír no la mida una sonrisa, sino un juez de la Audiencia Nacional, toca un poco los huevos, para qué mentir. Huele a ir quitando la libertad de a poquito. Tan de a poquito, tan como sin querer que, dentro de un tiempo, tú mismo estás pidiendo cárcel para los malos humoristas. Se equivocan. El respeto es otra cosa, más sutil y muchísimo más hecha polvo. Con la cantidad de gente con estudios que ha trabajado esto de los límites del humor, da un poco de cosa que algo tan complejo quede en manos de legisladores (que tantas veces la cagan).

Así que no. No contaré el chiste del niño con cáncer. Por aquí no. Si lo quieres oír búscame, firma unos papelitos y a reír.

Me voy yendo. Aquí abajo unos que saben más del tema. Ah, y que os follen.

 

 

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