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Posts Tagged ‘salud’

Recientemente el multimillonario dueño de Inditex, Amancio Ortega, donó 320 millones de euros para la renovación de equipos de diagnóstico y tratamiento del cáncer en los hospitales públicos españoles. Y últimamente se ha armado bastante revuelo después de que la Asociación para la Defensa de la Sanidad Pública de Aragón manifestara su rechazo a esa donación.

No seré yo el que critique que un millonario done dinero a quien lo necesita, aunque lo haga con fines publicitarios y aunque lo que done sea para él prácticamente calderilla, pero bien haría donando ese dinero a asociaciones que trabajan con la caridad y la ayuda desinteresada de los ciudadanos (asociaciones que viven precisamente de las donaciones) en lugar de dar dinero a algo que supuestamente se financia con dinero público proveniente de nuestros impuestos. Si abrimos la puerta a que la sanidad pública española acepte los donativos como forma de financiación (así sea complementaria) el siguiente paso lógico sería disminuir las partidas presupuestarias para tal fin. Y quién sabe hasta donde nos llevará ese camino.

Creo que todos deberíamos ser críticos con esa donación. Creo que en su lugar, deberíamos exigir a los responsables del funcionamiento de nuestra sanidad que ésta no sufra los recortes que ha venido sufriendo desde hace tiempo; las privatizaciones y el recorte de las condiciones salariales de los que trabajan en ella. Si de veras nos importa el buen funcionamiento de nuestro servicio de salud eso es lo que deberíamos gritar a los cuatro vientos en lugar de agradecer a un multimillonario por su buena voluntad (sic) mientras los políticos que han dilapidado nuestros servicios públicos se frotan las manos al quitarse ese marrón de encima.

Amancio Ortega bien podría haber destinado ese dinero a mejorar las condiciones de sus trabajadores esclavos en Brasil y otros países. O a pagar los impuestos que le corresponden sin buscar argucias legales para evitar pagarlos. Tal vez así su donación no resultaría tan hipócrita.

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Volver-al-ejercicio

Hace ya casi un año que sufrí una lesión en el tobillo derecho que me ha tenido prácticamente inactiva durante el mismo. Aún a día de hoy me sigue molestando y el movimiento lo tengo bastante limitado. Cierto es, que este tobillo ha sufrido varios esguinces anteriores que ya lo tenían un poco maltrecho y que esta última lesión ha sido la gota que ha colmado el vaso. El tobillo dijo: “¡Basta!, te estás pasando”.

Hasta aquí todo relativamente normal, el verdadero problema no es este, sino la combinación con el siguiente: me encanta comer, creo que es uno de los mayores placeres que nos ha dado la vida. De hecho, uno de los motivos por los que hago deporte es para poder comer lo que quiera. Me chifla saborear una buena comida, no le hago ascos a nada… o a casi nada, soy un poco rara porque no me gusta el chocolate, bueno, con excepciones que, cuando las cuento, me dicen: “¡Ah!, pero eso no es chocolate”. Total, que me voy por los cerros de Úbeda y no llego a lo que quería contar.

La combinación de mi inactividad y mi gusto por comer, el cual ha agravado mi maravilloso novio cocinillas, han provocado una subida de peso con la que no estoy nada cómoda. La solución está clara, volver a la actividad física, pero todos sabemos lo que cuesta empezar. Una vez que coges de nuevo el ritmo todo fluye y va genial, pero hasta que eso ocurre, te salen dolores en músculos que no sabías ni que tenías y cualquier otro plan es mejor que salir a hacer ejercicio.

Total, que en esas estoy, intentando cerrar un poco el pico y volver al maravilloso mundo del deporte que tanto cuesta retomar. De una cosa estoy segura, con lo cabezona que soy, conseguiré reactivarme tarde o temprano. Por mi bien espero que sea más lo segundo que lo primero, aunque dicen que nunca es tarde si la dicha es buena.

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Hace unos días recibí un mensaje de mi hermana muy apenada porque su querido “Neno”, un labrador de siete años, estaba muy malito. No se sabía lo que tenía. Lo habían llevado varias veces durante aquella semana al veterinario dándole distintos diagnósticos dependiendo del día en que lo llevaran y de quien lo atendiera. Mi hermana le había hecho un seguro al animalito para tener consultas incluidas y una serie de servicios más que, en un principio, parecían muy ventajosos.

Le mandaron distintos antibióticos al animalito. El sábado el perro se ponía peor a pesar del tratamiento, decidiendo finalmente mi hermana llevarlo a un hospital veterinario especializado.

El perro escapó por los pelos, en el centro no se explicaban cómo era posible que no le hubieran hecho al animal un simple análisis de sangre que hubiera detectado la fuerte infección que tenía y poder ponerle el tratamiento acorde a lo que realmente le estaba afectando. El perrito estaba rechazando el tratamiento que le habían mandado anteriormente, se encontraba totalmente deshidratado y con unos niveles tan bajos de todo que le faltó el canto de un duro para no superarlo.

Imagínense el disgusto de mi hermana, de mi cuñado y de mi sobrino viendo tremendo panorama. A día de hoy todavía se están recuperando del susto y el perrito continúa en fase de recuperación aunque fuera de peligro.

A mi personalmente me parece muy heavy todo lo que ha pasado, la negligencia de los anteriores veterinarios y la sensación de impotencia que genera a las familias este tipo de situaciones pero… ¿no les suena esto de algo?, ¿no les parece que esto es muy similar a lo que se da día a día en hospitales, centros de salud y demás?, ¿que en muchas ocasiones nos encontramos indefensos y sin nadie que nos explique qué fue lo que pasó y por qué las cosas salieron mal?.

En este caso tenemos un final feliz ya que Neno se está recuperando y podrá seguir jugando y siendo feliz con su familia que lo adora, pero ¿cuántas veces estas situaciones no han llegado a buen puerto?, ¿cuántas veces nos hemos tenido que lamentar por una negligencia médica o un mal diagnóstico que no se ha podido corregir a tiempo?.

Tenemos muy buenos médicos en la Sanidad Pública pero también existe una deshumanización importante que al final hace que uno se sienta como un cacho de carne que pasa por una silla, con suerte por una camilla y al que no se atiende como se le tiene que atender. Un poquito más de atención a la persona y a los síntomas que refiere puede hacer que no nos equivoquemos en el diagnóstico, solo se trata de prestar un poco más de atención. Sabemos que la Sanidad Pública deja mucho que desear y que gran parte de la culpa es de nuestros gobernantes, pero las personas acuden al médico para que les ayuden a solucionar sus problemas y no tienen culpa tampoco, por lo que solo pido un poquito de por favor.

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Me gustó más de lo que esperaba; me refiero a That Sugar Film, documental proyectado el pasado jueves en el Museo de la Ciencia y el Cosmos de Tenerife, dentro de su ciclo Ciencia y Biodiversidad. Obviamente, el azúcar omnipresente en el modelo alimentario que nos rodea iba a ser el protagonista de la noche, así que el director del museo, Antonio Mampaso, consideró que quizá el firmante de estas líneas podría aportar algo interesante al debate posterior.

La sala se llenó, signo del interés del asunto y de la capacidad de convocatoria de los organizadores, y el docu me gustó. De un lado, la parte más visual aunque menos interesante a mi juicio del filme: su protagonista, un actor australiano decide prestarse como conejillo de indias para alimentarse exclusivamente durante un tiempo a base de productos alimentarios como zumos de fruta, cereales de desayuno, comidas precocinadas, etc. (aunque nada de refrescos, chocolate o fastfood), con la particularidad de que ingerirá exactamente la misma cantidad de calorías que con su alimentación anterior, basada mayoritariamente en alimentos.

Museo Ciencia Tenerife That Sugar Film Félix Morales Concísate salud ciencia consumo

 Un servidor y el director del Museo, en el coloquio final

Como puede preverse, apenas unas semanas después el equipo médico que lo controla comienza a desaconsejarle que siga con el experimento, pues diferentes indicadores de su salud están empeorando. Lo esperable.

En paralelo se desarrolla la mejor parte del documental: diferentes historias y testimonios de personas que se han topado de frente con el problema de la alimentación procesada, que tiene al azúcar (pero no sólo) como punta de lanza: pequeñas comunidades indígenas australianas que sufren severamente el brusco tránsito nutricional sufrido desde su modo de vida anterior; un dentista que recorre con una consulta ambulante ciudades y pueblos americanos para paliar los destrozos dentales causados por el abuso inmisericorde de bebidas azucaradas por parte de niños y jóvenes; o los testimonios de algunos reputados científicos, ingenieros alimentarios y periodistas de investigación que pude reconocer, quienes, en conjunto, ofrecen una lectura fundamentada y actualizada de esta realidad, que nos atañe a todos.

[Entre ellos, destacaría a Michael Moss, Premio Pulitzer y referente de The New York Times, autor de Salt, Sugar, Fat, monumento descriptivo sobre el funcionamiento de la gran industria alimentaria de nuestro tiempo, cuyas primeras líneas (“El 8 de abril de 1999, en Mineápolis había un aire de tormenta. De una larga hilera de limusinas…”) se graban a fuego, como lo hicieran una vez aquellas en las que Aureliano Buendía, frente al pelotón de fusilamiento, rememorase la tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Una de las cosas más destacables del libro de Moss es que nadie, ni uno solo de los protagonistas de los cientos de en ocasiones escalofriantes relatos literales que recoge, lo haya denunciado por falso testimonio, lo que habla por sí solo de alguien que, por fortuna para nosotros, hace bien, muy bien, su trabajo]

En fin, que tras los títulos de crédito de That Sugar Film hube de salir al pie del escenario, junto a Antonio Mampaso. Comenté que de aquellos barros estos lodos: trayendo a colación un reciente artículo científico sobre el hallazgo de la correspondencia de hace casi medio siglo entre varios científicos prominentes de entonces y la industria azucarera de EE.UU., que muestra que a cambio de lo que hoy serían 43.000 euros se diseñó ad hoc un estudio que minimizó los riesgos de los azúcares para los problemas cardíacos; estudio que tuvo mucho peso para que en las recomendaciones de salud pública posteriores de la administración americana el azúcar saliese indemne, quedando las grasas en el ojo del huracán. Lo ocurrido de ahí en adelante, es historia.

Y comenté también que “el pulso” entre industria y salud pública sigue presente, quizá hasta más vivo que nunca: hace dos veranos el New York Times descubrió (y publicó) que la web de un instituto científico sin ánimo de lucro que defiende la tesis del balance energético (en toscos trazos, que no influye qué comas, sino cuánto comas y cuánto gastes, porque una caloría es una caloría, algo que el protagonista de nuestro docu podría refutar) estaba registrada a nombre de Coca-Cola (uno de los protagonistas se defendió en un primer momento con el relato naif de que ellos no sabían de webs y simplemente la compañía se ofreció). Se armó un gran lío; la empresa fue acusada de financiar de manera encubierta a científicos que se alineen con sus tesis, como la del balance energético, que deja caer todo el peso de posibles problemas de salud en el consumidor, que no es capaz de moderarse.

Ello culminó con un órdago de transparencia por parte de este gigante de la industria alimentaria, que prometió hacer públicas todas sus “colaboraciones” económicas con sociedades científicas, universidades e instituciones de salud en todo el mundo. Y lo ha hecho. Es elocuente echar un ojo, por ejemplo, a su financiación en nuestro país, lo cual no es malo per se ni habría de ser una mácula para las entidades financiadas, si no fuera porque existe literatura que relata que la mayoría de los resultados de los trabajos científicos con conflictos de interés con la industria alimentaria reman a favor de los intereses de la misma (algo de lo que sabe y mucho Marion Nestle, a quien eché de menos en el documental).

En fin, también conté algo de lo que modestamente hacemos por estos lares, y hasta dio tiempo a hacer en la sala una demostración casera de cuánto podría cambiar el punto de vista de un consumidor si el producto que coge entre sus manos le da una información cuantitativa (números y porcentajes, como nos ocurre ahora), o cualitativa (colores y símbolos); esto último sí que facilita elecciones con base científica, informadas y libres. Y para librar la batalla que nos rodea, ésa sí sería un arma cargada de futuro.

 

 

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«Ustedes, los europeos, no tiran la basura al suelo, ¿verdad? Siempre la guardan en el bolso para tirarla en una papelera», fue la pregunta que nos hizo un vietnamita, sentados en una barca en el mismísimo delta del Mekong. La respuesta fue fácil, pero no la reflexión posterior. «Claro -le dije-, a nosotros nos lo enseñan desde pequeños, pero, aunque no fuera así, estaría demasiado feo que yo viniese de mi país a tirar basura en el tuyo».

img_5842Foto: Co’Report

La conversación se alargó y derivó en un «Seguro que allá el aire es limpio y el cielo azul porque no está tan contaminado todo», del compañero de barco, que añadió: «tenemos que educar a nuestros niños».

Percibí cierta admiración en sus palabras, lo cual no hizo más que avergonzarme. «Nuestro aire es más limpio porque es aquí, en Asia, donde fabrican casi todo lo que usamos. Hemos aprovechado la mano de obra barata para acumular en este lado del planeta toda la contaminación. Por eso tú no ves el cielo azul. Consumimos de sobra y esto hace que ustedes produzcan de más, por lo que generamos más basura que nadie, pero la escondemos en países subdesarrollados -le solté de golpe y con el bochorno en mi expresión, mientras el muchacho asentía bajando la mirada, como el que recibe malas noticias-. Efectivamente, hay que educar a los niños, pero en todas partes del mundo. No basta con tirar la basura a la papelera».

img_1141Foto: Co’Report

Y esa (espero) será la forma de quitarnos de encima la ridícula asociación de ideas por la que vinculamos nuestro primermundismo con el derroche. Consumimos, con los meñiques apuntando al techo, raciones empaquetadas en envoltorios individuales con unas desorbitadas cantidades de residuos plásticos en cada merienda. Y mientras tanto, sus fábricas producen emisiones de gases cuyos derechos (encima) les hemos vendido desde nuestros países con buena nota en polución, pero la demanda es impetuosa y es culpa nuestra que su cielo no sea azul.

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A quién voy a engañar, el trabajo de científico es eminentemente aburrido. Repites y repites las mismas cosas hasta que obtienes resultados distintos, o eso parece. Nunca dejas de estudiar para poder sentirte más estúpido, de vez en cuando te reúnes con otros científicos y, con demasiada frecuencia, recibes mails de tu jefe. Algunos de esos mails convocan a reuniones. Algunos de estos convocan a una sola reunión: “la más importante del año”.

El 70% de la financiación de nuestro laboratorio de Cáncer del Desarrollo de la Fundació Sant Joan de Déu proviene de donaciones. Este porcentaje, el pasado año 2015, significó 1,78 millones de euros (un 37% más que el 2014, que fue un 55% mayor que en 2013, que fue un 32% mayor que en 2012). De este dinero, 1,25 millones provinieron de donaciones particulares, el resto de fundaciones y empresas. La mayor donación supuso 54000€ de una tacada. Todo lo demás, la inmensa mayoría, implica cientos, miles de inscripciones a carreras populares a 5 o 10€ cada una, cientos, miles de pulseras vendidas a 3 o 5€, concierto, muñecas, torneos de baloncesto, caminatas solidarias, botellas de vino, eventos de todo tipo detrás de los cuales hay un montón de personas dedicadas a rascarse y rascar bolsillos.

Gracias a este dinero, los 28 trabajadores del laboratorio podemos dedicarnos a repetir todas esas cosas que tanto repetimos, podemos estudiar y estudiar, reunirnos con otros científicos de vez en cuando y volver a estudiar y volver a probar y a repetir. Y podemos también avanzar en el tratamiento del neuroblastoma, en su diagnóstico y pronóstico, en el conocimiento del glioma difuso de protuberancia, podemos proponer ensayos clínicos para el tratamiento de la leucemia, optimizar la terapia contra el sarcoma de Ewing o el retinoblastoma, elaborar modelos 3D de los tumores para ensayar y así mejorar su resección quirúrgica… Una vez al año (en esta ocasión fue el pasado sábado 30 de abril) nos reunimos con nuestros donantes y les intentamos tranquilizar: Ustedes se han dejado la piel para darnos todo este dinero y nosotros estamos sudando hasta el último céntimo.

Cada evento, cada euro, tiene una historia, un nombre propio. Porque la mayor parte de estos financiadores incansables son padres de niños que han pasado por el hospital. Y ocupan los asientos del auditorio con una parte de entusiasmo y doscientas o trescientas partes de emoción. Muy pocos de ellos llevan a sus hijos. Algunos, supongo, no consideran que este tipo de rendición de cuentas sea del gusto de un público infantil. Otros, desgraciadamente, no podrían llevarlos aunque quisieran. Durante la pausa del café, me fijo en una de las niñas que sí fueron. No puedo asegurar haberla visto durante su enfermedad, yo no frecuento la planta de oncología, pero el caso es que me suena su cara aunque ahora luzca melena. Estaré sensiblón, pero la imagino agradecida. Y a mí con eso me basta y me sobra para aburrirme otro año más.

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P.S.: ¿No es el peso (70%) de estas donaciones el síntoma de una financiación pública deficiente? ¿Del desinterés de nuestros gobernantes por la ciencia? Sin duda. Pero de eso, quizá, hable otro día.

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Se levantó un día y se miró al espejo de la puerta del viejo armario donde guarda toda su ropa. No era mucha, pero sí la suficiente como para poder ir por la calle sin harapos que esconder. Vio su rostro reflejado y sonrió, no le quedaba otra que reírse: ¡menuda cara legañosa y arrugada tenía cada mañana! Se sabía un hombre afortunado.  A lo largo de sus ochenta años había tenido la oportunidad de amar apasionadamente, llorar con desconsuelo, beber sin control, reír hasta el dolor, disfrutar hasta morir y soñar sin límites.

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Al verse en allí delante se seguía encontrando a sí mismo, se reconocía a pesar de los cambios y se seguía gustando, sabía que sus principios y valores seguían intactos. Nunca se había vendido. Su ética, aunque matizada por los años, seguía presente en todos sus actos. Había aprendido a escuchar, a respetar y a disfrutar de la diferencia. Había conocido a mucha gente viajado a muchos sitios… algunos valieron la pena y se quedaron de una u otra manera en su alma para siempre, otros, pasaron sin más, sin dejar rastro que recordar.

Sabía que ya quedaba poco, era consciente de que las manillas del reloj de la vida pronto dejarían de latir, pero él estaba feliz, satisfecho. Se sentía pleno porque había vivido como había querido. Hacía mucho tiempo que había decidido coger el control de las riendas de su vida y así lo hizo a pesar de que en aquel momento muchos le llamaron egoísta y desconsiderado. Él tenía claro que no quería que la vida se le pasara siguiendo el dictado de la apariencia o de lo que otros querían que hiciera. Así lo decidió y vivió toda su vida en libertad, saboreando cada momento y exprimiendo de cada experiencia ese aprendizaje que le convirtió en lo que ahora era: un sabio con experiencia. Volvió a mirar al espejo, volvió a sonreír y, plácido, descansó.

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