Sexo

Si digo, a estas alturas de 2021, que estamos viendo demasiadas series, no estoy descubriendo América. Si confieso que yo, con un crío en casa, no estoy viendo todas las que querría, tampoco voy a sorprender a nadie. Pero esta necesidad de seleccionar bien en qué voy a invertir mi tiempo me está ayudando a entender por qué me gusta lo que me gusta en lo audiovisual.

Sé que el trabajo detrás de cada producto es ingente: dirección, producción, guion, interpretación, documentación, escenografía, banda sonora, edición. Y yo ya he descubierto qué es lo que me hace engancharme, a dónde miro cuando miro con ganas, qué le pido a algo que me vaya a distraer de la pantalla del móvil. Yo necesito que los personajes me caigan bien. Si no todos, al menos una porción significativa de ellos. No sé aún si necesito identificarme con ellos (quizá en parte, quizá inconscientemente) pero sí que no han de darme ganas de cruzarles la cara con un revés de mano.

Puede que por eso abandonara tan precipitadamente Transparent, a pesar de la interesantísima premisa, o lanzara Homeland a la papelera de reciclaje en la tercera temporada. O me esté costando tanto retomar Succession a pesar de ser una inmensa serie (el porcentaje de hijosdeputa que concentra destroza mi matemática del bienestar). A lo mejor esta necesidad explica por qué nunca me encantó Breaking Bad, pero que pudiera terminarla porque el asco que me iba generando Walter (y Skyler) White lo supe compensar con cariño a Jesse Pinkman. Y definitivamente este descubrimiento es la explicación de que adore, como a esa familia que se adora, The Office (la americana, la buena) y Community. Y que llorara al final de The Wire (y cuando murió Michael Kenneth Williams).

Si hay una serie actual que acumula personajes adorables (que dan ganas de adorar), amables (que dan ganas de amar), buenismo bien, es Sex Education. Y ahora sé, sin dudas, que si estoy disfrutando tanto esta tercera temporada (como las dos anteriores) es por eso. Y no puede ser que me identifique con los personajes: ¿adolescentes que saben expresar sus emociones con un perfecto acento británico mientras mantienen una vida sexual muy activa? No es terreno conocido. Más secretos para mí ahí que en el Área 51. Pero cada uno de ellos tiene algo bueno que decirme. Cada uno de ellos demuestra, a menudo varias veces por capítulo, que las cosas se pueden hacer bien. Incluso mejor. Que se puede ser empático, inclusivo, amable, reivindicativo, inocente y bueno de manera natural. Y que si no sale natural se puede entrenar, se puede aprender, para eso estamos. Que somos muchos, variados, distintos, con capacidad para ser muy felices y absolutamente infelices. Que hacerle la vida mejor al de al lado ni es difícil ni contraproducente. Es exactamente lo contrario. Y que quizá el sexo es solo una excusa, o el mejor ejemplo para convencernos de que un adolescente puede estar motivado por algo. O que somos sexo y poco más. Algo que ha generado malestar por siglos y siglos y a lo mejor es la llave que necesitamos para encerrar toda nuestra mierda en un cajón. Deberíamos dejar de discutir si El juego del calamar es apta para niños (lo es, acaso, para mí) y obligar a todos los mayores de 14 años a ver Sex Education. Saldríamos ganando.

Bueno, y la banda sonora… Mel a sa tita, que diría un amigo menorquín.

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