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Archive for the ‘Televisión’ Category

censura-mafaldaGozar de libertad de expresión supone correr el riesgo de ofender o de ser ofendido. También es cierto que ofenderse depende de cada cual y no siempre de la intención del otro. En definitiva, es cuestión de actitud, de la que tomemos frente a un mensaje y de cómo permitimos que nos afecte.

Durante la última semana se han dado dos circunstancias que me han hecho reflexionar sobre la libertad de expresión y la ofensa. Por un lado la Drag Sethlas, ganadora de la  Gala Drag del Carnaval de Las Palmas con su fantasía ‘¡Mi cielo! Yo no hago milagros, que sea lo que Dios quiera’, en clara alusión a la Virgen y a Jesucristo crucificado, ha generado un alud de críticas cuyo exponente máximo ha sido el obispo de Canarias, que manifestó que el día de la elección había sido el más triste de su estancia en las islas, por encima del accidente del avión de Spanair en el que fallecieron 154 personas.

Por otra parte una guagua del colectivo ultraconservador HazteOir ha sido la comidilla en medios de comunicación y redes sociales por su mensaje tránsfobo: ‘Los niños tienen pene; las niñas tienen vulva; que no te engañen’.

En ambos casos las fiscalías correspondientes estudian si hay delito. En ambos casos se ha procedido a ‘retirar’ el mensaje, bien haciendo desaparecer el vídeo de la gala de la página web de Televisión Española, bien inmovilizando la guagua, que permanece en un garaje.

Al margen de que pueda generarme más o menos rechazo uno u otro mensaje, lo que realmente me parece preocupante es que llevemos nuestra actitud de ofendidos hasta el punto de preferir no ver, de obviar la realidad, que supone que existen personas para todos los gustos, que se expresan sin violencia y sobre cuyos mensajes, faltaría más, también podemos opinar sin necesidad de cercenar derechos.

En palabras de Salman Rushdie, “la mejor manera de defender la libertad de expresión es ejerciéndola”. Crearnos una opinión ya es cosa nuestra.

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¿Recuerdan ustedes aquellos días en que queríamos comernos el mundo? Éramos jóvenes y todo el tiempo que nos quedaba por vivir era un catálogo de triunfos. El IKEA del dulce porvenir. Estanterías y estanterías llenas de éxitos al alcance de la mano. Sólo teníamos que escoger el nuestro. O los nuestros, que cuando uno es joven abarca mucho y aprieta aún más. Eran días de euforia, autoestima, esperanza, pechos palomo y mucho aire fresco. El único miedo era qué camino escoger, qué experiencias perderse y cuáles vivir. Los más aventurados, los más jóvenes entre los jóvenes, despreciaban ese miedo y recorrían, o pretendían recorrer, todos los caminos. La vida era cualquier cosa menos breve o áspera o amenazante. Todo, todo, todo se podía hacer. Lo podíamos todo. Lo queríamos todo. Lo tendríamos todo.

¿Recuerdan aquellos días? Yo no. Nunca me he sentido así. Ni un poquito. Yo he tenido miedo hasta de tener miedo. Incluso de dejar de tenerlo. Yo me conformaba, en aquellos maravillosos días, con que me dejaran tranquilo. No lo conseguía siempre, pero sí la mayor parte del tiempo. Lo que perdí en euforia lo gané en calma. Era lo que podía abarcar y casi no apretaba.

Ahora que con el paso del tiempo he aprendido a asomarme al mundo sin molestias estomacales, podría aprovechar para disfrazar mis carencias de cinismo (postureo le llaman en estos tiempos) y pasearme ufano entre el panorama, ¡tremendo panorama!, preguntando a babor y estribor: ¿Qué? ¿No nos íbamos a comer el mundo? ¡Pues bonito mundo!

Pero no. No lo haré. Por ahora (y por si acaso).

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Te las prometías muy felices, Kevin Arnold.

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Westworld es un parque de atracciones futurista en el que los robots han alcanzado la perfecta imitación del ser humano y permiten, en un ambiente de lejano oeste americano, que los adinerados den rienda suelta a sus instintos que, por norma general, suelen girar en torno al asesinato y el sexo. Esta serie de ficción, que se basa en una película de 1973 del mismo nombre y que escribió el autor de superventas Michael Chrichton, reflexiona sobre dos temas fundamentales de la filosofía humana: el descubrimiento de lo que somos y la libertad. En esa diatriba entre la tecnología y nuestra capacidad para dar vida a lo que en principio no la tiene, en ese juego a ser Dios con la prepotencia de pretender que no surjan errores, hay varias dudas de base. ¿Quiénes son en realidad los robots? ¿Los seres metálicos o nosotros, incapaces de vivir nuestras vidas como queremos? ¿Son sólo ellos los programados? ¿Quién es el creador y quién la obra? Y lo más difícil de contestar: ¿de verdad queremos ser libres? ¿sabemos dejar libres a los otros?

Puede que muchos digan que todo esto no es más que filosofía barata salida de un libro de autoayuda, pero la realidad es que Westworld fomenta la duda existencial, inmersa en un paquete de ciencia ficción bien decorado, con unos actores de que garantizan el disfrute, como son Anthony Hopkings y Ed Harris, y con unas escenas pomposas, que ayudan  a crear el ambiente de fingimiento entre huéspedes y visitantes del parque y que recuerda demasiado al que, quizás, rige nuestras propias relaciones o, al menos, al concepto que tenemos de ellas.

 

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Me disponía hoy a escribir sobre lo que para mí, en estos momentos de mi vida y posiblemente sin ver más allá de mi nariz, es un acto heroico, valiente, arriesgado, si me permiten: traer hijos a este mundo, tal y como está el percal, aunque muchos queramos cerrar los ojos. Y no hablo de valentía por mi parte, la verdad, pues al fin y al cabo tengo una situación privilegiada, con una magnífica red familiar que me asiste en muchos momentos. Los valientes son aquellos hombres y mujeres, juntos o por separado, que deciden tener churumbeles sin apenas ayuda.

Pero hete aquí que la realidad suele fastidiarte tu titular, como quería impedir supuestamente Hearst en su periodismo amarillo de finales del XIX y principios del siglo XX. Qué ridículo y narcisista es hablar del yomemiconmigo cuando la buena televisión, que aunque muy escasa existe, te estampa en la cara que tus valientes no son realmente quienes para ti lo son, sino miles de refugiados europeos que huyen de una vida de miseria y guerra, de una muerte segura en sus países de África o Asia y ven en Europa la salvación, una Europa que les dice primero que los acoge y luego les cierra las puertas en las narices en un acto mezquino, egoísta, mentiroso y yo qué sé qué más sin que se me revuelvan las tripas.

Anoche me perdí Astral, el magnífico documental (todas las opiniones coinciden en calificarlo así) dirigido por Jordi Évole sobre los refugiados europeos. Me lo perdí, como podrán imaginar, por tratar de hacer ‘mi ridículo’ acto heroico de dormir a dos golfiantas de 14 meses, una de las cuales considera que descansar es aburrido y de cobardes, que mejor es saltar y jugar hasta caer liquidada por extenuación, probablemente cuando ya yo he caído primero.585846

En ese empeño estaba, ajena a la buena televisión, cuando empezó el bombardeo whatsappeano. “¿Estás viendo ‘Astral’? Impresionante”, “Espero que estés viendo ‘Astral’; ya lo comentaremos”, “Brutal Évole y su ‘Astral’; qué mierda de Europa”. Entonces me entró la prisa por maldormirlas y conectar la tele; por ver ese ‘Astral’ aunque fuera con una de ellas encima -la que considera que dormir es de cobardes- para que fuera viendo ya el mundo al que ha venido junto a su hermana, pero pensé que necesitaba verlo con los cinco sentidos puestos.

Queda moderno y comprometido preocuparse por realidades brutales como esta de la migración, pensarán ustedes, mientras muchos vivimos en este egoísta primer mundo y en una buena casa, con un buen trabajo, una pareja maravillosa y dos golfiantas que me pirran aunque me agoten. Pero no sé si callarse es mejor opción. Por lo pronto, debo ver con esos cinco sentidos ese ‘Astral’ del que estoy hablando sin ver, algo muy poco periodístico, por cierto. Perdonen esta mala praxis, pero necesitaba decirlo y asignar correctamente ese término, el de valientes, a quienes de verdad lo merecen.

 

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Parece que no siempre fui de tan buen comer como ahora. De pequeña traía a todo el mundo loco porque me negaba a ingerir alimentos que no fueran de mi agrado. Cuando era más chica mi familia recurría a todo tipo de artimañas para convencerme y eran más los días que comía en casa de la vecina -Doña Emelina, a quien quería muchísimo y que tenía un precioso pastor alemán que me encantaba- que en la cocina de mi casa.

Cuando crecí un poco la cosa cambió. Se acabaron las contemplaciones. Había que comer me gustara o no, sin más. No había opción más allá de las tres cucharaditas de potaje que lograba encajarle a mi padre, siempre dispuesto a echarme una manita en lo que sea. Recuerdo a mi hermano Rober cumpliendo su amenaza de calzarme un fonil y hacerme llegar así el potaje a la garganta, sin pasar previamente por la boca.

Me acuerdo del calcio 20, el asqueroso aceite de hígado de bacalao, el redoxón, que sabía a fanta, el kéfir y, sobre todo, los jugos de tomate y zanahoria que me hacían beber antes de comer, todo con el fin de complementar mi, según ellos, deficiente alimentación.

La leche con gofio fue mi peor pesadilla infantil. La aborrecía, me repugnaba como si fuera caca de gato y no me la perdonaban ni un día. Yo sabía que tenía que pasar por aquello, por muchas pegas que pusiera. No me preguntaban, no me daban a elegir, no me convencían, no me sobornaban. Hoy sigo sin poder probar  la leche con gofio pero no tengo traumas, como de todo y me encanta probar cosas nuevas.

Desde hace tiempo veo en los canales infantiles de televisión, a cada momento, el anuncio de un preparado, unos polvos que mezclados con agua son perfectos, dicen, para los niños que rehúsan comer como es debido. Si miras en su web verás, lo primero, un test para que averigües si tu hijo es un “malcomedor”; según la marca, son la mitad de los hijos, porque aseguran que “en España el 45% de los niños en edad preescolar son malcomedores”. También te dicen que los resultados son mejores a partir de los seis meses de consumo, a razón de dos o tres vasos de ese batido al día, a 13 euros el bote de 400 gramos.

Entiendo que pasar por el infierno de lidiar con un crío que no come bien, día tras día, tiene que ser tremendo y desquiciante. Ahí es donde la industria mete la zarpa y da de lleno en la diana.

Por otra parte, permitir que se promocionen estos productos en los canales infantiles me parece un enorme error. Me pregunto qué mensaje les llega a los chicos si les decimos que hasta para cubrir una necesidad tan básica como comer hay un sustituto, un camino llano, sin esfuerzos.

Creo que aprender (y enseñar) a comer bien es aprender a vivir bien y pasar por ese proceso es necesario. Aunque parezca una tontería, en ese conflicto con la comida cuando eres un niño empiezas a entrenarte para saber manejar las dificultades que vendrán después, que son mucho más difíciles y, además, no hay batido que las evite.

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Unas elecciones generales un 20 de diciembre son como invitar a un amigo a casa, preguntarle si le apetece tomar un café y cuando con ganas te responde “sííííííí”, entonces le espetas “joooo, chico, ahora tengo que prepararlo“. Pues lo mismo me parecen estos comicios en plenas Navidades, convocados por quienes ven en esta cita el fastidio de tener que dar cumplimiento a un derecho democrático. “Vota” (“vamos, si quieres”, les falta decir, “si no tampoco tienes que molestarte”). A ver si así la gente se entretiene con las compras, los arbolitos y los Reyes Magos y pasa de ir a votar. Porque los que sin pestañear van a las urnas son, en términos generales (no me malinterpreten), quienes dan su voto a los mal llamados “grandes partidos”; los indecisos, los habituales abstencionistas o los simplemente cómodos para qué van a votar, ya se quejarán después, ¡encima!elecciones

Qué pena de Gobierno, de verdad, qué pena de partido que sustenta al Gobierno, por favor. Si pudieran, me da, convocaban el día antes de la fecha elegida, a ver si la nocturnidad y la alevosía despistan al personal. Porque a ver, si los anteriores comicios generales fueron un 20 de noviembre, ¿qué conduce a señalar un mes después el día D con lo noveleros que somos en este país para estar en la calle de fiestita y olvidarnos de nuestra responsabilidad como ciudadanos? Ay, vaya, no quería decirlo así…

En fin, yo en esta campaña solo he visto artefactos, focos, luces, chorradas de cómo viste este u el otro… Pero ¿y los programas, y las propuestas reales, y las ideas? Ya es que ni se molestan en hacer promesas falsas. Insisto en que hablo de los de siempre, contra los que algunos partidos nuevos, insurgentes, han alzado su voz. No sé si será suficiente para luchar contra esta fantástica fecha navideña. De milagro Rajoy y su panda no eligieron el 22 de diciembre (sí, es martes, lo sé); tal vez así, con la emoción y los nervios de la pedrea, a quienes no votaran sumaríamos los que se despistan y meten en la urna el décimo en vez del voto.

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Mis amigos valen su peso en recibos de la luz. Lo sé porque tengo un problema serio de adicción a las series. Y mis amigos, en lugar de eso tan socorrido e inútil de dar la tabarra e intentar convencerme de que salga de casa, que hay vida ahí fuera, han decidido acompañarme en el sufrimiento. No solo eso. Aprovechan la coyuntura para enseñarme cosas, ellos, que trabajan en “lo audiovisual”. Sin ir más lejos, me acaban de presentar el concepto de Pacto Ficcional. Parece ser que cada vez que decido empezar una serie nueva firmo una especie de contrato entre yo, el consumidor compulsivo, y el autor de la serie (o libro o peli o lo que sea) por el que me comprometo a aceptar ciertas licencias narrativas por el bien de la historia. ¡Es la ficción, estúpido! Me podría espetar el escritor cuando yo le echase en cara universos paralelos, cucarratones, islas que saltan o desapariciones sin explicar y ni falta que les hace. Eso sí, este pacto no es indefinido y se puede llegar a romper, solo hace falta un militar americano terrorista islámico escondido en Venezuela, o una banda de moteros delincuentes que no han pisado la cárcel en su vida. Si hay que abandonar la serie se abandona. Adiós muy buenas.

Estoy aprendiendo muchísimo con esta adicción. Pero ha de quedar claro que no es todo un camino de rosas. El otro día, sin ir más lejos, después de una maratón de series de manual, con su pizza y su maltrato al sofá, me quedé traspuesto. Al despertar, en la tele estaban en pleno Desfile de las Fuerzas Armadas. Uno está viviendo en los años 20 de Boardwalk Empire, en los 60 de Mad Men o en el 2048 de Almost Human y de repente es 12 de octubre de 2015 y Pablo, la cabra, te está haciendo ojitos desde la pantalla. Yo no sé si fue el susto, la falta de café o la grasa del pepperoni, que me dio un vuelco el corazón. Al paso televisivo de la bandera me entró una congoja insoportable. Pegué a rebuscar aquí y allá, en la cartera, en la carpeta de cartón azul donde guardo los papeles importantes, en el cajón de los calzoncillos… Tenía que estar en algún lado. El contrato, el puto contrato, ¡el pacto ficcional! Quería romperlo, desfirmarlo, pagar las cláusulas que hubiera que pagar. Lo que quiera que se haga en estos casos. Porque con las series lo tengo claro (aunque me cueste): apago y punto, de vuelta a la vida real. Y yo lo que quiero es eso, centrarme en la vida, en la real. En cambio no hago más que encontrarme guionistas mediocres envueltos en banderas.

Y es que, Mariano, seamos serios. Tu guión es una mierda y ya he me tragado demasiadas licencias por el bien de una historia que nunca terminó de apasionarme. No te confundas, no eres tú solo. No es que Artur o Fernando tengan mejor estilo. Sus historias, sus tramas, sus países, sus naciones… también cojean. Me gustan los actores secundarios y los figurantes, todo sea dicho, pero ni los protagonistas ni los productores están a la altura.

A este paso lo único que veo factible es currarme mi propio spin-off.

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