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Archive for the ‘Tradiciones’ Category

La primera en casa. Eso me decían siempre, me repetían una y otra vez en las partidas del patio de la facultad. La primera mano se gana y luego ya se verá. Nunca llevé el juego. Opino que la responsabilidad es tan grande como para cargarla en los hombros de los verdaderos estrategas del envite. Yo me limitaba a obedecer y a hacer bien las señas, sin que me pillaran. A no apresurarme, pero dejar bien claro que podía aportar la mala o un par de chijales. A alegrarme en su justa medida si caía un flus y la mano la iba a ganar yo. Callado y obediente. Y contento. Sin llevar el juego, sin saber muy bien qué iba a pasar salvo cuando me autorizaran a tirar el tres de bastos.

Tampoco necesitaba mucho más. El envite era la excusa para no entrar a clase (sin necesidad de recurrir a los agresivos cortados de la cafetería). ¿Cómo voy a entrar a Química si tengo el chico encaminado? ¿Ahora a Fisiología cuando acabamos de entrar en tumbo? Ni de coña voy a Micro, llevo una hora ciego y ahora me están entrando cartas. Excusas, envido, excusas, arráyate un millo, excusas, chico, excusas, partido fuera, excusas, habrá que echar otra.

El otro día cumplí 40 años de edad y unos 15 desde el último pericón. Pero esta mañana me he despertado con la inevitable sensación de que en mi vida no ha cambiado absolutamente nada.

 

BarajaKELBET.ES

Por ahí andan los triunfos (www.kelbet.es)

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Empecemos por lo típico: el olor a brezo.

Pero también: el madrugón (con o sin resaca), agacharte a poner un par de pétalos, ver solo las piernas de la gente que pasa, la parada para el bocadillo y la caña, el resto de paradas para más cañas, meter las manos en las cajas de las flores, oír una voz conocida e incorporarte para saludar, el calor, el viento que refresca pero estropea la alfombra (echa agua ahí, cristiano), el año que llueve y hay que recordar, aquellos helados caseros que no volverán, los paseos por el resto de alfombras, los “ya acabaste” y “este año no llegas” y “¿una caña?”, la ropa que estrenas, la plaza del Ayuntamiento, la emoción, los repiques de campanas, las pocas ganas de volver a casa, el cansancio, las cornetas, los tambores, la calle ya está limpia, otro año más.

Y sigo: sacar el traje de mago a airear, la plancha, el almidón (mamá, te pasaste, no puedo doblar el brazo), el olor a piñas, costillas, conejo en salmorejo, mojo, almogrote, los precios del vino y las papas, el garrafón que parecía que no se iba a acabar, isa, folía, malagueña, tanganillo, seguidilla, saltona y vuelta a empezar, rasgar el timple una vez al año creyendo que eres profesional, oír una voz conocida y girarte a saludar, la eterna mancha de vino en la camisa, el justillo bien apretado, el sudor bajo las polainas, el sombrero, el pañuelo, el olor a animal, las ruedas de la carreta, el gofio bien amasado, más vino que la camisa está limpia, calla que esa chica va a cantar, ay qué niña más bonita si me la diera su madre (prohibidos los análisis sintáctico y gramatical), el baile, la subida, la bajada, el saludo al alcalde, los tambores, me duelen las piernas pero no quiero parar, si paro se acaba, si paro es otro año más.

Estoy de acuerdo en que el paraíso no es el dónde, sino el con quién. Pero es junio en La Orotava. El paraíso tiene que ser un poco el dónde, y el cuándo también.

 

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El dónde es el mismo, el cuándo no (Fuente: Excmo. Ayto. Villa de La Orotava)

 

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tienes que entender,

que nadie mete a sus hijos en un barco

salvo que el agua sea más segura que la tierra

nadie se quema las manos

bajo trenes

debajo de vagones

nadie pasa días y noches en el estómago de un camión

alimentándose de periódicos salvo que las millas recorridas

signifiquen algo más que viaje.

(…)

los

volveos a casa negros

refugiados

sucios inmigrantes

solicitantes de asilo

exprimiendo nuestro país

negratas con las manos tendidas

huelen raro

salvaje

destrozaron su país y ahora quieren

destrozar el nuestro

cómo es que las palabras

las miradas sucias

caen rodando de vuestras espaldas

quizá porque el golpe es más blando

que un miembro arrancado

o las palabras son más tiernas

que catorce hombres entre

tus piernas

o los insultos son más fáciles

de tragar

que escombros

que huesos

que tu cuerpo infantil

en pedazos.

quiero ir a casa,

pero la casa es la boca de un tiburón

la casa es el cañón de la pistola

(…)

nadie se va de casa hasta que la casa es una voz sudorosa en el oído

que dice:

vete,

huye de mí ahora

no sé en qué me he convertido

pero sé que cualquier lugar

es más seguro que aquí.

Extractos de “Casa” de Warshan Shire

 

Debo estar más sensible de lo habitual. Porque me acuerdo de cuando era niño y por estas fechas en el colegio de curas me señalaban al Cristo en la cruz. Me lo señalaban y me pedían que imaginara el dolor que supone morir ahí clavado. Todas las horas de agonía. Los músculos desgarrándose, los pulmones colapsando, la sed, el hambre, la angustia. La muerte. Que alguien que se expone voluntariamente a ese castigo ha de tener un motivo bien gordo. Que quien ahí sufrió quería algo realmente grande y muy caro de conseguir: un mundo mejor. Cada año sacamos al martirizado en procesión, y nos martirizamos cada año con peso, cadenas, pies descalzos o latigazos. Y cada año lloramos, aplaudimos, cantamos o callamos, salimos en tromba a las calles y consultamos compulsivamente el pronóstico del tiempo. A veces incluso elegimos gobiernos compuestos por seres que también han ido a colegios de curas y han mirado las heridas del que cuelga en la cruz y se han dado golpes de pecho y han sufrido desde niños por querer un mundo mejor. Suponemos que se van a poner enseguida manos a la obra, van a apostar fuerte, van a priorizar. Pero terminamos limitándonos a vestir de negro, ondear banderas a media asta (un día antes de tiempo) o pedir asilo preferencial para los nuestros. Supongo que porque, pasa siempre, el de la cruz va a resucitar igual al cabo de tres días.

Debo estar más sensible de lo habitual. Porque por estas fechas me parece que cualquier lugar es más humano que aquí.

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No, no es un cofrade (Fuente: EFE)

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censura-mafaldaGozar de libertad de expresión supone correr el riesgo de ofender o de ser ofendido. También es cierto que ofenderse depende de cada cual y no siempre de la intención del otro. En definitiva, es cuestión de actitud, de la que tomemos frente a un mensaje y de cómo permitimos que nos afecte.

Durante la última semana se han dado dos circunstancias que me han hecho reflexionar sobre la libertad de expresión y la ofensa. Por un lado la Drag Sethlas, ganadora de la  Gala Drag del Carnaval de Las Palmas con su fantasía ‘¡Mi cielo! Yo no hago milagros, que sea lo que Dios quiera’, en clara alusión a la Virgen y a Jesucristo crucificado, ha generado un alud de críticas cuyo exponente máximo ha sido el obispo de Canarias, que manifestó que el día de la elección había sido el más triste de su estancia en las islas, por encima del accidente del avión de Spanair en el que fallecieron 154 personas.

Por otra parte una guagua del colectivo ultraconservador HazteOir ha sido la comidilla en medios de comunicación y redes sociales por su mensaje tránsfobo: ‘Los niños tienen pene; las niñas tienen vulva; que no te engañen’.

En ambos casos las fiscalías correspondientes estudian si hay delito. En ambos casos se ha procedido a ‘retirar’ el mensaje, bien haciendo desaparecer el vídeo de la gala de la página web de Televisión Española, bien inmovilizando la guagua, que permanece en un garaje.

Al margen de que pueda generarme más o menos rechazo uno u otro mensaje, lo que realmente me parece preocupante es que llevemos nuestra actitud de ofendidos hasta el punto de preferir no ver, de obviar la realidad, que supone que existen personas para todos los gustos, que se expresan sin violencia y sobre cuyos mensajes, faltaría más, también podemos opinar sin necesidad de cercenar derechos.

En palabras de Salman Rushdie, “la mejor manera de defender la libertad de expresión es ejerciéndola”. Crearnos una opinión ya es cosa nuestra.

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Recuerdo las Nochebuenas y días de Navidad de mi vida por un plato del menú: los canelones que hacía mi abuela Nena. Casi como los imprescindibles langostinos de muchas casas en estas fechas, en la mía el plato principal eran los canelones rellenos de carnita tierna, suave bechamel y rico queso fundido por encima. Lo cierto es que mi abuela siempre contaba que fue su suegra, en Lleida, quien a principios de los años 50 le enseñó a hacerlos, un plato muy tradicional en Cataluña en esta época del año.

En el cole, cuando escribíamos la típica redacción de lo que habíamos hecho en las vacaciones de Navidad y nos contábamos los ricos manjares, algunos compañeros me miraban con cara extrañada. “¿Canelones?, eso se come en Italia, ¿no?”. Poca o nula familia italiana tengo yo, mi Pérez lo deja claro de entrada. Es cierto que mi abuela podía representar ese papel de Mamma, la necesaria figura aglutinadora de las familias, pero de ahí a tener influencias italianas…

Mi abuelo se pirraba por los canelones y mi madre recuerda siempre sus Navidades con una bandeja sobre la mesa. Como quienes iban a la Misa del Gallo la noche del 24, estos ricos rollitos de pasta rellenos formaban casi parte de la religión que se profesaba en mi familia. Fue tal la fama, que mi abuela se metía en la cocina esos días y elaboraba bandejas para otros miembros de la familia que cenaban con su gente.

Ya en la adolescencia, esa etapa estúpida pero necesaria para llegar a la juventud, llegué a decir una Nochebuena, como gesto de rebeldía, que si no había otra cosa que cenar, que si había que comer siempre canelones. A veces he pensado que si fuera posible en estas intervenciones de la pubertad verte desde fuera en ese momento con algunos años más, seguramente nos evitaríamos las borderías de esa edad. Y así, creyéndome tan importante por haber hecho tal comentario, los años hicieron su trabajo, por suerte.

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Y ahora que lo pienso, a los últimos canelones que nos comimos ayer y que duraron un suspiro, no les hicimos foto. Esta bandeja me recuerda a las de mi abuela.

Con el tiempo, en casa optamos por comer otros platos también muy ricos. Mi padre hacía campaña por un sabroso pescadito al horno (debilidad de mi abuela, todo sea dicho), mi hermano se emocionaba con el brazo de cangrejo (mi abuela también metía el tenedor) o mi madre se afanaba en un sabroso caldo (fundamental para empezar la cena, que decía mi abuela), de esos que sientan las madres, especialmente el día de Navidad, cuando entonces, resacados de la noche anterior, mi hermano y yo nos arrastrábamos hasta el comedor cuando nos llamaban a la mesa.

Mi abuela murió en 2010 y llevábamos años sin los canelones. Pero la primera Navidad sin ella, cuando mi madre, cinco meses antes, como es habitual en ella, nos preguntó qué nos apetecía cenar en Nochebuena, nos miramos y casi al unísono dijimos “¿canelones?… ¡¡¡sí, canelones!!!”. Y así optamos por hacerle un homenaje a Nenita.

Ya no puedo imaginar unas fiestas navideñas sin este plato porque, entre otras cosas, además de acordarme de ella, ahora me sienta las madres, ya no tanto de resaca, como de falta de sueño.

 

 

 

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Crecí escuchando folclore canario. Todos los domingos salía con mis padres desde tempranito en el Peugeot 205, blanco reluciente, que había ayudado a limpiar el día anterior. La bici en el maletero, unas vueltitas por la Plaza del Cristo, otro par de rondas en los cochitos locos, a comer al norte y a cerrar la jornada en casa de mi abuela, en el Cardonal, donde se nos hacía de noche y llegábamos a casa justitos para preparar el uniforme y betunar los zapatos del cole antes de acostarme.

En todo ese periplo dominguero sonaba en el coche música tradicional canaria. Los Sabandeños entonaban aquello de Canario luchaaaa, comoooo lucharon los guancheeees, lucha canarioooo para que nadie te tumbee-e. Esa y El Sorondongo de los campesinos eran mis preferidas pero había un sinfín de melodías que me aprendí de memoria y que canturreaba allá donde fuera.

Los viernes por la noche, después del  Un, Dos, Tres, el programa Tenderete era religión en mi casa. Yo creía que Mari Carmen Mulet y Dacio Ferrera eran cantantes internacionales, conocidos en todo el mundo.

Ellos fueron mis primeros referentes musicales pero fui creciendo y abandoné el folclore por completo. Se abrieron mis horizontes, el walk-man se convirtió en un apéndice de mi persona y descubrí que había todo un universo de músicas esperándome, muy distintas a las isas, folías, malagueñas y saltonas que me acompañaron cuando era más chica.

Luego llegó otra época y retomé el gusto por la música canaria. Mi suegro, timplista aficionado, amenizaba todas las reuniones familiares acompañado de la fantástica cantante, también aficionada, que es mi suegra. Ella ya no canta porque el timplista anda tocando en otras parrandas, algo lejos de nosotros, pero siempre muy presente.

El caso es que de unos años para acá he vuelto a mis orígenes y creo estar segura de que ya no los abandonaré más. La culpa la tienen casi en exclusiva la inmensa Fabiola Socas y Domingo El Colorao, un virtuoso que ahora anda de isla en isla ofreciendo la Suite Canaria,  junto a la orquesta Béla Bartók y acompañado de la propia Fabiola Socas. No sé si tendré oportunidad de verlos y tampoco he encontrado en internet ningún fragmento de sus actuaciones para compartirlo por aquí.

Para que no se queden con las ganas, les dejo un video muy viejo y de no muy buena calidad con los Aires de Lima de Artenara, que habré visto ochocientas veces desde que lo encontré en Youtube y que se convirtió en canción para dormir a mis hijos cuando eran chiquitos.

A mí me parece una maravilla la combinación Socas-Colorao (más Juan Carlos Pérez Brito a la guitarra), una maravilla que me lleva a otro tiempo al que hay que volver, no digo a cada momento, pero aunque sea de vez en cuando.

 

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Llegó el momento del año en el que mi ajetreada rutina diaria se convierte en una sencilla repetición de acciones, como una ceremonia, día tras día hasta que toca volver a la acción. Es lo mismo una y otra vez. Hay quien se cansaría, pero yo no, jamás me aburriré.

Levantarme a las 10, las 11 o las 12.

Tomar un café en taza grande mientras reviso las redes sociales.

Desayunar en la terraza recibiendo la brisa, a veces ventisca, del mar.

Cambiar el pijama por el bikini.

Preparar algo ligero para comer.

Llegó el momento.

Llegó el momento.

Untarme en crema solar.

Calzarme el gorro bien grande.

Andar hasta la playa.

Sentarme en el muro a charlar.

Bañarme en el mar, helado al principio, delicioso al final.

Tomar una caña con chochos.

Regresar a casa a comer.

Dormir una siesta con la ventana abierta.

Andar hasta la playa.

Sentarme en el muro a charlar.

Bañarme en el mar, helado al principio, delicioso al final.

Cambiar el bikini por pantalón corto y camiseta.

Quedar a cenar con los amigos.

Regresar a casa cansada de descansar.

Meterme en la cama con un buen libro.

Dormir toda la noche de un tirón.

Y vuelta a empezar.

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