Galápagos (IX)

Lagartija de lava de Galápagos. Crédito: Natalia Ruiz.

Calor.

Es un día soleado. De hecho, el primer día en Galápagos, recién llegadas a la isla Santa Cruz directas desde Baltra, donde está el aeropuerto de enlace con el continente.

Dormiremos allí para salir al día siguiente hacia Isabela. Pero hay que aprovechar esa fugaz tarde que ya se nos va de las manos. Así que salimos hacia la bahía de las tortugas. Nos han dicho que allí desovan por las noches. Incautas de nosotras, debimos adivinar que, al atardecer, nos invitarían amablemente, con pitidos y miradas furibundas regaladas por el equipo de vigilantes, a que nos marcháramos y dejáramos a las tortugas en paz. Yo lo agradecería si fuera tortuga (y, siendo persona, también).

Pero, antes de llegar a la playa, a través de un camino de piedra delimitado por opuntias y un murito, vemos a las lagartijas de lava. ¡Ay, qué pequeñitas son! Creo que fue el primer animal que vi en Galápagos (al menos de forma consciente).

Llaman la atención por sus preciosos colores. Lo mismo se te quedan mirando, curiosas, con sus rápidos movimientos de cabeza, que salen disparadas y las pierdes de vista en décimas de segundo. Hay varias especies autóctonas que tienen ligeras diferencias (yo me fijé en la forma de la cabeza y en la intensidad de los colores). Algunas se mueven por las rocas, escondiéndose a la espera de cazar a un incauto insecto. Otras las hemos visto, días más tarde, campando por la arena, cerca de los lobos marinos, porque las moscas que se acercan a dar la lata son un manjar exquisito. Eso lo vimos en Punta Pitt, al norte de la isla San Cristóbal.

He de decir que estas lagartijas, además de soportar el hedor a pescado digerido y expulsado (igual están más que acostumbradas) están especialmente preparadas para ser más rápidas que las moscas (que ya es decir). Me quedé estupefacta cuando vi la facilidad con la que se acercaban, acechaban, ¡saltaban! y cazaban al vuelo a las molestas moscas… todo un miniespectáculo, digno de un documental de ciencia (aunque habría que ponerlo a cámara lenta, muy lenta).

Un bichejo diminuto, ágil y precioso que no nos cansábamos de contemplar.

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