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Archive for the ‘Pequeños viajes’ Category

No hay nada como viajar, nunca he tenido la menor duda, pero hay viajes especialmente maravillosos. Puedo decir, sin miedo a equivocarme, que este ha sido el mejor viaje que he hecho. Se han unido varias circunstancias por las cuales se ha convertido en ello, primero: la compañía y segundo: el lugar.

Hacía tiempo que soñaba con ir a Italia, pero nunca pensé que podía existir tanta belleza junta. No puedo describir la gran emoción que sentí cuando nos íbamos acercando a La Fontana de Trevi. Escuchaba el agua correr y pensaba: “Estamos llegando”, pero no podía imaginarme que fuera a conmoverme tanto. Estábamos rodeados de personas, no nos podíamos acercar casi, pero no importaba, era hermosísima y solo estábamos comenzando el viaje.

Los días fueron pasando entre antigüedades, monumentos, museos y romanticismo. No dejaba de sorprenderme fuera adonde fuera y mirara adonde mirara. Cuando pensaba que nada me podría cautivar más, volamos a Florencia y allí nos atrapó una ciudad llena de historia y arte por doquier.

Nos faltó tiempo, y solo pienso en volver algún día contigo y repetir este maravilloso e intenso viaje. El destino ya está escrito, lanzamos la moneda a la Fontana de Trevi y en Florencia, la que se tragó el porcellino, nos promete que volveremos.

Gracias por darme la mayor y mejor sorpresa de mi vida.

Rome-Fontana-Trevi

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Hace unas semanas tuve la oportunidad de esquiar por primera vez, así que sin más procedo a relatar ese primer contacto con la nieve a gran escala, porque después de los visto, lo que cae en Tenerife es como la que se forma en el congelador cuando lo dejas abierto.

Grosso modo, en el tan noble como pijotero deporte del esquí hay tres formas de disminuir la velocidad, a saber, haciendo la cuña, dando giros o cayéndote, que es la que más puse en práctica en estos cuatro días en Los Pirineos. Hay otro aspecto fundamental en el esquí que se repite constantemente y es que tus amigos sean unos godos cabrones y daltónicos que confunden el color de las pistas azules con el rojo y a veces con el negro.

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Cerler es una de las estaciones de esquí del pirineo aragonés, una realmente bonita, además. Al comienzo de la misma se coge el telesilla, que te deja en una colina desde la que has de descender unos 200 metros por una pista inclinada como si fueras a un guachinche en La Corujera hasta llegar a Cota 2000, una suerte de campo base desde donde a su vez parten el resto de telesillas hacia las diferentes cumbres.

En cualquier aspecto de la vida, cuando uno es novato lo razonable es comenzar poco a poco y, a poder ser, con unas nociones básicas. Pero cuando uno es novato y va a esquiar con dos ceporros como Carlos y Emilio, para quienes los esquíes son prolongaciones de sus piernas, la cosa se pone peluda.

Así que lo lógico es que pasara lo que pasó.

Todos al unísono: “Tú haz la cuña y tírate”. “¿Y ya está?”. “Y ya está”.

El esquí tiene que ser de gilipollas porque esto lo hago yo con la punta del naipe”, pensé, y me lancé colina abajo con la inconsciencia de un niño de 10 años. Yo no lo sabía, pero las leyes del esquí dictan que si echas el cuerpo hacia atrás, aumentas la velocidad; y si te inclinas hacia adelante y reposas el peso sobre las botas, tienes mayor control sobre los esquíes y te permite disminuir la velocidad. Pero por mucho que te aconsejen, el instinto te dice: “échate para atrás, que es mejor caer de culito que de pechito”. Y no.

Así que yo, henchido de chulería, todo para atrás y cuñita. Aquello se empezó a embalar cosa mala. Un par de manotazos al aire, la cuña que no servía para nada y para minimizar daños, me tiro al suelo con delicadeza. Emilio que me alcanza los bastones y los esquíes, me calzo y lo mismo: “Tú haz la cuña y tírate”. “¿Y ya está?”. “Y ya está”.

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¡Ea!. Tras 20 metros recorridos, tres cuartos de lo mismo, al suelo con la elegancia de Cristiano intentando la ruleta de Zidane. En lo alto de la colina, risitas. “¡Oye!, para mí que la cuña esta no frena, eh…”. “La cuña, tú haz la cuña…”

Tercer intento ya a escasos cien metros de la cafetería de Cota 2000. Mismo resultado y primeras sospechas de que frenar solo con la cuña es como afeitarte sin espuma, se puede, pero acabas hecho un cristo.

Así que cuarto y último intento. Me lanzo pista abajo, hago la cuña de los cojones, recto hacia la cafetería, velocidad, más velocidad, súper velocidad, adelanto a Superman, quita Halcón Milenario que vas pisando huevos, descontrol total, MayDay, puta cuña por qué no frenas, la pared a 10 metros de mí, godos hijueputas, los esquíes que se cruzan, se clavan en la nieve y como si hubiera visto el oro de Moscú delante de mí, aterrizo con toda la cara, los bastones sobre la cabeza, el culo mirándome a los ojos, pierna derecha hacia la izquierda y viceversa. El pencazo padre, primer premio en Humor Amarillo, el hombro a tomar por saco (Ley de Murphy), la boca llena de nieve, el culo lleno de nieve, las verijas llenas de nieve…nieve por todas partes.

Carcajadas en la colina.

Moraleja: Si van a esquiar, no se fíen de sus amigos, con la cuña solo no se frena, hay que hacer más cosas: ¡pagarse un monitor!

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Ya hace más de medio año del viaje a Galápagos. Desde entonces, he ido recuperando fragmentos poéticos, pequeñas esencias, sensaciones e imágenes que quiero que perduren. Miro el mapa y pienso en lo maravilloso que es el mundo. En lo terrible, cruel, punzante y dolorosamente bello que es el planeta en el que vivimos. En lo que es y en lo que se está convirtiendo. Pienso en los porqués de la existencia humana. En las migraciones masivas. En las señales de constante guerra, abierta u oculta. En la inexplicable avaricia de algunos. En el sufrimiento de muchos.

Me siento una diminuta gota aislada, sin capacidad para rescatar al niño ahogado, sin armas para luchar contra la intransigencia, el odio, el miedo a lo diferente… Me siento fugaz en este mundo inquieto que vota.

Sí. Que vota.

Cuando todas estas sensaciones me abruman y no sé cómo enfrentarme a las certezas de la estupidez y la brillantez humanas, solo me queda la naturaleza. Hermosa y atroz. Intransigente y fiera. Creadora y destructora. Sin juicios. Sin moral.

Supongo que, paradójicamente, solo volviendo a las esencias puedo sentir algo de liberación. Algo de paz. La naturaleza nos mira, o tal vez no. Tal vez solo nosotros la miremos a ella. En este diminuto punto azul pálido en el que nos sostenemos, como un suspiro abandonado en el cosmos.

Galápagos.

Enlaces a los posts sobre las Galápagos:
Galápagos (I)
Galápagos (II)
Galápagos (III)
Galápagos (IV)
Galápagos (V)
Galápagos (VI)
Galápagos (VII)
Galápagos (VIII)
Galápagos (IX)

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Galápagos (IX)

Lagartija de lava de Galápagos. Crédito: Natalia Ruiz.

Calor.

Es un día soleado. De hecho, el primer día en Galápagos, recién llegadas a la isla Santa Cruz directas desde Baltra, donde está el aeropuerto de enlace con el continente.

Dormiremos allí para salir al día siguiente hacia Isabela. Pero hay que aprovechar esa fugaz tarde que ya se nos va de las manos. Así que salimos hacia la bahía de las tortugas. Nos han dicho que allí desovan por las noches. Incautas de nosotras, debimos adivinar que, al atardecer, nos invitarían amablemente, con pitidos y miradas furibundas regaladas por el equipo de vigilantes, a que nos marcháramos y dejáramos a las tortugas en paz. Yo lo agradecería si fuera tortuga (y, siendo persona, también).

Pero, antes de llegar a la playa, a través de un camino de piedra delimitado por opuntias y un murito, vemos a las lagartijas de lava. ¡Ay, qué pequeñitas son! Creo que fue el primer animal que vi en Galápagos (al menos de forma consciente).

Llaman la atención por sus preciosos colores. Lo mismo se te quedan mirando, curiosas, con sus rápidos movimientos de cabeza, que salen disparadas y las pierdes de vista en décimas de segundo. Hay varias especies autóctonas que tienen ligeras diferencias (yo me fijé en la forma de la cabeza y en la intensidad de los colores). Algunas se mueven por las rocas, escondiéndose a la espera de cazar a un incauto insecto. Otras las hemos visto, días más tarde, campando por la arena, cerca de los lobos marinos, porque las moscas que se acercan a dar la lata son un manjar exquisito. Eso lo vimos en Punta Pitt, al norte de la isla San Cristóbal.

He de decir que estas lagartijas, además de soportar el hedor a pescado digerido y expulsado (igual están más que acostumbradas) están especialmente preparadas para ser más rápidas que las moscas (que ya es decir). Me quedé estupefacta cuando vi la facilidad con la que se acercaban, acechaban, ¡saltaban! y cazaban al vuelo a las molestas moscas… todo un miniespectáculo, digno de un documental de ciencia (aunque habría que ponerlo a cámara lenta, muy lenta).

Un bichejo diminuto, ágil y precioso que no nos cansábamos de contemplar.

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Galápagos VIII

Tronco de opuntia

Una imagen inquietante. Algo que parece un árbol al uso, pero que no lo es (aunque la wikipedia se empeñe en llamarlo “árbol”, yo he decidido ignorar este conocimiento y hacerme la loca). Con partes tan diferenciadas que resulta sorprendente que una misma especie tenga tantas personalidades. Si te acercas, su corteza es dura y rojiza. Casi sientes cómo respira. Crees que puedes confiarte y tocarlos todos. Pero no. Luego te das cuenta de que es una invitación con trampa.

Porque, como te despistes, te encuentras con que, dos troncos más allá, en ese camino de piedras rodeado de opuntias (porque así se llaman) hay espinas como agujas de coser rodeándote por todas partes.

Tronco de opuntia

Se trata de una especie de cáctus con tronco que se ha adaptado hasta el punto de tener cinco variedades solo en las Islas Galápagos.

Por su aspecto, cualquiera pensaría que están protegidas por sus terribles armas y que nada puede suponer un peligro para esta planta.

Pues de protegida nada: las iguanas terrestres comen hojas de opuntia, con pinchos y todo (no es raro ver las bocas de las iguanas atravesadas con enormes espinas). De hecho, si no hay opuntias, las pobres tienen pocas opciones para sobrevivir.

Los pinzones (de los que también hay varias familias según sus picos) se han adaptado para poder comer sus flores, semillas y frutos. También las tortugas se alimenta de opuntias. Así que, querida opuntia, gracias por haberte resistido, pero sigues siendo inmensamente atractiva, con pinchos y todo.

Es lo que tiene la vida: que se abre paso.
Opuntia

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Galápagos VII

Cielo de Isabela, Galápagos (Ecuador). Crédito: Natalia Ruiz.

Estar tumbada en una playa. Cubierta de pies a cabeza porque, si no, me quema el sol. Dejar al descubierto solo un huequito para ver el cielo. Uno muy parecido al de la foto, pero con más nubes.

Respirar la paz.

Y, de repente, sientes como si estuvieras rozando seda con los ojos cerrados, viendo pasar ese roce justo por la rendijita que has dejado.

Lento. Despacio. Gobernando el aire. Tan despacio que hasta te da tiempo de hacer una foto (porque además pasa varias veces, como exhibiéndose, como regalándote). Ay, simple mortal…

Pelícano en los cielos de Isabela (Galápagos, Ecuador). Crédito: Natalia Ruiz.

¡Ese pelícano te está llamando! Así que te levantas, te arrefajas todo el equipamiento protector de pamela, pañuelos, toallas (que pareces una cosa rara) y te acercas, esperando no espantarlo, al pelícano que se ha posado sobre aquella piedra y se acicala, mirándote de lado de vez en cuando.

Los pelícanos, al abrir y cerrar sus enormes picos, hacen un ruido como de cáscara de nuez. Y la bolsa que les cuelga del pico, su “red” para pescar, puede albergar hasta 11 litros (más grande que su estómago).

Su plumaje cambia según estén en época de reproducción o no. Este que ven en la foto estaba en época reproductiva. De hecho, mi amiga Silbi se acercó a uno de los asentamientos donde estaban las parejas preparándose para el cortejo y la posterior llegada de los polluelos.

El protagonista (o la protagonista) de esta foto, reposó un rato sobre las rocas y luego volvió a alzar el vuelo sobre la costa. Majestuoso. Ay, simples mortales…

Pelícano pardo en San Cristóbal (Galápagos, Ecuador). Crédito: Natalia Ruiz.

 

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Lobos marinos en la playa de La Lobería (San Cristóbal, Galápagos). Crédito: Natalia Ruiz.

Lobos marinos en la playa de La Lobería (San Cristóbal, Galápagos). Crédito: Natalia Ruiz.

A la playa. ¡Yuju!

Llegamos a La Lobería y lo primero que nos azotó en toda la cara fue la tremenda peste a pescado. Madre mía. Qué olor más nauseabundo.

Pues claro. ¿Qué nos creíamos? ¿Que aquello iba a oler a flores?

Una playa ocupada (literalmente) por leones marinos en manada. Teníamos que ir sorteándolos. Hay una norma que dicta que los humanos no pueden acercarse a más de dos metros de los animales de las Galápagos. Pero nadie dice qué hacer cuando son ellos los que se acercan a ti. Así que íbamos con mucho cuidado para no molestar. Intentando que nos ignoraran. La mayoría permanecían dormidicos, así que bien.

La arena de la playa se mezcla tanto con las cacas de los leones marinos que ya no se sabe qué es qué. Muy probablemente muchas de las playas donde reposan estos magníficos nadadores sean ya exclusivamente brillante “caca de poison” (caca de pescado, porque las cacas de los leones marinos son pescaditos procesados). Las cacas (y perdonen la insistencia descriptiva, pero es que no hice fotos de las cacas -aunque debería haberlas hecho-) son cilíndricas, alargadas y bastante claras, casi blancas. Por eso no se distinguen de la arena. Vamos, que es una playa repleta de cacas que huele intensamente a pescado.

Logramos atravesar el “área de descanso” de los leones marinos y llegamos a una zona alrededor de un faro cuyo suelo estaba formado por pre-arena. La llamo así porque aquello no era arena: eran los restos aún no desmenuzados de lo que en el futuro sería arena. Era maravilloso: diminutos trozos de conchas, las partes que forman el esqueletos de los erizos (eso lo descubrí después) y supongo que restos de piedra volcánica… ¿es posible que lo que dentro de cientos de años sea una playa de fina arena blanca haya sido antes una aglomeración de diminutos cadáveres de bivalvos, caracolas, erizos y cacas de lobo de mar?

Pues sí.

Y tan bonito, oigan.

Pre-arena de la playa de La Lobería (Isla San Cristóbal, Galápagos). Crédito: Natalia Ruiz.

Pre-arena de la playa de La Lobería (Isla San Cristóbal, Galápagos). Crédito: Natalia Ruiz.

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