La inmortalidad

Cuando llegué a La Laguna, pasado el ecuador de los 90, la ciudad, la universidad, los callejones me evocaban un no sé qué de improvisación, de nervio, de vana quietud, de rebeldía melancólica; como el aire de un pasado sobreviviente. Recuerdo las calles, las facultades, las salas de estudio empapeladas de reuniones, proclamas, protestas. Una pintada inolvidable estaba camino a mi piso en el Barrio Nuevo: «Fujimori, asesino. Aznar, su amigo».

Después de vivirla intensamente y conocerla con cierta profundidad (desde la batalla de Gracia a la tumba de Amaro Pargo, desde los repartimientos de los que ganaron la isla por las armas al resurgir bullicioso de un casco histórico no hace tanto silente a no ser la efervescencia estudiantil del Viana), hacía mucho que no laguneaba. Volví a ello hace un par de sábados gracias a Delirium Teatro, que puso en pie ‘La inmortalidad’, escrita por Antonio Tabares.

Una puesta en escena brillante y hermosa, un elenco soberbio y un texto que, como los mejores, no se dejó notar aunque lo perfumaba todo…; todo ello, digo, me hizo viajar desde el patio de butacas a La Laguna de la transición que yo también hubiera querido vivir, la de las manifestaciones en la Trinidad, la del todo por hacer, la de aquella sociedad extrañada que iniciaba una senda democrática. En cuyas cunetas también quedaron sus muertos, sus mitos.

Tabares nos conecta magistralmente con Javier Fernández Quesada (víctima de un tiro en las escalinatas de la Central vergonzosamente impune gracias a los corifeos de la dictadura que moría), con Bartolomé García Lorenzo (asesinado un año antes a quemarropa en la puerta de su propia casa) o con Félix Francisco Casanova (de quien oirán hablar, o mejor, a quien leeremos, en 2023). He aquí el marco en el que se desenvuelven unos protagonistas que solo querían ser inmortales, como todos.

Como la joven muerta hace nada en Irán a manos de otra de esas dictaduras que pueblan el siglo XXI, por llevar mal puesto el velo. Las protestas se están saldando con detenciones y ahorcamientos en público. Quizá usted no lo haya oído. Quizá sí que ahora un futbolista iraní que también ha alzado la voz está condenado a muerte. ¿Se lo ha oído usted a la FIFA, a las federaciones de fútbol, a las asociaciones de colegas balompédicos mejor pagados de lugares con mejor suerte? Yo no. Se lo he oído a un joven argentino con una educada y clarividente alocución en tiktok, cuyos ojos también relampagueaban inmortalidad.

Que nunca morirá. Como el teatro.

Fragmento del cartel de la obra de Delirium Teatro
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