Gracias, Pepemanué

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Los americanos tienen una palabra –utility– para designar a los suministros que damos por garantizados y en los que no solemos reparar a no ser que falten. Es un término que lo mismo se aplica a los proveedores de electricidad que a los de agua potable, teléfono y últimamente Internet.

Esa, la del consumidor indolente, siempre ha sido mi actitud. Mientras se encienda la bombilla cuando pulso el interruptor, todo va bien. Mientras salga agua del grifo y pueda leer el correo, estoy en paz con el mundo. Soy el sueño húmedo de mis proveedores: mientras haya dinero en la cuenta pásenme la factura que la pagaré.

Es por eso que llevo meses pensando (y no haciendo) si pasarme o no a un operador virtual de telefonía o si fundir las líneas del móvil y del fijo. Son decisiones que probablemente tomaré, pero que no forman parte de mis prioridades vitales, aunque mientras tanto se me vayan unos cuantos euros por el sumidero. Reconozcámoslo: soy el perfecto tonto útil que necesita este sistema. La próxima vez que piensen en la mano invisible de Adam Smith, acuérdense de mí.

Sin embargo, desde hace un año a esta parte, hay una utility que se me está saliendo del grupo. Una factura que hasta hace poco era asintomática y se está convirtiendo en el forúnculo de mi cuenta corriente. Sin saber muy bien cómo, en unos meses me he visto reconvertido en activista energético. Me he apuntado a una cooperativa de renovables, he solicitado una rebaja en el término de potencia y me he visto estudiando los manuales de arcanos aparatos medidores de consumo.

Y todo gracias a ti, Pepemanué. Nunca pensé que pudiera estar tan orgulloso de tan ilustre paisano. Porque eres un inútil de tal calibre, un mentiroso tan repugnante, un ministro tan indigno del cargo y un vehículo tan transparente de los intereses de la industria… que has logrado que me cayera del caballo. Disfruto pensando en los cientos de miles de votos que le habrás hecho perder a tu gobierno. Gracias de corazón.

Epílogo

La cooperativa en la que me he apuntado se llama SomEnergía. Dado que Canarias es un sistema energético aislado, necesitan cien socios en cada isla para poder darse de alta como comercializadora. En las capitalinas ya están cerca, pero a las menores todavía nos queda un largo trecho. No es la única opción, aunque la mayor parte de estas empresas alternativas todavía no comercializan en el archipiélago (Holaluz, por ejemplo, es una de las que sí lo hace).

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