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Pint Of Science

Allá por el 2012 un equipo de investigadores de Londres invitó a un grupo de pacientes de Alzheimer y Parkinson a visitar el laboratorio en el que trabajaban investigando estas enfermedades degenerativas. Tras ver el éxito de la iniciativa (y sobre todo el valor de acercar a un enfermo a aquellos que buscan comprender por qué ocurre con el fin de hallar una solución) pensaron que debían acercar la investigación al público general. Y qué mejor lugar para llegar al público que acercarse a los bares… Así nació “Pint of Science” (“Cañas de Ciencia” en traducción libre).

La cosa ha crecido de forma que, ahora mismo, se celebra en once países, durante tres días (este año 15, 16 y 17 de mayo) y, solo en España, en 42 ciudades (este año más de 400 charlas). Todavía pueden informarse en la página del evento en España y disfrutar de charlas interesantes, cargadas de ciencia y, muchas veces, muy divertidas.

Incluso pueden ver las de años anteriores en este canal de youtube.

La ciencia quiere acercarse a quienes la pagan. Aprovechen. 😉

 

 

Las golfiantas

Las golfiantas, hinchas del mundo animal.

Llevo 21 meses tratando de escribir unas líneas sobre dos personajes que no llegan a los 80 centímetros y que han puesto mi vida patas arriba (aunque lo correcto sería decir que han vuelto del revés la tranquila vida de dos familias al completo). 21 meses en los que llevo pensando cómo evitar plasmar el malhumor del cansancio que me invade o caer en las características babas cursis que a todos los padres y madres se nos caen en aquellos momentos de paz, pocos por ahora, pero que los que saben de esto más que yo me dicen que irán en aumento (espero que no me defrauden).

21 meses haciéndome a la idea (y aún del todo no me la he hecho) de que tengo ‘colgadas’ de mí a dos elementas de las que nunca podré deshacerme, ni para ir al baño, y que seguro, por esto de las incoherencias humanas, que cuando se despeguen un poco querré que no se vayan. 21 meses en que ni en el mejor ejercicio de proyección vital pude acercarme siquiera al 5% de lo que realmente han sido más de 600 días (¿solo?), un tiempo que en mi apreciación subjetiva es como si fueran cinco años.

En los primeros meses, fruto del momento de destrucción física, a Vera y Celia les pusimos el sobrenombre de ‘Las muñecas diabólicas’, pero la presión popular logró que dejáramos de llamarlas así y las renombramos ‘Las golfiantas’. Porque no sé si ustedes tienen en la mente el gesto de un bebé cuando, ya camino de la niñez, hace una gamberrada y es consciente de que la ha hecho. Esa risa maliciosa es la que me provoca últimamente parte de las babas de las que les hablaba, aunque luego tenga que deslomarme por el suelo a recoger tapas, calderitos, muñecas, cochitos… (¿de qué forma pongo freno a tanto juguete, por favor? ¡help!).

Esas babas también se manifiestan en forma de simple sonrisa cuando a la hora de dormir cierran los ojos a posta, haciendo ver que ya están dormidas, para abrirlos de nuevo a los pocos segundos, muertas de la risa, pensando que me han engañado. O cuando pinchan con el tenedor el trocito de tortilla de papas de la cena y, a continuación, en vez de llevárselo a la boca, estiran el brazo fuera del plato como si fueran a ‘suicidarlo’ contra el suelo, y de hecho lo ‘suicidan’. (bueno, bien pensado, esa acción no me provoca muchas sonrisas).

En todo este tiempo no he logrado ser más paciente, no sé si esto es normal, y jamás había pedido tanto a un dios en quien no creo como ahora. En este tiempo, además, me he contradicho más veces que en toda mi vida, he hecho todo aquello que me dije que no haría cuando fuera madre (¡qué bonita la teoría!). Al final, por más vueltas que una le dé a la cabeza para encontrar claves a muchas preguntas que no tienen respuesta, lo mejor es dejar pasar, que las cosas sucedan, que crezcan felices y sigan haciendo de las suyas. Eso sí, en mi próxima vida me pido el poder mental de hacer que todo esté recogido en casa sin el mínimo esfuerzo físico.

De la magia al meme

Hoy conocí a una chica que tenía en su piso tres perros acogidos de la perrera y una señora me dejó pasar en la charcutería. Puedes creer que son dos boberías, pero son detalles que a mí me devuelven un poco de confianza en el ser humano.
Nunca me he sentado con calma a analizar el festival de Eurovisión. Siempre me ha parecido una especie de vestigio de otros tiempos en los que no había mucho más entretenimiento y cada vez que lo veo me sorprende que se siga celebrando, como esas galas en playback de nochebuena y fin de año.
No soy seguidora del festival pero, siempre que echo un ojo a la tele durante el concurso veo un guapito con coreografía, como un Bruno Mars de cartón piedra o una mujer elegante que grita muchísimo como una Celine Dion mosqueada con el de la grúa. No entiendo esas fórmulas. Menos mal que algunos llevan disfraces y cosas raras y que los que montan el espectáculo se curran una parafernalia audiovisual que te mantiene los ojos abiertos.
No obstante, esta vez disfruté de una actuación como nunca esperé hacerlo. Vi a Salvador Sobral, cantante que representaba a Portugal, y escuché una canción preciosa con una sinceridad abrumadora: “Amar pelos dois”.

Portugal hizo algo diferente. Por fin veo alma en un concursante, sin una apariencia top, sin retoque, sin superficialidad, sin sonrisa permanente ni brillos. Un “vengo aquí con un violín y un piano con una canción compuesta por mi hermana”, sin más. Y es que, coincido con Salvador en que «la música no son fuegos artificiales, la música es sentir». Eso fue lo que transmitió, esa emoción en cada gesto en el escenario.
Y yo que crecí creyendo que siempre daban los mismos puntos a los mismos países, como si tuvieran las puntuaciones en una piedra tallada de la época en la que arrancó el concurso, ahora, a los treinta y pico, acabo descubriendo que estaba equivocada, que no es verdad que seamos el continente de la lentejuela manida (solo), y que incluso en este festival, con toda su pompa, nos podemos dejar encantar cuando algo vale la pena.
Portugal hizo algo diferente y ganó por primera vez. España, sin embargo, hizo más o menos lo mismo: demostrar que nunca ganaremos Eurovisión pero que no hay quien nos gane en el chiste instantáneo, en el meme que espera nervioso el pistoletazo para propagarse por todas las redes. Lo nuestro es la burla, esa es nuestra esencia, nuestro talento. Y un gallo es ponérselo demasiado fácil a nuestros compatriotas.
Anoche, Manel Navarro grabó su paso a la historia como el rubito del gallazo dedicado a toda Europa, pero me alegro de que Salvador Sobral haya firmado el suyo como el primer ganador portugués con un mensaje de apoyo a la música menos comercial y una petición, también a escala europea, por los refugiados. Y yo, que me había levantado con un poco más de fe en la humanidad, me acosté con una sonrisa.

Malo y banal

Bailaba Benzema sobre la línea de fondo del Calderón para enterrar definitivamente mis merengones nervios. Serían las nueve y pico, el minuto cuarentaeIsco de partido, y yo todavía no había escrito el post del sábado de SiempreEnMedio. Aproveché el descanso para hacer la cena, el segundo tiempo para recobrar la calma y el postpartido para buscar inspiración.

Podría hablar de ese libro que acaba de escupirme tras sorberme entero, o de la última temporada de la serie magistral que me resisto a ver porque no quiero que se acabe. Podría abrir Twitter en busca de inspiración (que es al fin y al cabo lo que siempre hago).

Ya podría haberme quedado con el fútbol, o el libro o la serie.

Cuenta la wikipedia que fue la filósofa Hannah Arendt la que acuñó el concepto “banalidad del mal” cuando en 1961 siguió en Jerusalén el juicio a Adolf Eichmann. A ella le pareció que aquel señor no era el monstruo que todos esperaban, sino más bien un burócrata terrible e inquietantemente normal, concienzudo y aplicado en su labor profesional (con un ligero problema: esta labor requería del asesinato de seis millones de personas). Arendt mantuvo que el mal es mucho más un conjunto de pequeñas cosas en un determinado entorno que la grave anormalidad que preferimos creer que es. Maldad en modo funcionario (que me perdonen los funcionarios el uso del tópico, demasiado gráfico como para desaprovecharlo).

Viendo el vídeo recordé todas las colas que en mi vida han sido. Especialmente desesperantes eran las de la secretaría de la facultad. O llegabas en la hora del desayuno o la persona que te atendía conocía aún menos que tú el papeleo o los formularios habían cambiado desde la hora anterior o era San Alberto Magno, santo patrón de la ciencia y el brandy. Intenté imaginarme todas y cada una de esas esperas con la boca llena de agua. Intenté ponerme en el lugar de algún cadáver. No me estoy perdiendo el horario del comedor, o el leche y leche y el donut en el bar que sustituyeron todo un curso de química. No, me estoy jugando la vida en este proceso burocrático. Cada minuto que pasa son sesenta segundos en los que tengo que vigilar que mi hijo no se ahogue, no perder de vista al resto de mi familia, mantenerme a flote. Y ni siquiera sé nadar. Al otro lado de la ventanilla discuten si puedo o no matricularme y yo intento gritar que ya da igual, que me ahogo, pero no puedo gritar porque la sal del agua me quema en la garganta. Tampoco puedo volver a casa a decirle a mi padre que me cago en todo porque a mi padre le reventó el pecho una bomba en Alepo y ya no existe. Ni él ni mi madre ni nadie más en el barrio. Solo puedo intentar mantenerme a flote hasta que alguien me selle este puto papel o me lance un flotador o lo que sea que ocurra antes.

Lo imagino como puedo, pero no me duele lo suficiente. No lo logro. Algo sí me duele, en la distancia. Algo detecto: la inmensa mayoría de veces no es lo que hacemos, sino lo que dejamos de hacer, de sentir, de preocuparnos, de exigir y de entender. Las pocas consecuencias que tiene todo lo que no nos pasa directamente.

Y lo peor es que la final de Champions no es hasta dentro de tres semanas.

Italia por sorpresa

No hay nada como viajar, nunca he tenido la menor duda, pero hay viajes especialmente maravillosos. Puedo decir, sin miedo a equivocarme, que este ha sido el mejor viaje que he hecho. Se han unido varias circunstancias por las cuales se ha convertido en ello, primero: la compañía y segundo: el lugar.

Hacía tiempo que soñaba con ir a Italia, pero nunca pensé que podía existir tanta belleza junta. No puedo describir la gran emoción que sentí cuando nos íbamos acercando a La Fontana de Trevi. Escuchaba el agua correr y pensaba: “Estamos llegando”, pero no podía imaginarme que fuera a conmoverme tanto. Estábamos rodeados de personas, no nos podíamos acercar casi, pero no importaba, era hermosísima y solo estábamos comenzando el viaje.

Los días fueron pasando entre antigüedades, monumentos, museos y romanticismo. No dejaba de sorprenderme fuera adonde fuera y mirara adonde mirara. Cuando pensaba que nada me podría cautivar más, volamos a Florencia y allí nos atrapó una ciudad llena de historia y arte por doquier.

Nos faltó tiempo, y solo pienso en volver algún día contigo y repetir este maravilloso e intenso viaje. El destino ya está escrito, lanzamos la moneda a la Fontana de Trevi y en Florencia, la que se tragó el porcellino, nos promete que volveremos.

Gracias por darme la mayor y mejor sorpresa de mi vida.

Rome-Fontana-Trevi

Ausencia

Encontré este texto hace un tiempo y me removió las entrañas. Hoy el trabajo me lo ha hecho Roy Galán:

Lo primero que se va de una madre muerta es su cara.

Y lo último su ruido.

Sí, al cabo de unos meses se empieza a difuminar todo aquello que la identificaba para ti, que la hacía tu madre. Sucede que es como si la hubieras dibujado en un trabajo para el colegio y, sin esperar a que se secara, le pasaras sin querer el dorso de la mano por encima, borrón y cuenta vieja. Entonces intentas enfocar la mente cerrando los ojos, pero no, es imposible, se va. Pero encima del dibujo sigue poniendo bien grande “Mami”.

Después de algunos años, sin embargo, sigue quedando el ruido. El repicar de las pulseras al chocar cuando giraba el volante del coche, la lengua mordida, entre dientes, mientras acariciaba a la gata, el sonido del teclado del ordenador de madrugada mientras jugaba al solitario.

No sé si sabes cómo sucede todo. De pronto, un día, te dicen que no la vas a volver a ver más. Y el planeta se convierte ante tus ojos en una pecera que se inunda. La gente camina en el fondo, a paso lento, haciendo lo mismo de siempre. Y tú permaneces inmóvil, como el cable que va a una regleta que ha sido apagada antes de salir de casa. Sí, la gente sigue comprando el pan, quejándose, riendo, besando en la calle, riendo, hablando demasiado alto. Todo está demasiado alto para ti. Y cada muestra de cariño, de vida, te duele. Y cada acto rutinario, sin sentido, te duele. Y cada niño agarrado a una mano para cruzar una acera, te duele.

Sí, se produce un quiebro de velocidad vital que tiene que ver con el tiempo y el espacio. Ese día en el que tu tiempo se queda sin espacio y tu espacio, sin tiempo.

Aterrador y lento.

Aterrador porque a ti sólo te queda tu fantasma, que nadie más ve, del que no puedes presumir, al que no puedes tocar ni te puede arropar. A ti sólo te queda esa angustia inmensa y ese fantasma pequeñito que se va volviendo cada vez más transparente a medida que tú más opaco. Tú, con ese dolor y esa foto llena de arañazos, que tal vez mandes a restaurar para que no se pierda del todo, llena de arañazos pero que ya no duelen porque es papel, ay, fantasmita de papel.

Los seres humanos no tenemos suficiente memoria para preservar las ausencias. Por eso mismo nos pesan tanto. Por eso mismo nos produce verdadero pánico el desaparecer.

Dentro de exactamente nueve años cumpliré los mismos años que tenía mi madre cuando murió. Me lo repito mucho para recordarme lo joven que era, para relativizar aquellas pequeñas decepciones que sufro de cuando en cuando como todos. Lo pienso y quisiera poder preguntarle si sintió que había vivido lo suficiente, si daba su vida más o menos por plena, si, al final del todo, se plegó sobre sí misma con cierta clase de paz.

Sé que la respuesta es no. Ella se quería quedar y se aferró a las amarras con todos los huesos tintineando. Recuerdo el ruido de querer quedarse. Pero no pudo ser.

Yo no pude preguntárselo porque no tenía la edad suficiente para hacer preguntas de adultos.

Tú tal vez todavía tengas algo de suerte. Tal vez tengas a tu madre al lado mientras lees esto. Igual está a una hora de coche- Puede que esperando un mensaje tuyo a un par de miles de kilómetros.

Tú puedes hacerle esa pregunta y muchas otras.

Puedes preguntarle por cómo era de niña, por su receta de los canelones, por si tiene sueños recurrentes en los que sigue viviendo en la casa en la que nació, por si le queda miedo a algo o se le fueron todos por falta de tiempo, por si le queda alguna cosa por hacer.

Puedes hasta discutir con ella, insultarla, cabrearte como solo las madres saben hacerte cabrear, desear que te deje en paz, que no se meta en tu vida, que no sea tan buena, o tan mala, o simplemente tan ella.

Incluso odiarla es hacer ya algo. Puedes hacer algo con tu madre, todavía.

El mundo se divide entre aquellas personas que pueden llamar a su madre y los que no podemos hacerlo.

Tu tal vez estés en el primer grupo.

Aprovéchalo. Llámala para no decir nada, para hablar de comida o del tiempo. Dale las gracias sin que lo espere. También un beso y un abrazo de mi parte.

Porque hay años enteros en los que parece que no pasa nada y un día en el que, sin que te lo esperes, te dicen que ya no está.

Yo tengo una foto en la que toco una mano que no recuerdo haber tocado.

Es maravilloso estar aquí y seguir acariciando a otros aunque no sean ella.

No es un simulacro ni un sustitutivo.

Es una promesa hecha a la piel que nos envuelve.

Texto de Roy Galán

 

Comanchería es una de esas películas diferentes que buscan presupuesto fuera de los circuitos habituales de Hollywood y que, por tanto, no suele conseguir mucho reconocimiento en los premios oficiales. Dirigido por David Mckenzie y protagonizado por dos hermanos de vida azarosa, interpretados por Chris Pine y Ben Foster, y por un ranger a punto de jubilarse, este largometraje es un western aplicado a la actualidad, con sus forajidos, su sheriff y sus indios. Y un enemigo común: los bancos.

Cartel oficial de Comanchería, que consiguió una nominación a la Mejor Película en la última edición de los Oscar.

Eso es lo que significa Comanchería, “enemigo de todos”. Quizás a un estadounidense no le guste mucho el habitante medio que puebla los núcleos rurales que protagonizan la película o puede que sea al contrario, no en vano esta es la América que Trump llamó a las urnas y resultó más numerosa de lo que el resto del mundo pensaba. Tal vez el Estados Unidos de hoy se parezca más de lo que quiere al Lejano Oeste.

 

 

También el cine español tuvo su propia venganza a los bancos y su actuación durante esta crisis económica, con El Desconocido, película protagonizada por Luis Tosar y Javier Gutiérrez, que, más allá de la acción, profundizaba en el drama social de los embargos y la pérdida de hogares, pero también en el papel que han jugado en este proceso los propios trabajadores y consejeros de administración de los bancos. Son dos visiones desde dos culturas económicas y sociales diferentes pero, tal como dirían los comanches, con un punto en común: ese “enemigo de todos”, un sistema que los propios ciudadanos, muchos de ellos víctimas de la crisis y la falta de trabajo, han tenido que rescatar, y cuya paciencia se acaba.

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