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Fusilamiento en Irán (1980)

“Pelotón de fusilamiento en Irán” (Premio Pulitzer 1980), de Jahangir Razmi. cliff1066@flickr.com

 

La primera frase de Cien años de soledad casi me saca del libro para siempre. ¿Cómo es eso de que Aureliano Buendía, plantado frente al pelotón de fusilamiento, estaba pensando en el hielo? Vamos, no me jodas. ¿Y en la muerte? ¿En la nada? ¿El sueño eterno? ¿El túnel con la luz al fondo? Pues no, nada de eso. Al tipo estaban a punto de darle matarile y lo único que quería era mandarse un polo.

A menudo me pregunto si mi oposición a la pena de muerte no tendrá que ver con la convicción de que si me tocase sufrirla no sería capaz de aguantar la compostura. De vez en cuando me engaño y pienso que sostendría la mirada del sargento mientras bajaba el sable. Que le escupiría en la cara al verdugo y dejaría unas palabras para la historia. Ya saben, como aquello que se cuenta de Ramiro de Maeztu: “Ustedes no saben por qué me matan, pero yo sí sé por qué muero”. O ese grandioso consejo del Che, en la última carta a sus hijos: “Sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario”.

Qué va. Ni de coña. Seguro que me fallarían las piernas y tendrían que arrastrarme gimiendo hasta el patíbulo. El mundo está lleno de héroes anónimos, pero yo no soy uno de ellos.

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Estábamos entre el carpaccio y el postre cuando me lo soltó de repente:

FTe voy a explicar por qué he conseguido una plaza tan cerca de casa.

Yo: La verdad es que alguna vez ya me lo había preguntado.

FEs que estoy enfermo. Una cosa bastante chunga. Hace un año que estoy diagnosticado de X. [Enfermedad neurodegenerativa incurable]

YoVaya… Lo siento… [Largo silencio cobarde. ¿Lo ven?]

FNada, ya lo tengo asumido. Me ha pillado tarde y la doctora me ha dicho que con el tratamiento puedo vivir muchos años. De hecho, estoy bien. Mejor que bien, estoy de puta madre, porque ahora me cuido más. Y hasta el próximo achaque puede pasar bastante tiempo. Lo único es que estoy vendiendo la casa para mudarme a un bajo, porque dentro de unos años ya no podré subir escaleras.

Y siguió comiendo, con el mismo apetito de antes.

Quién me lo iba a decir, después de tantos años de conocerlo. Aquel adolescente desaliñado y enamoradizo del instituto. Un héroe anónimo de libro, rebañando el chocolate del brownie como si tal cosa. Y yo cada vez más encogido en la silla, ahogándome en el peso de mi propio silencio.

Con dos cojones, amigo. Con dos cojones y un palo.

Hablemos de sexo

“El amor y el sexo no son lo mismo pero, de momento, vamos a decirles que para que haya sexo debe haber amor. Ya tendrán tiempo de averiguar y experimentar que eso no es así”. “Debemos darles información afectivo sexual”. “No le des una caja de condones y ya está”. Esas fueron algunas de las frases que se escucharon en una charla para padres sobre cómo tratar la sexualidad con los hijos. Una vez más la teoría es fantástica pero cada persona es un mundo y cada niño un universo. Hablar de sexo con un niño puede resultar incómodo,  encontrar el momento adecuado, violento y utilizar las palabras correctas, delicado… Pero lo que está claro es que tarde o temprano habrá que hacerlo.

Y es que son tantas las herramientas que los críos tienen a su disposición en la actualidad, que ya no se trata de que los amigos se cuenten secretos en el patio, de que la información les llegue alterada al pasar de boca en boca  o de que pillen una revista porno. Es que llevan Internet en el bolsillo, ya sea en el móvil, en el Ipod o en una Tablet, es raro el niño de más de 10 años que no dispone de alguno de estos dispositivos. La curiosidad que antes compartían con los amigos ahora la sacian con una búsqueda en Google recibiendo respuestas que no son capaces de digerir, entender, manejar…

Dispositivos con Internet.

Internet al alcance de la mano

Por eso es tan importante que hablemos con ellos, que de una forma natural vayamos sacando el tema cuanto antes. No se trata de hablarles de penes, vulvas, coitos o preservativos, es mucho más importante que el niño se sienta querido y que aprenda que es digno de ser amado. Esto se transmite con el contacto, las muestras de amor, los abrazos, desde chiquitos hasta la adolescencia o mejor siempre. Que aprendan a respetar y a ser respetados. Que confíen en nosotros, que se sientan escuchados y no juzgados. Y todo esto es más sencillo si comienzan a recibir estos mensajes desde pequeños no sólo en la escuela, sino en su entorno más cercano, en su familia. Una vez más la idílica teoría, que habrá que ir integrando en nuestro día a día. Y si ya se nos han hecho mayores, no los demos por perdidos, nunca es tarde.

Está muy de moda la reivindicación colectiva. Las redes sociales y el flujo de información que genera Internet han hecho posible que las fronteras físicas no sean impedimento para que una persona china, otra argentina y una afgana compartan una inquietud y expresen al unísono su rechazo o su apoyo virtual a una causa.

Así, juntos, aunque sea desde nuestro cómodo sofá, nos sentimos más activistas y comprometidos con el mundo que nos rodea, y con el que no, también.

¡Y todo a un solo clic a través de nuestros ordenadores o smartphones!

Se conoce como Activismo 2.0. Y como todo, tiene sus luces y sus sombras.

Hay distintas plataformas que lo hacen posible. ¿Quién no ha recibido ya alguna invitación para apoyar causas en Change.org? Sin duda, la más conocida y global. Pero hay más: Avaaz, Care2, OpenIdeo o Kune, entre otras.

En todas ellas, conviven batallas sociales globales, con reivindicaciones locales y sandeces de lo más variopintas.

La oferta para el Activismo 2.0. es tan variada como diversa es la humanidad.

¿Quieres conocer algunas de las causas más actuales por las que somos capaces de ponernos de lo más activistas desde nuestro sofá?

¡Estas dos últimas causas son fantásticas!

No es broma. Las has leído bien.

Saca ya tu pancarta contra quienes han osado cambiar el sabor de nuestros recuerdos infantiles para reducir la cantidad de grasas y aumentar su fibra. ¡Mala gente!

O mejor aún, unámonos todos para que la Administración Pública me prohíba legalmente comprarle a un niño o niña un Happy Meal, porque sencillamente yo soy incapaz de negarle un capricho que me resulta tan insano, y que sé que sólo me pide para aumentar su colección de juguetitos inútiles que ya no le caben en casa.

¡Cómo lo oyes! Esto también forma parte del Activismo 2.0.

Si de verdad estás en contra del fomento de la comida altamente calórica en la infancia, ¿no sería más fácil centrar tus esfuerzos en aprender a decir no al niño o la niña y acostumbrarlo desde pequeño a comer con gusto un buen potaje de verduras, un filete a la brasa o un pescado al horno?

Mi reivindicación para Activismo 2.0: Cursos gratuitos de formación pedagógica básica para padres, madres y tutores legales incapaces de decir NO a los menores que tienen a su cargo.

O tal vez baste con añadir algo de sesera a la cabeza de algún que otro promotor de ciberactivismo, ¿no crees?

Peter Gabriel homenajeó con esta fabulosa canción a un activista auténtico, “Biko”. Él tan sólo es un ejemplo entre miles de personas anónimas y alguna más conocida que han dedicado parte de sus vidas, alguno hasta su muerte, a la lucha activa por causas justas por todo el mundo.

Oboshi y frukti

Quiosco ruso de verduras y frutas. Овощи и фрукты. Foto: Naima Pérez.

Nunca he tenido suerte en los juegos de azar. Es tal mi infortunio, que incluso en aquellas ocasiones en las que una se la juega al 50% siempre pierdo. No es algo que me quite el sueño, pero reconozco que a veces aprieto los dientes de rabia y pienso en que la probabilidad, cuando se trata de mí, siempre se esfuma. Porque vale que no me toque la lotería con los millones de personas que juegan, pero ya podría salir ganadora de un pequeño sorteo o un mísero cara o cruz. No pido más.

La única ocasión en la que gané algo gracias al maldito azar fue hasta cómico. No lo olvidaré. Fue en la Embajada de Rusia en Madrid, en una fiesta cultural en la que se rifaban objetos de artesanía y otras zarandajas. Allí estaban expuestos aquellos bonitos samovares, coloridas matrioshkas, cajitas de madera pintadas a mano con motivos soviéticos o aquel fino juego de café de porcelana. Y yo afilándome los dientes cuando dijeron mi número. Pero no. Me tocó un juego de servilletas verdes de tela, lisas, sin pespuntes, sin dibujitos, y en un conjunto de siete. No seis ni ocho. ¡Siete!

Era tal mi desdicha azarosa que a raíz de aquel episodio decidí que si la fortuna no me acompañaba en este ámbito iba a darle la vuelta a la tortilla para que en los concursos, en los que ya el azar no era decisivo, pudiera tener opciones a algún premio. Y de esta forma fui dejando poco a poco las rifas, hartangas, tómbolas, quinielas y demás juegos injustos y opté por participar en sencillos concursos de reportajes, fotografías o poemas donde se valorara un conocimiento o habilidad. Mi suerte no cambió demasiado, pero vi compensado algún que otro esfuerzo con unos cuantos euros, dinero que fue directo a pagar deudas, claro.

Mi última experiencia con mi traumática relación con la suerte, bien de azar o bien currada, tuvo lugar la semana pasada en la Escuela de Idiomas de La Laguna. Allí se organizó un concurso de fotografía para elegir una imagen con la que decorar las paredes del centro, junto a otras de Reino Unido, Francia o Alemania, países cuyos idiomas se estudian en la escuela junto al ruso. Y ahí me lancé nuevamente. Recordé aquella imagen que tomé en el verano de 2004 en alguna calle de Moscú, la del quiosquito de claro corte soviético donde se vendían verduras y frutas (oвощи и фрукты) y que tan buenos recuerdos me traía, y la presenté.

Llegó el día de la votación y cuál no fue mi sorpresa cuando mi ‘Oвощи и фрукты’ se impuso a las demás imágenes presentadas. Me entregaron un magnífico diccionario ruso-español que me viene de perlas. Por momentos volví a conciliarme con el juego hasta que me detuve en las bases del citado concurso, que muy bien no había leído con anterioridad: como no era tan sencillo tener fotos auténticas de Rusia, se permitía sacarlas de internet. Al repasar de nuevo las 19 fotos presentadas comprobé que la mía era la única hecha por su autor. En fin, que yo estoy encantada con mi premio, pero me temo que cuando vea mi quiosquito colgando de las paredes de la Escuela no podré librarme de esta pesadilla.

 

Siempre me han parecido admirables las personas capaces de reírse de sí mismas. Me parece un sano ejercicio que demuestra inteligencia y que no muchos son capaces de practicar.

Entre los extranjeros que conozco son los ingleses los que se llevan la palma en cuanto a la ‘autoridiculización’. Es algo que percibí desde pequeña cuando veía aquellos capítulos de humor burdo de Benny Hill y que luego comprobé de la mano de genios como los Monthy Pyton.

En lo que se refiere al producto local, creo que los canarios en general (salvo honrosas excepciones) somos muy capaces de reírnos de los demás pero no soportamos que se rían de ‘lo nuestro’. Para muestra  la parodia que hizo el Gran Wyoming en el programa ‘El Intermedio’ con razón de las editoriales que escribía el recientemente fallecido director del periódico El Día, José Rodríguez. La canariedad en masa se levantó ante tamaño ultraje contra los valores patrios y no salió en manifestación porque ese día llovía, que si no…

En el lado opuesto están los vascos. Desde que descubrí, hace ya años, ‘Vaya Semanita’, comprendí que muchos demonios debían echarse fuera con la fórmula de reírse de lo sagrado (que no necesariamente religioso).

marilomonteroEn la última semana me he encontrado con dos ejemplos contrarios de lo mencionado. Por un lado las acciones legales emprendidas por Mariló Montero contra el periódico satírico El Mundo Today por una noticia que contenía declaraciones inventadas (como todas las del rotativo) de la susodicha, quien, por si no lo recuerdan, ha soltado perlas como que “no está comprobado que el alma no sea trasplantada con los órganos”. Por otro lado vi, previa compra de las entradas por internet porque si no no hay dios que las consiga, la película ‘Ocho apellidos vascos’ de Emilio Martínez Lázaro. Una comedia ligera, sin más pretensiones que hacer pasar un buen rato pero que consigue, sin lugar a dudas, demostrar que Mariló no tiene ocho apellidos vascos.

 

 

Los días previos al campamento de verano, la salida más larga en el Grupo Scout Aguere 70, se me ponía un nudo en el estómago. A medida que iba metiendo en la mochila el saco de dormir, bien apretado al fondo; los calcetines gruesos de color gris, oscuros y picones; la brújula, la cantimplora y la navaja suiza; a cada empujón que daba para que me cupiera todo en mi Altus infantil de color rojo me iba poniendo más y más nervioso. Era el campamento de la temporada, el evento del año: tres semanas de convivencia en la naturaleza salvaje, bajo una férrea disciplina paramilitar y sin las comodidades de la vida moderna, sometido a las inclemencias del tiempo y a las escaramuzas ocasionales de las jaurías de perros de Orticosa. Nunca sabías si te habías preparado lo suficiente.

Boy Scouts

Saludando con tres dedos.

—Hoy empieza el campamento de verano. A las nueve treinta horas habrá una misa en la explanada. El capellán les va a explicar cómo el mundo libre vencerá al comunismo, con la ayuda de Dios y los Boy Scouts. ¡Viva Baden Powell! A ver, todos a cantar conmigo: seréis para ser buenos y mejores cada día…

Allí estábamos, en formación, el primer día en el infierno. Nuestros jefes y jefas tenían nombres de dibujo animado, pero no nos engañemos, eran unos auténticos cabrones. Este en concreto se llamaba Baloo, como el oso que come plátanos. ¿A qué padres se les ocurre llamar a su hijo así? Una infancia con tu nombre asociado a un personaje de fantasía puede derivar en cualquier cosa. No era motivo para disculparlo, pero reconozco que llegué a comprender las raíces de su sadismo.

—¡A ver tú, cómo te llamas!

—¡Padilla, señor! ¡Carlos Padilla!

—¿Padilla? ¡Padilla rima con ladilla y no me gusta! ¡A partir de ahora te llamaré Cabezón, recluta Cabezón! ¿Te gusta tu nuevo nombre?

—¡Señor, sí, señor!

—¿De dónde eres, Cabezón?

—¡De La Laguna, señor!

—¡No me jodas! ¡Ahí solo hay hipsters y verodes! ¡Y tú no tienes cara de planta! ¿No serás un jodido hipster? ¡Spencer Tunick ya es mainstream!

—¡Señor, sí, señor!

—¡Jodido hipster!

Baloo decía que la prioridad era adaptar el entorno a nuestras necesidades, empezando por las más básicas. Así que nada más llegar a territorio hostil la primera tarea que teníamos por delante era construir las letrinas. Para ello, nos alejábamos de las casetas de campaña lo suficiente, cavábamos tres agujeros de un metro de profundidad en el suelo, echábamos cal en el fondo y luego levantábamos encima asientos de madera, idénticos a los que puedes encontrar en las paradas del tranvía, a la izquierda de los bancos tradicionales.

¿Han cagado alguna vez en una letrina construida con troncos? Te subes ahí, apoyas los muslos en un palo y la parte baja de la espalda en el otro. El culo queda suspendido en el aire, desangelado, expuesto a la montaña de cal del foso. No hay agua, frescor, ni etiquetas de champú que leer. Solo tú, el agujero y la naturaleza salvaje. Haces fuerza y, cuando sale, tienes la sensación de que tu caca vuela y cruza el aire, de que flota. Entonces, pese a la incomodidad, notas que estás en comunión con el universo entero, que todo está hecho de la misma materia. El misticismo dura solo unos segundos, justo el tiempo que tardas en descubrir que te has dejado los kleenex en el bolsillo interior de la caseta de campaña y comienzas a buscar, desesperadamente, una piña o un manojo de pinocha.

Después de veinte días en el infierno de Orticosa, lo primero que hacía al llegar a casa no era abrazar a mi padre y a mi madre, ni abrir e inspeccionar la nevera; ni siquiera echarme en la cama o tumbarme en el sillón, no. Solo soltaba la mochila en la entrada, corría al cuarto de baño, abría la tapa del váter y vaciaba la cisterna para ver el agua correr. Luego me bajaba los pantalones lentamente y, con mucho cuidado, dejaba caer el culo sobre sus bordes suaves de porcelana, muy despacio, con todos los sentidos puestos en cada milímetro de su superficie. Una vez sentado volvía a tirar de la cadena una vez más, únicamente por puro y refrescante placer.

Dicen que solo valoramos las cosas que tenemos cuando las perdemos, y es cierto. Yo lo comprobé en el infierno de Orticosa, varios veranos seguidos, cagando en una letrina sobre una montaña de heces y cal. Lo hice en los duros años ochenta, cuando éramos boy scouts.

¿Y ahora?

boton_ultimas_noticias¿Qué será de nosotros? ¿Qué será de los periodistas ahora que el modelo ha cambiado? después de tantos años de avisar y prever que esto sucedería. Después de ver cómo todo iba evolucionando y nosotros no, y veíamos como se cerraban cabeceras históricas y desaparecían páginas de información local, y que la gente ya no compraba en los quisocos por la mañana esas páginas ennegrecidas y que olían a tinta fresca y grasienta que nos dejaba los dedos negros.

Y que ya no se descargan bobinas en la calle de Salamanca, ni que se oyen los ruidos de la rotativa calentando motores según caía la tarde, maquinaria que vomitaría lo que pasaba en la vida, o que no pasaba hasta que salía lanzado impreso en un papel amarillento y almidonado.

¿Qué será de nosotros ahora que ya no está don José? Y que no se le verá altivo y estirado por La Salle hacia el barrio de Buenos Aires, con el maletín colgando como un apéndice en el que se suponía que estaban todos los scoops de nuestro terruño, del que nos usurparon los españoles y tenía una hora distinta, un lugar distinto, un habla distinto y hasta un corazón distinto.

¿Qué va a ser de nosotros ahora que las noticias de hoy ya las conocimos ayer? Y el cortapega de las redacciones ya no vale para nada, porque todo lo que dicen las letras impresas ya lo supimos hace muchas horas, matizado, modelado, contrastado o no.

Y nos dio tiempo de pensar en todo esto, porque no se trata de una repentina sorpresa, sino de una muerte anunciada, pero no lo hicimos porque éramos reyes en el trono de nuestra cajita a tres columnas, y en nuestra foto a dos, y en la firma debajo de la data. Y dejamos de mirar porque no nos interesaba lo que veíamos, y creíamos que no iba con nosotros, que era mucho más “romántico” leer en papel.

Nunca pensamos que con el romanticismo no se pagan hipotecas.

 

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