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Para ser fiel con esta entrada diré que este post es un plagio. Vamos, que me voy a fusilar varios blogs de música que he estado leyendo sobre plagios musicales para escribir esto. Eso no es inspirarse, como muchos alegan para defender sus caradurerías. Es copy paste.

Hoy es el Día Internacional de la Música, y por eso quiero hacer este pequeño homenaje a uno de los vicios más limpios que tengo. Quizás tengan razón los que dicen que en la música ya está todo escrito. De hecho son 6 notas y sus octavas, lo que supone una limitada combinación de sonidos. Pero la música tiene magia, y eso sí se puede seguir creando. Los plagios que a continuación les pongo son el ejemplo de hacer las cosas muy mal.

 

1) Shakira no tendrá huevos, pero si los tuviera, serían enormes. El Waka-waka, además de ser una horrible canción asequible solo con mucho ron barato, es una copia de una canción de los años 80 llamada “El negro no puede” del cantante dominicano Wilfredo Vargas. Ni el título cambió la colombiana. No es la primera vez que Shakira tiene una denuncia por plagio. Y me da a mí que no será la última.

2) Este que les propongo ahora es otro clásico entre los clásicos. Es un Vanilla Ice vs Queen con David Bowie. Obviamente ya sabemos quién ganó por goleada. La segunda es una pedazo de versión con Annie Lennox con la que se le ponen los pelos de punta a uno.

3) A Marta por poco se le para el marcapasos cuando escuchó la canción que le habían dedicado los Hombres G, o mejor llamarlos Hombre C, de copia (sí, escucho sus risas descontroladas en este momento). Otro combate ganado por KO por Simon y Garfunkel y su “At the zoo”, una divertida canción sobre la vida de cebras y antílopes en un zoo. Lo que, a lo mejor no sabían, es que estos animales eran de Madrid.

4) El que más duele, porque es la mejor de todas las canciones de las que he hablado. Realmente no fue un plagio, directamente George Harrison se apropió de la canción, cambió la letra y la hizo más famosa de lo que The Chiffons habían conseguido. Los Beatles son dioses, pero a lo mejor esta es la comprobación de que los dioses también plagian.

Studio-Capicua-Banesto-Retoque-fotografico-Tenis1El pasado 22 de septiembre España tembló. No quedó pista rápida, tierra batida o hierba en toda la geografía española en la que no se sintiera el terremoto. El presidente de la Federación de Tenis de España había designado a una mujer para entrenar a los santos varones que deben disputar la Copa Davis, después del sonado batacazo que este año se ha pegado el equipo capitaneado por el campeonísimo Carlos Moyá, que llegó a ser número 1 de la ATP.

Lo curioso del nombramiento es que al final se ha convertido en un debate sobre vestuarios masculinos y femeninos en vez de centrar el análisis en los méritos o deméritos de Gala León para asumir la responsabilidad deportiva que le ha sido asignada. ¿Realmente importa el sexo? ¿No debería haberse obviado cualquier comentario al respecto?

Los fundamentos de la crítica contra este nombramiento debieron estar centrados sobre sus conocimientos y aptitudes para asumir la tarea. Incluso, podría haberse debatido sobre la idoneidad de la forma en la que la Federación de Tenis elige a la persona a la que se atribuye esta responsabilidad deportiva.

Pero, como España sigue siendo España, el análisis se ha centrado en lo apropiado o inapropiado de la posible presencia de una entrenadora en un vestuario masculino.

¡Por favor! Antiguos, se queda corto.

Si de verdad queremos hablar de deporte, como dijo Rafa Nadal en defensa de su tío entrenador, hagámoslo, y olvidemos de una vez polémicas entre faldas y pantalones.

¿De verdad alguien aún cree que es relevante que la persona que entrena a un equipo en cualquier disciplina deportiva sea hombre o mujer, mujer u hombre? Qué más da cuando se trata de elegir a las mejores personas para formar un equipo, analizar los puntos fuertes y debilidades del rival y trazar las estrategias adecuadas para ganar una competición deportiva.

El “deuce”, tan clásico y característico en el tenis, es la respuesta más que evidente.

Importa el conocimiento, la experiencia y la capacidad de cada persona como estratega, y no si los deportistas se ruborizarán por ver a una mujer cuando salen de las duchas en paños menores.

Soy aficionada al tenis. Disfruto de este deporte desde pequeña. Eso sí, lo practico desde mi pista particular, el sofá, y con mi peculiar raqueta, el mando a distancia.

Pese a las necedades varias vistas la semana pasada, seguiré disfrutando de la competición en Copa Davis, con la esperanza de que a Gala León se le conceda una oportunidad, la misma que se le ha otorgado a cualquier otro entrenador masculino del equipo español hasta la fecha.

Y cuando triunfe o fracase en su cometido, espero que todos los argumentos y críticas sean sobre aspectos deportivos y no referidos a cuestiones sexistas de difícil encaje en este espacio y este tiempo que nos ha tocado vivir.

En contraposición, más allá de las palabras y las polémicas mediáticas, la retirada de la reforma de la Ley del Aborto nos da una tregua. Una batalla ganada, por el momento, pero sin bajar la guardia, que aún queda muchas personas convencidas de que las mujeres no tenemos la misma capacidad que los hombres para tomar decisiones y dirigir equipos. Mucho, mucho aún por andar.

Sí, al final lo hice, fui a oír a Stephen Hawking en el festival Starmus el pasado sábado. Admito que jamás se me habría ocurrido comprarme la entrada por iniciativa propia, lo de los agujeros negros, admito, no me emociona. Tampoco me alegra ver a un ser humano postrado en una silla sin prácticamente poder moverse; me parece cruel. Realmente fui a verlo por el Padi, que es un flipado de estos temas desde que era niño.

Ya saben que en el fondo soy bastante novelera, e invadida por eso de que aquello era “un momento histórico” me planté allí a ver si era capaz de seguirle el rollo a un señor que merece mis enormes respetos y hasta mi admiración, no tanto por su cerebro privilegiado y los asuntos que maneja (nótese cómo controlo la terminología del cosmos), sino por ser capaz de aguantar con la que él lleva encima tanto zarandeo de un lado a otro. No me entiendan mal, y repito que me admira su capacidad para investigar, pero siento en cierta forma que un ser humano que por desgracia se ve en esas circunstancias es como si su dignidad hubiera sido arrebatada, que es más bien un producto de marketing, que deciden por él…

Hawking

Un instante de la conferencia de Hawking en el Auditorio de Tenerife el pasado sábado.

En fin, que cuando por fin salió al escenario me propuse hacer un esfuerzo por comprender su discurso. Era obvio que el público al que se dirigía no estaba compuesto por eminencias en astrofísica, aunque allí estaba el simpático cosmonauta ruso Alexei Leonov, el primer ser humano que paseó por el espacio en 1965. Pensé que no podía ser tan complicado, por lo que me concentré con mis cascos de traducción simultánea.

Empezó bien, haciendo un guiño a los espectadores. Un “Can you hear me?” salido de su brutal-ordenador-increíble-de-la-muerte arrancó los aplausos del venerable. Y continuó bien también, con un lenguaje asimilable, hablando del Universo como si fuera un holograma, hasta que se arrancó por soleares. Teorías del Estado Estacionario, el teorema del no-pelo, las triesferas de tiempo o las fluctuaciones térmicas en el Universo temprano empezaron ya a rechinarme en mi absoluta ignorancia (confieso que todos estos conceptos he sido incapaz de retenerlos; he ido a leer el discurso completo por escrito).

Llegados a este punto y viendo que el Padi seguía alucinando y que yo era una tronca sin remedio, me dediqué a fijarme en su mega silla y en su incomodísima postura. Pensé en qué puede pasarse por una cabeza que funciona a la perfección dentro de un cuerpo yerto. Y pensé también en si Hawking no habría meditado alguna vez interrumpir su vida en algún momento a lo largo de sus últimos 50 años, tras asistir en primera persona a ese gran deterioro físico que lo ha llevado a estar como está. Mientras pensaba todo eso busqué en mi móvil discretamente y empecé a leer enlaces sobre este cosmólogo.

Así, supe que era ateo, que había intentado suicidarse, que no fue un buen estudiante en el colegio, incluso en la universidad, que ocupó la misma cátedra en Cambridge que Isaac Newton o que se había casado y separado, como cualquier hijo de vecino. Fue entonces cuando me reconcilié con Stephen Hawking, lo sentí más humano.

No tenga perro (ni gato)

Hace unos días leí en un suplemento de El País un reportaje sobre los beneficios de tener un animal. Yo quiero aportar algo también, sin que nadie me lo haya pedido, para aquellos que creen que podría ser divertido tener uno en casa.

Vistos desde fuera, los perros y los gatos son simpáticos, adorables. A la mayoría nos hacen gracia, sobre todo a los niños.

Pero, a ver, no todo son  alegrías. Sepa que el perro hace caca y pis y es posible que lo haga en sitios que a usted le parezcan inadecuados, como el sillón, ése que le costó tan caro.

El perro suelta pelo, no digamos el gato. Una pelusilla que se mete por todos lados y que es imposible sacar de la ropa, el sofá o la nariz.

El perro se come los muebles y el gato se afila las uñas en ellos. Es más, en un alarde de agilidad, puede escalar por sus cortinas.

El perro come cosas que no debe y luego las vomita donde le viene más a mano.

Al perro no le gusta quedarse solo y por eso ladra, molestando a sus vecinos. Al perro sí le gusta salir a pasear, a correr y a airearse, lo que le obliga a usted a echarse a las calles.

El perro huele a perro. A veces huele peor que un perro.

El perro implica gasto. Hay que llevarlo al veterinario, hay que vacunarlo y si enferma o se hace daño hay que curarlo.

El perro también come, algunos hasta meriendan.

El perro es una carga, el perro le complicará la vida.

Si el niño le pide un perro y usted no lo ve claro, haga el siguiente ejercicio: mueva la cabeza de un lado a otro en señal de negación las veces que sea necesario.

Si se ve con fuerzas, consiga que el niño entienda que la familia no puede asumir esa responsabilidad. Puede que eso le haga mejor persona y también más responsable.

A cambio de todas las incomodidades, el perro solo le va a poder devolver amor incondicional. No se engañe, no hay más.

Tener perro, gato o cualquier otro ser vivo requiere un compromiso de por vida. El perro lo entiende así y lo acepta sin más complicaciones. Si no está usted dispuesto a asumir ese compromiso, no tenga perro ni gato, no tenga nada que respire.

Hágase un favor a sí mismo, hágale un favor al perro. No tenga perro.

Si a pesar de todo está usted convencido de meter un perro o gato en su vida, antes de gastarse un dinero que puede invertir en otra cosa (como un protector para el sillón caro), evite contribuir al comercio con seres vivos. Pase por un refugio, contacte con alguna asociación. Los tienen de todos los colores, pelajes y razas. Seguro que encuentra uno que le conquiste.

Y no olvide que al perro no le importa de qué marca es usted. Le querrá incluso cuando nadie quiera tenerle cerca.

 

Orgullo Peludo

Vaya por delante que no me gusta acumular pelos en ciertas partes de mi cuerpo, entre otras cosas porque ese tipo de libertades aumenta la actividad de mis glándulas sudoríparas. Pero entiendo a las mujeres que, como las que en el siglo pasado se negaban a utilizar sujetador como símbolo de su libertad, deciden dejar de depilarse. Porque, en serio, es una autentica pesadez eso de tener que estar pendiente de los pelillos de las piernas. Y, además, un lastre para el bolsillo. Por es me han gustado mucho las ilustraciones de Rocío Salazar que encontré en facebook y sobre las que habla también Elena Santos en The Huffington Post. La propia ilustradora decidió experimentar en carne propia qué pasaba si no se depilaba más, una actividad que aborrecía. Las viñetas cuentan este proceso, con sus imposiciones sociales incluidas, con mucho sentido del humor.

Yo no creo que de momento me vaya a hacer la misma pregunta que Rocío, pero sí aprovecho para contarles una pequeña y terrorífica anécdota. Antes de encontrar a mi querida maquinilla femenina de depilación, con cabezal especial para axilas, porque lo que sí que odiaba era la cera, descubrí, en Madrid, un local en el que me garantizaban que me depilarían en diez minutos. Así que, ni corta ni perezosa entré al lugar, muy limpito, y una amable señorita me introdujo en una enorme sala donde, ¡oh, Dios mío!, sólo había un murete con espalderas de madera y unos arneses a los que me subieron y ataron. Después me restregaron la cera caliente por todas las piernas y de dos únicos tirones me arrancaron los pelos (y buena parte de mis células epidérmicas me temo). Claro, lo del arnés era para que no salieras corriendo o, mejor aún, para no darle una patada en todo el careto al que te cobraba por torturarte.

Una de las viñetas que pueden verse en el facebook de la ilustradora Rocío Salazar.

Una de las viñetas que pueden verse en el facebook de la ilustradora Rocío Salazar. 

El dimitido

Mi intención era no hablar hoy de Gallardón en esta columna por varias razones. Una, la principal, es que por motivos de trabajo he estado particularmente pendiente del asunto, y me da la impresión de que todo eso pasó hace años ya; otra, porque para decir todo lo que me gustaría decir de Alberto el Progre iba a necesitar escribir mucho y estos días eso me resulta difícil: tengo una herida en un ojo que hace que juntar letras me resulte más difícil de lo normal (nunca fue tan real ese consejo que me dieron una vez: “para escribir opinión es necesario tener perspectiva”).

Aún así, me resulta difícil pasar de largo por el tema y hablarles de algo que domine más (Recuerden: soy mujer y dice Cañete que somos limitaditas. Toni Nadal parece estar de acuerdo), como las gracias de Mariló Montero o la inminente entrada en prisión de la Pantoja. Pero en eso también me extendería. Está claro que las mujeres, para cotorrear somos únicas, ¿vieron?

Afortunadamente, la música me salva otra vez. Los magníficos y divertidísimos muchachos de Señor Mostaza colgaron en su página de Facebook este temazo, grabado en un directo en 2008, que aparte de ser una prueba fehaciente de que son unos visionarios, resume perfectamente lo que a mí me gustaría decirle a la cara al ¿ex? político.

Disfrútenla, escuchen bien la letra y la presentación y díganme que Luis Prado no dio en el clavo con todas y cada una de las palabras.

Libertad de decisión

El ministro se va, deja el ministerio, abandona la política, le dejaron solo para defender una ley que, según se comenta, desde el principio carecía del apoyo del partido. Qué casualidad ¿no creen?

No suelo hablar de política, ni lo voy a hacer, es más huyo de ella como de la peste, cada vez respeto menos lo que representa y a quién la representa. Vamos, que no me fío ni del Tato. Pero este anuncio, esta vuelta atrás, coincide justo con el descubrimiento de una historia, una de tantas, que llega al corazón. Un relato desgraciadamente compartido por miles de mujeres pero fantásticamente reflejado en la ficción con el ejemplo de una: Philomena.

Llegó a mis manos por casualidad, sin saber qué era lo que iba a ver y, quizá por eso, me impactó más aún. Este hecho y el de que, desde que soy madre, todos los relatos sobre niños me llegan de una manera especial, hicieron que mi empatía se manifestara de una forma brutal sintiendo la tristeza, la angustia, la culpa y la impotencia de la protagonista tan cercana que dolía. Se trata de un magnífico retrato de una época, reflejado desde la pena, pero también desde el humor y la ironía, desde la inocencia, la esperanza  y el profundo amor maternal. Su visión, lejos de marcarte de forma negativa y devastadora, te deja una sensación de paz, sin olvidar, como es lógico, las vivencias terribles que se describen.

Y es ahora cuando me reafirmo en mi forma de pensar basada siempre en el respeto, en la libertad, en la posibilidad de barajar todas las opciones y en el derecho de cada uno de decidir sobre su persona. Nadie puede decidir por nadie, ni la iglesia, ni los políticos… Nadie.

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