Todo el mundo debería tener el derecho a morir así: con dignidad.
Este texto lo pude leer esta semana en el periódico ABC y quería compartirlo con ustedes.
“Me voy a morir ahora. Perdón por todo, perdón por todo”
Francisco Ayala afrontó los últimos minutos de su longeva vida en plena conciencia de que, efectivamente, iban a ser los últimos. Fue la lúcida intuición de quien fue grande hasta el mismo instante en el que expiró en presencia de su mujer, Carolyn, y de la que fue su cuidadora durante los seis últimos años, Fátima. En la mañana de su muerte Francisco Ayala se levantó algo más tarde de lo habitual y, como de costumbre, pidió el desayuno a Fátima. Café, zumo, un huevo revuelto y una magdalena que no llegó a acabar. Ayala se puso su mascarilla de oxígeno, pero pronto se la quitó él mismo. “¿Por qué se la quita?”, preguntó Fátima. “Porque me voy a morir”, replicó él en pleno ejercicio de lucidez y dignidad. “Pero ¿cuándo, por qué?”, insistió ella. “Ahora, porque me voy a morir”. A renglón seguido, Ayala le cogió las manos, las besó tres veces y repitió “perdón por todo, perdón por todo, perdón por todo”. Fátima llamó rápidamente a Carolyn, que acudió a la sala de estar donde su marido se encontraba. Carolyn y Ayala se cogieron las manos y él falleció mientras se las apretaban dulcemente. Murió sentado en su sofá, mirando a Carolyn y entre breves pero intensos recuerdos de cuando se conocieron.
Francisco Ayala falleció el pasado 3 de noviembre en Madrid a los 103 años.
había colado sin avisar. Ya sabía que había varios casos en su colegio, después supe que ya la había pasado la mitad de la clase y hasta el profesor. A partir de ese día cualquier molestia se transformaba en una señal de alarma. Dolor de cabeza, mareos, dolor de articulaciones, cansancio, la paranoia colectiva familiar duró unos cuantos días, hasta que al fin comprobamos que ninguno nos habíamos contagiado. Todas esas sensaciones se debían a los tres días con sus tres noches de trabajar para bajar la fiebre. Y eso fue todo, no hubo nada más. Ni fue tan agresiva como nos habían contado, ni era tan contagiosa como anunciaron. Así que sólo puedo decir: ¿Tanto ruido para esto?
nfermedad la tiene muy poca gente y, como comprenderá, los recursos deben emplearse en medicamentos que le sirvan a muchas personas. Esto es un gasto de dinero”.
Debo confesarlo, aunque me avergüence: soy el pescado perfecto para el anzuelo de la publicidad. No sé, quizá sea por esto de la edad, los treintaytantos de aquella serie norteamericana que veía en plena adolescencia y en la que todos sus protagonistas me parecían unos puretas. Buf, me miro ahora y yo, para mí, sigo en los veintipico. Pues resulta que el otro día me comenta una amiga del alma que se ha comprado una 
