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Resiliencia

Sancho McCann @ flickr.com

Sancho McCann @ flickr.com

Las primeras se dejaron ver en el baño, dando vueltas sobre el lavabo. Dispersas, desnortadas, sin rumbo aparente. Dos hoy, ninguna mañana, tres pasado y así desde hace meses.

Me sorprendió que, atacando desde la solana, hubieran elegido como objetivo aquella habitación de gastronomía tan limitada. Sobre todo porque un leve giro hacia el oeste las hubiera llevado hacia el festín de migas dulces y fruta remadura que es tan a menudo mi cocina. “Es la pasta de dientes”, me asegura un amigo. “Las vuelve locas”. Es posible, pero en ese caso no debe ser muy nutritiva. Allí siguen, dando vueltas con poco entusiasmo y menos organización. Como el ejército de Pancho Villa.

Sin embargo, hace dos semanas por fin entraron en la despensa. Y allí se ve que sacaron a sus tropas de élite. Columnas sólidas, de geometría perfecta, que con el tiempo han ido engrosando y ganando carriles. Marcan un giro sobre la alacena, bajan en 45 grados sobre el imán de los cuchillos, se encaraman al rodapié sin romper la disciplina de marcha y por una esquina del fregadero descienden hacia el maná de la basura.

He probado a machacarlas una a una, pero el pulgar ya no da abasto. Les he puesto unas trampas circulares de plástico que en vez de muerte les provocan curiosidad. Y en los momentos de desesperación he recurrido incluso al insecticida tradicional, aunque prefiero no pensar en sus efectos. De tanto pulverizar, mi sangre debe estar a estas alturas tan contaminada como el Ganges.

Lo cierto es que ya he empezado a asumir mi derrota. Podré jugar a la contención, pero estas han venido para quedarse. Y sí, mi odio está matizado por una admiración aún mayor.

Cuando las veo pienso en aquel neologismo que, como las hormigas, probablemente acabe colándose en nuestro diccionario. Resiliencia, es, en el avance del DRAE, la “Capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas”. Mientras aplasto a la enésima recluta de su infantería mi convicción se refuerza: a la definición le sobra la segunda palabra.

¿Un café? No, gracias

La semana pasada estuve en el Eje Cafetero, la zona de Colombia donde se centra la producción de café. Fui a filmar unas empresas que nada tienen que ver con el café, pero en este país es inevitable que te lo ofrezcan: para desayunar, a media mañana, tras el almuerzo… y todas las veces tuve que declinar la invitación pues yo no tomo café. Nunca lo he tomado. Sí, han oído bien, jamás he bebido una sola gota del segundo líquido más vendido del planeta después del petróleo. Y nunca lo he necesitado, para ser sincero. Sí he ingerido (aunque de manera esporádica) otras bebidas energéticas y me encanta el té; pero generalmente no necesito ninguna sustancia que me ayude a despertarme o a llegar al final del día, y eso que en mi vida ha habido épocas de mucho estrés. Las drogas en mi vida las limito al alcohol que bebo un par de veces al mes cuando salgo con amigos o en celebraciones. Pero es curioso cómo esta circunstancia hace que me sienta un bicho raro en un país que es famoso precisamente por la producción de esta bebida que, por si no lo saben, así es como afecta a nuestro cerebro (activen los subtítulos del vídeo)

Los inmortales no existen

El inesperado fallecimiento de Emilio Botín es de esos acontecimientos que parece haber dejado a España algo huérfana. Demasiado, desde mi punto de vista. Al menos, eso parece, a juzgar por el contenido y cantidad de páginas y espacios radiofónicos, televisivos y los miles de comentarios en las redes sociales dedicadas a la figura del insigne banquero cántabro.

Pros y contras a su figura y su gestión. De todo ha habido.

Lo cierto, es que está muerto y que el banco del que parecía dueño, pero no lo era, afronta ahora una nueva etapa, llena de incertidumbres, como todo lo nuevo.

Hay personas públicas que parecen inmortales, perennes en el devenir económico y social. Botín era de ésos.

Me sentí igual de contrariada cuando escuché la noticia del fallecimiento de Jesús de Polanco, y peor aún cuando murió Joaquín Luqui, que tuvo un accidente doméstico de lo más inesperado y resultó que no era inmortal.

¡Vaya sorpresa! De la noche a la mañana, adiós a su susurrante “tres, dos, uno. Tú y yo lo sabíamos” a través de las ondas de los 40 principales ‘forever’.

La sensación que a mí me dan algunas de estas personas que copan titulares y espacios públicos por doquier es que nunca van a morir. Pero, de repente, la vida y especialmente su norma más inamovible, la muerte, nos recuerda que nadie escapa de la única verdad que nos igual a todos, por mucho dinero, fama, cultura, genialidad o influencia que tenga.

Esta última semana han fallecido varias personas conocidas y de gran mérito y reconocimiento (más o menos merecido, según quien opine) como el escritor Arturo Maccantti. En el ámbito empresarial además de Botín, ha muerto Isidoro Álvarez, el presidente del Corte Inglés, mucho menos famoso y popular que el banquero que llevó el nombre de Santander a lo más alto de la banca europea.

Pero también han muerto otras personas anónimas. Gente cercana y querida por sus amigos, compañeros y especialmente por sus parejas, hijos e hijas. Personas que con mucho menos bullicio público, y sin titulares grandilocuentes, sin que medien tantos análisis públicos más o menos acertados sobre su trayectoria, han dejado un vacío irreparable en personas que a mí de verdad me importan.

Por ellos van estas líneas, reivindicando un espacio, para ellos y para todas las personas que han fallecido estos días, y para el dolor de quienes se quedan echándoles sinceramente de menos aunque no hayan dirigido grandes negocios, ni escrito poemas cuya belleza literaria pasará a la posteridad.

Un espacio para recordar sus méritos y deméritos, sus bondades y hasta sus maldades. Las que protagonizaron en vida e influyeron en las personas que les rodearon, haciéndoles quienes son ahora.

En definitiva, estas líneas de hoy son para ti y para mí y para todas las personas a las que queremos.

Hoy quiero confesar…

…no, no voy a cantarles el hit de Isabel Pantoja, no osaría yo hacer algo así. Pero es que ayer me levanté con el ánimo sincero, qué quieren que les diga, con la idea de soltarles algunas de mis verdades, las que me roen por dentro cuando llevo mucho tiempo sin hacerlo, las que me erigen como soy, con aciertos y errores, seguro. Nada pretendo con esto, apenas liberarme de ciertas opiniones que me están ocupando mucho disco duro y no tengo ganas de ampliar más megas de memoria.

Les decía que hoy quiero confesar que valoro, por encima de muchas cualidades, la humildad y el sentido del humor. Que la inteligencia no siempre va ligada al conocimiento o la sabiduría; que siento mucho lo que le ha pasado al sentido común, ingresado en urgencias hace ya algún tiempo y con respiración asistida.

confesion judicial 1

Quiero también admitir que los años me han hecho un poco más estricta, no solo conmigo misma, que al fin y al cabo ya me aguanto yo solita, sino con los demás, sobre todo con quienes me importan. Que reconozco que a veces no está bien esta exigencia mía, pero que lo vivo de la misma forma en que me esfuerzo y me preocupo por los que me rodean. Que está muy bien eso de dar y no esperar nada a cambio, queda genial por escrito, pero es un poco de tontos, si lo piensan bien. Yo prefiero darle la vuelta y buscar el equilibrio, dar más o menos lo que recibo, y no hablo de lo material ni de que espere ansiosa lo que puedan entregarme, sino porque reconforta y fortalece una relación saber que de la misma forma que tú estás, también están por ti. Quid pro quo, que decían los romanos. (Ahora que cada uno piense lo que quiera sobre el significado del verbo dar, yo tengo el mío y practico también las excepciones).

Confieso también que me pone enferma −aunque eso ustedes ya lo sabían− las faltas de ortografía y una incorrecta escritura en quienes se suponen cuidadores del lenguaje; también me suben la fiebre las puñaladas traperas, la falsedad y los #últimahora de los que quieren ser los primeros de no se sabe qué competición.

Hoy quiero manifestar que no trago los amiguismos, ni el peloteo, ni la falsa manita por el hombro. Me quedo mil veces con la distancia y el respeto. Pero revelo, sin embargo, que me puede una mano franca, la del amigo aquel del poeta José Martí, con la diferencia de que yo no cultivo una rosa blanca “para el cruel que me arranca el corazón con que vivo”. La bondad la practico, pero puede que no sea tan espléndida.

 

 

Una vida en diferido

Me pregunto cuándo dejamos de preferir disfrutar de vivir el momento para poner por delante el hecho de almacenarlo en sí.

En mis cumpleaños de pequeña, a mi padre le tocaba cargar con la cámara de vídeo -una Telefunken enorme sin pantalla ni más lujo- para que quedara un recuerdo de la fiesta. Y siempre se escuchaba a alguien decirle: “vaya, tú que tienes que grabar, te lo vas a perder todo pero bueno, ya lo verás luego en la pantalla de la tele”.

¿Cómo hemos llegado a tener TODOS una cámara de vídeo en la mano? Nadie sabe (es broma, sí se sabe. Se sabe perfectamente cada paso desde el primer péndulo hasta el último smatphone, que luego me dicen que si fueron alienígenas que trajeron el transistor a Roswell y a mí se me quedan los ojos en blanco).

AG-ROPI-18Fotos: Co-Report

El caso es que como todos la tienen, todos la sacan y ya da igual lo amigos que seamos, que si yo puedo grabar mi vídeo y tú el tuyo, mejor. Que en enviarlo se tardan unos minutos y, ¡quién sabe! Igual te olvidas o lo que sea.

Y con esta filosofía no hay concierto en el que no se hayan sustituido ya los mecheritos encendidos de las baladas por pantallas de móviles. Apenas bailas para que no se mueva mucho la imagen, apenas cantas para que no se vayan a escuchar tus balidos desafinados por encima de la música, apenas lo ves, pues te centras en levantar con fuerza el brazo para que la cámara llegue a vislumbrar el escenario. ¿Pero qué clase de concierto es ese?

Tampoco hay procesión que se salve. Hasta la doña más doña, que jamás habría aprendido a programar el vídeo, ve venir a la VirgenAG-CCANDELARIA-07 y allá va, mano al bolso, saca el móvil y a grabar. ¿Qué importa que al paso que vaya la procesión el vídeo ocupe unos 80 megas? Seguramente cuando se le llene la tarjeta le dará el móvil a su nieta, ésta le borrará los vídeos y aquí no ha pasado nada (más que su momento de fervor religioso).

Ni hay suelta de tortugas para niños que no colapsen los padres con sus cámaras. Al final, lo que podría ser una experiencia preciosa y didáctica para los críos por ver a las tortuguitas a salvo regresando a su hábitat, se reduce a veces, a un espectáculo de adultos que se dan codazos por tener un vídeo mal grabado.

Si la suelta de tortugas, la procesión o el concierto te han gustado, mi recomendación, antes de sacar el móvil para acumular vídeos que ya están en youtube con mejor calidad, es que te animes a asistir a otro evento similar para que puedas volver a experimentar aquello tan intenso de vivir el momento.

Varias filas reservadas en las fiestas del Cristo de 2010.

Varias filas reservadas en las fiestas de 2010.

Cómo somos en mi pueblo. El ayuntamiento deja de reservar las primeras filas de asientos en los actos públicos y la gente de La Laguna estalla en un sonoro aplauso. La ovación quedó patente, tal como recogen los periódicos, el viernes de la semana pasada, durante el concierto de la Orquesta Sinfónica de Tenerife en la plaza del Cristo. Qué cosa. Ya te pueden fundir a impuestos y pararte la licencia de apertura ad eternum que si al final te dejan sentarte a los mismos pies de Chago Melián todo está perdonado. La mayor parte de la población ni aparece por las mesas de participación ciudadana; ni se te ocurre aportar propuestas para el plan general de ordenación a menos que te toquen lo tuyo y jamás has solicitado información por escrito a tus gobernantes. Eso sí, cuando dicen que te van a dejar la primera fila para ver a Manolo Vieira saltas, gritas y hasta tiras un par de voladores, cosa que te pierde y que ahora puedes hacer a todas horas porque estamos en fiestas.

De pronto, la gestión pública teniendo en cuenta a las bases sociales se ha reducido a un me siento contigo para ver el certamen Miss & Míster La Laguna y Aguere. El asunto es la comidilla en todos los actos programados para las fiestas:

—Míralos, qué humildes son, que se ponen aquí con nosotros, sudando y apretujados. Ellos que podrían estar allí delante como reyes y han dejado el lugar a esa gente que… ¡Coño, si son todos cofrades!

Es lo que tiene. Vete a coger sitio ahí ahora que se han ido los políticos. Por muy pronto que llegues siempre están ellos antes, montando guardia, poniendo bolsos y fulares para ocupar asientos. Mirar a la primera fila de un concierto en las fiestas de La Laguna es como contemplar la cola de una procesión de Semana Santa. Dicen que cuando Melián entonó el otro día el Ave María, se pudo ver un aura blanca que cubría por momentos la parte delantera del aforo, rebosante de espiritualidad. Yo, sin embargo, me inclino a pensar que lo que brillaba era solo caspa, mucha caspa.

El caso es que pienso que nos la han colado. Estoy seguro de que esta iniciativa, que en apariencia persigue el descenso de la clase política al mundo terrenal, tiene un único objetivo: el escaqueo. Es un plan maestro. En la primera fila estás totalmente expuesto, la plebe te controla, vigila tus pasos y ya puede ser un truño de acto que te lo tienes que comer de principio a final. Ahora las cosas cambian. Te puedes dejar ver un rato al principio y luego desaparecer entre la muchedumbre; decir que vas al baño o que tienes una llamada importante y escapar sin dar más explicaciones. Ya nadie vendrá a darte el coñazo preguntándote por una multa o una licencia de obras, porque no estarás ahí y no será fácil encontrarte. Y si no quieres ir a algo, pues no vas. Antes hubiera quedado un puesto vacío, pero hoy sabes que lo ocupa un cofrade.

No nos confundan. No se trata de sentarnos delante para asistir como pasmarotes a su espectáculo, se trata de poner a la ciudadanía y sus intereses en la primera fila de la política. La pregunta es: ¿están dispuestos a dejar libres esas sillas?

Palabras sin foto

Hoy incumplo una de las normas de estilo de este blog en particular y de la escritura en la Red en general. No pienso poner ninguna fotografía que acompañe mis palabras. Pero tengo un buen motivo. No quiero poner ninguna imagen porque sería seguirles la corriente, hacerles el juego a quienes buscan justo eso, que las fotografías de la barbarie se transmitan de ordenador a ordenador por todo el mundo que quieren conquistar. Y no entiendo por qué tantos medios de comunicación les han seguido el juego. Si yo a ustedes les digo que un ser humano degüella a otro, creo que se darán perfecta cuenta del horror del hecho. Nada va a aportarles ver a un hombre de rodillas, la víctima, mientras el asesino lo coge por el cuello. Yo, desde aquí, no reivindico la censura pero sí el derecho de todo ser humano a mantener el instante previo a su muerte en el anonimato. Por su familia, a la que la instantánea repetida miles de veces se le habrá quedado grabada a fuego en el alma y no habrá derecho al olvido que valga para borrarla ya. Si la imagen no me explica nada nuevo, por favor, no  me la pongan. Aunque los  manuales de estilo digan que a las palabras debe acompañarlas siempre una foto. No les sigamos el juego, no les hagamos publicidad gratuita a los terroristas, no les dejemos extender el miedo por nuestras pantallas. Por eso, hoy, mis palabras van sin foto y sin ningún enlace a ninguna noticia. Porque si lo pusiera, ustedes volverían a encontrarse con esa imagen previa a una muerte y estaría, entonces, haciendo lo mismo que critico aquí. Y todos, me temo, sabemos de quién y qué hablo, sin necesidad de compartir la imagen de la barbarie hasta el infinito.

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