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El verano lo paso en el pueblo de mi madre, un pequeño núcleo costero en el sureste de la isla de Tenerife que para nosotros es el paraíso. Es el mejor sitio para desconectar, hay pocas cosas que hacer más que bañarse, mariscar, pescar,  dormir la siesta, charlar y comer. Últimamente, las cañas en la playa junto a un plato de chochos o manises se han sumado a la lista. Entre semana no hay mucha gente, sólo estamos los del pueblo, los fines de semana la paz se rompe para recibir a los ‘domingueros’ que llenan la zona de baño hasta la bandera, pero el domingo por la tarde la calma vuelve a reinar.  Puede parecer aburrido, no hay muchos bares, no hay pubs ni discotecas y los restaurantes se cuentan con los dedos de una mano. Pero no los echamos de menos, es el lugar para disfrutar de los amigos y la familia.

Los que somos de aquí hemos aprendido una serie de lecciones desde que éramos chiquitos: nunca le des la espalda al mar, no te confíes cuando te bañes, vigila las olas, no te lances de cabeza si la marea está baja… muchas enseñanzas que hemos adquirido casi sin darnos cuenta y que transmitimos a nuestros hijos igual que lo hicieron con nosotros.

El mar, el sol, la tranquilidad

Mi pueblo de verano

Como todo pueblo pequeño, cualquier suceso del tipo que sea produce un efecto amplificado respecto a lo que ocurriría en una gran ciudad. Cuando la paz se rompe, nos afecta a todos como el efecto dominó. Esta semana un hombre perdió la vida en la zona de baño, se tiró de cabezas con la marea baja y ese descuido tuvo la peor de las consecuencias. Este suceso nos ha dejado completamente desconcertados, es el ‘tema’ del que todos hablan. Y sobre todo, es el tema que nos ha hecho pensar y cuestionarnos la vida una vez más.  Nos ha removido por dentro, nos ha conmocionado, nos hace sentir tan minúsculamente minúsculos… ¿Cómo es posible que podamos estar aquí divirtiéndonos, tomando cañas, riendo y charlando con los amigos y la familia, disfrutando de la paz y, en un momento, dejemos de estar?

Son de esas canciones que uno baila a partir de las once de la noche tímidamente y que sobre las dos de la mañana danza como si la lluvia de todo el año dependiese de ello. Las tarareas cuando te la estás aprendiendo, la interpretas entre grandes gestos con tu gente en el último garito de moda cuando la tienes dominada. Se te mete en la cabeza formando parte de la banda sonora de tus noches de farra. Sí, sí, ya sabemos todos que la noche empieza tomando una cañita tranquila en bares donde suena música de calidad, de esa que le hace a uno pensar que tiene gusto musical, pero, ay amigo, cuando se desata la bestia… Sabes que acabarás renegando, repudiando esas canciones que te hacen dar vueltas como una peonza cualquier saturdeinait. Sí, querido, las acabarás odiando por su sonido machacón, su letra tonta o por el trillón de veces que la escucharás. Da igual. Ahora solo ponte de los nervios y disfruta porque te traigo mi primera lista de 10 canciones que bailas como un poseso para acabar odiando:

1. Happy (Pharrell Williams) 2014

2. Ave María (David Bisbal) 2003

3. Devuélveme la vida (David Bustamante) 2003

4. Corazón partío (Alejandro Sanz) 1997

5. El Venao (Wilfredo Vargas) 1996

6. Solo se vive una vez (Azúcar Moreno) 1996

7. María (Ricky Martin) 1995

8. El Tiburón (Proyecto Uno) 1993

9. Chiquilla (Seguridad Social) 1991

10. Sabor de amor (Danza Invisible) 1988

 

 

Gaza

Humillación. Lo que está pasando en Gaza me tiene bloqueada. Soy incapaz de argumentar apenas unos párrafos que me permitan describir qué siento ante esta ofensa, este ultraje al ser humano, este insulto a la ciudadanía, esta terrible injuria a un pueblo pobre, avasallado por uno rico mientras todos los demás lo vemos a diario por televisión como si fuera un espectáculo más del circo en que vivimos. La indecencia de muchos Estados, concretamente los más ricos, sume a Palestina y a la franja de Gaza en la ignominia, en la mayor de las infamias, en la afrenta constante y en el triste desdén.

Abuso. La injusticia campa a sus anchas, juega a las cartas y siempre gana; el despotismo inunda las calles de este pequeño territorio, esta especie de prisión donde se deshonra a los vecinos, donde el atropello y la ilegalidad suman enteros, donde la violación de derechos es sinónimo de cotidianidad. Una tropelía tras otra, no hay tregua verdadera. La violencia es la ley.

Dolor. Pasan días, pasan años y la angustia y el daño son tormento, son suplicio y calvario y torturaaflicción.

Padre y hermano de dos de los niños asesinados por Israel en el puerto de Gaza. La imagen es de EFE.

El padre y el hermano de dos de los niños asesinados por Israel en el puerto de Gaza. La imagen es de EFE.

Tragedia. Un pueblo al que Israel no le permite salir del drama, al que le han puesto un corsé fijo de catástrofe inyectado en desgracia, una tierra que no se recupera de un desastre provocado por antiguos hermanos, que salta de la más terrible calamidad a la tristeza de no encontrar un atisbo de esperanza. Y todo ello mientras quienes podrían poner fin a este esperpento permiten tal abuso y miran para otro lado.

Desesperación, angustia, exasperación. La ansiedad es hermana de la congoja y el sufrimiento copa las mayores cuotas de audiencia.

Llanto. A lo lejos se oye el gemido, el desconsuelo de unos padres, unos hermanos, unos hijos que lo han perdido todo, un suspiro que no calma, el lamento eterno que no tiene visos de acabar.

La destrucción es prima hermana del exterminio e intercambia cromos con lo más terrible: la muerte irracional que pone en práctica quien se cree con el derecho a terminar con todo y con todos. Desolación.

Odio. Es la marca de los exterminadores, el desprecio y la rabia.

Desesperanza. Las calles son escaparates de tristeza.

Sí, ahora ya sé qué siento. Vergüenza.

parlamento europeo

Escalando

"Tres puntos seguros, pero, con el cuarto, avanza".

“Tres puntos seguros; con el cuarto, avanza”.

DOlor
REncor
MIedo
FAlsedad
SOLedad
LÁgrimas
SIlencio

DOblegado
REtorcido
MInado
FAllido
SOLiviantado
LAcrado
SItiado

DOrmir
REcordar
MImarse
FAjarse
SOLventar
LAbrar
SIncerarse

DOcto
REsuelto
MÍnimo
FÁcil
SÓLido
LAtente
SIn DOlor

Margaret Thatcher conduciendo

Margaret Thatcher, al volante. / The Guardian

Pienso en cómo aprendí a montar en bicicleta y lo recuerdo como un momento extraño, de inspiración súbita. No me costó demasiado: hasta ese instante había entrenado mucho, primero con las dos ruedas pequeñas de atrás, luego solo con una. Pero aquel día decidí coger la bicicleta para mayores de mi prima, subirme a ella y comenzar a pedalear. De pronto avanzaba en equilibrio; flotaba a una velocidad y con una sensación de libertad que hasta ese entonces, por culpa de las ruedas de apoyo, jamás había logrado disfrutar. Después de un minuto pedaleando, parecía que siempre lo había hecho. Sabía que jamás me olvidaría de equilibrar mi cuerpo de la manera exacta, ni de sujetar el manillar con la decisión necesaria para no perder el rumbo y caer. Ahora tenía la confianza para llevar cualquier bicicleta, la que fuera.

No se equivoquen, no había nada mágico en aquello. Llevaba años practicando, dando pedales con un triciclo, luego con una bici pequeña y finalmente con esta, la de mi prima. Había mucho trabajo detrás de aquel aparente hito repentino. Aquellos que antes solo me hubieran visto metido en un taca taca y ahora aprendiendo a montar en un plis plas como la gente de bien podían haberse quedado con la errónea percepción de que estaban ante un niño prodigio, de que habían descubierto a una pequeña leyenda del ciclismo. Nada que ver. Simplemente me limité a reunir la confianza necesaria y aplicar todo lo aprendido en la dirección correcta.

Después de aquello llegué a pensar que el resto de mi vida sería igual, que si me esforzaba, tenía constancia y estaba convencido de que podía hacer cualquier cosa los logros se irían materializando uno detrás de otro. Un tremendo error. No porque esto no sea así, que creo que lo es, sino porque en muchas ocasiones no resulta tan sencillo sacar fuerzas para seguir adelante, mantener la intensidad del trabajo y mucho menos confiar en uno mismo. Lo cierto es que me quedaban por delante unos cuantos obstáculos aparentemente infranqueables. Por supuesto, alguno de ellos sigue ahí todavía.

El peor fue el carné de conducir. Practicaba y practicaba, pero al llegar al examen no tenía lo que había que tener. Me faltaba actitud. Como muchos de los que se lo sacaron por esa época en Tenerife, el fantasma de la Thatcher, examinadora y la más terrible encarnación del maligno en tiempos de autoescuela, aparecía como la principal causa de mi desgracia.

—Me dijo que me suspendió porque en un cruce que ni recuerdo venía un coche. ¡Yo no lo vi! ¡Estaba allá lejos!

—Yo la miré de refilón y tenía los ojos rojos, inyectados en sangre, empezó a oler a azufre y entonces apareció un peatón satánico de la nada y casi lo atropello. ¡Te juro que no estaba allí un segundo antes!

Generación tras generación, miles de jóvenes han pasado por este infierno en la tierra, un mal trance por las calles de Santa Cruz que parece imposible de superar. Examen tras examen, acudimos a la prueba cada vez más nerviosos, más inseguros y más condenados al fracaso. Soñábamos con otros lugares en los que la prueba se hacía en calles desiertas y planeábamos reunir lo necesario para escaparnos a La Palma y matricularnos en la única autoescuela de la isla, una isla sin la Thatcher.

A veces me la imagino en su casa, ya jubilada, jugando al Scalextric o a algo de coches. Lo curioso es que todavía se sigue hablando de ella en las autoescuelas, como si te la pudieras tropezar de repente en un examen para hacerte la vida imposible. Igual sigue ahí, como hace veinte años, sembrando el terror. O igual es legión. Yo lo que creo es que siempre ha habido y habrá una, y que muchas veces, cuando estamos perdidos y sin esperanza, no reparamos en lo que de verdad sucede: que con nuestro pánico, con nuestra desconfianza y con todos estos miedos, la Thatcher, nuestra única Thatcher, somos nosotros mismos.

Lo siento. Mil perdones por no escribir de un tema veraniego. Por no hablarles de consejos para mantener el cutis radiante pese a los rayos solares, ni de los alimentos que más nos hidratan. Disculpen que no les recomiende un lugar de vacaciones de alucine. Hoy, que encima es viernes, vengo yo a amargarles el día y el verano. Porque no me puedo resistir a contestar a todos esos que dicen que no pueden hacer nada, que ellos están aquí y los niños palestinos allá. Que no pueden mandar el plato de comida a Somalia. Pero ¿saben qué queridos ciudadanos del primer mundo? Que este planeta es un todo y la sociedad no es un concepto abstracto, está formado por cada uno de nosotros. Eso quiere decir, que para contribuir a hacer un pelín mejor el mundo tampoco hace falta irse a países en los que nuestro desconocimiento no va a servir de mucho. Bastaría con no dedicarse a criticar al vecino, con no hacerle la vida imposible al hermano  por una herencia, por no pisotear al compañero de trabajo para conseguir un aumento de sueldo o una palmadita en la espalda.Con no meter cizaña. Con vivir y dejar vivir. Con no votar a los políticos corruptos. Con no poner la zancadilla a quien sí quiere ayudar. Porque hoy son los palestinos, los israelíes, los somalíes, los congoleños y un largo etcétera los que mueren. Pero, señores y señoras, todos estamos en la misma lista, y, en ese viaje, de poco nos servirán las herencias acumuladas, los insultos vertidos, los billetes acumulados ni las palmaditas en la espalda. Al final, todos muertos, y habremos perdido una valiosa oportunidad de ayudar o, si no sabemos cómo hacerlo o no queremos, al menos de no hacer daño.

Y como hoy me he puesto Pepito Grillo, aquí les dejo una canción del susodicho, más que nada, por suavizar un poco tantas culebras que hoy me salieron por el teclado…

 

La señorita Roca

Siempre me fascinó la profesión de enseñante. Aún hoy, las personas que comparten sus conocimientos con los demás, se dediquen a lo que se dediquen, se me aparecen como recubiertas de un brillo especial (nada de auras místicas, no se alarmen, era sólo una licencia literaria). Es, para mí, una de las mayores muestras de generosidad que existen.
A lo mejor a ustedes les pasa lo mismo. Puede que no con todos, pero seguro que sí con la Señorita Roca: generosidad, esfuerzo y una manera especial de ver el mundo. Ojalá disfruten este vídeo como lo disfruté yo.

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