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Terrorismo submarino

Michael Phelps: "Todo el mundo orina en la piscina"

Captura de una información de 20minutos.es

Siempre he sido más de playa que de piscinas. Y de estas últimas, prefiero las de agua salada. El motivo es la costumbre profundamente arraigada en la sociedad canaria y española de echar una meadita durante el baño. No nos engañemos: mucha gente la practica. Los niños por inconsciencia (y quizá un problema educativo), las personas mayores por incontinencia y algunos adultos simplemente por comodidad (probablemente muchos tengan hijos que lo hacen). He llegado a ver a grupos de niños bañarse durante horas en la piscina, merendar galletas y jugo y volver otra vez al agua sin ir al baño para orinar en ningún momento. Todos sabemos que eso es imposible, que los líquidos que tragan por accidente y los que se beben a lo largo de la tarde tienen que salir por algún sitio. De hecho lo hacen, directamente a la piscina en la que tú y yo nos zambullimos. A lo largo de mi vida he llegado a ver, para mi escándalo, a hijos pedir a sus padres que los lleven al baño para hacer pipí, como cualquier día en la civilización, y estos decirles que se coloquen en el bordillo o en la orilla, se bajen el bañador y apunten lejos. Sabia lección que continuarán aplicando a lo largo de su existencia. Entiendo que para muchos padres el pis de sus hijos es como agüita del niño Jesús. Sin embargo, para todos los demás no es más que una meada infecta. No nos gusta retozar en ella.

Cuenta la leyenda que se llegó a inventar un componente que se añadía en las piscinas y que reaccionaba al entrar en contacto con la orina, provocando una mancha roja en el agua que dejaba en evidencia al que se había dejado ir. Hay quien todavía cree que este producto existe y por eso dejan escapar un pequeño chorrito de pis antes de pegarse la gran meada submarina, para comprobar si tiñe o no tiñe. Un gesto que dice mucho de nuestra propia condición: mearé en el agua de todos solo si no se descubre que he sido yo. Es como el pedo en un ascensor, cuando solo van dos personas en él, el otro sabrá que has sido tú; si van seis, ya no es tan sencillo. Es terrorismo submarino. Por eso me da tanto miedo ver una piscina atiborrada de gente, niños, mayores, padres y madres. Potencialmente, todos ellos pueden estar meando, amparados en la muchedumbre. La vejiga humana tiene una capacidad de unos tres litros, así que podemos hacernos una idea de la situación en casos extremos, como un domingo de agosto sin oleaje en las piscinas de Bajamar o una tarde de gimnasia acuática para la tercera edad en la municipal de San Benito. Sinceramente, no me quiero ver metido en ese caldo.

El otro día, mientras nadaba, iba mirando a los ojos de los bañistas con los que me cruzaba para tratar de intuir cuál de ellos estaba meando. Porque luego los hay que no se limitan a colocarse en un lugar alejado de la gente, sino que lo hacen mientras avanzan dando brazadas por la piscina, propagando por todos los rincones su fétida sustancia. Pero, ¿cuál es la cara de mear? ¿Implica esfuerzo, relajación o incomodidad? Quizá todos fingen cuando mean en el agua y se limitan a navegar impávidos, como si no pasara nada. Ante la dificultad de solucionar el problema, yo, por lo pronto, he decidido bañarme solo en piscinas en las que entra el mar y solo cuando hay marea alta. Y de jacuzzis, bañeras y estanques privados, aunque sean de amigos, ni hablar. Ya me veo sospechando de todo el mundo, mirándolos a la cara fijamente y pensando: “Este jodido ya se va a mear”.

A continuación una breve serie de conocimientos que le servirán para disfrutar de internet y aprender que las redes no son tan malas como parecen.

  1. Don’t feed the troll (no alimente al trol). Probablemente la regla más importante de la red. El troll de internet vive por y para la discusión. Cuanto más absurda y violenta, más se envalentona. Es bueno aprender a identificarlo y mejor aún ignorarlo. Su salud se lo agradecerá.
  2. Piense antes de compartir contenidos. No todas las fotos, vídeos o textos que hay en internet son ciertas. Hay otro termino anglosajón (fake) que debería conocer y, como con los trolls, aprender a identificar. No contribuya a esparcir rumores y mentiras que, en algunos casos, pueden hacer daño a terceros.
  3. Aprenda a filtrar la información. Como he dicho más arriba, no todo lo que circula por internet es cierto. Algo que ha traído la red a la comunicación y a la información es que ahora no son sólo los periodistas y los medios los que la difunden; todos lo hacemos. Así que esa máxima periodística de confirmar las fuentes ahora nos toca hacerlo también a nosotros. Es una responsabilidad que debemos asumir si queremos ser comunicadores. Si no, será mejor que nos abstengamos de compartir presuntas noticias. Además tiene usted a su alcance muchísima más información que antes. Ya no hace falta que se conforme con los voceros del poder; busque y encontrará mucho mejor periodismo ahí fuera.
  4. Inernet y las redes sociales no son el diablo. ¿Cuántas veces ha escuchado aquello de “los peligros de internet” o “los peligros de las redes sociales”? Ahora haga un ejercicio de memoria y piense cuándo ha escuchado hablar en el mismo contexto de “los peligros de los automóviles” o “los peligros de las tijeras de costura”… seguramente nunca. Pues los automóviles, las tijeras, internet y las redes sociales tienen al menos una cosa en común: son herramientas. Y, como tales, no son buenas ni malas; depende del uso que les demos. Los peligros esos de los que hablan en las noticias no provienen de Facebook o Twitter, sino de algunos de sus usuarios.
  5. Las descargas tampoco son el diablo. Si quiere descargar algo de internet, hágalo. No se sienta mal por ello. No es verdad que haya artistas (ya sean actores, escritores o músicos) muriéndose de hambre porque usted se baja de internet su trabajo sin pagar un euro. Si hay artistas muriéndose de hambre e industrias desapareciendo (que las hay) es porque no han sabido (o podido) adaptarse a los nuevos tiempos. La culpa es de ellos o, en todo caso, del que inventó internet, pero no de usted. Mi consejo es que, si ve algo que le gusta a un precio que también le gusta… cómprelo. Y si no encuentra lo que busca a un precio que usted pueda pagar… Torrent y eMule. No se corte.
  6. Internauta=ser humano. Otra cosa, relacionada con el punto anterior, que debe aprender es que las personas con las que interactúa en internet no son seres de otro planeta sino gente como usted o como yo. Internet no es más que otra ventana al mundo real y si hay gente muy rara (incluso peligrosa) en la red es porque la hay en el mundo en que vivimos. Así que no piense que internet es un nido de peligros y rarezas… ¡Nuestro planeta es un nido de peligros y rarezas!
  7. Evite los spoilers. Sí. Soy de los que prefieren este termino anglosajón antes que el español “destripe” para describir el acto de desvelar algo que no debe ser desvelado (ya sea referido a una película, un libro o cualquier cosa que se le pueda pasar por la cabeza) Y debe evitar hacer spoilers si no quiere que toda una turba enfurecida de geeks, snobs, frikis o hipsters se le eche encima.
  8. Seguridad y privacidad: usted decide. La red ha traído consigo cambios sustanciales en la privacidad, la seguridad y la confidencialidad. Si esos cambios son para bien o para mal, sólo el tiempo lo dirá. Por ahora son cambios, que pueden gustar más o menos. En algunos casos no hay nada que podamos hacer: no podemos evitar que la NSA nos espíe si le da la gana, por ejemplo. Pero en la mayoría de los casos sí que podemos evitar o disminuir los riesgos. Otra vez le digo: no demonice las redes. De usted depende el grado de privacidad de sus datos o de sus publicaciones en internet. Lea las condiciones de los servicios de cada aplicación, proveedor o compañía antes de instalarla o contratar sus servicios y, si no le gustan, no las acepte. Si quiere volver a como eran antes las cosas, siempre le quedará dar de baja a la conexión a internet.
  9. Disfrute internet. Eso que dicen de que en internet los contenidos deben ser cortos y concretos ya no es así. Los tiempos en que pagábamos por los minutos que pasábamos conectados con esos modems lentos y ruidosos ya pasaron. Ahora estamos conectados permanentemente y la mayoría de nosotros con una banda ancha que nos evita los tiempos de espera; en el pc, en el smartphone, en la tableta… ya no tenemos ninguna prisa, podemos leer largos artículos, ver vídeos de más de tres minutos o escuchar podcasts de 2 horas. La paciencia es una virtud. También en internet.

40

Pues sí, llegó el día. Mira que llevaba esquivándolo tiempo haciéndome la loca, pero no, no pude, oye. Ayer me cayeron encima 40 castañas. Aunque siempre he sentido cierto rechazo estúpido e ilógico por los número pares —hasta el punto de que de pequeña no podía comerme dos croquetas, sino una o tres—, lo de 40 es como más rotundo. Claro, los amigos y amigas enseguida te saltan con sus mensajes bienintencionados del tipo “lo mejor viene ahora”, “los 40 son los nuevos 30″, “pero si estás estupenda, niña”…40 tacos

Vale, y eso está genial, pero nadie repara en que desde este momento me podrán llamar cuarentona. Sí, CUA-REN-TO-NA. Fuerte adjetivo feo. ¡A que a los de treinta no los llaman treintones! ¿Ves? Durante años, exactamente 10, fui treintañera, joven pero no inexperta, siempre en ese intervalo guay de no ser una niñata —aunque yo me sigo viendo a veces infantiloide—, pero lejos del puretismo. Eso estaba genial.

Ayer me desperté deseando observar en mí alguna transformación, algún cambio, lo que fuera, daba igual qué, una pequeña raya más en la mano, una nueva mancha solar en el brazo o una odiosa cana que no tuviera registrada. Me detuve ante el espejo y me observé: ¡nada!, la misma cara de zumbada de cuando suena el despertador a las 6:50 de la mañana. Me acerqué incluso más de lo normal a mi reflejo pensando que mi leve miopía -que me niego a admitir- me impedía localizar esa novedad. Pero no la vi y me fui algo ofuscada a trabajar.

Recuerdo cuando mi madre cumplió 40. Yo, en plena adolescencia, veía a mi progenitora como una mujer joven aún pero experta, sosegada, que iba a pasar un fin de semana con sus amigas, y ¡con 40 años nada menos! Si pensar entonces que los 25 eran un cuarto de siglo, como haber atravesado un par de desiertos, como mínimo, ¡imagínense 40!

Sí, ahora me saltan todos diciendo que lo de los años es una estupidez, que chiquita chorrada eso del síndrome de los 40, que al fin y al cabo solo tienes otro día más que ayer. Mi problema es que me sigo viendo pequeña, con responsabilidades las justas y nada afín a eso de “una mujer hecha y derecha”.

Y en este debate me hallo, aceptando que —toco madera— llegará el momento en que cumpla otra decena y otra y otra y, pongo el cuño, seguiré viéndome igual; me pasa que siempre me veo más joven de lo que soy y, claro, el castañazo de la realidad puede ser más duro con esta actitud mía que no depongo. Quién sabe, igual me esté convirtiendo en un Jordi Hurtado más.

 

Yo soy tortuga

Yo soy tortuga desde niña. Hubo un tiempo en el que me preocupaba por no poseer ningún talento especial que me distinguiera del resto de críos. Luego se me pasó. Y siempre llegaba de las últimas en las caminatas del cole. Y en las carreras de gimnasia. Yo no soy de esas tortugas como la del cuento, que ganan a la liebre. Yo no gano a nadie, pero sí suelo llegar a la meta. Y lo mejor es que disfruto del camino. De vez en cuando me paro sigilosa para ver unas hormigas al tajo o un ratoncito que asoma el hocico. A veces también me detengo a hablar con los señores mayores que resoplan cansados y mes escucho un par de quejidos de los años. Así me paso los días sudando la gota gorda y nunca me da el día para todo lo que quiero hacer. Pero me da igual, a mí me gusta ser tortuga, aunque las liebres siempre me ganen y se lleven la mejor parte. Yo me conformo con las sobras, tampoco necesito mucho, siempre y cuando me dejen disfrutar del camino…

El peso de las cosas

Me gustaría saber cuál es el momento exacto en el que nos convertimos en unos imbéciles. Es un poco de loca pensar que fue una cosa repentina, que de repente nos levantamos todos un día y se nos había secado el cerebro y el depósito del sentido común se había vaciado por completo, como si al circuito se le hubiera pinchado una manguerita y se hubiera escapado todo durante la noche, pero ya saben que uno siempre tiende a pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor y que esto es el acabose. Sobre todo yo, que soy muy de olvidarme de las cosas, me descubro, por épocas, rodeada de desastres que no hacen más que reforzar el mío propio y abonar una tímida sensación que anida en mi cabeza desde que puedo recordar: esto va para peor.
Y lo peor no es la cantidad de noticias y sucesos que me tienen desesperanzada: lo peor es la cantidad de personas que afianzan ese sentimiento. Leer los comentarios a las noticias en los periódicos digitales es malísimo para la salud mental de las personas frágiles, sépanlo. Si una noticia como la de los dichosos candaditos del amor me revuelve las tripas, los comentarios de “amantes” indignados porque las autoridades retiren su chatarra de los puentes, me aplasta el ánimo definitivamente. Que los delirios de la Indiana Jones canaria, de la que hablé en mi entrada anterior, sean defendidos como dogma de fe por una masa de guerreros implacables cuya misión parece ser demostrar que lo que hay en los libros (incluido el diccionario) no sirve para nada y que lo que de verdad importa es haberse graduado en la universidad de la vida, me hunde en la desesperanza. Que incluso en noticias que, a priori, me reconcilian con el mundo, como esta sobre Carlos Giménez en El País, se conviertan en un vertedero de odio, rencor y miseria en cuanto se abre la veda de los comentarios, hacen que la nube negra que a veces llevo sobre la cabeza se haga más espesa y pese, como si por fin fuera a descargar la tromba que lleva en la barriga.
Luego también están mis propias contradicciones, y mis desastres particulares, pero esos me los guardaré para mí. No quisiera con esta entrada contaminar el estado de ánimo de los optimistas, ni de los buenos, que tanta falta nos hacen a los flojos de entusiasmo. Puede que, después de todo, sólo sea una percepción mía, en estos días en los que me cansa más la gente que la tristeza.

De Estados Unidos a España, el reto del cubo helado arrasa en redes sociales

De Estados Unidos a España, el reto del cubo helado arrasa en redes sociales

El otro día vi en mi perfil de Facebook cómo un político tinerfeño hacía el famoso reto del cubo helado y nominaba, entre otros, al presidente del Gobierno de Canarias, Paulino Rivero, y al ministro de Industria, José Manuel Soria.

Aluciné un poco.

También vi en una actualización posterior que había subido una imagen de su donación de 10 euros para luchar contra la ELA y algunos en los comentarios se fijaban la cantidad donada, la comisión pagada por la transferencia y cosas así.

Aluciné un poco más.

Un rato después vi como Diario de Avisos se hacía eco de la noticia en su página de Facebook. Gustavo Matos (vamos a decirlo ya) había hecho el reto del cubo helado retando a su vez a Paulino Rivero, José Manuel Soria y José Miguel Pérez.

Empecé directamente a flipar.

El chorreo de comentarios de ciudadanos cabreados e indignados es digno de destacar. Aquí, una pequeña muestra:

“Yo lo que creo es que deberían dejarse de tonterías que bastantes problemas tenemos. Si quieren hacer algo por el ELA que envíen un cheque y no malgasten agua”.

“Tal y como tenemos la sanidad,está bien lo del cubo de agua, sirverguenzas!!!! Que luchen por una sanidad justa y digna”.

“Tengo un hermano con dicha enfermedad, y para que sanidad le recete unos zumos de vitaminas, tuvo la mujer que llamarles para poder que se los dieran”. 

“Fuerte gilipollez !!!!! Lo que hace falta es donaciones y subvenciones para paliar la enfermedad. Cuanto van aportar tirándose un cubo de agua fría por encima? Sres sean un poco mas serios, hay mucha gente que corre peligro su vida y no es cuestión de un cubo de agua!!!!!!”

“Está bien lo del cubo pero que se mojen de verdad y no para la foto”

“El agua para el municipio de El Rosario que la restringen….”

“Esto es noticia???? Sean serios”

Yo personalmente estoy un poco harta de ver gente tirándose cubos de agua por encima cuando podrían donar 1,2,3,4,5,6,7… (párenme, por favor) euros mensuales a cualquier de las asociaciones españolas que se mojan cada día contra la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA). Cómodamente, discretamente…

Eso sin contar con el hecho de que se están tirando cubos de agua por encima personas, personajes, personalidades que…oye, mira, pasa del cubito, los hielitos, el vídeo, las risas de tus fans, los 100.000 me gustas, los 400.000 retweets y dona 100 euros. Tú puedes, carajo. Si quieres, públicamente, ruidosamente…pero dona.

Y lo que me parece un patinazo severo es que en este juego viral y mundial entren políticos, aquellos que tienen responsabilidades públicas, aquellos que tienen el deber de luchar -desde el Gobierno o la oposición- porque haya investigación, medios y una sanidad que de respuestas a las personas que padecen ELA y a sus familias. Indefinidamente, infatigablemente…

Y tú, me dirás, que una cosa no tiene que ver con la otra, que soy una demagoga pero, lo siento, a mí me parece que te ha cegado el brillo de las redes sociales. Indudablemente…

 

No puedo salvarte

http://mundositero.blogspot.com.esHoy ha sido un señor mayor. Bien vestido. Normal. Va dejando un papelito junto a cada asiento en el tren de cercanías que me lleva al trabajo. Ya lo he visto en varias ocasiones. A veces le doy algo. Siempre da las gracias al recoger el papelito aunque no le den nada. Cuenta que está jubilado pero que no cobra pensión. Que tiene a sus dos nietos y a su hija, separada, en paro, en casa con él.

Ayer una señora con el mismo método del papelito. Enferma del corazón. La pensión no le da para mantener a los hijos en paro y pide una ayuda. Siempre sonríe. También da las gracias aunque no le den nada. A veces le doy algo.

Otro día, en el metro,  un señor que de pronto se te para muy cerca y te mira con la palma de la mano abierta, mirándote, intimidándote con su aliento y su cara de loco. Pero si no le das nada enseguida se va a la siguiente persona.

Hay una chica joven, obesa, con las piernas muy hinchadas y muletas. Apenas puede caminar. Cuenta que pacede de esquizofrenia y que está enferma, que necesita ayuda, la que sea. Pasea por el interior del metro y me asusta que se caiga y se haga daño. A veces le doy algunas monedas.

Hay una señora en el metro que canta de forma monótona su vida: “ayúdenme, estoy enferma y no puedo trabajar”. Tiene los ojos tristes y la cara demacrada. “Cualquier cosa que puedan darme será de ayuda”. Si tengo algo suelto a veces le doy lo que puedo.

Otra mujer, en silla de ruedas, siempre a la salida del metro. Si a veces le doy algo me da las gracias con una sonrisa que parece una mueca. Le faltan dientes y parece que su cuerpo es de cristal…

Y así numerosos personajes con los que me encuentro cada día, algunos días varias veces, y a los que miro a la cara extrañada. Porque por mucho que les dé o por más monedas que ese día tenga sueltas no puedo salvarles.

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