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Agravio comparativo

Por tirarlos de un helicóptero en una isla sin comida, rodeados de tiburones, chuchos y medusas. Por obligarlos a superar pruebas de una dureza física extrema aún con las fuerzas bajo mínimos y retransmitirlo todo para el entretenimiento de millones de espectadores que no tienen otra cosa que hacer con sus cómodas vidas. Por eso los llaman “Supervivientes”.
Como si lo nuestro no tuviera mérito.

Leí ‘Cien años de soledad’ con 13 años. Mi madre me lo regaló cuando se dio cuenta de que los libros juveniles que se publicaban por esa época me aburrían soberanamente, además de que me duraban un asalto, lo que supongo que sería también un problema para su bolsillo.

IMGP1103No sé si cometió una temeridad (hoy por hoy yo no creo que mi hijo, con una edad parecida, tenga el grado de madurez suficiente para tal lectura) pero lo cierto es que sí consiguió que hubiese un antes y un después en mi vida. Sí, sé que puede sonar apoteósico, pero imaginen a una niña de esa edad encontrándose, para empezar, un árbol genealógico aclaratorio y leyendo ese principio del que hablaba el otro día mi compañero matthewfragel (la frase final, a mi juicio, es mucho mejor).

Gabriel García Márquez (mi grado de confianza con él era nulo, por lo que eso de ‘Gabo’ se lo dejo a sus amigos y familiares) fue el escritor que removió mis cimientos y, probablemente, el que me llevó a ser la lectora que soy hoy, mala o buena.

García Márquez me hizo entender que lo que contaban mi abuela y mi tía abuela sobre los espíritus de los antepasados en forma de personajes ya muertos vestidos de blanco con turbante que rondaban por lo que ellas llamaban la casa del miedo no era exclusivo de mi familia, sino que en la suya se daba también. Imagino que por entonces el término realismo mágico ni se le pasaba por la cabeza.

A medida que leía sus obras me adentraba en otros autores latinoamericanos que me hacían soñar despierta y alentaban mi curiosidad. Entré en una espiral de lectura que me llevaba (qué tiempos aquellos en los que tenía tiempo, valga la redundancia) a una suerte de borrachera cuando apagaba la luz, los ojos rojos ya de tanto fijar la vista.

Hoy, Día del Libro, quiero agradecer al escritor colombiano que me abriese las puertas de un universo mágico, ese sí, que me ha proporcionado muchos de los mejores momentos de mi vida.

(Y sin embargo yo tengo debilidad por ‘El amor en los tiempos del cólera’).

¿A qué piso va?

botones_ascensor¿Se han dado cuenta de para qué sirve en realidad el botón de la foto? Es uno de los botones que tienen algunos ascensores (me he fijado en que no todos lo tienen, y no me extraña). Y es muy útil cuando, por ejemplo, va usted dentro, el ascensor se para en alguna planta y, por lo que sea, no hay nadie esperando. Pues alargando un dedo cualquiera, va usted, aprieta el botoncito y el proceso de cierre de puertas se acelera.

Pero tiene otra depravada utilidad: hacer lo mismo cuando, de lejos, ve usted acercarse a alguien que no le cae bien y, disimuladamente, aprieta el botoncito con la ilusión de no tener que compartir su reducido espacio con el/la susodicho/a. Como no soy la primera persona que escribe de esto, me ha sorprendido descubrir que hay gente como Carmen J., que tiene un corazón como un camión y se disculpa cuando se equivoca de botón y cierra en las narices la puerta a alguien cuando, en realidad, lo que quería era abrirla (¿por qué ponen los dos botones uno junto al otro? Es una perversión). Porque claro, también está el botón que retrasa el cierre de las puertas para cuando, por ejemplo, llega alguien azorado y queremos esperar a que entre en el cubículo móvil transportador. Pero esas son las menos. El ascensor es un espacio muy personal. Hay pocas cosas más desagradables que esos silencios incómodos con desconocidos en un ascensor. Mejor ir sólo, y ahí entra el susodicho botón de las flechas “padentro”.

El colmo ha sido descubrir que, en algunos casos, los botones, como los de los semáforos, no hacen nada de nada: son “botones placebo“. El colmo, vamos. No nos vamos a poder quitar de encima la sonrisa con la mal disimulada sensación de molestia y el consecuente “¿A qué piso va?”. Pero oigan, a veces un “pafuera” viene muy bien.

Vamos a intentarlo. :)

Me conecto, luego existo

conexiongamer.com

conexiongamer.com

Si Descartes viviera hoy en día a buen seguro habría cambiado su “Pienso, luego existo” por un mucho más actual “Me conecto, luego existo”. La sociedad actual está generando un modo de vida en el que los que no publicamos nuestros pensamientos y experiencias en Facebook o Twitter no somos nada. Tampoco los que no tenemos un teléfono inteligente con el que chatear en mil grupos de wasap, enviar fotos al Instagram o consultar en Google dónde está Moldavia. Nada, de nada; sin la tecnología bajo la almohada no somos nada.

Los que preferimos mirar a los ojos de nuestros interlocutores, quedar para tomar un café o charlar dando un paseo estamos anticuados, desfasados… Resulta mucho más “in” hablar a través de las ondas o gritar al mundo entero a través de las redes sociales que estamos enamorados o que disfrutamos plenamente de un buen chuletón… Sí, además, hay que compartirlo todo, con todos. No está de moda tener espacios de intimidad y recogimiento. Casi resulta imposible disfrutar de un buen rato con los amigos sin que las cámaras de mil teléfonos se disparen al unísono y empiecen a lanzar todas esas instantáneas al espacio cibernético.

Estamos permanentemente conectados a las tecnologías pero desconectados de la vida real, de  esa en la que la caricia, el hombro sobre el que llorar o la mano que agarrar son lo realmente importante. Estamos perdiendo la esencia de la relación humana, al tiempo que toda esta conexión eterna, tanto al trabajo como a la vida social, nos está generando problemas de descanso, depresión y otros problemas de salud. Ya muchos expertos lo están advirtiendo y llaman la atención sobre la importancia de dejar el teléfono de vez en cuando en el cajón. El Dr. Estivill, por ejemplo, considera que para tener un buen descanso es fundamental que desconectemos los teléfonos al menos tres horas antes de irnos a la cama.

También se han dado cuenta en Francia, donde la pasada semana empresarios y sindicatos llegaron a un acuerdo para obligar a los trabajadores de consultorías y empresas de tecnología a que apaguen el móvil al menos 11 horas al día. Aplaudo esta medida, la comparto y espero que no tarde mucho en llegar a España, porque es probable que sea la única manera de que muchos podamos permitirnos ese lujo.

Un poco de COSMOS

La ciencia guarda en sus siete letras lo que la humanidad ha logrado en miles de años. Pasito a pasito ha ido creciendo, con la evidencia como apoyo y el conocimiento como fin. Dando tumbos entre hipótesis demostradas y refutadas. La ciencia sorprende a los más inquietos y carga impávida con el desprecio de algunos religiosos. Avanza. Sin dar nada por sentado, sin malicia y sin temor a equivocarse y rectificar.

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Foto: Co-Report

La ciencia enamora a quien se acerca a ella aunque, claro, a veces la vía por la que se nos presenta no es la más atractiva. Sobre todo cuando el primer contacto con ella fue aquel profesor que con voz monótona nos dijo: ‘abran el cuaderno y copien…’ -difícil encontrar el encanto, lo sé-. Pero hubo niños cuyo primer contacto fue toparse con Carl Sagan en su serie Cosmos: A personal Voyage allá por los ochenta. Sagan consiguió inspirar a aquellas cabecitas que crecieron con la curiosidad de desentrañar el funcionamiento de la naturaleza y descubrir la magnitud del universo (sin entender una palabra de estas frases).

Los que no vieron la serie en su momento, aún están a tiempo. Pero para los más jóvenes y exigentes con los efectos especiales, National Geographic Channel está emitiendo desde marzo los capítulos de la nueva COSMOS: A Space Time Odyssey que, desde mi punto de vista, conserva la magia de la serie antigua y añade un interfaz moderno con otro gran divulgador, Neil deGrasse Tyson, y una banda sonora del magnífico Alan Silvestri.

Desde su estreno, Cosmos ha recibido el aplauso de la mayoría aunque también se ha topado con la crítica de los más radicales, sobre todo de los creacionistas, que han llegado a tacharla de ¡propaganda anti-religiosa!

En fin, que cada uno juzgue por sí mismo, pues está al alcance de cualquier neófito. Padre, madre, joven, no tan joven, acompáñenme…

Viaje astral

Pocas cosas me permiten desconectar tanto como bailar. Es algo parecido a la terapia del caminante o el kit de invisibilidad, me proporciona una desconexión de la realidad, como el que cambia de canal con un mando a distancia. Ahora estoy en el mundo y tras un clic me encuentro en ‘mi mundo’, sólo mío, sólo mi mente y yo, nadie me ve, nadie me siente. Lo curioso es que todas estas ‘desconexiones’ se producen siempre con música y en movimiento, son elementos fundamentales para lograr la abstracción.

Siempre me dio miedo la posibilidad de realizar un viaje astral, me daba pánico pensar que mi mente y mi cuerpo se podían independizar, tomar diferente rumbo, y sobre todo me aterraba la posibilidad de que nunca se volvieran a encontrar. Ahora que lo pienso, estos momentos de desconexión no son más que viajes astrales. Mi cuerpo se mueve, me invade el ritmo, me dejo ir y funciona casi por inercia, no lo controlo, va por libre. Mi mente se evade, toma rumbos imprevisibles, llega adonde le place, lejos, cerca,  recorre cada recoveco, no la dirijo, ella va sola.

Si el movimiento que acompaña a la música es el baile me ocurre algo más, sonrío por dentro, la energía fluye por mi organismo y traspasa mi razón, produce un efecto hipnótico, me sana,  ‘no estoy en, si no soy el movimiento’…

 

La idea es eternamente nueva
Cae la noche y nos seguimos juntando a
Bailar en la cueva
Bailar, bailar, bailar, bailar
Bailar, bailar, bailar

Ir en el ritmo como una nube va en el viento
No estar en, si no ser el movimiento (x2)

Cerrar el juicio, cerrar los ojos

Oír el clac con que se rompen los cerrojos (x2)

Bailar, bailar, bailar, bailar

Me guías tú o yo te guío (x3)

Será que me guías tú o que yo te guío
Mi cuerpo al tuyo, y el tuyo al mío. (x2)

Los dos bebiendo de un mismo aire
El pulso latiendo y el muslo aprendiendo a leer en braille.

Bailar como creencia, como herencia, como juego.
Las sombras en el muro de la cueva girando alrededor del fuego
La música bajo de los arboles conducido por las llanuras
La música enseña,
Sueña
Duele
Cura

Ya hacíamos música muchísimo antes de conocer la agricultura.

Jorge Drexler, Bailar en la cueva

Bailar en la cueva

Fusilamiento en Irán (1980)

“Pelotón de fusilamiento en Irán” (Premio Pulitzer 1980), de Jahangir Razmi. cliff1066@flickr.com

 

La primera frase de Cien años de soledad casi me saca del libro para siempre. ¿Cómo es eso de que Aureliano Buendía, plantado frente al pelotón de fusilamiento, estaba pensando en el hielo? Vamos, no me jodas. ¿Y en la muerte? ¿En la nada? ¿El sueño eterno? ¿El túnel con la luz al fondo? Pues no, nada de eso. Al tipo estaban a punto de darle matarile y lo único que quería era mandarse un polo.

A menudo me pregunto si mi oposición a la pena de muerte no tendrá que ver con la convicción de que si me tocase sufrirla no sería capaz de aguantar la compostura. De vez en cuando me engaño y pienso que sostendría la mirada del sargento mientras bajaba el sable. Que le escupiría en la cara al verdugo y dejaría unas palabras para la historia. Ya saben, como aquello que se cuenta de Ramiro de Maeztu: “Ustedes no saben por qué me matan, pero yo sí sé por qué muero”. O ese grandioso consejo del Che, en la última carta a sus hijos: “Sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario”.

Qué va. Ni de coña. Seguro que me fallarían las piernas y tendrían que arrastrarme gimiendo hasta el patíbulo. El mundo está lleno de héroes anónimos, pero yo no soy uno de ellos.

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Estábamos entre el carpaccio y el postre cuando me lo soltó de repente:

FTe voy a explicar por qué he conseguido una plaza tan cerca de casa.

Yo: La verdad es que alguna vez ya me lo había preguntado.

FEs que estoy enfermo. Una cosa bastante chunga. Hace un año que estoy diagnosticado de X. [Enfermedad neurodegenerativa incurable]

YoVaya… Lo siento… [Largo silencio cobarde. ¿Lo ven?]

FNada, ya lo tengo asumido. Me ha pillado tarde y la doctora me ha dicho que con el tratamiento puedo vivir muchos años. De hecho, estoy bien. Mejor que bien, estoy de puta madre, porque ahora me cuido más. Y hasta el próximo achaque puede pasar bastante tiempo. Lo único es que estoy vendiendo la casa para mudarme a un bajo, porque dentro de unos años ya no podré subir escaleras.

Y siguió comiendo, con el mismo apetito de antes.

Quién me lo iba a decir, después de tantos años de conocerlo. Aquel adolescente desaliñado y enamoradizo del instituto. Un héroe anónimo de libro, rebañando el chocolate del brownie como si tal cosa. Y yo cada vez más encogido en la silla, ahogándome en el peso de mi propio silencio.

Con dos cojones, amigo. Con dos cojones y un palo.

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