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Un deseo

Últimamente no tengo tiempo de nada. Trabajo, trabajo, descanso y vuelvo a trabajar. Ya no leo, no hago deporte, no tomo cañas con los amigos, no voy ni al cine, ni al teatro… En definitiva, no disfruto de la vida. Hace años que repito que lo que realmente me gustaría es poder pre-jubilarme, nada de ganar la lotería o ir a las Bahamas, nada de un amor eterno y pasional, nada de comer sin engordar, ni de ganar sin sacrificio… Simplemente quiero pre-jubilarme, cobrar una pensión que me dé para vivir, viajar con el Imserso, parlotear con mis amigos y pasear por mi pueblo de la mano de un nuevo amor. De vez en cuando, hacer deporte por aquello de mantener a raya el colesterol; nadar varias veces a la semana para que unos músculos tonificados aguanten el peso de un cuerpo cada vez más difícil de soportar por unos huesos minados de osteoporosis. Quiero ir a la playa en invierno y hacer croché cuando todo el mundo está de vacaciones, vivir a mi ritmo y disfrutar de mis nietos. Todo ello, eso sí, con menos de 40.

Esos ojos azules

1297000No le había puesto cara y por fin, esta semana, despejé la incógnita. Fue el martes, en el programa Versión Española de la 2. Allí estaba él, uno de los grandes de este país, uno de los cámaras que han hecho historia y que lo más seguro no le reconozcan salvo por sus trabajos. José Luis Márquez era el alter ego de Arturo Pérez Reverte en su época de reportero de guerra. Y a él dedicó su trabajo Territorio Comanche, que llevó al cine Gerardo Herrero. Me atrajo la dureza de su rostro, serio, olfativo, sincero, hosco, veraz, sin dobleces, y con unos ojos de un azul intenso que sigo sin poder olvidar. Son de esos ojos que traspasan la pantalla como en su momento lo hizo con el visor de su cámara impasible ante la desgracia. Porque, como él mismo afirmó, era su trabajo.

Quién sabe, a excepción de él, cuántas imágenes se habrán quedado en su retina. Cuántos sufrimientos ha tenido que combatir a golpe de botellas de whisky. Y aún así, no concibió su vida sin estar en una guerra, sin mostrar al mundo la rudeza de un conflicto. Sudán, Etiopía, Vietnam, El Salvador, Bosnia o la plaza de Tiananmen fueron alguno de sus destinos. Es de la vieja escuela  y desde luego no deja indiferente. A Carmelo Gómez, quién hizo de él en la peli se le nota el respeto que le profesa y a mi me siguen persiguiendo esos duros ojos azules

No se asusten: voy a hablar de fútbol, ese deporte que paraliza cualquier ciudad durante mucho más

Lo de las gafas de sol queda guay, ¿verdad?

de 90 minutos, porque las ruedas de prensa posteriores concentran casi la misma atención que los partidos, sobre todo si quien las da es Llourinho, perdón, Mourinho. Y transforma cualquier ciudad, de verdad, pase lo que pase en el mundo. El fútbol detiene por unos minutos las crisis económicas y la gente se olvida de que está en paro o que no tiene cómo pagar sus recibos. No soy forofa, eso es cierto, ni siquiera semiaficionada. Tampoco sigo la Liga Española, salvo cuando me la topo frente a frente. Como el otro día.

Regresaba a casa de una jornada laboral, a esa prudente hora para salir del curro que es las diez y media de la noche -cuánto me acuerdo de mi abuela cuando me decía “no vuelvas tarde, que te puede pasar algo”-, cuando en mi trayecto habitual salta de pronto ante mis ojos un coche azul marino, completamente detenido en medio de la vía. Busco inmediatamente el motivo de esa parada, molesta porque no veo la hora de llegar a casa, y pienso: no hay más coches en la calle en ese instante, tampoco en doble fila ni mal aparcados; no está el siempre oportuno camión de la basura y menos aún hay un cadáver en medio de la calzada. No. Ninguna razón que quepa en mi cabeza da respuesta a ese parón que ya me irrita.

Es entonces cuando se me ocurre mirar hacia un bar que está en el lado derecho de la calle y es el momento en que lo entiendo todo: el Madrid-Barça del pasado miércoles, emitido en una gran pantalla, no sólo congrega a numerosas personas en el local, sino a los que pasan en coche por delante de la puerta. Sí, es la última moda, ver las secuencias del partido mientras pasas con tu vehículo por la entrada del bar. Al fin y al cabo, el conductor de aquel coche seguro que se había olvidado de sus problemas durante aquellos minutos en que detuvo su marcha en medio de la calzada.

Amor en 3 pulgadas

Esto sucedió el otro día, mientras viajaba en tranvía desde La Laguna a Santa Cruz. Me atreví a afinar el oído, cosa que rara vez hago, y decidí escuchar una entretenida conversación entre dos jóvenes, un chico y una chica. Esta fue, más o menos, la escena:

El tren avanza hacia la capital. Un chico delgado, con gafas, aspecto de empollón y una bolsa de deporte entre las piernas permanece sentado, mirando hacia el fondo del vagón. De vez en cuando echa un vistazo a su teléfono móvil, una Blackberry con funda roja, para ver si ha entrado algún mensaje. En un momento, el tranvía se detiene. Ha llegado a la parada del intercambiador de La Cuesta. Sube una chica bastante joven, con ropa muy ceñida y demasiado maquillada. También lleva, casualmente, una Blackberry entre las manos, pero al contrario que él no deja de mirarla y de teclear, de forma compulsiva. Se sienta enfrente, absorta en su pantalla de apenas 3 pulgadas.

Pasadas dos paradas, ella levanta los ojos y se queda observando al chico durante dos segundos. Él no duda.

-Hola, ¿cómo estás?

-Agobiada. ¿Y tú?

-Bien… ¿Cómo te llamas?

-Yurena. ¿Y tú?

-Óscar. ¿Tienes Tuenti?

-No, sólo tengo Twitter y Messenger. ¿Quieres mis cuentas?

-Claro, dame el Messenger. ¿Quieres mi correo?

-Vale, por qué no.

Se intercambian las direcciones y entonces suena el teléfono de Yurena. Responde.

-Hola, tengo que verte. Estoy yendo para Santa Cruz, pero voy a subir a La Laguna. ¿Nos vemos? Tía, necesito verte. Estoy hecha una mierda, el hijo de puta este, mira que le dije que pasara de rollos, que se iba a buscar la ruina… Sí, sí, mañana hay que ir al juzgado… Cabrón de mierda, mira que se lo dije… Siempre lo mismo, siempre jodiendo…

En mitad de la conversación telefónica, el tranvía llega a la parada de Puente Zurita. La chica se levanta, mira a Óscar y le sonríe, al tiempo que su boca sigue narrando otra realidad bien distinta, mucho más cruda. Se baja y avanza hablando por teléfono a través del andén, rumbo al restaurante Los Ángeles. Él gira la cabeza y mira su culo alejándose a través del cristal, en estado de trance. Un golpe, el tren arranca y el chico despierta de su corto sueño. Por primera vez en todo el viaje, el empollón escribe algo en su Blackberry: el correo de Yurena. Mañana puede ser un gran día.

Cero plazas

Desolador panorama el que nos espera. Siempre he luchado por el optimismo, pero esto empieza a parecer lo que muestra el vídeo. Invertimos en equipamiento, en formación, en excelencia… y luego dejamos a la gente en la calle. Así no vamos a ninguna parte. Este mundo en blanco y negro me está dando mucha pena.

Cero Plazas from Felix G. on Vimeo.

¿Nos reimos?

Hoy sólo me quiero reír. Desconectar de todo y reír. Relajarme un rato sin pensar en nada y partirme de risa. Olvidarme de los problemas, de las desgracias que nos rodean y reír. Y con la risa ser inmune a todo, limpiar mi karma, cargarme de energía y compartirlo ¿Nos reimos?

#desdeQueCerraronMegaupload mi vida no es que haya cambiado sustancialmente, pero estoy un poco más alicaído, triste, cabiznajo,…

#desdeQueCerraronMegaupload me encuentro más nervioso, porque ahora tendré que remover cielo y tierra para ver los últimos capítulos de The Big Bang Theory en inglés, porque Sheldom me tiene prendido (platónicamente)

#desdeQueCerraronMegaupload sigo haciendo el amor con mi chica, eso no me lo quita ni una bomba de 5000 kilos de ántrax

#desdeQueCerraronMegaupload estoy más indignado por este asqueroso sistema político permite a un cuerpo policial nacional (FBI) detener a un ciudadano extranjero en el extranjero bajo las pautas de una ley que no está ni siquiera aprobada.

Y desde luego, lo que no he hecho #desdeQueCerraronMegaupload es ir al cine como han osado decir hoy en muchos medios. Vamos no me jodan, al precio que están las entradas, dosifico mis visitas más que las del urólogo.


Ya habló hace unos días araphant del creador de Megaupload y de este sistema, una plataforma que permite compartir archivos, pero que no los sube directamente. No voy a meterme en aguas pantanosas (y menos después de lo que están diciendo de esta web y de su propietario multimillonario), pero realmente no me importa.

No me importa porque estamos cazando pájaros a escopetazo limpio. Porque creo que todos (o buena parte) de los que creemos en la grandeza de internet, y de la libertad de compartir cultura o lo que queramos, no enarbolamos la bandera del “todo gratis”, o “a los autores ni agua” A los profesionales hay que remunerarles, y muy bien. Son currantes que ponen su tiempo, su alma y su hígado en sus obras. Y por eso hay que recompensarlos. Una vez, no diez mil, nadie tiene por qué seguir cobrando de una obra que compuso 10 años antes y por la que ya ha sido compensado.

El problema es que no se cómo hacerlo. No se cómo buscar el equilibrio entre una cosa y la otra. Y tiene que existir. Porque internet es imparable, forma parte de nuestra vida, pero no sabemos dominarlo, sus lagunas nos pueden, sus recovecos han conseguido que cometamos mil errores.

Y lo que más me toca la moral es que me acusen de apoyar a los “piratas”, sin tener en cuenta lo que soy. Soy autor, y quiero que se me pague por ello. Pero no voy a seguir nutriendo a una industria de mierda, caduca, que se queda con el 70% de los beneficios de la mayoría de los autores. ¿Quieren culpables? Pues ahí tienen.

Hay que remodelar el mercado. No buscar enemigos donde no los hay. Criminales donde no los hay. Y víctimas donde nos las hay.

¡Ah! Y cómo me jode que ningún gobierno del mundo haya pedido cuentas a la administración Obama de una acción que sí ha sido ilegal. Bueno, por tener sueños y ser utópico aún no me van a detener.

El año pasado

El 1 de enero de 2011, Madeline cogió su Canon Powershot y se propuso grabar cada día un vídeo muy corto, de un segundo de duración. Continuó haciéndolo todo el año, con constancia, y hace 12 días dio a conocer en la red social Vimeo el resultado: un audiovisual de poco más de 365 segundos que te mantiene, pese a lo cotidiano de lo que muestra, pegado a la pantalla. Disfruten.

Soy un quejón

Soy hipocondriaco. Lo admito. Tengo una fobia terrible a todo lo que suponga dolor físico, enfermedad, medicamentos. Lo paso fatal. Ando todo el día quejándome. Me lo dijo Parafuso el otro día: “cuando te conocí pensé, este tío no hace sino quejarse”. Es verdad. Soy un quejón.

Y como todos los hipocondriacos que conozco, tengo una mala salud de hierro. Soy fuerte. Me recupero rapidísimo de mis jaquecas, de mis gripes, de mis dolores de barriga. Incluso una vez disolví un quiste sebáceo del miedo que le cogí al médico que me dijo que había que extirparlo.

¿A qué viene todo esto? Hace unos meses me diagnosticaron un pequeño problema gástrico. La solución pasaba por tomar un cóctel de medicinas cuyos solos nombres hicieron que me arrugara hacia dentro como una tortuga frente a un gato. Me mediqué, me sentí mal. Tenía nauseas, mareos, vértigos…

Y mientras paseaba por mis propias lamentaciones y miserias me acordé en toda esa gente que debe someterse a quimioterapia, a radioterapia, a antirretrovirales, insulinas, diálisis, etc y pensé en cuánto de injusto tiene mi hipocondria, en cuanto de infantil y de injusta.

Siento mucho quejarme tanto, y me avergüenzo de ello. Qué pequeños somos, y qué grandes parecen todos nuestros pequeños problemas.

¿El tamaño importa?

“Adquiere un alargador de pene por internet y le envían una lupa”. Permítanme que les diga que  el titular del diario ‘La Voz de Pontevedra’ del pasado 15 de enero me produjo tal ataque de risa que aún me duelen los costados. Pero es que cuando parecía que el descojono no podía ir a más resulta que leo que el peticionario del mecanismo osó ir a comisaría a denunciar el supuesto engaño, ante lo cual el funcionario de turno, muy competente, le indicó que “técnicamente no se podía hablar de estafa, porque agrandar, lo que se dice agrandar, es lo que a fin de cuentas hace una lupa”. ¡Nos ha jodido mayo con las flores!, habrá pensado el pontevedrés, quien, tras pensárselo dos veces decidió dar marcha atrás y volverse a su casa con su flamante agrandador.

Y claro, teniendo en cuenta que este tipo de estafas por internet proliferan cada día más, deduzco que los interesados son un número importante de individuos preocupados por el tamaño de su miembro, bien porque lo consideran pequeño bien porque realmente lo es. Y aquí aparece la frase que da título a esta entrada, ¿el tamaño importa? Pues sí señores y señoras, el tamaño importa. Les importa a ellos visto lo visto y a ellas, para qué vamos a engañarnos, o al menos a un número importante de ellas, esas que lo comentan cuando no están al lado de los que piden alargadores de pene por internet. Y si tienen alguna duda, consulten la tabla elaborada por el doctor Gómez de Diego y decidan si tomar medidas…

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