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Ciencia y religión

Los humanos han empleado tantos esfuerzos durante siglos en separar ciencia y religión que comenzar a ver proyectos de investigación y propuestas culturales que las unan me produce cierto nudo en la garganta. A mí siempre me gustó investigar las diferentes expresiones de espiritualidad, religiosas o no, que defienden las sociedades. Y, a un tiempo, he creído en el científico, en el investigador que dedica su vida a encontrar esa prueba que demuestre su fe en los futuros resultados de su proyecto. Por eso me ha gustado Orígenes, el largometraje estadounidense del director Mike Cahill, que ganó el Premio a la Mejor Película en la última edición del Festival de Cine Fantástico de Sitges. En él, un estudiante de biología molecular, experto en la evolución del ojo humano, descubre, por casualidad, una característica del iris que podría demostrar una de las teorías promovidas por algunas religiones milenarias. Y no les digo más para que puedan disfrutar de una película que deja un sabor agridulce y ganas de mucho más. Eso sí, no abandonen el sofá durante la primera media hora, algo tediosa y sin sentido aparente, permanezcan con fe en sus asientos y denle una oportunidad a la película. Puede que se despierten al día siguiente aún con algún fotograma en sus cabezas.

La Carta

Queridos Reyes Magos de Oriente:

Supongo que este año tampoco esperaban mi carta. Son muchos ya sin escribir, lo entiendo. Este año, además, tenía menos motivos que nunca. Salud, dinero, amor… es cierto que ninguna de las tres cosas me sobra pero, la verdad, tampoco me falta, así que pedir cualquier cosa habría sido capricho ya.

Por eso yo tampoco esperaba regalo de ustedes este año, pero me han vuelto a sorprender. Por adelantado, además, y al viejo estilo, en pack de tres: oro, incienso y mirra.
Pasen por casa este año. Al lado de los zapatos donde no hace falta que dejen nada más, encontrarán unos buenos cubatas, para celebrar.
Muchas gracias,
Cuinpar.

Publicidad canalla

¿Qué pasa que nos están tupiendo a anuncios que nos hacen llorar? Los de lágrima fácil estamos sufriendo. No es suficiente con las películas, las canciones y las series, ahora también lloramos con la publicidad. No tenemos ni cinco minutos de descanso y como los anuncios que apelan a los sentimientos enseguida se hacen virales, los encontramos hasta en la sopa.

Primero llegó el spot de la lotería de Navidad, que más que un mensaje comercial parece un culebrón. El detalle de Antonio me deja destrozaita y las imágenes del final, con la gente brindando y celebrando, me recuerdan a los telediarios de cada 22 de diciembre y las llantinas de emoción asociadas debido a mi habitual empatía.

Luego vino Coca Cola con su “Haz feliz a alguien”, que entre el mensaje, la música y que me siento identificada con cada uno de los protagonistas, pues eso, nudo en la garganta que te crió. Los personajes son tan fáciles de contentar como yo, una sonrisa, un gesto amable, un detalle y hala, conquistada para siempre.

Y en lo más alto del podio está, sin lugar a dudas, Ikea con “La otra carta”. Y es que aquí los cabritos han sabido jugar con muchos sentimientos al mismo tiempo: el amor, la ilusión, la alegría, la curiosidad, la expectación y finalmente, la culpa. ¿Cómo no vamos a llorar si las criaturitas prefieren que sus padres les dediquen tiempo a recibir todos los regalos del mundo? Y es en ese momento cuando me acuerdo de las veces que mi hija me pide que juegue con ella, que la deje cocinar conmigo, que baile a su lado y cientos de peticiones más, cuya respuesta normalmente es un ‘no puedo’ o un ‘luego’. Son unos desgraciados, en vez de que estas sean unas Navidades felices, van a conseguir dejarnos a la altura del betún. Aunque si lo pienso bien, estoy segura de que hicieron la prueba de las cartas a 500 niños y eligieron a los 5 que prefirieron a sus papás, porque si yo les pregunto a mis hijos si prefieren la Play 4 o pasar más tiempo conmigo… creo que lo tendrían muy claro.

 

Se prendió la fiesta

Esta noche voy a beber

Traigan la maicena

Porque voy a dar serrucho, serrucho, serrucho… esta noche doy serrucho, serrucho, serrucho…

Bueno… ¡¡basta, suficiente!! No pierdan el tiempo más allá de 20 segundos, el resto es bis tras bis.

El domingo pasado me hablaron de este lindo tema de comprometida y didáctica letra, música celestial, escenografía de gran gusto, magnífico intérprete y ágiles bailarinas. Sin haberlo oído, creí que no era posible lo que me estaba contando mi interlocutora, así que la buscamos rápidamente en Youtube. Tardamos un segundo.

La canción en cuestión está amenizando algunos minutos de las bailongas cenas navideñas de estas fechas en las que a veces uno cae por error. Me lo contó una buena amiga que, tras quedarse en shock al escuchar el temita en cuestión, se preguntaba quiénes podían consumir este tipo de acordes musicales sin inmutarse lo más mínimo.

No se trata de censura, de verdad, solo estoy impactada por tanta belleza. Una belleza de la que disfrutan adolescentes, jóvenes y no tan jóvenes. Con el error garrafal que supone generalizar, me arriesgo a afirmar que, respecto a los primeros, por desgracia, inmersos en edades tan influenciables, tal vez piensen que las relaciones entre hombres y mujeres son así: ellos dando serrucho y ellas mostrando su prominente trasero.

¿Qué hacemos con estas perlas? Intento retroceder a mis 15 años y recordar la peor música que sonaba en los ambientes en que nos movíamos… no sé… ¿tal vez Milli Vanilli y su ñoño ‘Girl you know it´s true‘? ¿O el baboso Last Christmas de Wham? Claro, comparar estos temas que no me gustaban con El Serrucho es un sacrilegio, pensarán. Lo sé. Pero me he empeñado en buscar El Serrucho del año 1989. Y ya, de paso, me muero por saber qué será la maicena de la letra de Mr. Black, porque dudo de que esté hablando de hacer natillas.

Mudanzas

Clavel del aire. Imagen de l3utterfish.blogspot.com.es.

Clavel del aire. Imagen de l3utterfish.blogspot.com.es.

No sé si alguna vez han tenido la sensación de estar echando raíces en algún sitio. Quien nace, crece y vive en el mismo lugar toda su vida no percibe esos cambios. Hay quienes sienten su lugar natal como sus raíces y lo notan cuando tienen que marcharse. Hay quienes no sienten ningún tipo de apego por el sitio que les vio crecer. Y también están los que se sienten hijos adoptivos de un lugar que, ni de lejos, está en su línea ascendente, pero que ha sido su verdadero hogar durante años. Ese es mi caso.

Ahora que llega el final de una larga etapa, tengo que aceptar que ya hace tiempo que no vivo en mi isla. Nunca quise reconocerlo. Seguía diciéndome “estoy aquí temporalmente, en realidad vivo allí”. Y no. No es verdad. Ya no vivo allí.

Ha llegado el momento de hacer mudanza…

Pero, en vez de sentirme triste, agradezco todo lo que me ha hecho aprender: este lugar, con su gente, me ha enseñado a apreciar las cosas realmente importantes. Y me ha enseñado a regresar como quien regresa a un buen vino, a una buena amistad, a un abrazo envolvente. Dejo tanto como me llevo, porque este “yo” que se sube al ferry, se ha construido como persona en ese pedazo de tierra rodeado de mar. Y, como el precioso clavel del aire que dejo en el balcón, siento que mis raíces van conmigo.

Una luz por Navidad

De color rojo y blanco, con un frío para guantes y gorros, el olor a turrón y caramelo y la escena que todos tenemos en la cabeza: la familia completa compartiendo manjares mientras al fondo, entre risas y abrazos, titilan las luces del árbol. Debajo de este, una fila de regalos apilados que amenaza con llegar hasta la otra punta del salón, donde aguarda la chimenea una Nochebuena tras otra. Así son estas entrañables fechas, y así nos envuelven y nos arropan, aunque también, sin querer nos arrollan en su esfera de consumismo hasta el punto de ser raro quien pare a echar un ojo a sus compras y no descubra que casi la mitad de sus paquetes son detalles innecesarios, muchos de ellos para gente con la que hay que quedar bien sin más.

RIOLIGHT - 03Foto: Co’Report

Mientras tanto, muchas familias dibujan su navidad sobre el cartón de una caja de leche, con olor a humedad y en colores blanco y negro. El mismo frío pero sin guantes del Claire’s y una escena de cejas arqueadas que se intentan esconder como sea de la presión navideña. Pues incluso sin mala intención, entre amor y alegría, la sociedad entera, como si se tratara del patio del colegio, saca su dedo más punzante y señala al que no estrena, al que no viaja, al que no puede.

No es un problema de particulares. Bien lícito es que quien trabaja para poder permitirse la langosta en el Celler de Canroca vaya a cenar allí, el tema es el dinero público. Yo no me cansaría de aplaudir a los alcaldes que, en defensa de ese espíritu navideño de unión y solidaridad que nos envuelve, decidieran ahorrarse (ahorrarnos) un poco en el alumbrado desmesurado de las calles en Navidad o en la mitad de los interminables pero efímeros fuegos artificiales y a cambio contratasen músicos callejeros que tocasen en el centro para crear ambiente, cocineros en paro que cocinasen comida para los que no cenan, actores y actrices que entretuviesen a los que salen a pasear y alimentasen la ilusión de los más pequeños… Por repartir un poco con los artistas.

Desde luego, para los que son de cenas copiosas, la Navidad no es buen tiempo de apretar cinturones y es que puestos a ahorrar, quizás debieran tirar antes de sobresueldos, pagas desorbitadas, dietas de lujo y tantos otros derroches que ciertamente dejan al alumbrado navideño y la pirotecnia a la altura de minucias.

Desembarco en el cole

De pequeño me daban pánico las fiestas a las que iba mucha gente, como la celebración de Navidad en el colegio, la de fin de curso o la de Carnaval, esta última en especial, ya que implicaba ir disfrazado y las posibilidades de hacer el ridículo aumentaban. ¿Hacer el ridículo?, se preguntarán. Pues sí. Por alguna extraña razón estaba convencido de que, debido a un error al leer el calendario, podía suceder que mi madre me llevara a una fiesta de disfraces el día equivocado; algo que no tendría mayor inconveniente en un cumpleaños (con esconder el regalo bastaría), pero que en un evento de estas características me dejaba en una situación muy comprometida: vestido de indio o vete a saber de qué un día normal de clase. El bochorno estaba garantizado.

Niños disfrazados

Así se te queda la cara cuando te disfrazan de bolsa de basura con una bolsa de basura.

Mi preocupación por este asunto me llevó, con unos siete u ocho años, a buscar soluciones. Estaba claro que los días de celebración no podía bajarme de golpe del coche y entrar corriendo en el colegio, sin más. Entrañaba demasiados riesgos. Así que, lo crean o no, se me ocurrió que mi madre podría adelantarse, comprobar que efectivamente tenía lugar la fiesta y entonces hacerme una señal de vía libre, “¡despejado!”, como en las películas, o cualquier otra cosa parecida. Solo entonces abandonaría el vehículo con seguridad. Lo sé, deben pensar que me falta un hervor. Pero tienen que ver los disfraces que nos hacía mi madre cuando decidió que se había acabado lo de comprar trajes de Superman y, arrastrada por la necesidad de ahorrar o por un impulso creativo descontrolado (nunca lo sabré a ciencia cierta), comenzó a crear sus propios diseños. No entraré en detalles, por respeto a mi familia. Solo recordaré aquel día memorable en que me disfrazó de bolsa de basura con una bolsa de basura y cuatro manchas de carbón en la cara y los brazos. Mi hermano salió algo mejor parado y acabó vestido de señor forzudo con una camiseta vieja y un bigote pintado. Lo peor es que estábamos en el sur, en un hotel, y esa noche tocaba concurso de disfraces. De ahí la operación Desembarco en el Cole.

Google News

Adiós, Google News.

Pero, ¿a qué viene todo esto? Resulta que ayer, mientras leía las noticias sobre el anuncio del cierre de Google News en España, me vino a la cabeza mi imagen en el coche, por fuera del colegio, y se me ocurrió que le voy a mandar a mi madre a José Ignacio Wert, para que antes de dar el visto bueno a una ley la mande a otear el horizonte, a escuchar las opiniones de los demás y a elaborar propuestas de consenso para poder entrar tranquilo en el Congreso. Aunque quién sabe, si de niño yo hubiera tenido mayoría absoluta en el cole y hubiese entrado disfrazado cuando no tocaba, igual lo que hubiera hecho es cambiar la fiesta para ese día, por mis cojones. Como Wert, en mi soledad, me contentaría con pensar que el ridículo lo están haciendo todos los demás.

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