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Mafalda había tenido la idea hacía mucho tiempo, pero, hasta ese instante, no se había decidido a dar la orden a sus manos que, de vez en cuando, se estiraban y se plantaban frente a sus ojos a modo de signo de interrogación. No es que fuera a cambiar el mundo, pero pensó que, quizás, el vecindario se volvería menos gris, que las ojeras de la frustración de la lucha diaria se suavizarían en los paseantes. Por eso se sentó, tomó lapiz y papel y escribió tres cartas con el mismo texto:

“Querido desconocido:

Yo no sé quién y, con toda probabilidad, tampoco tú conocerás nunca a quien escribió estas letras. Tanto da. Yo lo único que quería es pedirte que, cuando estés triste, te acuerdes de esta carta. Quizás te alivie si te sientes solo. Puede que no te sirva de nada y decidas tirarla a la basura. Pero tal vez te alegre ver en tu buzón una carta que no es una factura, unas letras que te dicen que tengas ánimo, que no desesperes, que igual que las cosas cambian para mal, también pueden hacerlo para bien. Yo es que creo mucho, como decían en una película cuyo nombre no recuerdo, en la bondad de los desconocidos. Si puedo pedirte algo, si te ha gustado recibir esta carta… ¿por qué no escribes tres iguales y las dejas al azar en tres buzones de desconocidos?

Espero que tengas una buena vida. Un abrazo”.

Mafalda escogió un punto en el mapa de su ciudad y se dirigió allí. Eligió tres portales al azar y, con los ojos cerrados, dejó la carta en uno de los buzones de cada número. Puso mucho cuidado en que nadie la viera. En los días posteriores nada pasó pero, con las semanas, un cuchicheo se alzó por las calles de la ciudad. “Yo no he recibido ninguna carta”. “Pues a mí me han llegado ya dos”. Yo cada día miro con ilusión el buzón, hasta me olvido de las facturas”. “¿Pero quién será el que las escribe?”. “Tienen que ser varias personas, no una sola”. “Yo la tengo guardada, cuando estoy de bajona me viene bien leerla”. “Y la película esa ¿cuál será?” “Me suena que es de Un tranvía llamado deseo…”

Y así nació el club de los desconocidos…

Foto extraída de Culturacolectiva.com.

Foto extraída de Culturacolectiva.com.

El fin y los medios

Yo lo que quiero en la vida es tener fe, pero no me sale. Algo tengo, apenas un gramo, lo justo para creer firmemente en un puñado de personas, poco más. Ni señores del espacio hacedores de todo, ni extraterrestres, ni homeopatías, ni seres sobrenaturales. Nada. Cero. Seguramente este escepticismo mío me hace ser un poco menos feliz que a usted, oh, creyente, pero es una desgracia con la que cargo lo mejor que puedo.
A lo mejor no es sólo falta de fe, sino también cierta desidia que me acompaña desde que tengo uso de (poca) razón, una cierta incapacidad por apasionarme hasta las entrañas con el general de las cosas, la que me hace mal objetivo para religiones, conspiracionismos, nacionalismos y cualquier cosa que exija de mí el más mínimo esfuerzo espiritual. Cuando ese esfuerzo espiritual viene acompañado de un absoluto desprecio al conocimiento, a la cultura y a la formación, se me encienden todas las alarmas y se cierran herméticamente las compuertas de lo que podría haberse convertido en cordialidad del tipo “si me dejas en paz a mí con mis cosas, cree en lo que quieras”.
He pensado más de la cuenta en este asunto a raíz de la noticia que hace un par de meses circula por las redes y de la que hace algunas semanas ha informado puntualmente la prensa: “Una mujer asegura haber encontrado una cueva con más de 800 momias guanches”. El interés me hizo ir a su perfil de Facebook, donde la supuesta descubridora ha relatado post a post su “hallazgo” y acercarme a su relato con la mente lo más abierta posible, intentando alejar los prejuicios que me habían creado los periódicos y suprimiendo el rechazo inicial que sentía por la manera de actuar que, siempre según las noticias publicadas, había adoptado la arqueóloga accidental, sin dar prueba alguna de lo encontrado.
Pero ni por esas. Lo siento, no soy capaz. No haré referencia a lo deslavazado de su discurso, ni a lo incomprensible que resulta a veces su redacción (tampoco estoy yo para hablar, ya se habrán dado cuenta), a pesar de que, según pude entender en mi lectura en diagonal, está escribiendo una novela basada en el asunto. Cortando huevos se aprende a capar, decía mi abuelo, y seguro que habrá quién la lea, muy probablemente muchos más de los que leerán esta columnilla del tres al cuarto.

El conspiracionismo que salpica sus publicaciones me hace hasta gracia, me la imagino como a Mel Gibson en Conspiración, vigilando todo lo que sucede a sus espaldas y poniéndole candados al bote donde guardaba el café, temiendo ser víctima de un envenenamiento. Me hace gracia porque imagino que forma parte todo de la misma trama, de un cebo para vender su obra. Si de verdad se lo cree, el asunto no tendría gracia maldita y debería ser evaluado por un profesional, no voy a decir de qué campo.
La descubridora entregará su cueva guanche en una “gran rueda de prensa” y todos los utensilios que hay en ella (vasijas, pieles escritas y llenísimas de información que dejarán a Egipto a la altura de Pueblo Chico, más o menos) “estarán allí pero nadie podrá tocarlos ni se los podrá llevar aunque lo intenten”.  Supongo que al final la explicación será algo así como que la dichosa cueva está en nuestros corazones y en nuestra raíz de pueblo oprimido y que ella nos ha hecho descubrirla.

Dora, Dora, Dora la exploradora

Dora, Dora, Dora la exploradora

En realidad podría haber curioseado y olvidar el asunto, sin más, pero algo me hería. Pensándolo, me he dado cuenta de que lo que me agrede no es tanto su mesianismo (en vez de 12 apóstoles ella tiene 25 elegidos) como el constante desprecio de la formación y la educación del que hacen gala Carmen Dolores y sus creyentes. Creen que lo que cuenta es la intención y que si se tiene buen corazón y un objetivo noble, lo demás no importa. La formación, en este caso, parece ser un obstáculo, y la envidia el sentimiento que mueve a sus detractores. No son conscientes de que con esa cerrazón pueden hacer más daño del que intentan evitar: está muy bien que adecenten unos nacientes imperdonablemente descuidados (por poner un ejemplo), pero a poco que piensen se darán cuenta de la inconveniencia de introducir flora de otras zonas y plantas de ornamento que podrían resultar perjudiciales para las especies autóctonas. Si tanta buena intención tenemos, lo mínimo que podemos hacer es escuchar a los que saben en vez de echarlos de la discusión como matones de recreo al grito de “empollón, empollón”. Tampoco se dan cuenta, quiero creer, que su llamada instando a la gente a “buscar bien por nuestras montañas y nuestros barrancos” puede desatar hordas de domingueros equipados a lo Dora la Exploradora que arrasen, cual cardúmen destructor, los posibles restos ya de por sí abandonados de la civilización que habitó nuestras islas.

Laia

Mi madre siempre me ha dicho que cuando llegue a un sitio nuevo me dé a conocer. Y supongo que eso debería hacer en mi primera contribución a este bendito blog. Pero a mí, que de tan poco echado p’alante que soy casi me caigo p’atrás, estas cosas me cuestan. Así que recurriré a un subterfugio, diré en qué trabajo: investigación en oncología pediátrica. Siendo sincero, mi camino hasta aquí ha tenido su poquito de vocacional, pero también su muchito de tener que pagar el alquiler y otros vicios.

A ver, que me paso de frenada y se me come el subterfugio. La historia que yo venía a contar ocurrió hace unas semanas, una mañana temprano. Tengo que decir que la obra social del hospital donde trabajo es muy activa y siempre tiene iniciativas que compartir y proyectos en los que colaborar (¡oído cocina!). Sin embargo, nunca pierde la capacidad de sorpresa. El correo que recibimos el 18 de junio era breve pero intenso: una niña, hermana de un paciente recientemente fallecido, había donado a nuestro laboratorio los 300 euros que había conseguido vendiendo las manualidades que ella misma había elaborado.

Confieso que no procesé el mensaje hasta después del café. Confieso, también, que me cabreé un poco. Me cabreé porque, a mediados de junio, en plena vorágine mundialista, estábamos con la Roja a todo meter. Me cabreé porque, con las elecciones europeas aún calentitas, tenía que elegir entre derecha liberal o caos, entre izquierda social o muerte, entre poder perdonar a Podemos o darle las gracias. Me cabreé porque, canario residente en Barcelona que soy, tengo que decidir si soy independentista o unionista, si me siento más español que canario, o más canario que español, o si ya me siento un poquito catalán; y si voy a votar SÍ-NO, SÍ-SÍ o, bueno, venga, NO y punto. Me cabreé porque todo esto me consume un tiempo brutal y no puedo liarme con otras cosas. Y llega esta niña, con sus 8 ó 9 años, y me dice, sin querer decirme a mí nada en particular, que ella sí está dispuesta a sacrificar su tiempo y su tristeza para ayudar a unos desconocidos a que intenten curar a otros desconocidos de la enfermedad que mató a su hermano. Sin garantías, sin seguridad ninguna, sin plazos. El cabreo, me pasa siempre, desapareció. Porque esos mismos seres humanos que se pelean en tertulias (ya sea en la tele o en el Congreso) y que viven tan al margen de la realidad como yo, no dejan de pertenecer a la misma especie que Laia. Y yo quiero que ella me represente. Quizá, algún día, esos otros humanos también lo logren. Al fin y al cabo, incluso Macaco y Antonio Orozco han logrado emocionarme al menos una vez. Hay esperanza.

 

Cinco años ya…

GTC-anochece-facebook

 

Ya han pasado cinco años. Se dice pronto (me hace sentir abuela cebolleta). Hace ya cinco años que se inauguró la que fue la niña de mis ojos. Qué estremecimiento sentí la primera vez que lo vi. Enorme. Silencioso. Como un transformer, pero con menos marcha. Una estructura perfecta. Un inmenso cíclope. Un pedazo de telescopio.

No en vano es el más grande del mundo.

No me cabe la menor duda: me enamoré hasta las trancas. Hacía preguntas aparentemente absurdas. Revoloteaba alrededor de ingenieros y científicos. Daba la lata amablemente cada vez que podía. Dejaba que afloraran ideas locas. Hacíamos animaciones, reportajes, tiraba de Gabriel Pérez (del Servicio Multimedia del Instituto de Astrofísica de Canarias) para hacer vídeos (a él no le gusta nada el protagonismo, pero dudo mucho que lea este post…). Me atrevería a decir que ha sido el telescopio cuya construcción ha tenido uno de los seguimientos informativos más minuciosos de la historia moderna de los telescopios (aunque puedo equivocarme, no soy nada objetiva…).

Cinco años ya

No se crean. Se me salta alguna lagrimilla…

El verano y el sexo

fotospix.com

fotospix.com

Los estudiosos dicen que en verano aumentan las relaciones sexuales. El calor, la cervecita, esa falda más corta, esa bermuda, ese aceite corporal (con protección solar, por supuesto), esos pectorales al aire, los días más largos, las noches más claras… Claro, es normal, ¿cómo no iba a abrirse de par en par esa puerta que se pasa casi todo el año entreabierta? Lo contrario sería pecado.

Estos meses se hicieron para darle más caña al cuerpo, para disfrutar un poco más de la vida y deshacernos del estrés que, sobre todo en invierno, nos come y va pudriendo poco a poco. En verano, somos más auténticos, más nosotros mismos; somos más reales, más personas, más amigos, más familia, más amantes… más de todo. La careta que llevamos durante los meses fríos se nos cae y nos libera. Así que ¡venga! , aprovechemos las horas de sol, el calor, la arena y el mar…

¡Vamos todos a disfrutar más y plenamente del verano! Y por si necesitan algo de inspiración, aquí les dejo alguna que otra idea,  leanlas con atención…

Vivir sin estaciones

Las estaciones dominan nuestra vida. Esperamos algunas como si fueran a solucionar nuestros problemas. El verano es ese gran aliado de los exhibicionistas y los sedientos de roce humano, porque como te rozas en verano no te rozas en invierno. Conozco a pocos que la primavera les altere algo, porque ya lo tienen alterado todo el año, y el otoño no come ni deja comer.

En Bogotá no hay estaciones, siempre tiene el mismo clima. Miento, hay meses que llueve más que otros, pero por lo general la temperatura siempre oscila sobre los mismos grados. Mismos grados, misma ropa, mismas caras, mismo sabor, mismo tedio. En el mismo día puede llover, hacer calor, algo de frío y volver a llover. Y dentro de todos esos cambios, siempre es lo mismo. Todo el mundo lleva paraguas, gafas de sol y abrigo, porque la ciudad te tiene atrapado a su antojo.

Muchas veces sientes que el tiempo no avanza porque no ves signos de ello. Agosto es igual a octubre, que es igual a marzo. Mi cuerpo y mi mente han tenido que adaptarse a un realidad inesperada: un mundo sin cambio de estaciones. Y ante esta situación, que al principio me resultaba desesperante, inaudita y absolutamente antinatural, he escogido el camino menos dañino para mi organismo: valorar los grises. Darle una oportunidad al monocromo, y tiene sus ventajas. Es previsible, no da sorpresas. Es menos emocionante pero estabiliza tus emociones. Hay momentos que echo de menos los picores del verano, y otros en los que la tristeza del otoño ya no son bienvenidos.

Me toca adaptarme. Es el clima o yo.

http://www.notedije.es/visiones-01/

Simiocracia

 

El vídeo que abre este post, trailer animado del buenísimo cómic de Aleix Saló Simiocracia, viene que ni pintado para hablar de la recientemente aprobada reforma de la Ley de Propiedad Intelectual. Una reforma que atenta contra el mismísimo espíritu de Internet: los enlaces. ¿Qué sería de la red sin los enlaces?

¿Se imaginan que por poner un enlace como éste en este blog tuviéramos que pagar un canon? Pues eso es precisamente lo que podría pasar con la aprobación de esta ley. El medio enlazado más arriba es miembro de AEDE (Asociación de Editores de Diarios Españoles), que reclama que los medios que son miembros reciban dinero cada vez que se enlace alguna noticia suya. Que reciban dinero de agregadores de noticias como Google o Menéame, pero en la ley no se especifica que un blog como el que leen en este momento no sea un posible objetivo de las reclamaciones de asociaciones como AEDE o CEDRO. Por lo que muchos se lo pensarán dos veces antes de añadir un enlace a uno de estos medios.

Otro damnificado por esta ley es el derecho de cita; ya que al considerar al enlace una comunicación pública -y por tanto susceptible de reclamación de derechos de propiedad intelectual- y considerar un derecho irrenunciable el cobro del canon por dicha comunicación pública, el derecho de cita desaparece en la práctica.

Y ustedes pensarán después de leer estas líneas qué tiene que ver todo esto con el vídeo que abre este post. Pues lean ustedes lo que sigue:

Juan Manuel Albendea, de 77 años, es el diputado más mayor del Parlamento y su corbata estampada con toros desvela su verdadero interés, la fiesta nacional. A pesar de haber asistido a decenas de reuniones en las que se ha debatido la ley que asesta, según defienden las empresas de Internet, un golpe de gracia a un sector innovador al que debería apoyarse, reconoce no saber que es el canhttps://siempreenmedio.wordpress.com/wp-admin/post.php?post=15084&action=edit&message=10on AEDE -polémico gravamen a los agregadores y buscadores con carácter irrenunciable-. “¿Qué es eso?” Pregunta al portavoz del PP. Tras explicárselo, hacemos un nuevo intento empezando por el principio: “¿Usted enlaza?” “No sé de eso, lo he dejado”, responde.
 
Fuente: El Huffington Post.
 

 Leyendo cosas como estas uno no puede más que pensar que , como bien dice Aleix Saló, estamos viviendo en una simiocracia. Que nos gobiernan auténticos idiotas.

 

PD.: No dejen de ver al siempre claro y entretenido David Bravo hablando sobre algunas de las estupideces de estos nuestros gobernantes, empresarios de la cultura y medios de comunicación:

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