Todo el mundo debería  tener el derecho a morir así: con dignidad.

Este texto lo pude leer esta semana en el periódico ABC y quería compartirlo con ustedes.

“Me voy a morir ahora. Perdón por todo, perdón por todo”

Francisco Ayala afrontó los últimos minutos de su longeva vida en plena conciencia de que, efectivamente, iban a ser los últimos. Fue la lúcida intuición de quien fue grande hasta el mismo instante en el que expiró en presencia de su mujer, Carolyn, y de la que fue su cuidadora durante los seis últimos años, Fátima. En la mañana de su muerte Francisco Ayala se levantó algo más tarde de lo habitual y, como de costumbre, pidió el desayuno a Fátima. Café, zumo, un huevo revuelto y una magdalena que no llegó a acabar. Ayala se puso su mascarilla de oxígeno, pero pronto se la quitó él mismo. “¿Por qué se la quita?”, preguntó Fátima. “Porque me voy a morir”, replicó él en pleno ejercicio de lucidez y dignidad. “Pero ¿cuándo, por qué?”, insistió ella. “Ahora, porque me voy a morir”. A renglón seguido, Ayala le cogió las manos, las besó tres veces y repitió “perdón por todo, perdón por todo, perdón por todo”. Fátima llamó rápidamente a Carolyn, que acudió a la sala de estar donde su marido se encontraba. Carolyn y Ayala se cogieron las manos y él falleció mientras se las apretaban dulcemente. Murió sentado en su sofá, mirando a Carolyn y entre breves pero intensos recuerdos de cuando se conocieron.

Francisco Ayala falleció el pasado 3 de noviembre en Madrid a los 103 años.

Llegar a los 103 años con la lucidez de Francisco Ayala es todo un lujo. Como lo es el legado que nos ha dejado en tan prolifera vida personal y profesional. Dos siglos a sus espaldas, uno de ellos casi completo, del que ha sido testigo de primera línea. Cuando me enteré de su muerte, sentí que algo nos desligaba ya de una de las generaciones más importantes de la literatura de este país: la generación del 27. Desafortunadamente, la guerra civil hizo estragos entre sus componentes, bien porque fueron asesinados, caso de García Lorca, bien porque tuvieron que exiliarse, caso del propio Ayala. Al menos nos quedan sus obras. Como también nos quedan las obras de otro grande, en este caso del cine y que también nos dejó esta semana: Jose Luis López Vázquez. Un actor de registros que igual se metía en la piel de un atracador de pacotilla en Atraco a las tres, que en el angustioso papel de La Cabina. Es uno de mis recuerdos de infancia. La tele los sábados por la tarde, bocata en mano, con alguna película española, (la mayoría de Cocha Velasco, López, Vázquez, Gracita Morales o José Sacristán) o del oeste. Vaya, que bastante poca variedad, la verdad, pero es lo que había. Y de ahí me viene a mí esa vena tan folclórica. Desde luego para el mundo del arte y de la literatura de este país y para todos los que hemos disfrutado de su legado,  ha sido una semana aciaga.

A pesar de no considerarme una madre histérica, reconozco que no pude evitar ponerme un poco nerviosa cuando vi en el termómetro la temperatura de mi hijo: 39 y medio. Aquí estaba, la Gripe A había llegado a mi casa y setermo había colado sin avisar. Ya sabía que había varios casos en su colegio, después supe que ya la había pasado la mitad de la clase y hasta el profesor. A partir de ese día cualquier molestia se transformaba en una señal de alarma. Dolor de cabeza, mareos, dolor de articulaciones, cansancio, la paranoia colectiva familiar duró unos cuantos días, hasta que al fin comprobamos que ninguno nos habíamos contagiado. Todas esas sensaciones se debían a los tres días con sus tres noches de trabajar para bajar la fiebre. Y eso fue todo, no hubo nada más. Ni fue tan agresiva como nos habían contado, ni era tan contagiosa como anunciaron. Así que sólo puedo decir: ¿Tanto ruido para esto?

Una mujer joven se dirige a un laboratorio farmacéutico. Allí la atiende el encargado de evitar situaciones engorrosas a los jefes.

-”Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?”

-”Verá. Tengo una enfermedad rara y me gustaría saber si están investigando en ella”-explica la mujer, como un ruego y le da un informe médico con un nombre impronunciable en la cabecera.

-”Ya. Bueno. Es que esta efarmaceuticasdineronfermedad la tiene muy poca gente y, como comprenderá, los recursos deben emplearse en medicamentos que le sirvan a muchas personas. Esto es un gasto de dinero”.

 La mujer, mohína, se gira y se marcha. De pronto, se le ilumina la cara y regresa.

-”Disculpe. Es que mi enfermedad es muy contagiosa. Se transmite por el aire”.

-”¡Qué me está usted diciendo!”-grita el comemarrones. “Esto lo cambia todo. Si usted puede contagiar la enfermedad, habrá muchas personas que necesiten el medicamento y nuestros beneficios se reproducirán como las setas. Vamos, vamos, la incluiremos en un plan de extensión de dolencias, la invitaremos al cine, al teatro y al fútbol, a todos los actos que reúnen a mucha gente. ¡Se lo va a pasar pipa!”

Por supuesto, esta situación no fue real-bueno, eso espero. Pero sí hay muchas personas que padecen enfermedades raras, que sufren y que no tienen un futuro, que saben que se van a morir pronto, que tienen familia, ilusiones, ganas de vivir. Pero nadie investiga sus dolencias porque los resultados no son económicamente rentables. Así, la vida tiene un precio, y es demasiado elevado.

Este blog lo hacemos, en su mayor parte, profesionales de la comunicación. Por eso no podíamos dejar pasar la oportunidad de alzar nuestra voz siempre-en-medio en un día como hoy, 5 de noviembre, en el que se celebra en todo el mundo una jornada que pretende hacer entender a la sociedad en general que los que trabajamos en este lado de la noticia somos eso, trabajadores, y por ello tenemos también dignidad y derechos, como cualquier hijo de vecino. Que parece que muchos piensan que a nosotros no nos cobran las hipotecas… En pie por el periodismo. La precariedad en los contratos de los profesionales de la comunicación revierte, directamente, en la información que los ciudadanos reciben.

Aquí les dejo el mensaje de la Unión de Profesionales de la Comunicación de Canarias. A reflexionar.

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Ya sé que el slogan que se suele gritar en las manifestaciones antitaurinas tiene mejor rima pero me niego a llamarlo cultura, pese a que el diccionario de la RAE no haya ratificado mi negación anterior.

La tauromaquia es una costumbre muy arraigada en la Península y en muchos países de Iberoamérica, sobre la que se suelen tener posiciones totalmente encontradas.

He asistido a bastantes discusiones sobre el tema y ahora expongo las razones que considero más importantes de cada una de las partes.

Por el lado de los antitaurinos, los principales argumentos son el maltrato del animal y convertir la tortura y muerte en un espectáculo. Y por parte de los aficionados a la tauromaquia se dice que el animal no sufre cuando se le clavan las banderillas o cuando actúan los rejoneadores, ya que tienen los niveles de adrenalina a tope, una piel mas resistente y una musculatura bastante mas desarrollada que la nuestra y no siempre se les mata. También recurren a la tradición y a que si no existiera el toreo nos tendríamos que conformar con los toros de Osborne ya que se extinguirían.

Respondiendo a los primeros, tienen razón en el sufrimiento pero yo creo que es una vida mejor que la de una vaca lechera y su muerte más noble que la de cualquier animal destinado al consumo humano. Y para los tradicionalistas, tienen razón en que nadie va a mantener a un animal en cinco hectáreas, excepto la UE y los Parques Nacionales, cuando una vaca esta en tres metros cuadrados y respecto a lo de que no sufren, que miren la bestia que entra en la plaza y el pingajo al que le dan la estocada y cuando ellos estén con un subidón de adrenalina que se pinchen con una simple chincheta.

Hace poco hicieron una corrida en Las Vegas pero no mataron al toro y le pusieron banderillas con belcro en vez de clavárselas en la piel, me parece perfecto y al que este en contra solo se le puede decir que disfruta con la sangre.

Lo que si que pido a los antitaurinos es que los ENCIERROS de San Fermín ni los toquen, que ahí no se maltrata a ningún animal, al menos cuadrúpedo.

Se murió y yo me enteré horas más tarde. Y eso que trabajo en un informativo. No voy a ser hipócrita: nunca fui un gran fan suyo, y no seguí de cerca su carrera. Pero siempre, siempre me resultó afable, simpático, que hacía una de cal y otra de arena, para compensar público y bolsillo. Pero sí vi la genial Escopeta Nacional, y sufrí (¡cómo sufrí!) en LaCabina. Asfixiado como una rana en un bote de cristal, como pájaro en jaula, como yo en mi trabajo….

Muchos lo echaremos de menos

PD: Para saber más: http://www.elmundo.es/especiales/2009/11/cultura/jose_luis_lopez_vazquez/videos/index.html

cremaDebo confesarlo, aunque me avergüence: soy el pescado perfecto para el anzuelo de la publicidad. No sé, quizá sea por esto de la edad, los treintaytantos de aquella serie norteamericana que veía en plena adolescencia y en la que todos sus protagonistas me parecían unos puretas. Buf, me miro ahora y yo, para mí, sigo en los veintipico. Pues resulta que el otro día me comenta una amiga del alma que se ha comprado una crema estupenda, que es la que usa Isabel Preysler para estar tan magnífica con sus cincuentaymuchos o sesentaycasi.

Resulta, dice esta amiga, que iba la Preysler por un aeropuerto y tiró en una papelera el envase de su crema gastada; luego, una pasajera lo cogió con la curiosidad de saber los trucos de belleza de la famosa filipina. A partir de ahí, la historia corrió como la pólvora  y parece ser que todo el mundo se ha enterado. Lo asombroso es que sólo cuesta cinco euros y es de farmacia. ¡¡¡¡Cinco euros!!!! ¿Cómo era posible que una crema facial que usara la Preysler no costara al menos mil millones de euros? Vamos, que me faltaron segundos para salir disparada a la farmacia más próxima. ¡Iba yo a perderme esta posibilidad, ja!

Y en este punto fue donde dejó de regirme bien el cerebro, porque empecé a pensar en que mi rostro quedaría tan terso como el de ella; que iría por la calle con cara de veintipocos; que me lloverían ofertas millonarias; que haría anuncios publicitarios con George Clooney; que sería la envidia de la ciudad; y todos aquellos disparatados etcéteras que se les puedan ocurrir. Así que me hice con la crema mágica. La llevé a casa. La observé en su envase. Luego puse un poco sobre mi cara y la extendí. Genial. Pasaron los días y, superada la emoción del momento, se disipó la novedad y el interés. 

La crema en cuestión no está mal: huele bien, es suave, viene en un tubo cómodo para llevar en el bolso, tiene unos componentes que suenan superinteresantes (colágeno hidrolizado y centella asiática, ¡toma ya!, a saber qué son). En fin, que yo creo que lo mejor es que me pregunten dentro de un par de años por la crema a ver si me acuerdo.

Empieza a hartarme eso de escuchar, leer y participar en tertulias acerca de la defunción de la prensa diaria. De la misma manera que me hastiaron, hace un par de meses, las discusiones sobre la gripe A y la crisis. Se pierde tiempo y no se llega a nada.Coincido con Ignacio Ramonet en que disponer de información fiable y de calidad es cada vez más importante pero también más difícil, y me hago la misma pregunta que él: ¿dónde buscarla? Por más que se esfuercen, los periódicos no ofrecen alternativas para superar el difícil momento que atraviesan. No hay prensa realmente independiente y crítica, entre otras cosas, porque resulta imposible hacerlo de forma diaria y con calidad. Ese lujo, desgraciadamente, sólo pueden tenerlo publicaciones mensuales como las que dirige Ramonet, Le Monde Diplomatique.  Y quizás esa es la opción que tendrán que seguir muchos diarios para poder seguir sobreviviendo.Por cierto, recomiendo en el último número de octubre, un artículo sobre la actividad de los mapas y el papel de los cartógrafos, en muchos casos parecido al de la prensa, porque se plantea sobrevivir a la ciencia y la tecnología e intenta mostrar lo que es invisible a los ojos. En ambos, la ética juega un papel muy importante. “Sin ética –subraya Philippe Rekacewicz, el autor del artículo- el mapa se convertiría fácilmente en un objeto de manipulación”. Lo mismo sucede con el periodismo, aunque muchos lo hayan olvidado.

Esta noche es la noche de los difuntos, o Halloween, como dicen los anglófilos y los amigos de las tradiciones foráneas. No voy a decir que no me sienta en parte atraído por toda la parafernalia que rodea a una fiesta como la de hoy, aunque lo hago desde la distancia y con interés curioso. Desde luego no voy a disfrazarme, ni a ir de puerta en puerta con una calabaza diciendo eso de: ¡truco o trato!, del mismo modo que los americanos del norte no van a levantar a su familia cada 6 de enero para celebrar la llegada de los Reyes Magos.

Parece que no viene al caso, pero hoy he leído en publico.es que “para el PP, un mantero es igual que un pequeño traficante de droga, o incluso peor, porque, según destacó ayer su diputado Vicente Ferrer en la Comisión de Justicia del Congreso, la actividad del camello no perjudica a ninguna industria, mientras que el vendedor callejero de CD y DVD piratas pone en riesgo miles de puestos de trabajo“. Supongo que al final, en nuestra sociedad capitalista, todo se reduce a eso; el mercantilismo y el negocio por encima de todo. Perjudicar a una industria es peor que perjudicar la salud del ciudadano. Vender calabazas y disfraces en octubre es mejor que no vender nada. Y nosotros a tragarnos la chorrada y a pasar por caja.

Puestos a importar costumbres extranjeras, yo preferiría que para un día como el de hoy, hiciésemos como los mexicanos, y en lugar de reírnos de los muertos, nos ríamos con ellos para así reírnos de La Muerte: vayamos a la tumba de algún ser querido, con flores, con comida y hasta con música, para disfrutar en compañía de nuestros difuntos, y después continuar la fiesta en nuestra casa o en la de algún amigo. Al fin y al cabo, es el Día de Difuntos. De ellos es esta fiesta.

 

Feliz Día de los Muertos

Foto: Wikimedia Commons

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