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Yo qué sé

No tenía foto para ilustrar tremendo artículo, así que puse esta y "a escupir a la calle"

No tenía foto para ilustrar tremendo artículo, así que puse esta y “a escupir a la calle”

Yo qué sé de nada, yo qué sé de la vida, o de la muerte. Soy un ignorante, cada día ignoro más cosas. Por más que me empeño en aprender, en saber más y más cosas, por más que tengo la mesa de noche hasta arriba de libros que voy leyendo a ratos, por más que no ya no quepa otro enlace en la lista de favoritos, y que tengo el teléfono saturado de podcast y de música enlatada por escuchar, a pesar de todo esto, creo, cada día soy más bruto.

Y me da la impresión de que es baladí cualquier esfuerzo que haga para asimilar cosas. Porque se evapora todo el conocimiento en un mar de nubes que ya se me empieza a notar acumulado entre ceja y ceja. “Qué lástima”, diría mi abuela, “con lo bien que iba este muchacho”, “y la cagó” diría mi abuelo. La cagó al pretender ampliar continuamente sus expectativas y encontrarse con un horizonte tan vasto que le da un miedo terrible y que ya no sabe por dónde empezar a caminar.

Mira que hago esfuerzos, y nada. No sé nada. Cada cosa que aprendo, mañana parece no tener sentido, y hasta se me olvida. Soy una suerte de Bill Murray sin marmota, porque aquí no hay marmotas, ni nunca he visto una, más que en la tele.

No obstante (hombre, debo decir, en mi descargo, que  tan bernegal no debo ser como me estoy pintando, porque escribir ‘no obstante’ denota cierto manejo del lenguaje), creo que no cejaré en mi empeño de seguir investigando, cada minuto, cada hora, porque pese a mi limitación intelectual -que ya queda de manifiesto al escribir este texto- me interesa, tengo una curiosidad implacable, me reconcome por dentro averiguarlo casi todo, mirar entre líneas, escuchar todas las voces, atender cualquier movimiento que se produzca.

Si fuera un gato ya me habrían matado. Fijo. Y hasta aquí paz, y mañana gloria.

Desidia

la fotoLa foto de esta entrada, bastante mala por cierto, corresponde a la Estación Marítima de Los Cristianos. El cartel en cuestión está en la planta baja, frente a la puerta principal y en el justo medio de las ventanillas de las navieras.

Ahorrémonos la misericordia: es un engaño. Hace mucho, muchísimo tiempo que no hay un bar en la planta de arriba. Ni por supuesto tampoco una terraza. Su lugar lo ocupan las oficinas de la Autoridad Portuaria, impecablemente opacas en el más amplio sentido de la palabra.

Aún así soy un gran aficionado al primer piso. Por la fachada oriental entra un sol amodorrado que en las primeras horas de la mañana combina a la perfección con las esperas de embarque. He montado allí una oficina volante y furtiva, de la que han salido varios textos fugaces como este.

Basta con reclinarse un ratito sobre el alféizar de la ventana para asistir al goteo de pasajeros, en su mayoría turistas, que ascienden seducidos por la falsa promesa de un café. Cada cinco minutos aparece uno y probablemente me quedo corto en la estadística. Abundan las familias con niños hambrientas de desayuno.

Disculpen, insisto, la poca calidad de la foto. Pero es que resulta ilustrativa de lo esclerótico, chapucero, ajado, rancio y lamentable que puede llegar a ser este país. Varios cientos de jornadas han pasado desde que el cartelito de las narices dejó de tener algún sentido. Y nadie con la capacidad de hacerlo ha considerado conveniente retirarlo, a pesar de que le han pasado literalmente por encima todos esos mismos santos días.

España está podrida de desidia. Es una enfermedad endémica e incurable que, en comparación, deja tibio al ébola. Y no, esto tampoco lo arregla el de la coleta.

La película Kill Bill me descubrió este tema de los 60 que muchos han interpretado y que no hace tanto versionó hasta el mismísimo David Guetta. Una canción que cuenta una historia de amor ciertamente violenta y descarnada en la que uno de los dos acaba muy, muy mal. El caso es que parece que la canción la escribieron a dúo  Cher y su marido Sonny Bono, que también tiene delito que te muelan a palos, escribas una canción así como un poquejo autobiográfica y te salga un hit parade, pero bueno, a lo que vamos. No me gusta la canción original.

A mi personalmente, me encanta la versión de Nancy Sinatra, esa rubia con vestido rosa que emerge de la oscuridad. Reconozco que a mi esta mujer me conquistó con These Boots Are Made for Walking y ese vídeo tan sensual sin necesidad de desconyuntarse la cadera, hacer acrobacias con el culo y poner carita de muñeca hinchable. También puede ser que sea una antigua y algo mojigata.

Y sí, sí. Lo sé, lo sé. Suena a pastilleo, Ibiza y mucho punchi, punchi, pero el vídeo de David Guetta es guapo y confieso que llevo una ruta del bacalao sin hacer dentro. Siempre podéis hacer una cosa: escuchar la canción en boca de Sinatra mientras a la vez veis el vídeo de Guetta.

Va a ser la mezcla perfecta. Creo yo. Como siempre, a cantar y bailar que es gratis, divierte y relaja.

 


 

 

incuenta y una detenciones en una misma mañana.

tra trama de corrupción que nutre la rabia y el malestar hacia lo público y

ompe en añicos los esfuerzos hechos por recuperar la confianza en la política.

educe la esperanza de quien cree en un espacio y tiempo de regeneración.

n caso que se suma a nombres ya cotidianos: Blesa, Gürtel, Unión, Bárcenas.

única ha nacido para habitar entre nosotros durante años de idas y venidas.

onoceremos la trama en entregas por fascículos.

rritados e indignados, participaremos en otro juicio mediático paralelo.

tro ingrediente con el que destrozar la menguante credibilidad de España.

o me dan ganas de cantar más que a gritos el “Pena, penita, pena”

O mejor, un Puna, “Punica”, puna…. y con mucha rabia

Todos son corruptos

wikimedia.org

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Esta semana me siento como si hubiera perdido mi inocencia. Siempre coincidí con aquellos (políticos casi siempre, ¡qué extraño!) que decían que por cada corrupto que sale a la luz hay diez que son honrados. Lo que ocurre, explicaban, es que ese uno hace tanto ruido como 100 de los “legales”. Yo que siempre he compartido la visión  rousseauniana de la vida que defiende que todo el mundo es bueno, me creía este arguento a pie juntillas: “Claro, los que roban son minoría, pero generan escándalos de dimensiones estratosféricas”.

Como les decía al principio, esta semana he perdido mi inocencia y los hechos me han hecho ver que realmente es justo lo contrario, entre políticos y administradores de lo público el rara avis es aquel que nunca ha metido la mano en la caja. Me da igual el motivo o las razones que lo llevaran a hacerlo, si era para mejorar su ya alto nivel de vida o para ayudar a los más pobres. Me la sopla, este tipo de comportamientos no se pueden consentir de ninguna manera.

Lo siento, porque igual estoy siendo injusta con los pocos que no lo son, pero la mayoría de los políticos son unos corruptos. Lo digo así, abiertamente, sin tapujos. Nos lo demuestran cada día con sus actitudes pseudomafiosas y lo leemos cada día en las páginas de los periódicos. Si no es en Valencia, es en Madrid o en Canarias, si no son tarjetas opacas, son intentos de amañar las elecciones primarias  o concesiones públicas a cambio de favores. Afectan a la Casa Real, presidentes de Diputación, concejales, alcaldes y aspirantes a candidatos… Da igual la edad, el sexo o la filiación política. Están por todas partes y en todos los partidos. Mires donde mires hay un corrupto y lo peor es que creo que nos enteramos de la décima parte de lo que ocurre, muy a mi pesar creo que solo vemos la punta del iceberg. Como sigamos así creo que voy a proponer a la RAE que incluya entre los sinónimos de político la palabra corrupción. Así todos tendremos todas las cartas sobre la mesa.

No soporto a Leonard Cohen. Vaya por delante que no lo conozco, ni quiero, porque me imagino que tener al lado a un señor así tiene que dejarte sin energía. Sé que esto a muchos les estará levantando los pies del suelo y que me considerarán una ignorante pero a mí no me gusta nada su música. Me deprime, me da ganas de hacer un hoyo en el suelo y enterrar la cabeza, me quita las ganas de vivir.

Desde que era una cría mi primer movimiento del día siempre fue encender la radio desde la cama. Si por casualidad escuchaba a Leonard Cohen ya tenía mal humor para rato. Pensaba que el día empezaba mal y que a partir de ahí sólo podría empeorar. Nunca me gustó la melancolía, me apaga.

El primer disco que tuve fue A Kind of Magic, de Queen, un disco luminoso. Tuve que reunir no sé cuánto tiempo para poder comprarlo a medias con mi hermano Rober, que era muy de Supertramp pero que se dejó convencer por hacerme el favor. El segundo disco fue un regalo de mi hermano Juampe, el primero de Mecano. Lo tenía apalancado en su casa y me lo cedió amablemente, supongo que no lo ponía nunca.

Y por no dejarme atrás a ningún hermano, tengo que decir que Francis me llevó al primer concierto de mi vida: Mecano, también, en la plaza de Toros. Tenía 12 años, creo, y él accedió a llevarme. Recuerdo aquello como una de las mejores experiencias de mi vida. Me compró pipas y chocolatinas en el carrito de enfrente y estuvo a mi lado todo el concierto, haciendo como que disfrutaba igual que yo, que me derretía escuchando por primera vez música en directo.

Muchas cosas en mi vida pasan con música de por medio y así como no olvido mi primer concierto, todavía floto sobre el piso cuando recuerdo el último. Esther Ovejero y la Big Band de Canarias tocaron hace unos meses en el Teatro Guimerá. Desde las primeras notas supe que aquella iba a ser una gran noche.

La Big Band tocó de maravilla pero Esther Ovejero se me descubrió como una de esas cantantes enormes, a la altura de cualquier diva del jazz, incuestionable. Si tienen oportunidad, no duden en ir a verla. Saldrán livianos, como una hojita, emocionados y felices. Eso me pasó a mí, lo mismo que Leonard Cohen me aplasta.

Stephen Hawking, durante una de sus conferencias en Starmus.

Stephen Hawking, durante una de sus conferencias en Starmus.

Abrió su página en Facebook el 7 de octubre, pero hasta ayer no escribió su primera actualización de estado. Stephen Hawking, el conocido cosmólogo y divulgador científico británico, ha publicado en las últimas 24 horas tres entradas en esta red social. Están firmadas con un “SH”, señal de que se trata de una obra suya y no de su equipo de colaboradores.

En la última, subida alrededor de la pasada medianoche, se refiere al festival Starmus que se celebró a finales de septiembre pasado en Tenerife, al que asistió. En él viene a decir que le encantó este encuentro “porque es una combinación de ciencia y música rock”, dos cosas que ama; revela que sus intervenciones favoritas fueron las de los astronautas rusos sobre el fracaso de la Unión Soviética en la carrera espacial; el relato de Robert Wilson —que me extraña que no conociera— sobre cómo él y Arno Penzias llegaron a pensar que una extraña interferencia, que más tarde se confirmaría como la radiación de fondo de microondas, estaba causada por las cagadas de paloma en su antena, o la conferencia sobre vida extraterrestre de Richard Dawkins. Incluso bromea y afirma: “Alguna gente dice que yo mismo soy un alien, con mi voz de robot”. Y concluye: “Espero que haya un Starmus el año que viene y que ustedes me inviten”. Que quiere volver a Tenerife, vamos.

Soy de letras puras. Sin embargo, a través de la literatura y la filosofía me acerqué irremediablemente a algunas grandes cuestiones que pesan desde hace siglos sobre la humanidad y que imagino que todos se han planteado alguna vez: qué es el tiempo, cómo sería un universo sin tiempo, qué relaciona el paso de las horas y el espacio, qué pasa cuando dejan de funcionar las leyes de la física… Verlaine, Antonio Machado, Poe, María Luisa Bombal, Borges y tantos otros se han enfrentado en algún momento a estas preguntas. ¿Obtendrán algún día respuesta? Sinceramente, creo que no. Llegados a este punto, la literatura y la filosofía han entrado en el inventario del cosmólogo como herramientas a las que recurrir cuando la ciencia, tal como la conocemos hoy, se queda sin recursos.

Pensar en el origen y características del universo provoca a priori una extraña sensación de empequeñecimiento, de ridiculez de nuestra existencia. Sin embargo, después de una reflexión sosegada, nos damos cuenta de que puede ser todo lo contrario: cualquier humano, científico o no, es capaz de contener en su cerebro una representación aproximada de la inmensidad de todas las cosas. Nosotros, partículas insignificantes en el océano, imaginamos la inmensidad y la recreamos en nuestras mentes. Somos parte del cosmos, un cosmos que a través de nosotros es capaz de conocerse a sí mismo y cobrar conciencia. ¿Cuál es en realidad nuestro tamaño?

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