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Archive for the ‘Sentimientos sustantivos’ Category

La primera en casa. Eso me decían siempre, me repetían una y otra vez en las partidas del patio de la facultad. La primera mano se gana y luego ya se verá. Nunca llevé el juego. Opino que la responsabilidad es tan grande como para cargarla en los hombros de los verdaderos estrategas del envite. Yo me limitaba a obedecer y a hacer bien las señas, sin que me pillaran. A no apresurarme, pero dejar bien claro que podía aportar la mala o un par de chijales. A alegrarme en su justa medida si caía un flus y la mano la iba a ganar yo. Callado y obediente. Y contento. Sin llevar el juego, sin saber muy bien qué iba a pasar salvo cuando me autorizaran a tirar el tres de bastos.

Tampoco necesitaba mucho más. El envite era la excusa para no entrar a clase (sin necesidad de recurrir a los agresivos cortados de la cafetería). ¿Cómo voy a entrar a Química si tengo el chico encaminado? ¿Ahora a Fisiología cuando acabamos de entrar en tumbo? Ni de coña voy a Micro, llevo una hora ciego y ahora me están entrando cartas. Excusas, envido, excusas, arráyate un millo, excusas, chico, excusas, partido fuera, excusas, habrá que echar otra.

El otro día cumplí 40 años de edad y unos 15 desde el último pericón. Pero esta mañana me he despertado con la inevitable sensación de que en mi vida no ha cambiado absolutamente nada.

 

BarajaKELBET.ES

Por ahí andan los triunfos (www.kelbet.es)

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En estos 50 he aprendido que:

  • La experiencia es un grado
  • El tiempo casi todo lo cura
  • Las decepciones, como dijo Prósperaenmedio hace unos días, son dificilmente superables
  • Nada, absolutamente nada, es para siempre
  • Puedo escoger
  • Puedo decir no
  • Los momentos me dan felicidad
  • Las prioridades cambian, vaya que si cambian
  • Nadie es imprescindible
  • Amar, tolerar y agradecer son verbos absolutamente necesarios
  • Hay que alejarse de algunas personas, por mucho que duela
  • La actitud es fundamental
  • El odio y el rencor me perjudican. He optado por la indiferencia
  • Todo es difícil antes de ser fácil
  • Cada vez tengo más claro lo que no quiero
  • Estoy aquí de paso

 

 

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Los efectos de las decepciones son irreversibles. Su huella no desaparece por mucho empeño que pongamos en ello. Hay quien no lo ve, o no lo quiere ver, esconde la mella, el chasquido que dejó el desencanto y lo cubre de excusas pero siempre estará ahí. La desilusión no se perdona nunca, por mucho que digas que si, esa pena jamás se conmuta. Lo que creías pierde sentido y en quién confiabas se convierte en un desconocido. El ingenuo se transforma en receloso, incapaz de volver a fiarse de nada y de nadie y el miedo cobra protagonismo como siempre que falla el amor. Tus expectativas se vienen abajo y el rumbo que seguías se emborrona.

Una vez te han decepcionado el daño es irreparable.

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Las llaves de casa, de elenanodelcuento.

 

Te doy vértigo
Te hago saltar las alarmas
Te enfrento a tus fantasmas
Te complico la vida

Me asustan las alturas.
Cerré con llave. Si entras, no rompas nada.
He puesto ajos para los vampiros.
Me complicarías la vida.

¿Nos toca a la puerta el miedo?
Invitémosle a cenar.
Creamos en la posiblidad remota.
O no, en el camino.

Ni digo amarte,
déjame desordenarte
el pelo,
la cama,
los planes,
los sentidos.

¿Hay casas más ordenadas que las vacías?
¿En qué cajón guardamos las ganas?
Hagamos arte de ese desorden:
desordenarte.

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Empecemos por lo típico: el olor a brezo.

Pero también: el madrugón (con o sin resaca), agacharte a poner un par de pétalos, ver solo las piernas de la gente que pasa, la parada para el bocadillo y la caña, el resto de paradas para más cañas, meter las manos en las cajas de las flores, oír una voz conocida e incorporarte para saludar, el calor, el viento que refresca pero estropea la alfombra (echa agua ahí, cristiano), el año que llueve y hay que recordar, aquellos helados caseros que no volverán, los paseos por el resto de alfombras, los “ya acabaste” y “este año no llegas” y “¿una caña?”, la ropa que estrenas, la plaza del Ayuntamiento, la emoción, los repiques de campanas, las pocas ganas de volver a casa, el cansancio, las cornetas, los tambores, la calle ya está limpia, otro año más.

Y sigo: sacar el traje de mago a airear, la plancha, el almidón (mamá, te pasaste, no puedo doblar el brazo), el olor a piñas, costillas, conejo en salmorejo, mojo, almogrote, los precios del vino y las papas, el garrafón que parecía que no se iba a acabar, isa, folía, malagueña, tanganillo, seguidilla, saltona y vuelta a empezar, rasgar el timple una vez al año creyendo que eres profesional, oír una voz conocida y girarte a saludar, la eterna mancha de vino en la camisa, el justillo bien apretado, el sudor bajo las polainas, el sombrero, el pañuelo, el olor a animal, las ruedas de la carreta, el gofio bien amasado, más vino que la camisa está limpia, calla que esa chica va a cantar, ay qué niña más bonita si me la diera su madre (prohibidos los análisis sintáctico y gramatical), el baile, la subida, la bajada, el saludo al alcalde, los tambores, me duelen las piernas pero no quiero parar, si paro se acaba, si paro es otro año más.

Estoy de acuerdo en que el paraíso no es el dónde, sino el con quién. Pero es junio en La Orotava. El paraíso tiene que ser un poco el dónde, y el cuándo también.

 

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El dónde es el mismo, el cuándo no (Fuente: Excmo. Ayto. Villa de La Orotava)

 

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Escribo de madrugada (y completo cuando me da la vida).

La última vez que lo hice a horas intempestivas en este blog tenía un bombo de ocho meses, dos bebés en ciernes y el tsunami más inimaginable por caernos encima. Era la madrugada de un lunes y yo estaba cabreada conmigo misma, con la sociedad que nos dice que la incomodidad de un barrigón es lo mejor de la vida y con mi ginecólogo, que me recordaba (¡qué sabio fue!) que cuanto más tiempo pasaran dentro de mí, mejor. “¡Mejor para todos menos para mí!”, decía gruñendo a todo quisque que se me cruzaba. Ahh, la maternidad… que tanto endulza el carácter…

Hace ya muchos meses que de tiempo voy igual que ayer el pobre Wawrinka de acertado en la final de Roland Garros, es decir, fatal. Sin embargo, este espacio para mí ha sido siempre como una religión, en el sentido de creencia, no en un ser superior, sino en unos principios. ¿Cuáles? Buena pregunta. A mis cuarenta y poco a veces pienso que con 15 tenía más claro de qué iba esto de la vida, pero los años solo me hacen dudar, aunque en mi descargo tengo que decir que esas dudas ya poco me desasosiegan porque total, para qué.

En fin, que ya ven, que yo me organizo en mi mente muy bien, soy bastante alemana para eso, pero luego llega la vida y me trastoca los planes. Uno de ellos es llegar a tiempo a mi cita quincenal, en ocasiones más acertada que en otras. Hoy, por ejemplo, empecé escribiendo a las 6 de la mañana y miren la hora que es. Bien me reía yo de una colega de profesión que me espetaba de cuando en cuando “no me da la vida”. Y ahora, miren, me trago las palabritas aquellas una a una y en el mismo orden.

En definitiva, este ejercicio algo atropellado, sobre todo hoy, me recuerda dos cosas: una, que a pesar de los avatares profesionales, creo que sigue en mí la vena de periodista, y este blog está lleno de un buen puñado de esa clase canallesca 😉 Y dos: que si lo dejo, habrá acabado mi poca opción para desvariar. Así que, con el permiso de todos, por aquí seguiré, “si me da la vida”.

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Desde hace unos meses me veo en la necesidad de retrotraerme a mi adolescencia. No es por gusto, se los aseguro, es porque me parece la única manera de entender, aunque sea un poquito, al adolescente que tengo en casa.

Curiosamente, y pese a mi memoria de pez, no me ha costado mucho retroceder unas cuantas décadas y recordar mis trece, catorce, quince o dieciséis, una época que rememoro como verdaderamente oscura, repleta de picos emocionales abundando la tristeza, la intensidad, la rabia o la rebeldía, no necesariamente en ese orden.

Me recuerdo rellenando interminables diarios en los que volcaba mis frustraciones, que eran todas, y enfrentándome a ataques de llanto y de euforia en un mismo día, fruto de las hormonas y de un carácter fuerte que no ha quedado más remedio que limar por cuestión de pura supervivencia.

Soy perfectamente consciente de lo que pasaron mis padres conmigo, especialmente mi madre, que hizo de pared de frontón a la que le iban todas las pelotas, que devolvía con una delicadeza generosa tratando siempre de dar una explicación, con frecuencia mal recibida por mi parte.

El adolescente que tengo en casa, sin embargo, y a pesar de sus picos emocionales y de sus hormonas, es un bálsamo comparado conmigo (no alzo campanas al vuelo porque aún le queda camino por recorrer en este trecho). Es mucho más reflexivo, más equilibrado y racional, hasta el punto de que con frecuencia es quien modera mi tristeza, mi rabia o mi rebeldía, esos vestigios de la adolescente que aún hay en mí.

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