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Posts Tagged ‘tinte’

Deberías sacarte más provecho. Estás despeinada. ¿Por qué no te maquillas? Estás flaca. ¿Has engordado? Mira a ver, igual ahora te vas a desbaratar. ¿Cómo que no te gusta ir a comprar ropa? Tienes que cuidarte más. Pero si es sólo un animal. A mí no me vengas con esos de fuera, yo no puedo hacer nada. ¿Por qué te afliges? Idealista. Demagoga. Podemita. Roja. Anarquista. Ignorante. Sabionda. Tonta.

Etiquetas y más etiquetas que me caen encima como barrotes cada día. Mi jaula es un sistema que fomenta una sociedad que castiga la empatía y que lucha porque nadie intente salirse de la corriente. Mi jaula, aunque tiene la puerta abierta, me retiene a base de presión publicitaria, de educación mal entendida, de aislamiento, del refuerzo positivo que se le da a un perro cuando cumple las expectativas del dueño. Desde mi encierro sigo escuchando las mismas frases, a veces sonrío por dentro y las espanto con las manos. Otras, me clavan sus espinas tan dentro que me cuesta quitármelas. Pero aquí seguimos, acumulando fuerzas para cruzar la puerta abierta, desplegar las alas y alzar el vuelo sin que me importen lo más mínimo las etiquetas.

©Perenquen23.

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Por el título, muchos de ustedes pensarán que voy a hablarles del caso de Inma Cuesta, la actriz que, a sus 35 años, ha visto cómo en una publicación le retocaban cuerpo y cara, a golpe de Photoshop, para reducirle cadera y brillos. Cuesta se ha rebelado contra la dictadura de un supuesto canon de belleza que no se sabe muy bien quién instauró. Pero la cuestión es que yo voy a hablarles de mi caso, por supuesto anodino. Porque esta rebelión de la actriz me ha hecho reflexionar, una vez más, sobre la necesidad que tenemos hombres y mujeres de teñirnos las canas. Con frecuencia me asalta la duda de si es un retoque éste con sentido o una obligación más a la que sucumbimos cada ciertas semanas. Adoro a las mujeres que se dejan las canas al aire y siempre me parecen guapísimas. En el caso de los hombres, éstos han tenido la suerte de que siempre se ha asociado su cana a sexy madurez, pero para las féminas supone, en cambio, un alarde del paso del tiempo que la sociedad castiga con términos como desaliño o dejadez.

A mí la primera cana me salió con quince años y no esperó mucho para irse trayendo cada vez más amigas. Aunque a veces me atrevo a intentar dejar que se muestren al público, siempre termino sucumbiendo al retoque consentido que es el tinte tradicional. ¿Me veo mejor? Sí. Pero no deja de ser un toque artificial que, aunque no tenga gran importancia, me estruja un poquito la autoestima.

Las canas ya no se respetan. Se tiñen. Imagen extraída de desmotivaciones.es.

Imagen extraída de desmotivaciones.es.

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Bigote

La naturaleza y sus crueles designios. No le bastó con dotarme de un tremendo cabezón, un hambre atroz y unos pies como raquetas de tenis, no. En un alarde de cinismo cruel, mis células madre me tenían preparada, al poco de pisar este mundo, una terrible sorpresa. No había llegado a los 10 años de vida cuando recibieron la orden fulminante: “¡Pelo! ¡Pelo! ¡Pelo!”. ¿Quién en lo más hondo de mi ser daba tales instrucciones? No lo sé, pero el caso es que fueron cumplidas a rajatabla.

Podían haber sido unas cuantas neuronas más para elevar mi cociente intelectual, pero las células se convirtieron en una mata negra de pelo en el sobaco; podían haber aumentado la longitud de mis huesos para despegarme 15 centímetros más del suelo y alcanzar el metro noventa, pero tuvieron que transformarse en unos capilares como alambres brotando del pecho. Y lo que es peor, en un espeso bigote.

Mi fotografía del colegio con 11 años lo dice todo. “¿Qué es eso que tiene debajo de la nariz? ¿Un gato echado?”, se preguntaba la gente al cruzarse conmigo por la calle. En los partidos de baloncesto, los compañeros del colegio me agarraban por las piernas, boca abajo, y barrían con mi mostacho la cancha. Era el niño escobillón, un cepillo humano con una imponente mata de pelo bajo la nariz y la cara llena de granos.

El caso es que mi madre se resistía a que me afeitara. “¡Te vaaas a condenaaaar! ¡Es empezar y no acabaaaaar!”, me decía cada vez que me veía ante el espejo atusándome la brocha. Así fue cómo, un buen día, apareció con el remedio a mis problemas, con el sustituto perfecto de la cuchilla: un bote de Andina. “Se te va a quedar tan rubio que no se va a ver”, me garantizó. El problema era que yo no tenía una pelusa, sino la maldita tundra leporina. Así que me embadurnó la cara con aquella crema, la dejó actuar unos minutos y luego procedió a retirarla con cuidado. Mi padre me contemplaba estupefacto: “Joder, es como ‘Bigote’ Arrocet”, sentenció.

Se imaginarán mi desgracia, aunque bastó un día en el colegio con el cepillo teñido para que en casa aceptaran, por mi salud mental, que lo mejor era que me podara el seto. Y de ahí hasta hoy. Por eso el recortable de la cabecera: a veces, cuando me da morriña, cojo uno, me lo pongo bajo la nariz y me miro al espejo: “¡Piticlín, piticlín!”.

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