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Koza1983 @ Wikimedia.org (CC BY 3.0)

Koza1983 @ Wikimedia.org (CC BY 3.0)

Te alaban todos los animales.
Te loan en cada desierto.
Tan alto como el cielo.
Tan amplio como la tierra.
Tan profundo como el Gran Verde.

Himno a Amón-Ra
Papiro Boulaq 17 (Museo Británico)

 

En Sanlúcar la Mayor (Sevilla) lucen dos destellos descomunales. Son visibles desde kilómetros de distancia y siempre los busco con la mirada cuando el avión desciende para tomar tierra en San Pablo. Son las centrales térmicas solares PS10 y PS20, las primeras de su tipo en el mundo.

Entre las dos suman casi 2.000 espejos móviles, concentrados en sendas torres de 114 y 165 metros. Si Abengoa, la empresa propietaria, logra esquivar la bancarrota, está previsto que el complejo solar incorpore otras plantas similares en el futuro, que acabarían produciendo la electricidad suficiente como para abastecer a 180.000 hogares.

SolarReserve, una compañía californiana, está yendo un paso más allá. Aunque su diseño es similar, la concentración de calor se utiliza para calentar sales fundidas, capaces de liberar energía en cualquier momento del día e incluso por la noche. Otras plantas con esta tecnología ya están construyéndose en Sudáfrica y Chile, así como en diferentes regiones de Estados Unidos.

La imagen de estos miles de espejos, moviéndose en una sincronía perfecta para alimentar a la bestia, me resulta algo perturbadora. Cuando las miro, no puedo evitar que me recuerden al congreso nazi filmado por Leni Riefenstahl en El triunfo de la voluntad (1935). Quitas a los camisas pardas y pones a los heliostatos y la arquitectura es similar. Similarmente fascista, quiero decir.

No digo que el avance no sea positivo, líbreme Dios. Que vengan muchas más plantas solares si así conseguimos frenar el efecto invernadero y que el planeta no siga calentándose hasta derretirse. Solo digo que en los últimos 3.000 años no hemos cambiado tanto.

Cientos de millones de fieles se han postrado a los pies de Amón, de Helios, de Inti, de Abora o de Magec. Temblorosos y humillados, nuestros ancestros gastaron siglos en plegarias cegadoras, dirigidas a evitar las plagas y las sequías.

Hoy cambia el sujeto, pero no el predicado. Aunque en un estilo algo más laico, seguimos postrados ante el sol, rezándole en silencio para que no se apague y nos deje el móvil sin batería.

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Un no parar de levantarte tarde con el olor al café recién hecho

De desayunar casi a mediodía pan y mantequilla

De darte baños de mar

De beber las cañas más frescas del mundo con los chochos más picantes del universo

Baños de mar

Baños de mar

De charlar con los amigos y solucionar todos los problemas del planeta

De comer a la hora de la merienda e ir zombi a echarte la siesta

De decidir cuál es el plan para la noche

De disfrutar de cenas sencillas: arroz, pizzas o jamón

De acabar la noche con un gin

De dormir tras leer diez veces la misma página del libro

Esto es un no parar o quizá es lo contrario…

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la fotoQuedó un poco de espuma pegada al lóbulo de la oreja izquierda. Dos gotas de café salieron volando, incontenibles, de la taza, y una de ellas fue a parar, disimuladamente, a la pernera del pantalón caqui. Cuando quitó la publicidad del parabrisas, algo, una línea negra de hollín, perpetró la bocamanga de la camisa. La mermelada del bollo de media mañana se depositó, insolente, sobre la solapa. Y al mediodía, un poquito de grasa de las almejas a la marinera de aquella triste y aburrida comida de empresa se alojó para siempre en la corbata preferida. Más café goteó, desde el culo del vaso del cortado, hasta la bandolera, marcando de por vida la impecable piel virada. Por la tarde, en El Corte Inglés, la muestra de perfume amarillaría, desde que le diera el sol, el cuello impoluto de la camisa de Armani. Garabateó en la Moleskine tres o cuatro palabras y los dedos recibieron, como una suerte de examen dactilar, la tinta del Pilot verde -a saber por qué parte se salía además de por la punta.

Ya en casa, tirando la puerta al llegar, se quitó los zapatos y las medias negras de ejecutivo pisaron la huella líquida que el cachorrito recién llegado iba dejando por cualquier esquina.

La besó, a su compañera, y su carmín le dibujó una arruga roja sobre la mejilla. La toalla estaba marcada con la sangre de no se sabe qué pequeña herida. Y las sábanas, a media noche, mostraron ciertas islas en la cartografía del amor.

Al repique del despertador se sentó en el borde de la cama. “A empezar de nuevo”, se dijo. Y luego pensó: “hoy, borrón y cuenta nueva”.

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sacreEstaban sentados en las escalinatas del Sacre Coeur, en el momento en el que la marea de personas había dejado de latir un segundo. O así les pareció. Abrieron con dificultad y una navaja suiza aquella botella de vino que compraron por un par de francos en Montmartre y empezaron a beber, tiritando de frío, en dos vasitos de plástico donde horas antes les habían puesto el café.

Un café raro, de bulevar y sillas mirando hacia el cauce de coches a toda velocidad, y de camarero italiano hablando francés de garrafón, y con gomina de hipermercado y caspa sobre el chalequillo que les explicó que habían cortado el agua y por eso no podía usar tazas de porcelana.

El primer sorbo fue como el contacto de un papel secante sobre la lengua árida y los labios despellejados por el frío. Pero supo a gloria. Habían subido hasta allí para ver la puesta de sol y lo único que se veía era una impresionante llanura de casas y edificios y torres y gruas…y nubes como cajas apuntaladas unas contra otras, amenazantes y fieras. Y la temperatura empezaba a descender y se agradecía el calorcito del alcohol bajando por los conductos orgánicos, calentando todo a su paso, convirtiendo aquella plomiza y plateada luz de la tarde de noviembre en un ocaso cálido de un bello color naranja dorado.

– “Qué bien estar contigo aquí y ahora” – dijo él.

– “Y qué bueno está el vino” – dijo ella.

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El otoño es una estación que no cae muy bien. Y es que al pobre le toca llegar justo después del verano. La temporada del sol, el calorcito, las largas tardes de cañas con los amigos y, para los que trabajan, el tiempo en el que gozan de las vacaciones. Pero además, llega acortando los días, desatando al viento y descargando precipitaciones. Es lógico que lo tenga complicado a la hora de hacer amigos.

Visto lo visto, se entiende que se hable de la tristeza del otoño, del síndrome afectivo estacional o, lo que aún suena más duro, la depresión otoñal. A muchas personas los cambios de ritmo vitales que traen consigo la llegada del frío y el menor número de horas de luz les influye de forma negativa. Están más irritables, les cuesta concentrarse, duermen mal y hasta les afecta en su libido. Pero esto sólo dura hasta que el individuo en cuestión se vaya adaptando a la nueva estación.

Una vez acostumbrados al cambio somos capaces de ver las maravillas que nos ofrece. Los colores, cálidas interpretaciones de los amarillos, naranjas, verdes y marrones, nos revelan magníficas estampas naturales. La suave atmósfera que invade las calles, restaurantes y cafés, refugios en las primeras tardes de fresco. El olor a castañas asadas que nos dice que el frío está a punto de llegar. Las uvas, mandarinas, peras, manzanas y granadas, sabrosos productos de temporada que alimentan el alma. Las jornadas en casa, debajo de las mantas, disfrutando de un libro en solitario  o de una buena película con la mejor compañía. Los días cortos que dan paso a largas noches para disfrutar charlando con los amigos. La oscuridad dilatada preludio de un mañana que comienza con el mejor desayuno. Lo que el otoño nos trae no son más que regalos, para el alma, para los sentidos, para el corazón…

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Me da la impresión que las estaciones (verano, primavera, otoño e invierno me refiero) están en peligro de extinción, como el correo postal, los periódicos de papel y los zapateros. Y es que hay cosas que por la propia ¿evolución? tienden a diluirse en el pasado y llega un momento en el que casi ni nos acordamos de ellas.

Digo esto porque, aunque los calendarios de la AEMET digan lo contrario, recuerdo muy poco un agosto como el que estamos viviendo. Cada mañana cuando abro la ventana está todo mojado e incluso al aterdecer se hace difícil pasear por La Laguna para soportar unas temperaturas bastante bajas. Hace algunos años Víctor Quintero el director del centro del entonces Instituto Nacional de Meteorología en Tenerife ya me lo explicaba de una manera muy certera: “Tendremos veranos e inviernos más cortos, pero más intensos”, me dijo. Se refería a semanas en las que el termómetro llegaría a los cuarenta grados, y otras en las que el viento y la lluvía nos azotarían sin piedad como, de hecho ya ha venido sucediendo.

Supongo que esto tendrá que ver con el llamado cambio climático, o no. Lo que sé es que me da la impresión de que estas cosas no son normales, aquí abajo, en agosto, y con estas lluvias y nubes. Me desagradaría que en noviembre hiciera 40 grados a la sombra. Esto sí que es para reflexionar….

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Por Bynzelman

Ayer fue 21 de diciembre. Si todo va tal y como los agorerillos prevén, la cosa se pondrá muy chunga en un par de años. Porque dicen que el 21 de diciembre de 2012 se va todo al garete. He estado investigando por ahí y la verdad es que lo que más me asusta es la cantidad de gente ingenua (por no decir nada más feo) que se une a estas “causas” y apoya teorías ridículas. Pero ellos no hacen más que sumarse a los listillos que lo promueven con algún interés oculto, los engañabobos que se adueñan de datos científicos para tergiversarlos y hacer que parezca que sus ideas locas tienen algo de sentido.

Hay un montón de chalados que dice que el 21 de diciembre de 2012  nos vamos a freír porque al Sol se le va a ir la mano con una tormenta electromagnética o algo así. Y encima resulta que lo decían los mayas hace la tira de años (esto ya es el colmo de la tontería… no que lo dijeran los mayas, que a tantos años vista puede uno decir lo que le venga en gana, sino que asocien rituales y predicciones ancestrales con el fin de la era tecnológica: ¡qué sabrían los mayas del meteosat, digo yo!).

Bueno, llámenme incrédula, escéptica o lo que les dé la gana. Pero si dentro de dos años esto no revienta, yo le pido al gobierno que sea que militarice a tanto descerebrado y los ponga a todos a quitarme el mal chacra electromagnético ese del cuerpo. Y como me entere de que alguno de estos perlas en plan secta engaña a la gente y empieza a ganar más dinero que un controladora aéreo, lo pongo firme… Ya está bien. ¿O es que después de intentar meterle el miedo en el cuerpo a todo el mundo se van a quedar tan anchos? Ya sé, ya sé… Tengo que relajarme. Pero es que estoy harta de tantos y tan variopintos vulgares estafadores.

Con lo bonito que es el Sol…

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