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Posts Tagged ‘santa cruz de tenerife’

Leonid Mamchenkov @ Flickr.com (CC BY 2.0)

Leonid Mamchenkov @ Flickr.com (CC BY 2.0)

La humedad ha ido corrompiendo la pintura, hasta desdibujar sus ángulos. La balaustrada aparece ahora cubierta de pústulas blancas, a las que el humo del tráfico ha convertido en churretones. Y en su interior se apretuja media docena de personas, que juegan a la brisca o al envite sobre un mantel de plástico a cuadros.

Así se me presenta la escena, a ojos de burgués, mientras la observo día tras día a través del parabrisas. Y en este caso corresponde a Cuesta de Piedra, pero se repite hasta el infinito en Taco, San Matías, Ofra o Cruz del Señor.

Por esta época los barrios populares de la periferia de Santa Cruz se encastillan en los patios y las azoteas. Y entre sudores, a la caída de la tarde, reproducen ritos y juegos que transitan de generación en generación. El verano es su lienzo, el ventilador su herramienta y el ocaso su cómplice.

Durante un segundo, el burgués solitario curiosea y envidia. Al instante siguiente desembraga y ajusta el aire acondicionado.

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Foto de elenanodelcuento, 20 de junio de 2015.

Foto de elenanodelcuento, 20 de junio de 2015.

Descubrimos en Tenerife muchos caminos que han perdido su uso original, pero no por ello su valor. Se trata de veredas y senderos tradicionales cargados de historia y biodiversidad. Surgen iniciativas públicas y privadas para valorarlos, recuperarlos y conservarlos.

Transitaron por estas sendas: lecheras, carteros, pastores… rebeldes políticos… guanches… Acumulan siglos de historia, de rutas comerciales, batallas, huídas, conquistas; y siglos de historias, de vivencias personales que están documentadas o podemos imaginar. Esos tinerfeños no las recorrían como lo hacemos hoy en día, peltrechados con botas de montaña, palos, gps y móviles. Lo hacían con alpargatas roídas, portando mucha carga, en ocasiones bajo la lluvia y probablemente acompañados de la necesidad o el miedo. También el valor de todas y cada una de esas historias lo atesora el camino.

La amplia red de caminos de la isla constituye un importante patrimonio natural y cultural. Su conservación requiere la implicación de todos los entes sociales, desde pequeños grupos vecinales, hasta el propio Cabildo de Tenerife. Citamos tres interesantes proyectos concretos como muestra, muy diferentes entre sí:

– Fundación Santa Cruz Sostenible. Su misión es defender y promover políticas de sostenibilidad en el municipio capitalino, buscando el compromiso de los ciudadanos, con el objetivo de convertirlo en un referente internacional. Está patrocinada por el ayuntamiento de Santa Cruz y por la Fundación Cajacanarias. Entre otras actividades, organizan charlas y rutas guiadas relacionadas con estos caminos (Anaga a pie).

– Amigos de la Cañada. Colectivo impulsado por Miguel Pérez Carballo, que ha desarrollado un trabajo de investigación y documentación sobre el antiguo camino ganadero que circunda la ciudad de La Laguna. El anillo peatonal de la vega lagunera, de unos 27 km., posee un relevante valor etnográfico que han defendido ante la administración local. Gracias a su empeño, contará con reconocimiento en el nuevo Plan de Ordenación.

– Desaplatánate. Organización comunitaria que está llevando a cabo una campaña contra el rabo de gato. Planifican laboriosas limpiezas a mano de esta planta foránea tan invasiva, para proteger a la flora autóctona y endémica. Sus esfuerzos se centran en informar del grave problema que supone la presencia de esta especie en nuestros espacios rurales y en evitar que se expanda y se introduzca en Anaga (puedes seguirles en Facebook para estar informado de las próximas limpiezas y participar como voluntario).

Pasear por estos caminos te hace viajar en el tiempo y a través de un collage de paisajes. Debemos concienciarnos todos de su elevado valor y de su gran potencial. Conocerlos, cuidarlos y reconocer el privilegio que tenemos de poder disfrutarlos.

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Siempre me dio la impresión de que lo que pasaba en las casas al otro lado del barranco era más interesante que lo que pasaba en el mío. Las cuarterías de los agricultores que se veían más allá de la recién estrenada autopista, y el barrio de pescadores que se intuía más allá de la avenida marítima justo en la entrada de la ciudad se me antojaban mundos completamente distintos, como si formaran parte de otra ciudad, cuando no de otro país. Las siete u ocho casas que miraban desde la otra orilla del río eran para mí un universo aparte y algo parecido me pasó la primera vez que vi Granada desde el margen contrario. Este es mi lado y lo que está más allá de la brecha tiene sus propias reglas, sus propios usos, sus propias costumbres. Allá se las compongan.

Hoy, viendo este vídeo, me he dado cuenta de que al hay alguien en el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife al que le pasa lo mismo.

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Se despertó horas después del amanecer. Aún, con la legaña puesta, asomó “el hocico” por la ventana, en pleno barrio del Toscal en Santa Cruz de Tenerife.

Ni un ruido, ni una pita, ni una voz… Silencio.

Un silencio fuerte y perturbador.

El primer sonido le llega por la izquierda. Una puerta de un portal se abre y una señora con su traje camisero floreado sale sigilosamente calle abajo, hacia la panadería.

No se cruza con nadie. Ninguna persona la mira. Salvo ella que la sigue desde su ventana, con la vista aún borrosa y el ojo medio cerrado, mientras se aleja con un rítmico vaivén en sus caderas, dando movimiento a las coloridas flores que brillan por los destellos del reflejo de la luz en la purpurina que la noche dejó en sus pestañas. Los pitos empiezan a resonar en su cabeza y los tambores a marcar su latido.

Rápido se pone un pantalón, camiseta y unos zapatos y sale también a la luz del sol. Disfruta del silencio escandalizador para una mañana en la ciudad.

Se dirige al centro donde cuesta despegar la suela del zapato a cada paso por el pegote que ha dejado en el pavimento la mezcla de fluidos orgánicos e inorgánicos durante las horas de explosión, baile y ritmo ensordecedor.

El aroma de la ciudad no es agradable. Más bien, todo lo contrario. Pero a ella le encanta. Es ese olor único. Ése que al entrar por la nariz grita las carcajadas, las bromas, la alegría del encuentro casual en cualquier esquina.

Unas risas a lo lejos…. Se acercan hacia ella contorneándose mientras dibujan eses a cada paso con sus pies descalzos. Tacones en mano, pelucas despeinadas con lazos deshechos y pestañas postizas caídas. Alrededor de sus cuellos las boas desplumadas, y, por sus pantorrillas, las carreras corren desde los tobillos hasta la pelvis.

Se cruzan.

¿Adónde vas mascarita? ¡Con esas tortas y una Fanta, hasta mi pajarito canta!”

¡Por fin! El sello que confirma que hoy martes, no es un día cualquiera.

¡Y lo que aún queda!

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−Buenos días, al Hotel Escuela, por favor.

−¿En Puerto de la Cruz?

−¡No!, ¡no!, aquí, en Santa Cruz.

−Es broma, mujer, que soy taxista y lo conozco todo… Es que si ya perdemos el sentido del humor nos quedamos sin nada. Como nos lo han quitado todo…

−Ah, disculpe, no lo pillé. Es cierto, si encima no nos reímos, mal vamos.

−Porque mire cómo está todo, estos políticos se creen los dueños del mundo y son todos unos corruptos. ¿No será usted política?

−No, no, tranquilo, no se preocupe.

taxi 1

Imagen: 123rf.com

−Mire, yo viví la dictadura en este país y lo que vivimos ahora se le parece mucho. Y luché por conseguir una democracia.

−Sí, imagino que a las generaciones que lucharon por la libertad ver lo que está pasando les debe resultar más duro que al resto.

−Aunque realmente los mejores años de mi vida fueron durante la dictadura, porque si no te metías en política y en jaleos vivías muy tranquilo, con mucha seguridad en las calles.

−¿Ein?

−¿Ha dicho usted algo?

−No, no, nada…

−Ah, pues eso, que antes a los políticos se les encarcelaba por defender sus ideas y ahora a los que trincan los meten en la cárcel por robar.

−Sí, sí, desde luego, es terrible.

−Pero yo no los metería en la cárcel, porque hay que mantenerlos y eso cuesta dinero público. Yo los subía al Teide y los ponía a picar piedra o a hacer carreteras. Desde luego… yo no creí que la democracia fuera esto.

−Por aquí mismo puede dejarme. ¿Cuánto le debo?

-¿Pero no iba a usted a Puerto de la Cruz?

−…¿perdone?

−Que es broma, mujer, otra vez ha picado jajaja.

−Ya, sí, no ando fina.

Son tres con ochenta.

−Tome tres y quédese el cambio.

−No, perdone, son…

−Que es brooooma, hombre…

(Esto fue así, literal, y hasta fui tomando nota de parte de la conversación durante el trayecto, sobre todo cuando dijo que luchó contra la dictadura pero que en ella se vivía mejor).

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2013-02-10 13.11.42Hace algunos años llegó a mis manos el librito El primer trago de cerveza y otros placeres, del francés Philippe Delerm. Tan sugerente título me cautivó desde que lo vi en el escaparate de El Paso, en Santa Cruz, uno de las pocas librerías -de verdad- que aún quedan en esta isla del demonio. La lectura de esas líneas en la portada me generó una repentina ansiedad que sólo pude calmar corriendo hacia un bar y pidiendo una caña, la cual ingerí casi inmediatamente en un largo y placentero primer trago.

A partir de esas páginas veo la vida desde otro punto de vista: el del placer del sabor. Antes ya era un “bocanegra” (no tanto como mi compañero de blog Carlos Padilla) al que podían las comilonas y reuniones gastronómicas varias, pero después de esta lectura, como decía, aprecio más esos pequeños placeres grandes: el primer trago de cerveza, un vasito de vino Sansón un día de invierno, unos trocitos de carne a la brasa, el chisporroteo del agua con gas en la lengua detrás del cortado leche y leche, medio vaso de vino antes de comer, ese trocito de chocolate negro después de cenar, el tocino de la fabada, los torreznos en unas buenas “patatas” revolconas en la Rúa Mayor de Salamanca, un bocadillo de tortilla de la Garriga, unas lapas en Barranco Ruiz, un bocadillo del Calamar Bravo en el Tubo de Zaragoza, un gin tonic en cualquier bar antes de que cierre, la leche condensada en el fondo del vaso, ese trocito de pan mojado en aceite, el olor del salmorejo de la viejita, un plato de sopa caliente, la sensación del gofio escaldado pegado al paladar, los ajos refritos por encima del pobre medregal pescado esta mañana, o la brisa en la cara y los camarones sentado en la playa, mirando el océano.

Con todo eso, y como diría mi amiga virtual Yaiza Yastá ¿para qué pensar en nada más?

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2013-02-20 08.59.45La ciudad palpitando en forma de ruidos de coches y motos; y guaguas y tranvías que no se llaman deseo. Semáforos que gritan a los que no ven. La ciudad llena de llamadas perdidas y radios a medio escuchar, de ventanillas bajadas y codos por fuera, porque estamos en el Atlántico y los 20 grados dan para sacar el brazo y jugar con los restos del alisio camino a San Andrés.

La ciudad atestada de luz de marzo, de camarones primeros en la terraza del Café Atlántico, de chicas sentadas en ese charco inmundo de mohos amarillos y verdes y de señoras con cholas para guiris comiéndose un helado en la plaza de La Candelaria.

La ciudad en las ondas de Radio Club, en los pasos de los caminantes por la Avenida de Anaga y en las terrazas del Náutico, donde los señores llevan un polo que dice RCNT por si alguno no se había dado cuenta dónde estaba.

La ciudad en una escultura de Juan de Ávalos o de Claude Visieux, la ciudad de los hierros de Pepe Abad y del Guerrero Goslar cagado por las palomas  de las Ramblas y los grafitis y pintadas de los quinquis.

2013-03-07 15.53.29La ciudad muerta de aburrimiento en la que los coches de 1960 suben a toda velocidad  por la calle del Castillo, pilotados por los Puercos de Circe, desde la fantasía ácida e hiriente del mejor Luis Alemany; y del señor de las Tribulaciones o del paseo Romero en una suerte de recuperación de las tradiciones sin tradiciones. La ciudad arramblada en las casas y ciudadelas del Toscal o el esplendor decadente del barrio de los Hoteles.

La ciudad en un paseo de Minik por la Rambla con El País bajo el brazo, o en el café de Sánchez Ortiz en El Águila. La ciudad llena de progres llenos de soberbia que escriben en periódicos, de papel o de pantalla, o en libros que todos compran y nadie lee de lo aburridos que son, pero que tienen unos títulos sugerentes, como la ciudad.

La ciudad que no lo es. La ciudad bella y resplandeciente por fuera, la ciudad podrida por dentro.

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