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Supernova 1993J, una estrella que explotó en la galaxia M81 y cuya luz nos llegó hace algo más de veinte años / NASA, ESA, G. Bacon (STScI) (CC BY 2.0)

Supernova 1993J, una estrella que explotó en la galaxia M81 y cuya luz nos llegó hace algo más de veinte años / NASA, ESA, G. Bacon (STScI) [CC BY 2.0]

Hay días en los que me levanto intenso y me da por pensar en la Ley de la Conservación de la Materia. Así, en ayunas, según abro los ojos. Es como para darse la vuelta y seguir durmiendo.

Pienso, ya les digo, en que todos los átomos metálicos del Universo han sido forjados en explosiones cósmicas de supernovas y estrellas de neutrones. En que algunas de las motas de polvo que alfombran mi mesa de noche bien pudieran haber sido las mismas que levantó el caballo de Gengis Kan en su imparable avance por las estepas del Caúcaso. Leves escamas arenosas, que han doblegado al tiempo y al espacio para aterrizar a unos pocos centímetros de mi cabeza.

Otros días en cambio, lo que me levanto es vago. Y según ruedan las pelusas pasillo abajo, rotundas como las aulagas en las películas del Oeste, sonrío al darme cuenta de lo bien que me viene todo esto para no coger la fregona.

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No sé si me sentía bien o mal, en realidad ni siquiera sé si sentía algo. Lo había hecho, mi experimento, mi vendetta… Llegué a casa casi al amanecer, lo normal después de una noche de juerga. Allí estaba, durmiendo como un bendito, un pobre ingenuo que desconoce lo que acaba de pasar a pocos kilómetros de él. No tan pobre, me digo, fue por su culpa. ¿Y ahora qué? Me deslizo hasta el baño, me desmaquillo y me lavo los dientes, me pongo la crema y el pijama. Todas las huellas de mi traición estaban borradas. Había sido incapaz de salir de allí sin ducharme y quitar cualquier resto de otro hombre que pudiera quedar en mí. No sé si él fue tan considerado. Por fin me meto en la cama, a su lado, para no dormir. ¿Se lo digo? Mi cabeza no para, y con ese bullir de pensamientos se me va formando un nudo en la boca del estómago que no me permite ni tragar saliva. No los controlo y cuando no pienso una cancioncilla ocupa ese vacío, ‘que lástima pero adiós, me despido de ti y me voy’. ¿Será una señal? Ahí está, todo el tiempo lo mismo. Para que realmente sea una venganza, debería contárselo, que sienta lo que yo sentí, “Sólo fue un polvo de una noche, no significa nada, ni recuerdo cómo se llama”, me dijo. Me destrozó, me desgarró, me devastó.

Publicada en detrasdeltocador.com

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Siempre le había pedido que si dejaba de quererme, si ya no estábamos bien juntos, por favor, me lo dijera antes de llegar a eso. Claro que él decía que me quería, sólo había sido un desliz, no recordaba ni su nombre… También siempre me había dicho a mí misma que si alguna vez me ocurría esto, le pagaría con su misma moneda. Pero ya no sé con qué fin. Lo he hecho, ¿y ahora qué? Esto no ha conseguido que me sienta mejor. Sé que hay parejas que continúan con sus vidas, con su rutina y de vez en cuando echan un polvo fuera de casa, una actividad consentida por los dos, así sí. Llegados a una edad, todos necesitamos tener compañía, entrar después del trabajo y tener a alguien con quien compartir impresiones, tomar un vino y ver una película cogidos de la mano. Mantener una rutina. Y si necesitas una aventura, sentir el riesgo, la emoción de lo nuevo, te vas de cacería. Pero, ¿es eso lo que yo quiero? No, seguro que no, no lo soportaría. Siempre me preguntaría si habría estado con otra. Esa interpelación tan común del final del día, ¿qué has hecho hoy?, estaría cargada de intenciones. El miedo de una respuesta inoportuna me paralizaría. Sería incapaz de seguir con mi vida. Se mueve a mi lado, me pasa el brazo por encima, al darse cuenta de que estoy ahí, se acerca, me da un beso en el hombro y sigue durmiendo. Con su calor me dejo ir y el sueño por fin me invade. “Me despido de ti y me voy”…

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Las paredes son blancas y los techos altísimos. Agradezco la amplitud, me deja respirar, necesito aprovechar cada inspiración para controlar mis nervios. A pesar de la hora, la casa está iluminada, los tonos anaranjados que se deslizan a través de los grandes ventanales del salón le aportan calidez. Me siento cómoda, histérica pero cómoda. Estamos en pleno casco histórico. Un lugar privilegiado desde donde se puede disfrutar de la silueta de este precioso lugar. Es impresionante. Encendió la luz y sentí un sobresalto, tan absorta estaba con las vistas.

–          ¿Una copa?

–          Sí, por favor, un gin tonic estaría bien.

Desapareció. ¿Gin tonic? Sería mucho mejor una tila. Aunque no creo que consiguiera controlar la pelota que me oprime el estómago. Dios, ¿qué estoy haciendo? Son las dos de la mañana y estoy en casa de un desconocido, a mi madre le daría un infarto si se enterara. Pero me dejo llevar, por una vez en mi historia, me dejo llevar. Estoy harta de controlar todo lo que digo, lo que pienso, cada uno de mis movimientos… Ha vuelto. Por lo menos recuerdo su nombre. “Manuel, pero me llaman Manu”, me dijo con una sonrisa amplia. No me podía haber salido mejor, es encantador, guapo, educado y su casa es preciosa. Nunca pensé que tendría tanta suerte. Salí pensando: “primer intento”. Pero creí que necesitaría muchos más hasta encontrar al candidato adecuado.

–          ¿Vives solo Manuel? – me encanta decir su nombre. No tendrá más de 37. Asiente tendiéndome la copa, debe ser una señal del universo–. Tienes una casa preciosa.

Se dirige hacia un rincón del salón, creo que va a poner música. Aprovecho que está de espaldas para armarme de valor, cojo aire profundamente y le suelto el discurso que llevo ensayando toda la semana:

–          Manuel, antes de seguir,  quiero que sepas que esta noche forma parte de… llamémoslo un experimento – se da la vuelta y me mira perplejo. Podría no contarle nada y seguir, pero me apetece que todo quede claro-. Esto será sólo sexo de una noche, me imagino que es lo que esperabas pero… ¿supongo que no te importa? – parece un poco asustado pero continúo–. No te voy a contar nada de mi vida, ni quiero que me digas nada sobre la tuya. Después de hoy, si me ves, no me saludes, no me hables, no me mires, sólo sigue tu camino, yo haré lo mismo. Esto es muy pequeño Manu y no me puedo arriesgar. Sólo quiero probar una cosa. ¿Te parece bien?

Lo pensó durante unos segundos y me contestó con su sonrisa:

– Si es lo que quieres…

Me hubiera sorprendido si hubiera dicho que no. No quiero entrar en detalles y parece que me lo permite. No le voy a explicar que es una venganza, mi respuesta a una traición. Necesito saber qué se siente. Un polvo tú, un polvo yo, estamos empatados. “Sólo fue un polvo de una noche, no significa nada, ni recuerdo cómo se llama”. Yo sí lo recordaré.

Comienza a sonar la música, Sade, buena elección. Las copas que llevamos encima nos facilitan seguir la noche donde la dejamos antes de mi paréntesis. Se me acerca despacio y me da un beso en los labios, me dejo llevar.

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