Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘peluquería’

Deberías sacarte más provecho. Estás despeinada. ¿Por qué no te maquillas? Estás flaca. ¿Has engordado? Mira a ver, igual ahora te vas a desbaratar. ¿Cómo que no te gusta ir a comprar ropa? Tienes que cuidarte más. Pero si es sólo un animal. A mí no me vengas con esos de fuera, yo no puedo hacer nada. ¿Por qué te afliges? Idealista. Demagoga. Podemita. Roja. Anarquista. Ignorante. Sabionda. Tonta.

Etiquetas y más etiquetas que me caen encima como barrotes cada día. Mi jaula es un sistema que fomenta una sociedad que castiga la empatía y que lucha porque nadie intente salirse de la corriente. Mi jaula, aunque tiene la puerta abierta, me retiene a base de presión publicitaria, de educación mal entendida, de aislamiento, del refuerzo positivo que se le da a un perro cuando cumple las expectativas del dueño. Desde mi encierro sigo escuchando las mismas frases, a veces sonrío por dentro y las espanto con las manos. Otras, me clavan sus espinas tan dentro que me cuesta quitármelas. Pero aquí seguimos, acumulando fuerzas para cruzar la puerta abierta, desplegar las alas y alzar el vuelo sin que me importen lo más mínimo las etiquetas.

©Perenquen23.

Read Full Post »

bobbi vie @ Flickr.com (CC BY)

bobbi vie @ Flickr.com (CC BY)

“Cortito, bien cortito. Y la barba fuera”. Ofelia no pudo disimular el asombro cuando vio entrar a su marido en la peluquería. Y menos aún al escuchar, de sus propios labios, aquella petición tan extravagante.

Quiso ocuparse en persona. Soltó la brocha de las mechas, dejó plantada a su mejor clienta (Doña Francisca, que soltó un bufido al saberse en manos de la aprendiz) y le pidió que pasara al lavabo.

– Pellízcame por si estoy soñando.
– No aguanto más el calor.
– Bendito verano. En quince días ha conseguido lo que a mí me ha costado seis años.
– ¿En serio tienes apuntada la fecha?
– Soy peluquera. No me hace falta.

Llegado el fin de semana, la llevó a cenar a un sitio caro, de los que ofrecen más de un par de cubiertos. Y de regreso al coche dieron un largo paseo por la costa.

Al poco empezó a abrirle la puerta del coche y volvió a descubrir el desodorante. Todo bastante sospechoso. Sin embargo, cuando una noche insistió en sumergirse en sus regiones australes, ya no pudo aguantar más.

– Paco, estás raro.
– ¿Qué pasa, que no te gusta?
– No, no es eso. Pero es que chico, pareces otro. Lo de Sansón al lado tuyo se queda chico.

Tardó hasta mediados de agosto en descubrir el motivo, encarnado en la animadora infantil de la piscina. Pechugona, algo gordita, veinticinco años. “Menuda putada”, pensó Ofelia. “Menuda putada que el verano no dure un poco más”.

Read Full Post »

Tijera y piedra

No es mi caso, pero seguro que alguna vez te han dicho que la peluquería a la que vas a retocarte el flequillo es una mierda, que cómo se te ocurre, que hay otra más barata y mejor a la vuelta de la esquina, pero tú te resistes y no escuchas. “¿Dónde me van a cortar las puntas mejor que aquí?”, te preguntas. Aunque sabes la respuesta, en un mes estás allí otra vez, con tu peluquera que habla demasiado de buena mañana y te fastidia las reflexiones del principio del día. Te jode que te meta el dedo en la oreja cuando te pone el tinte en las patillas, pero resistes; es tu peluquería y no vas a cambiarla por otra. Por nada del mundo.

El otro día te dijeron que el sitio en el que te comes el medio bocadillo del desayuno no es gran cosa y que tienes otro más cerca y más limpio. Sin embargo, te cuesta dejar tu garito de todos los días. Te agarras a él como si te fuera la vida en ello. “¿Dónde me van a preparar el cortado mejor, con más amor que aquí?”, te preguntas. Y aunque sabes la respuesta, haces como que no la has pensado y vuelves allí a tomar café la mañana siguiente y la próxima, religiosamente. Es así.

Anoche te metiste en la cama y te arrimaste tanto al borde que casi te caes. Se te quedo la pierna por fuera del edredón toda la noche porque hacías equilibrios para dormir, porque ya no soportas su aliento apestoso en tu cuello, ni esa manía imbécil que tiene de mover el pie para arrullarse y coger el sueño. “Niñato, tómate un Valium y duérmete para siempre, déjame en paz”, piensas. Pero mañana despiertas junto a él y sigues, porque en el fondo crees que tienes suerte y que el mercado está mal, muy mal; porque igual no hay nada mejor por ahí.

Es el efecto einstellung. Huimos de las complicaciones y de lo desconocido. Lo demostró, hace unos años, una prueba con alrededor de una decena de jugadores de ajedrez. Se trataba de que visualizaran el camino más rápido hacia la victoria, pero fue un fracaso. Al proponerles dos alternativas, una el conocido mate del ahogado y la otra una solución de tres pasos mucho más rápida, pero desconocida, en un cien por cien de los casos los sujetos eligieron la solución habitual, aunque la otra fuera mejor. Cuando el jugador reconocía la salida conocida, descartaba todo lo demás.

Ayer despediste a diecinueve trabajadores de tu empresa, los últimos de siete años de guillotina y garrote en un sector cada vez más mermado y precario. Lo hiciste sabiendo que cabían otras alternativas, cambios de estrategia, recortes en la gerencia y ajustes de arriba hacia abajo, desinflando el consejo y recalculando el modelo de negocio. “¿Cómo puedo resistir mejor que así, aunque sea hasta las elecciones y luego ya vemos?”, te preguntas. Y aunque conoces perfectamente la respuesta, haces de tripas corazón y metes la tijera. Ayer, una vez más, te quedaste con tu querida peluquera.

Read Full Post »

Escala básica de Norwood para determinar el tipo de calvicie o alopecia androgenética con patrón masculino. / American Hair Loss Association

Escala de Norwood para calificar la alopecia androgénica. / American Hair Loss Association

El otro día llegó a mi correo electrónico una petición insólita. Un empresario de Santa Cruz de Tenerife quería que escribiera una recomendación en su perfil de LinkedIn, algo bastante común entre las personas que buscan trabajo o clientes en esa red social, pero nada frecuente en mi caso. No porque a nadie le interese que yo lo recomiende (que también puede ser), sino porque el negocio que me hacía la solicitud era nada más y nada menos que una peluquería. Como muchos entenderán, borré ese mensaje de inmediato.

De hecho, hace como mil años que no piso uno de esos establecimientos. Todo comenzó un día en el parque recreativo de la Mesa Mota. Por ese entonces, yo lucía todavía una larga melena que cuidaba con champú y suavizante, una pelambrera que, ingenuo de mí, creía que iba a durar para siempre. Nada más lejos de la realidad. Ese día, una de las jornadas más oscuras de la biografía de Carlos Padilla, un compañero de clase se inclinó sobre mi cabeza mientras yo permanecía sentado y procedió a inspeccionar aquella, hasta entonces, frondosa mata de pelo. “Uy, Carlos. Se te empieza a ver el cartón”, sentenció con frialdad.

Recuerdo que llegué a casa desesperado, cogí un espejo pequeño e intenté descubrir, haciendo contorsionismo en el cuarto de baño, qué estaba sucediendo en mi coronilla. Después de mucho retorcerme y remover mi masa capilar, la descubrí. Allí estaba, incipiente pero inevitable, suave y desgarradora, clara pero tenebrosa… Una pequeña clarea devastaba, sin prisa pero sin pausa, mi cabellera. Era el acabose.

A partir de ese momento, fue visto y no visto. La clarea se transformó en claro, el claro en estepa y la estepa en desierto. De nada sirvieron aquellos productos mentolados, el tónico capilar, la cáscara de plátano y los complejos vitamínicos. Día a día, mi pelo perdía volumen, fuerza, color. Tampoco me servían los consuelos del tipo “tío, no te preocupes, mira al cantante de Pantera“, “vas a ahorrar en barbería” o “¡eso es la testosterona!”. Mi cabeza de melón iba camino de convertirse en eso precisamente: un melón.

Hoy, pasados los años, ya lo es. Sin embargo, he aprendido a convivir con ella. Es importante llevar siempre el pelo (el que queda) muy corto (yo me he comprado una rapadora eléctrica) y protegerse con crema o sombrero cuando hace sol. En invierno, también boina, porque la calva es hipersensible a la rasca y el pelete.  Además, debes aumentar las precauciones, porque si te das un golpe, ante la falta de colchón, duele más. Y lo más importante: olvídate de los peinados, las rastas, trenzas y demás, pues a menos que quieras parecerte al mecánico electricista de mi padre, que se enrollaba el único mechón que le quedaba sobre la calva, bien sujeto con Patrico, tus estilismos peluqueros se deben limitar ahora a uno: el look bola de billar.

Read Full Post »

A %d blogueros les gusta esto: