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Posts Tagged ‘parejas’

Los años me van confirmando una de esas teorías sin sostén científico alguno que una crea a base de experiencias: aún funcionamos de forma  muy parecida a cuando vivíamos en las cavernas. Ya, me dirán que menudo descubrimiento, que los antropólogos, entre otros estudiosos, llevan ni se sabe la tira de años ahondando en la materia y haciendo afirmaciones al respecto, pero yo me baso en la práctica, y les aseguro que suele darme la razón en un porcentaje bastante elevado de los casos.

En mi entorno, con mucha frecuencia, observo como las mujeres (por supuesto hay excepciones, pero no voy a referirme a ellas) ejercen de cuidadoras. Y no hablo ya de las que tienen hijos, que ahí la explicación es sencilla cuando aún son pequeños, sino de una especie de condición innata que hace que asistan al necesitado, llámese este niño, enfermo, anciano o, y este es el tema de la entrada, pareja dependiente, y no me refiero a dependiente en el sentido ‘clínico’ del término.

Adoptamos el papel de cuidadoras y creamos dependientes. Hacemos de enfermeras, señoras de la limpieza y sicólogas, todo en el mismo pack, proponiéndonoslo o, en muchas ocasiones, sin proponérnoslo. Restamos autonomía y aparecen individuos que no saben valerse por sí mismos y a los que les cuesta enormemente ser autosuficientes. Y luego nos quejamos. Nos quejamos de que no sepan resolver un problema que vaya más allá del laboral, nos quejamos de que no asuman las labores que les tocan por formar parte de un núcleo de convivencia, nos quejamos del enorme carro que llevamos cargado de responsabilidades que no son nuestras, pero lo cierto es que nuestro afán de protección acaba volviéndose en nuestra contra.

Que seamos capaces de transitar por la vida solos depende de que nos veamos en la necesidad de hacerlo. Por eso me resulta cuanto menos digno de reflexión cómo las mujeres procuramos que nuestros hijos sean autónomos y, sin embargo, alimentamos la dependencia de nuestras parejas.

 

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96088914Era su marido. No confiaba en él de todo, es cierto, pero presuponía cierto cariño, cierto respeto que estaría por encima de sus discusiones. Supuso mal. La tarde empezó, como siempre, sobre las siete. Un timbrazo. Ya está aquí, a ver si con suerte la partida de mus con los amigos no se ha alargado mucho. Bueno, se ha ido a las cuatro menos cuarto, casi con el último bocado. Bajo.

A ella le gustaba pasear. A él ir de bar en bar. Ella llegó a pensar que casi era mejor. Las tardes que cedía a su ‘afición’ no había discusiones. Al menos no en la calle. Sin embargo, aquella tarde la apetecía pasear, aparcar el coche, intentar cogerlo del brazo, hablar de tonterías, de la última ocurrencia de su hija. Mirar a las demás parejas y sentirse a su altura rozando un destello de esa complicidad de la que disfrutaban otros matrimonios.

Hacía tiempo que había empezado a olvidar cómo comenzaban las discusiones. Eran tantas. Nunca olvidó cómo terminó esa. ¿Por qué salió sin dinero? ¿Por qué salió sin llaves? Quizás después de todo, hasta ese día, confíaba plenamente en su marido.

No recuerda cuántas horas estuvo dando vueltas. Digna. Agarrando con fuerza su bolso inútil. Con cara de estar paseando, mientras que su mente se repetía “Tonta, tonta, tonta. Cabrón, cabrón, cabrón”. Sin poder llamar a casa desde una cabina. Sin dinero. Sin atreverse a pedirlo. Sin poder coger un autobús. Sin poder llegar a casa. Sin atreverse a moverse. Presa en una calle llena de gente, paralizada hasta que él decidiese volver a buscarla tan deprisa como se había marchado.

Volvió. Esgrimiendo una disculpa que en realidad era otro reproche. “¿Por qué siempre tienes que cabrearme?, ¿Porqué me haces hacer cosas que no quiero? Monta. Vámonos.

Muchos años después, ya viuda, le confesó a su hija que siguió siendo muchos años más tonta y su padre más cabrón. Ese día pudo poner fin a todo. Pudo marcharse. Lo pensó, acarició ese pensamiento y dejó que se esfumase. Dejaron de salir juntos, de discutir, de hablarse, de mirarse. Pero siguieron amargándose en su propio jugo.

Su único consuelo era ver que había criado a una mujer independiente. Herida, pero independiente. Ella nunca saldría sin dinero y sin llaves, ¿ o sí?

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divorcioCada vez nos casamos menos. Igual tiene que ver con la crisis, aunque sinceramente yo creo que está más relacionado con que somos más conscientes de lo que supone, no ya el matrimonio, sino las consecuencias del mismo.

No dejo de ver a mi alrededor a parejas que se separan y pasan por un verdadero calvario en el proceso y tras el divorcio. Parejas que se hacen la vida imposible, que se tratan como si fuesen desconocidos (ojalá en algunos casos la cosa quedara en eso) o que utilizan a los hijos como armas arrojadizas para hacerse daño. Parejas que no terminan de superar una dependencia que nada tiene que ver con el amor. Parejas que son incapaces de entender que, antes de ser dos, eran uno y que es perfectamente posible vivir sin ataduras.

El matrimonio, lejos de ser aquel estado idílico que nos vendían como contrato sólido para asegurar una pensión o la situación de legalidad de la progenie (hay otra fórmulas) se ha convertido en muchos casos en una prisión de la que es muy difícil salir airoso. Cierto que puede haber desventajas legales en una convivencia sin papeles, pero también es verdad que algunas de las consecuencias del simple hecho de haber estado casado son enormemente injustas.

 

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sporras@flickr.comAlba y Benito comenzaron a alejarse el día el que el Atleti ganó el doblete. A ella le sentó como un tiro quedarse en casa, masticando sus frustraciones laborales, mientras su maridito se largaba a Neptuno. “Menudo imbécil”, pensó cuando lo vio salir con las mejillas pintadas a golpe de zarpa.

No ayudó que volviera borracho, ni tampoco que las sábanas y el camisón se contagiaran para siempre del emplasto rojiblanco. Además, le repugnaba que Benito, siempre tan progre, no parase de celebrar a Jesús Gil. “Dice verdades como puños”, soltaba de vez en cuando para hacerla rabiar.

En la siguiente temporada ya espaciaban el sexo. Primero por días, luego por semanas y al final por meses. Durante el partido del centenario, Benito cayó en la cuenta de que llevaba sin arrimar desde el debut de Torres. Por eso la fiesta no la amargó gol de Osasuna, sino los reproches que llegaron en tromba al final del partido. Liga a liga se siguió ajando el deseo, hasta que la costumbre se hizo el único pegamento

Sin embargo, nunca hasta el año pasado la había visto aquella manera. Distante, difuminada, ajena a cuanto recordaba de ella. En las horas de insomnio recorría su cara durante horas, cada vez más extrañado de no reconocerla. La nariz, la boca, los pómulos… Todo estaba en su sitio parte a parte, pero el conjunto seguía sin ser Alba.

 

Te veo distinta, soltó un día durante el desayuno.
Pues más joven no soy. El jueves cumplí cuarenta y todavía no me has felicitado.
Perdona.
Da igual. A estas alturas ya ni me importa.

Sin muchas esperanzas, probaron con la terapia de pareja. Y para sorpresa de ambos, funcionó. En seis meses volvieron a encontrarse y a desnudarse, aprendieron de nuevo a echarse de menos. Pero aquel garbanzo de sospecha seguía creciendo en Benito. La semana pasada, en plena sesión, se lo largó a la psicóloga.

 

Lo siento, tengo que dejar esto. No la veo igual.
¿Pero vas a seguir con eso?
Tranquila, tranquila. Benito: ¿qué sientes?
Que la veo distinta. Cuando la tengo al lado, me parece otra. Huele igual, habla igual, todo es lo mismo. Pero cuando se acerca es diferente.
¿Cómo distinta?
Sí, distinta. Más blanda, más pálida, más borrosa. No sé. Distinta.
Entiendo. ¿Y podrías ponerle un nombre a esa sensación?
No, la verdad es que no.
Pues déjame que se lo ponga yo. ¿Qué edad tienes, Benito?
Cuarenta y dos.
Pues te voy a contar dos cosas. La primera es que tu mujer sigue siendo la misma. Y la segunda es que ya tienes presbicia.

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Tengo un amigo que dice que todas las mujeres somos zorras codiciosas, que siempre queremos más, que nunca estamos satisfechas. Dice que sus parejas primero le piden que sea más educado, después que se arregle un poco más y, al final, acaban por intentar obligarle a tirar a la basura esa camiseta de AC/DC que tanto ama y que está llena de agujeros por el uso y los años. Si, probablemente muchas mujeres sean así, conozco más de un caso. Muchas tratan insistentemente de adaptar sus amores a sus medidas y gustos; quieren reeducar a sus parejas para que le den todo lo que ellas necesitan, quieren alguien a la imagen y semejanza de su príncipe azul particular y no cejaran nunca en el empeño de conocerlo y, en caso de no encontrarlo, de fabricarlo.

Probablemente sea cierto, hay muchas zorras codiciosas en este mundo; pero a él y a todos lo que piensen como él quiero decirles que también hay muchas mujeres sensatas y humildes, que nunca piden nada y que siempre están dispuestas a dar. Hay muchas mujeres que esperan hasta la eternidad ese detalle de amor, esa flor recién cortada, esa excursión inesperada… Hay mujeres que no quieren pedir porque entienden que ese simple gesto desvirtúa el hecho en sí; creen que recibir tras haber pedido no tiene valor y optan por esperar a que alguien sepa traducir sus pensamientos y darle todo aquello que siempre ha deseado.

 

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