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Posts Tagged ‘naturaleza’

No es la primera vez que hablo de este hombre en el bosque. Tengo predilección por él, por sus libros, por la espiritualidad y el reposo que me inspiran y, sobre todo, porque fue un visionario en cuanto a la relación entre el hombre en progreso y la Naturaleza. Esta semana, se ha conmemorado (poco, la verdad) el segundo centenario del nacimiento de Henry David Thoreau , escritor y naturalista estadounidense que presumo no está en nuestros planes educativos, aunque nos haría a todos más felices conocer su filosofía de vida y su obra. Defendió los valores democráticos, luchó contra la esclavitud, estableció una relación personal con la Naturaleza y auguró, hace dos siglos, que el sistema productivo acelerado y masivo nos llevaba a la enfermedad, a la nuestra y la del entorno que nos alimenta.

Y no clamó al desierto desde la comodidad de un ciudadano de posibles, sino que en 1845 se mudó a la laguna de Walden, donde construyó él mismo la cabaña en la que vivió durante dos años, con sus nevadas invernales incluidas. Sus experiencias las recogió en Walden, quizás su libro más famoso, donde reúne las reflexiones que sobre la vida y el mundo le granjeó la soledad buscada en plena Naturaleza. Si hoy levantase la cabeza, estoy segura que Thoreau querría volver de inmediato al bosque, horrorizado de la evolución de la sociedad capitalista más salvaje y de los discursos de aquellos que niegan el cambio climático y el efecto negativo del hombre sobre el medioambiente.

portada de libro Walden de Herny David Thoerau

Portada de Walden, editado por Errata Naturae.

 

 

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Antes había mucho pájaro. Aquí había unos pájaros canarios, unos pájaros linaceros -que no hay quien vea ni uno-, capirotes, pintos… Ya no hay quien vea ni uno. Los palmeros,que les decíamos los palmeros porque jacían los nidos en las palmas, habían bandos (…). Pero yo le digo a usted una cosa: eso se desapareció tó (J.G.M. – 72 años)

NH53 @ Flickr.com (CC BY 2.0)

NH53 @ Flickr.com (CC BY 2.0)

Uno tiende siempre a idealizar a sus entrevistados. El que te presten su tiempo, su atención y en algunos casos su conocimiento suele ser motivo suficiente como para obviar las cualidades éticas de la persona que tienes delante. Incluso cuando dejan bastante que desear.

De la misma forma, los viejos (y los simplemente no tan jóvenes) tendemos a idealizar nuestra infancia. Así, durante las entrevistas era bastante común escuchar relatos de lugares edénicos. De campos fértiles, rebosantes de biodiversidad. Historias de plantas y animales ya desaparecidos, por el abandono de determinadas tradiciones o prácticas culturales. Para muchos de ellos, el monte está perdido, sepultado de pinos inútiles. Y la agricultura está abandonada a su suerte.

Parte de razón tienen. Aunque no es suyo, Jon Moallem desarrolló hace un par de años el concepto de “puntos de referencia cambiantes” (shifting baselines) en su maravilloso Wild Ones. Aludía así al error de juicio que supone valorar el estado de la naturaleza bajo la estrecha lupa de nuestra vida.

Un ejemplo: cuando yo era pequeño, quedaban unos 600.000 elefantes africanos en estado salvaje. Y ahora hay 700.000. Si yo viviera en Kenia (o incluso viviendo aquí) podría concluir que sigue habiendo muchos elefantes, más incluso de los necesarios. Pero es que hace medio siglo su población era de 4 millones. Y ese era el punto de referencia para la generación de mis abuelos.

Con cada década, la referencia cambia. Pero los elefantes siguen siendo los mismos.

 

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¿Por qué esta serie?

Por azar, por ganas y por necesidades del guión, me toca entrevistar a un número reducido de personas mayores durante las próximas semanas. De esas conversaciones salen estas reflexiones en voz alta, que no pretenden ser grandes verdades sino esbozos a vuelapluma. Representan una mirada ingenua y personal sobre un colectivo fascinante con el que no tengo costumbre de tratar. Por otra parte, la palabra “viejos” no pretende tener ninguna connotación peyorativa. Es la manera como ellos y ellas se refieren a sí mismos o a otras personas de su misma edad.

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Ya hace más de medio año del viaje a Galápagos. Desde entonces, he ido recuperando fragmentos poéticos, pequeñas esencias, sensaciones e imágenes que quiero que perduren. Miro el mapa y pienso en lo maravilloso que es el mundo. En lo terrible, cruel, punzante y dolorosamente bello que es el planeta en el que vivimos. En lo que es y en lo que se está convirtiendo. Pienso en los porqués de la existencia humana. En las migraciones masivas. En las señales de constante guerra, abierta u oculta. En la inexplicable avaricia de algunos. En el sufrimiento de muchos.

Me siento una diminuta gota aislada, sin capacidad para rescatar al niño ahogado, sin armas para luchar contra la intransigencia, el odio, el miedo a lo diferente… Me siento fugaz en este mundo inquieto que vota.

Sí. Que vota.

Cuando todas estas sensaciones me abruman y no sé cómo enfrentarme a las certezas de la estupidez y la brillantez humanas, solo me queda la naturaleza. Hermosa y atroz. Intransigente y fiera. Creadora y destructora. Sin juicios. Sin moral.

Supongo que, paradójicamente, solo volviendo a las esencias puedo sentir algo de liberación. Algo de paz. La naturaleza nos mira, o tal vez no. Tal vez solo nosotros la miremos a ella. En este diminuto punto azul pálido en el que nos sostenemos, como un suspiro abandonado en el cosmos.

Galápagos.

Enlaces a los posts sobre las Galápagos:
Galápagos (I)
Galápagos (II)
Galápagos (III)
Galápagos (IV)
Galápagos (V)
Galápagos (VI)
Galápagos (VII)
Galápagos (VIII)
Galápagos (IX)

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En estos comienzos de 2015 parece imposible que todavía se puedan escuchar historias de niños criados por lobos. Como aquel Mowgli de El Libro de la Selva, que Rudyard Kipling publicó a finales del siglo XIX. Ya en el XX no fueron ni una ni dos las ocasiones en las que los medios de comunicación informaron de pequeños que reaparecen tras años perdidos en medio de la vegetación y los animales, como la niña India encontrada en 2012. Pero no me resulta sencillo explicar mis sentimientos al escuchar, en el año que acaba de sucumbir al paso del tiempo, a un hombre, ya con sus años, explicar cómo los lobos lo acogieron hasta convertirse en su hermano mayor, cómo la loba separó con sus dientes un trozo de carne para que el humano abandonado comiera y, sobre todo, al ver el chispazo de emoción de sus ojos cuando el periodista Iker Jimenez, en el programa Cuarto Milenio, le preguntó si echaba de menos aquella vida. Eran mis padres. Eran mi familia. Estas dos frases demoledoras me hacen pensar en cómo podríamos equilibrar nuestra relación con la naturaleza con los avances de la sociedad desarrollada. Seguro que se puede. Encontrar esa llamada de la selva que albergamos desde que venimos a este mundo, dejar de matar por placer, abandonar cualquier maltrato a animales de toda especie, respetar la tierra que nos alimenta y da cobijo.

Sobre la vida de  Marcos Rodríguez Pantoja se rodó en 2009 una película, con el título Entrelobos. Aunque no la he visto les dejo aquí el trailer, pero sí les recomiendo que investiguen la existencia de este hombre y busquen sus entrevistas y declaraciones, porque encontrarán la sabiduría de un ser que consigue hacerse entender con los animales en su mismo lenguaje y que no entiende por qué, cuando volvió a convivir con sus compañeros de especie, éstos, en vez de enseñarle como hubiera hecho cualquier otro ser vivo, no pararon de reírse de él.

 

 

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Anoche soñé que todas las mujeres en edad fértil estaban embarazadas al mismo tiempo. Se trataba de una suerte de película de ficción en la que anunciaban en todos los medios que a lo largo y ancho del planeta se había producido un fenómeno fuera de lo normal. Tenía que ver con el fin de una era y el comienzo de una vida diferente a la que habíamos disfrutado hasta ese momento. Una vida para la que no todos estábamos preparados. Es por eso que la Naturaleza estaba realizando una selección de individuos capaces de sobrevivir a los cambios, pero había que suplir a todos aquellos que iban a ser descartados. Y, como a marionetas sin capacidad para decidir por nosotros mismos, la madre Tierra nos ponía a prueba provocando una ovulación colectiva y un deseo desenfrenado por procrear para mantener la especie.

Imagen: www.planbaby.com

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El hombre se fijó en ella y quiso desafiarla. A escondidas, intentó descubrir cómo era capaz de generar tanta vida. Analizó cada estructura y, por ejemplo, consiguió imitar el vuelo de una libélula. Aprendió a diseccionar partes del cuerpo e implantarlas en otras. Estudió los compuestos más básicos, hasta conseguir modificar el color de unos ojos. Pero ella sigue ganando, porque al hombre le ha costado miles de siglos llegar a una mínima parte de sus capacidades. Por eso, la envidia lo corroe y, con demasiada frecuencia, intenta acorrarla. La cubre de basura, la encarcela, la asfixia a base de aerosoles, la enferma de productos químicos,  se la come por dentro y por fuera e, incluso, la reduce a un poco de césped y un árbol en una rotonda. Pero ella, la Naturaleza, consigue echarle en cara al hombre sus malas imitaciones y, a veces, juega a esculpir sus obras para enseñarle, una vez más, que, hoy por hoy, en pleno siglo XXI, por fortuna para el ecosistema, de momento sigue ganando ella…

Un árbol juega a ser escultura en Ofra, Santa Cruz de Tenerife. Foto de @Perenquen23

Un árbol juega a ser escultura en Ofra, Santa Cruz de Tenerife. Foto de @Perenquen23

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2013-05-13 11.51.17Dentro sólo se oía el resoplar del aire que se colaba por las rendijas de las ventanillas, y un lejano e intermitente ruido producido por el paso de los mojones de la carretera;las alertas continuadas de un móvil que advertía que se quedaba sin energía; la respiración de cada uno de nosotros cuatro: reposada la del conductor, casi imperceptibles las de los demás, acurrucadas contra el sueño y el afónico rasgar de la radio desintonizada.

Paró el motor diesel y aquella vibración cesó, dejándonos una paz en la piel sólo comparable al momento en el que el dentista apaga la fresadora.

El que conducía se bajó y cerró la puerta de la furgoneta de un golpe. Detrás, como las ovejas que siguen a la primera que se atreve a pasar por el arco del corral, salimos los otros tres.

Nos estiramos, nos desperezamos, miramos todo alrededor con extrañeza. Cerramos la última puerta del coche (y todo aquello quedó dentro) y empezamos a caminar, y a notar el olor a las jaras y a los pinos, el ruido del río, a unos pájaros grandes que hacían círculos y emitían sonidos extraños; el aire en la cara, el sol casi frío reflejando en los ojos llorosos por la mañana -y no dijimos nada, permanecimos los cuatro en un silencio cómplice- fue cuando nos dimos cuenta de que por fuera del coche (del ordenador, de la casa, del teléfono móvil, de la televisión, del estadio de fútbol, de la discoteca, del ruido de vasos en el restaurante, de la autopista, del concierto en el auditorio, de la oficina de administración, de la sucursal del banco, de la redacción, de la obra, de la clase, de los alumnos, de uno mismo…) había otro mundo, y era bastante más agradable.

PD.: Gracias Felipe, Patricia, Laura, Jose y Desi por acompañarme allá afuera, donde todo es más agradable.

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