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Posts Tagged ‘mujer’

Envejecer es una mierda. Y, al mismo tiempo, es una maravilla. Envejecer te trae cosas malas (obviamente, todo el deterioro físico) y cosas buenas, como (quien tenga esa suerte) la sabiduría y el conocimiento. Con la experiencia se gana mucho.

Pero (siempre llega el pero) hay una cosa a la que no acabo de acostumbrarme (y esta se suma a la anterior que tuve con el tema de la presbicia). En mi última revisión ginecológica, algo temerosa por ciertos cambios en la intensidad del dolor y por el hecho de que los analgésicos habituales han dejado de hacer efecto, me dio la sensación de que la doctora me miraba como diciendo “Qué hace esta aquí, si no le pasa nada”. Miren: de verdad que entiendo que el sistema sanitario está saturado, que las consultas de los especialistas deben ser para cuestiones patológicas y que retorcerse de dolor con la regla debe ser lo más normal… Pues no. Una mierda como un piano. No. ¿Por qué tengo que acostumbrarme al sufrimiento, al dolor, solo porque sea “normal”? ¿Por qué a las mujeres cuando nos asusta algo relacionado con la menstruación, el embarazo, la menopausia o lo que sea nos dicen que es “normal” y puerta? Una cosa es tranquilizar y otra normalizar el sufrimiento. Y no.

A ver si vamos investigando en formas de hacer que todo esto vaya a mejor y el sufrimiento deje de ser lo “normal”, porque no me lo creo. No-me-lo-cre-o. Recuerdo cuando el tema de la impotencia masculina era el asunto médico que más preocupaba a la sociedad hasta que apareció la viagra. Ya no se habla del tema. Se le dio carpetazo. Y me alegro mucho. Pero me gustaría que con las cosas “normales” que nos pasan a las mujeres fuéramos igual de insistentes.

Que me tienen un poco frita, la verdad.

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En esta semana en el que hemos “celebrado” el Día de la Mujer Trabajadora (incluyo las comillas porque no me parece la palabra adecuada con tanta desigualdad en el mundo) es una buena oportunidad para visionar el largometraje, nominado al Oscar a la Mejor Película, Figuras Ocultas, para descubrir a tres científicas afroamericanas que trabajaron en la NASA a comienzos de los años sesenta y a los que la historia ninguneó y, de paso, nos robó a muchas generaciones de mujeres la oportunidad de tenerlas como modelo de vida.  Estas tres mujeres de inteligencia incontestable no solo sufrieron el olvido y la falta de reconocimiento, hasta tener que esperar casi sesenta años a que el conocimiento de su trabajo se globalizara, sino que, en su momento, padecieron todas las trabas posibles, por ser mujeres y negras. A la inteligencia, estas mujeres sumaron dosis inagotables de valentía y tesón y pudieron así conseguir sus objetivos. Gracias por su lucha y por ofrecer su talento, cuando nadie parecía apreciarlo, a Katherine Johnson, Dorothy Vaughan y Mary Jackson. Sus talentos no estaban ocultos, fueron ocultados, que es algo muy distinto.

 

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No soy de las que hacen bandera de las diferencias de género. Las listas cremallera, las cuotas impuestas me molestan, probablemente porque en mi fuero interno prevalece un sentido de la justicia que poco tiene que ver con las diferencias de sexo (algo que lamentablemente no le sucede a gran parte de la humanidad, que sigue pensando que las mujeres juegan en segunda división).

Dicho esto sí tengo claro que nos relacionamos de distinta manera, y me refiero a las mujeres entre nosotras (y supongo que también los hombres entre ellos). En mi afán por encontrar porqués pienso últimamente en que igual la cueva fueron los barros que nos han llevado a estos lodos. Por aquel entonces (y ahora la cosa ha cambiado poco en muchos casos) eran ellas las que se quedaban cuidando a niños, mayores y enfermos mientras ellos salían a cazar. Y entiendo que ellas atendían, no solo las necesidades del cuerpo, sino también las del alma. Y eso siguen haciéndolo muy bien.

Y de esa forma entiendo por qué toda mi vida he buscado en las mujeres esa terapia para el alma que solo ellas han sabido darme, no sé si porque somos de la misma condición (sospecho que los hijos varones buscan en sus madres esa ‘cura’ espiritual que encuentran en sus padres con más dificultad) o si el entrenamiento histórico las dota (no a todas, por supuesto), de un botiquín estupendo lleno de herramientas que confortan, alivian y desahogan.

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Gracias a esas mujeres (ellas saben quienes son) por darme, siempre que lo necesito y a veces aún sin saber que lo estoy necesitando, terapia femenina.

 

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Ana se moja la frente al apoyarse en el cristal de su ventana. Hace rato que está empañado por el vapor condensado del guiso que está cocinando y apenas deja ver el oscuro día lluvioso que hace fuera. Aquella tarde no estaba siendo muy diferente de la anterior, “ni de la del jueves pasado”, pensó. Su rutina parecía robótica aunque con alguna variante. Había días en que las niñas entrenaban voley en vez de danza y días en los que la colada era de ropa de color en vez de blanca.

Fran, desganado, en el paro hacía meses, llegaba a casa a la hora de comer. Cabizbajo. Sin apenas aficiones a las que poder dedicar tiempo ni recursos, dejaba pasar los días deambulando de casa al bar y del bar a casa. Alguna vez se acercaba a una piscina que le pillaba de paso a alegrarse la vista con las vecinas que no dudaban en hacer topless al primer rayo de sol que despuntaba.

Ana cocinaFoto: Co’Report

Ana, llegaba a la cama sin fuerzas y Fran sin ganas. Después de tantos años juntos ni se planteaban el porqué de aquella apatía, atribuída por defecto al tiempo, sin mayor reflexión.

Habían invertido su energía en formar un matrimonio ejemplar. De domingos en misa. De hijas en colegio privado -de esos de pedir perdón y permiso-. En no subir una voz sobre la otra. Siempre él de la mano de ella. Siempre sin rechistar. Sin dar de qué hablar. Siempre ella de la mano de él, siempre bien atendido, con su ropa planchada y sus zapatos brillantes.

“Nunca fuimos de amanecer de fiesta”, recuerda ella apoyada en el cristal y se pregunta por qué mientras sigue removiendo el guiso . “Pues porque somos una familia como Dios manda”, se contesta.

La sonrisa de sus hijas les anima a seguir durmiendo en la misma cama, aunque cada noche al tirar del edredón no hace falta un interruptor para apagar la luz y a veces su propia voz entre sueños les repite…

¿Y si no eres feliz? ¿Y si Dios no manda?

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La pasada semana el periódico The Guardian publicó un fotoreportaje en el que informan del auge que las cirugías estéticas están teniendo entre adolescentes de la ciudad colombiana de Medellín. Lo más interesante del mismo es algo que los medios colombianos parecen haber obviado en la polémica que ha generado ese reportaje en este país -como el caso de Caracol Tv en esta pieza de su informativo- y es la relación entre estética y narcotráfico. Los medios colombianos han puesto el énfasis en si es cierto o no que las mujeres colombianas son adictas a la cirugía, pero no han entrado a valorar si realmente existe un problema subyacente.

Y, si bien es cierto que no es exclusivo de Colombia, sí que existe un problema. Dicen en este artículo de la revista Semana: “Según la Sociedad Internacional de Cirugía Plástica y Estética (Isap), Colombia es el quinto país donde más procedimientos estéticos se hacen. Esto lo demuestra la cifra anual de este tipo de intervenciones que, en el país, asciende a 420 955. De este número entre el 30 y 40 por ciento de los implantes de seno se hacen en niñas y jóvenes menores de 18 años“. Esto, de por sí, no tendría por qué suponer ningún problema grave, sobre todo teniendo en cuenta que este número de operaciones estéticas pueden llevarse a cabo por diversos motivos, algunos de salud física o mental. Igualmente se podría discutir sobre si realmente es un problema o simplemente un nuevo rasgo de la modernidad y del progreso el culto a la imagen y los modelos de belleza impuestos. El auténtico problema surge cuando relacionamos esta obsesión por la estética con algo que es muy acusado en la mayoría de países de Latinoamérica: el machismo inherente a una sociedad heteropatriarcal y profundamente clasista.

En este tipo de sociedades la mujer es vista como una posesión del hombre; la mujer debe ser objeto de deseo del hombre; hacer que “su hombre” se sienta orgulloso de de ser el “propietario” de algo bello y que genere envidia en los demás, unido esto al deseo de muchas mujeres de ascender en el estatus social y conseguir dinero fácil. Muchas de las operaciones estéticas que se llevan a cabo en Colombia son pagadas por sus parejas o incluso por sus padres, que ansían que sus hijas sean atractivas a hombres con recursos que las saquen de la mediocridad. Solamente hay que echar un vistazo a reportajes como este de El Confidencial (centrado en el caso particular de México) o este (sobre las reinas de belleza de Colombia) para ver la clara relación entre belleza y narcotráfico o, mejor dicho, entre belleza y dinero. Entre belleza y estatus social.

Dicen en este artículo que según el Secretariado Permanente de la Red Latinoamericana y del Caribe para la Democracia (RedLad), “en Colombia, cada 6 horas una mujer es abusada por causa del conflicto armado en ese país. Entre 2001 y 2009, más de 26 000 mujeres fueron violadas sexualmente y 400 mil abusadas. Acción Social registra más de 1 950 000 mujeres desplazadas por violencia y en particular a causa del conflicto armado”. No es raro que las mujeres se encuentren entre las mayores víctimas del conflicto armado de Colombia -también de la violencia que no guarda relación con el conflicto- y que a la vez sean las que suelen tener menor repercusión en la prensa. Es esta una sociedad donde el hombre puede tener una amante (o varias) y la mujer se autoinculpará y será culpada por su entorno; se preguntará en qué ha fallado o qué ha hecho mal o creerá que ha ocurrido porque no es lo suficientemente bella (incluso en algunas regiones más pobres resulta socialmente aceptable que el hombre pueda tener amantes, no así la mujer), pero en el caso contrario será tachada de puta y la sociedad verá normal que ella reciba un castigo por haberle sido infiel a “su hombre”. Es esta una sociedad en la que cualquier hombre de clase que se precie tendrá a su lado a una Reina de la Belleza. La interiorización de ese papel que la mujer juega en una sociedad en la que se aspira a ser más y poseer más que los demás (y que ella misma sea una de esas posesiones), es lo que conlleva ese culto a la estética que retrata el reportaje de The Guardian, uno de los mayores “debe” de gran parte de América Latina.

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Mi madre es la persona más feminista que conozco. Ella nunca ha sido de grandes frases ni de profundos discursos sobre la igualdad. Es una mujer de hechos. Para ella, el movimiento se demuestra andando. Ella no pudo estudiar. Tuvo que dejar el colegio para ponerse a coser trajes de hombre para un sastre. Hasta cinco americanas se hacía en una semana, día y noche pegada a una máquina de coser.

Es una pena porque si la hubieran dejado esa mujer habría llegado por lo menos a presidenta de gobierno. Es lista, independiente, decidida, eficiente, no se rinde.

Ella, que tuvo cuatro hijos, tres de ellos hombres, jamás me transmitió ni con un gesto que yo tuviera que hacer cosas a las que mis hermanos mayores no estaban obligados. No crean por eso que no me tocaba hacer de todo. Los sábados en mi casa se hacía la limpieza general y si querías salir a la calle a jugar, primero había que dejar el baño como los chorros del oro, pasar el polvo de toda la casa y ayudar a limpiar la cocina.

Su mirada de reprobación cada vez que me veía holgazanear y sus ánimos cuando me veía estudiando fueron decisivos para que yo pusiera siempre más empeño a pesar de mi tendencia natural a la gandulería.

Sus “me voy a morir sin verte terminar la carrera” me empujaron a acabar los estudios al mismo tiempo que trabajaba y criaba a una niña de pocos meses. Lo hice de muy mala gana, claro, pero cualquiera le decía que no.

Sé que tengo mucha suerte, no sólo por vivir aquí y ahora, que es determinante, sino también porque a lo largo de mi vida no he sufrido, que yo recuerde, una discriminación por ser mujer. Algunas groserías o algún episodio desagradable con un par de descerebrados pero nada más.

Cuestión de suerte, aunque me gusta pensar que también ha tenido mucho que ver el hecho de que alguien, con su forma de actuar a diario y con total naturalidad, me metió en la cabeza que yo tenía que ser independiente, que podía hacer lo que me propusiera si de verdad trabajaba para conseguirlo y que ningún hombre o mujer tendría derecho a pararme y mucho menos a menospreciarme.

La conclusión que saco ahora, con la complicada tarea de educar a dos niños, es que hay que seguir batallando por la igualdad a lo grande y que siguen haciendo falta personas valientes en todo el mundo que defiendan una sociedad más justa para todos. Pero también creo que la igualdad se aprende primero en tu casa y que se interioriza a través de gestos cotidianos, de esos que sin darte cuenta se te van metiendo, terminan formando parte de tu personalidad y te impiden aceptar determinados comportamientos, actitudes y expresiones.

 

Guía de la buena esposa

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No sé si es así o si es un papel elegido o, incluso, impuesto. No sé si, como Toni Cantó, le ha cogido el gusto a meter la pata en redes sociales, pero se ha convertido en una máquina de hacer trending topics (los titulares de este siglo) de chufla, ridículos, sonrojantes o vergonzosos. Mariló Montero habla y Twitter se revoluciona. Y acto seguido, los medios lo recogen todo. Es carne de chascarrillo con una turba de gente esperando leer un hashtag que le anuncié su última chorrada, un montón de ávidos dedos deseosos de hacer un retweet o escribir el chiste más ingenioso sobre la ‘marilolada’

A propósito de todo esto, creo yo, más que por haber escrito un libro, hace algunas semanas le hicieron una entrevista. Mala, la verdad. Muy mala. Con preguntas bastante bobas y respuestas igual de insulsas. Diría que Mariló y el periodista ese día no estaban por la labor de hacer su trabajo -preguntas inteligentes y respuestas interesantes- sino que más bien les apetecía vacilarse el uno al otro.

Pasé por alto el titular principal de la entrevista -caca de la vaca- sacado de una pregunta metida con calzador que no tiene ni siquiera relación con la anterior. También pasé por alto la pregunta sobre si quiere volver o no con su ex Carlos Herrera (aclaro que hablamos del Diario Montañés, no de la SuperPop o el Quémedices).

Lo que no pude pasar por alto fue el baboserío de la última pregunta:

¿A un bellezón como usted le preocupa cumplir 50?

Joder. Pensé. Ya sé que es Mariló, pero ¿era necesario acabar la entrevista como si estuviésemos en el Meetic? ¿por qué esta es una pregunta recurrente en entrevistas a mujeres?

Sin embargo, ¿qué creen que respondió Mariló?

No. Ahora con los 49 que tengo entro en la farmacia gritando: ¡Unos támpax que todavía soy mujer! Estoy en edad de presumir y ‘pa’comerme.

Joder. Volví a pensar. Es ofensivo para las mujeres, asqueroso y de muy mal gusto.

PD. La culpa la tengo yo por leer mierdas.

 

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