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Posts Tagged ‘mediterráneo’

Bailaba Benzema sobre la línea de fondo del Calderón para enterrar definitivamente mis merengones nervios. Serían las nueve y pico, el minuto cuarentaeIsco de partido, y yo todavía no había escrito el post del sábado de SiempreEnMedio. Aproveché el descanso para hacer la cena, el segundo tiempo para recobrar la calma y el postpartido para buscar inspiración.

Podría hablar de ese libro que acaba de escupirme tras sorberme entero, o de la última temporada de la serie magistral que me resisto a ver porque no quiero que se acabe. Podría abrir Twitter en busca de inspiración (que es al fin y al cabo lo que siempre hago).

Ya podría haberme quedado con el fútbol, o el libro o la serie.

Cuenta la wikipedia que fue la filósofa Hannah Arendt la que acuñó el concepto “banalidad del mal” cuando en 1961 siguió en Jerusalén el juicio a Adolf Eichmann. A ella le pareció que aquel señor no era el monstruo que todos esperaban, sino más bien un burócrata terrible e inquietantemente normal, concienzudo y aplicado en su labor profesional (con un ligero problema: esta labor requería del asesinato de seis millones de personas). Arendt mantuvo que el mal es mucho más un conjunto de pequeñas cosas en un determinado entorno que la grave anormalidad que preferimos creer que es. Maldad en modo funcionario (que me perdonen los funcionarios el uso del tópico, demasiado gráfico como para desaprovecharlo).

Viendo el vídeo recordé todas las colas que en mi vida han sido. Especialmente desesperantes eran las de la secretaría de la facultad. O llegabas en la hora del desayuno o la persona que te atendía conocía aún menos que tú el papeleo o los formularios habían cambiado desde la hora anterior o era San Alberto Magno, santo patrón de la ciencia y el brandy. Intenté imaginarme todas y cada una de esas esperas con la boca llena de agua. Intenté ponerme en el lugar de algún cadáver. No me estoy perdiendo el horario del comedor, o el leche y leche y el donut en el bar que sustituyeron todo un curso de química. No, me estoy jugando la vida en este proceso burocrático. Cada minuto que pasa son sesenta segundos en los que tengo que vigilar que mi hijo no se ahogue, no perder de vista al resto de mi familia, mantenerme a flote. Y ni siquiera sé nadar. Al otro lado de la ventanilla discuten si puedo o no matricularme y yo intento gritar que ya da igual, que me ahogo, pero no puedo gritar porque la sal del agua me quema en la garganta. Tampoco puedo volver a casa a decirle a mi padre que me cago en todo porque a mi padre le reventó el pecho una bomba en Alepo y ya no existe. Ni él ni mi madre ni nadie más en el barrio. Solo puedo intentar mantenerme a flote hasta que alguien me selle este puto papel o me lance un flotador o lo que sea que ocurra antes.

Lo imagino como puedo, pero no me duele lo suficiente. No lo logro. Algo sí me duele, en la distancia. Algo detecto: la inmensa mayoría de veces no es lo que hacemos, sino lo que dejamos de hacer, de sentir, de preocuparnos, de exigir y de entender. Las pocas consecuencias que tiene todo lo que no nos pasa directamente.

Y lo peor es que la final de Champions no es hasta dentro de tres semanas.

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Foto: Dogan News Agency

Foto: Dogan News Agency

El otro día mi sobrina me llamó fracasado.
Y todo por no llevar dinero encima… ¡Madre mía!
Sin embargo, he de ser sincero, no me preocupó lo más mínimo. Por varios motivos. El primero es que para quince días que la veo al año no me apetece enfadarme. Otra razón es que me hace ilusión oír a una cría utilizar una palabra de cuatro sílabas que no sea uandaireccion. Por último, hay que decir que mi familia es mucho de la broma, eso lo saben hasta los más pequeños. Y el humor es algo así como el arte de no quedarse con lo obvio (esa ecuación Dinero=Éxito) sino rascar un poco más allá, en algún subtexto, y reírse, sobre todo y ante todo, reírse. De todo.
Así que, carcajadas concluidas y después del pellizcón admonitorio (no me había preocupado, pero he de ejercer de tío, dice mi hermana), me retiré a mis aposentos a reposar.
Y reposando, reposando, se me acabaron las vacaciones. Aquí estoy, de vuelta a la rutina. Esa que jamás sabrás si has elegido tú o ella a ti. De vuelta al insomnio por cualquier tontería, a la queja por el precio de la cena de tres platos en ese no-tan-buen-restaurante, al dolor en la planta del pie tras la pachanga futbolera, a la duda continua de si este mes ahorraré algo. De vuelta al televisor encendido, el telediario que te golpea, el país indeterminado que no acabas de sentir, el primer mundo que no sabes por qué ocupa ese lugar en el podio. De vuelta a las fronteras invisibles que matan muy visiblemente, al no comprendo nada, al no sé qué hacer, al no estoy dispuesto a renunciar a mis tres platos ni a mi fútbol ni a mi sentimiento de culpa. De vuelta a la víctima de una guerra ajena que no entiende que no entiendas que no es necesario entender la guerra para entender a la víctima. Que no es necesario percibir las fronteras para que existan, para que sean más molestas cuanto más fuertes se hacen. Que pasa el tiempo y no has aprendido nada, ya no hablemos de solucionar algo. De vuelta al fracaso: no lo comprendes, no lo arreglas y ni siquiera lo sabrías explicar a una niña.
Fracasado.
Pero no lo reconoceré. Nunca. Recurriré a la risa (aunque tenga que fingirla), a la broma, y al pellizcón cuando lo crea necesario, que también es una palabra de cuatro sílabas.

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África¿Le importa a Europa una nueva tragedia en el Mediterráneo?

¿Otra reunión urgente hoy lunes de las autoridades europeas competentes?

¿Desde cuándo se lleva pidiendo que este tipo de desgracias no se repitan?

¿700 vidas serán razón de peso para actuar de forma contundente y definitiva ante la inmigración desesperada de muchos africanos?

¿Hará algo Europa esta vez?

Las preguntas se me acumulan en la cabeza mientras sigo sin dar crédito a un nuevo naufragio en alta mar, cerca de la isla italiana de Lampedussa. Pero son inmigrantes africanos, claro, es gente pobre que actúa a la desesperada porque muchos saben que en sus países de origen morirán antes o después, morirán de hambre, de sed, de enfermedades curables en el viejo continente, asesinados, de desesperanza…

 

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Estoy de vacaciones (por fin). Escribo esto en mi segundo día de libertad pero lo programo para su publicación cuatro días después. Si Dios y la meteorología quieren a la misma hora que estoy escribiendo esto (pero cuatro días más tarde) estaré tumbado en una playa del Mediterráneo, un mar que sólo he visitado una vez, con aguas demasiado calientes para mi gusto pero que, gracias a mi princesa y a Serrat se está convirtiendo en parte de mí. Y para cuando me toque escribir otra vez estaré en Roma, cuna del mayor imperio que el mundo haya conocido jamás, dejándome atrapar por sus monumentos, sus calles, su historia… Después vendrá la vuelta a la ¿realidad? Al estrés, las decepciones, la incompetencia, las ganas de largarme. Así que me propongo disfrutar cada uno de los días que me quedan por delante hasta ese momento, deseando que los controladores de vuelo hubiesen decidido hacer huelga el día 5 de septiembre. Hasta dentro de quince días. Les dejo con la mejor canción española de la historia. ¡Ciao!

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