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Posts Tagged ‘medicina’

Envejecer es una mierda. Y, al mismo tiempo, es una maravilla. Envejecer te trae cosas malas (obviamente, todo el deterioro físico) y cosas buenas, como (quien tenga esa suerte) la sabiduría y el conocimiento. Con la experiencia se gana mucho.

Pero (siempre llega el pero) hay una cosa a la que no acabo de acostumbrarme (y esta se suma a la anterior que tuve con el tema de la presbicia). En mi última revisión ginecológica, algo temerosa por ciertos cambios en la intensidad del dolor y por el hecho de que los analgésicos habituales han dejado de hacer efecto, me dio la sensación de que la doctora me miraba como diciendo “Qué hace esta aquí, si no le pasa nada”. Miren: de verdad que entiendo que el sistema sanitario está saturado, que las consultas de los especialistas deben ser para cuestiones patológicas y que retorcerse de dolor con la regla debe ser lo más normal… Pues no. Una mierda como un piano. No. ¿Por qué tengo que acostumbrarme al sufrimiento, al dolor, solo porque sea “normal”? ¿Por qué a las mujeres cuando nos asusta algo relacionado con la menstruación, el embarazo, la menopausia o lo que sea nos dicen que es “normal” y puerta? Una cosa es tranquilizar y otra normalizar el sufrimiento. Y no.

A ver si vamos investigando en formas de hacer que todo esto vaya a mejor y el sufrimiento deje de ser lo “normal”, porque no me lo creo. No-me-lo-cre-o. Recuerdo cuando el tema de la impotencia masculina era el asunto médico que más preocupaba a la sociedad hasta que apareció la viagra. Ya no se habla del tema. Se le dio carpetazo. Y me alegro mucho. Pero me gustaría que con las cosas “normales” que nos pasan a las mujeres fuéramos igual de insistentes.

Que me tienen un poco frita, la verdad.

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Un fantasma recorre Europa. Qué coño Europa, ¡el mundo entero!

Me van a perdonar que hoy escriba desde las tripas, o con las tripas. Vamos, de golpe y muy sucio. Pero es que lo que voy a contar me roba la serenidad y la mesura. Y de algún modo hay que recuperarlas.

El fantasma que recorre el mundo es la desconfianza. La desconfianza en la ciencia. En esa ciencia que está intentando encontrar la cura del cáncer. Ese fantasma me desasosiega, se esconde en los rincones, o entre las páginas de un periódico, y me pega unos sustos que lo flipas. Y yo me cabreo mucho, porque tengo el estómago sensible y los nervios delicados.

Ayer en La Vanguardia leí un artículo, aparentemente aséptico, sobre el MMS (Miracle Mineral Solution, o Suplemento Mineral Milagroso). Es curioso que sus defensores no hayan caído en que hay un carcinógeno muy potente y tóxico, el Metil Metano Sulfonato, que comparte sus siglas, pero eso es otra historia. El artículo en cuestión presenta el “fármaco”, que no es más que dióxido de cloro (un desinfectante), como una herramienta cada vez más utilizada por pacientes oncológicos terminales y desde una posición, repito, aparentemente neutral, entrevista a una curada, a una médica que lo receta, a un divulgador y defensor, y ya al final a un catedrático emérito en Ingeniería Química. En el texto aparecen, con el mismo tamaño de letra e importancia en la oración, estupideces tales como “con tan solo tres gotitas, los niños se curaban de malaria”, “A mí no me importa si es legal o ilegal. Yo si veo que aquello es importante para el paciente y él lo quiere tomar, es su libertad”, “Uno de estos denominadores [comunes a todas las enfermedades] es que la mayoría son ácidos, y eso es lo que ataca porque es selectivo en PH [sic]”, “[el MMS] es tóxico si se respira. Lo mismo ocurre con el agua, puedes beberla pero no respirarla”, “Es potabilizar nuestra sangre, nada más” junto con advertencias tan serias como un comunicado de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios: “Su consumo puede producir dolor abdominal, nauseas, vómitos, diarrea, intoxicaciones, fallo renal y metahemoglobinemia” o  del citado catedrático “Son sustancias tóxicas que atacan las células. Claro que mata bacterias, pero también te mata a ti porque elimina células sanas”. Como si todas esas palabras pesaran lo mismo.

(OJO: en versiones posteriores el periódico ha ido variando el orden, dando más peso al peligro del dióxido de cloro, pero tanto da)

La Vanguardia ostenta el triste honor de ser uno de los periódicos que más pábulo da a las pseudociencias y magufadas. Su sección La Contra ya ha dejado múltiples ejemplos de la banalización del mal. Da igual que el mismo periódico tenga una sección de ciencia, o que el martes se hiciera eco de la entrega del prestigioso Premi Internacional de Catalunya a Josep Baselga, Joan Massagué y Manel Esteller, tres investigadores catalanes que han hecho brillantísimos aportes al campo de la oncología.

Todo eso da igual, da igual la cantidad de gente que formen los equipos de estos tres científicos, o la porrada de años que hayan pasado investigando innumerables horas al día. Da igual la cantidad de científicos de todo el mundo que se devanan los sesos para siquiera llegar a arañar la superficie del tremendo y complejísimo problema que es el cáncer. Da igual la cantidad de avances que se hayan logrado con este exigente y lento pero seguro ritmo. Da igual. Siempre habrá alguien que con un simple “algo nos ocultan”, “no les conviene”, “curar no es rentable” siembre la semilla del fantasma. Todos los demás dejamos de existir. Solo existen los cuatro buitres farmacéuticos que manejan el cotarro. Que deciden quién vive y quién enferma. Y luego el charlatán de sonrisa enorme y vocabulario suave que nos abre los ojos y nos perdona la vida.

Entiendo al enfermo necesitado de esperanza. Yo lo soy y lo seré. Buscaré consuelo en la última mota de polvo del universo. Pero, ojo spoiler, los milagros no existen y la medicina no es perfecta  (lo sería si conociera los entresijos de la vida y la muerte, aunque no quisiera desvelarlos, como nos venden los magufos). Esos timadores nos engañan, o al menos lo intentan. Su responsabilidad al jugar con nuestra esperanza es enorme. Y aunque acabo de decir que los milagros no existen, espero que sí el infierno, y acoja a todos ellos con ración extra de fuego y tortura anal.

Y, ahora, me disculpen. Ya he sacado las tripas y tengo que descansar.

cellsxkcdcom

Cuando alguien te diga que un fármaco común o una vitamina “mata las células tumorales en una placa de Petri,” recuerda: Una pistola también lo hace. (xkcd.com)

 

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Miguel Pajares y George Combey en Liberia. Fuente: ABC.

Miguel Pajares y George Combey en Liberia. Fuente: ABC.

 

El señor de la izquierda es Miguel Pajares. El de la derecha es George Combey. Ambos son sacerdotes. Miguel enfermó de ébola tras veinte años trabajando en ese país, de medios limitados. Está mayor y tiene problemas cardiacos. Llevo todo el día leyendo críticas. Dicen que si se tratase de otra persona no habrían removido cielo y tierra para traerlo de vuelta a casa (como el caso de la española que enfermó en Argentina: no la repatriaron y falleció lejos de su hogar). No lo sé. Me preocupa que este país de pandereta que recorta en sanidad y hace las cosas sin pensar y sin escuchar a los profesionales esté cometiendo una locura. Me preocupa porque los propios implicados avisaron de que España ya no tenía centro para atender pandemias y enfermedades emergentes.

Carpetazo. Total, “pa qué”, si aquí no va a llegar nada de eso ¿no? Aunque los guardias civiles atiendan a inmigrantes día sí y día también sin un protocolo. Y ustedes me dirán, ¿adónde quiere ir a parar?

A ningún sitio. Pero me pregunto si se habría montado este lío (con teorías conspirativas incluidas, muy bien despejadas en este artículo) si, en vez de un cura, fuese una persona de una ONG, o un turista, o un médico. Creo que todas las personas tienen derecho a una asistencia médica. Lo más indicado habría sido enviar ayuda al lugar y atenderlos allí… Pero ya está hecho. Yo no tengo creencias religiosas, ninguna es de mi agrado, más bien al contrario, me generan recelo. Pero si hemos de criticar la acción de repatriación de este enfermo que sea porque lo han hecho como el culo, no porque el afectado en cuestión sea un cura.

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Grados de hirsutismo

Escala de hirsutismo de Ferriman y Gallwey.

A mediados de los ochenta, como ya sabrán, vivía en una habitación compartida por cruel designio de mi padre y mi madre. En el fondo, aquella especie de mazmorra tenía su encanto, además de resultar muy práctica a la hora de limpiar, recoger o evitar visitas indeseadas. Por ejemplo, si hubieran venido los de La Sexta a grabarnos para “¡Vaya casas!” o “¿Quién vive ahí?” el programa de ese día no hubiera durado ni un minuto:

—¡Holaaaaaa! ¡Qué taaal! ¿Quién vive ahíiiiii? ¿Se puedeeee?

—Adelante. Esta es la cama, otra cama, mi escritorio, el armario empotrado, que no lo abras que te salta la ropa, y el escritorio de mi hermano. Ahora todos giren sobre sí mismos y váyanse por donde han venido, que si no nos atascamos.

—¿Pero ya estáaa?

—Ay, no, disculpa. Si te pones a cuatro patas y miras debajo de esa cama descubrirás la entrada a una gruta que conduce a un mundo mágico sin igual.

—Uys, no me atrevo.

—Pues media vuelta y arrancando.

En ese cuarto estrecho pasé las etapas más bonitas de mi vida. Como el día en que descubrí que era hirsuto. Hir-su-to. Menuda palabra más horrible. La leí por primera vez el día que mi madre decidió comprar una pequeña enciclopedia médica. En aquel tiempo, cuando te sentías mal o te salía una roncha rara, en vez de encender el ordenador y buscar en Google “síntomas de la lepra”, acudías a ella. Mi hermano y yo pasábamos las tardes hojeándola, contemplando fotografías de patologías cutáneas y enfermedades venéreas, como los niños normales. Y un día, al pasar una página, apareció el hirsutismo.

Se puede tener pelo o ser peludo, pero los hirsutos forman parte de una categoría aparte. Vienen a ocupar el lugar más alto de la pirámide del peludismo y se caracterizan porque cuando se quitan la ropa y los miras de lejos no sabes si están vestidos o desnudos, algo que en invierno es una bendición, pero que en verano constituye una auténtica pesadilla. Yo era uno de ellos.

No sé exactamente en qué momento comenzó a brotarme la melena del cuerpo, pero creo que fue más o menos cuando tenía trece o catorce años. Aquel día aciago me coloqué delante del espejo, con la enciclopedia médica en la mano, y me comparé con la foto. Lo mío no tenía remedio. De pronto todo cambió. Me di cuenta de que cuando íbamos al monte con la familia para hacer un asadero siempre me alejaban del fuego, por miedo a que ardiera, y cuando invitaban a gente a casa mi madre no me dejaba entrar en el salón, porque lo dejaba todo perdido de pelos. El gato sí podía y yo no. Me marcó de por vida.

Se pueden imaginar lo que pasó en el colegio. Aquel año volví a clase después del verano con el doble de tundra en el pecho; hasta se me salían los pelos por la parte alta de la camiseta. En un plis plas pasé de cabezón a prueba científica de la existencia del eslabón perdido, hermano de Chewbacca o felpudo humano. ¿Cómo superar eso? Pues flagelándote en público y anticipándote al ataque:

—¡Atención, atención! ¡Escuchen todos! Se abre el telón y se me ve a mí en el colegio, el primer día de clase después de verano, sin camiseta y con un sable láser en la mano. ¿Cómo se llama la película? ¡El retorno del Yeti!

Fin del cachondeo.

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llamasLa zarza ardiente con la que hablaba Moisés… Esa era la imagen de dibujos animados que se me venía a la mente cuando pensaba en cómo me dolía el alma, en ese fuego que en apariencia no quemaba, pero que sí dejaba quemaduras. Menuda tontería (pensarán), yo, que ni siquiera soy creyente, acordándome de una metáfora que vi en una película de animación para comprender qué me estaba pasando…

Las quemaduras del alma son como las del cuerpo: te dejan con una sensibilidad tal que cualquier roce es una tortura. Un recuerdo, una imagen, una palabra, un gesto… queman.

Y te das cuenta de que necesitas protegerte esas quemaduras para que se curen. Necesitas que te quieran los que te quieren, que se alejen los que no te quieren, reducir la lista de cosas importantes a lo esencial y aplicarte alguna crema en esa piel maltrecha… Pero a veces eso no basta. Necesitamos a esas personas que saben mucho de las tiritas, los analgésicos y las vitaminas que son buenas para hacer que esas conexiones neuronales, que aún no saben que existen, se acaben conectando y mandando órdenes para que las quemaduras se vayan curando.

Si cuando nos hacemos daño vamos a nuestro médico de cabecera o a urgencias… bien deberíamos acudir al doctor de las quemaduras del alma cuando lo necesitamos.

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