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Posts Tagged ‘león’

De esto que es domingo, de esos en los que dices “ay, sí, por favor, necesito quedarme en casita y hacer lo mínimo posible”, y después de comer te lanzas en el sofá -porque si te sientas no es lo mismo- y te pones a trastear en redes, perdiendo ese poco tiempo que tienes y te topas con este titular:

 

 

Imagen del Valle del Riaño, antes de la construcción del pantano. Foto: http://www.puntosgps.com

Leer lo de “desaparición de 9 pueblos” me generó tal congoja que como el breve vídeo de arriba de TVE era solo un cebo me lancé a buscar en internet. “Historia embalse Riaño”, tecleé. Entonces mi congoja se convirtió en angustia. ¿Cómo es posible que un gobierno hiciera desaparecer 9 pueblos, con sus casas, sus calles, sus seguramente iglesias históricas, sus rinconcitos entrañables, sus historias centenarias… y truncara la vida de sus vecinos para construir un embalse?

En 1987 tenía yo 13 años, no era adicta a la información, quizá por eso no he sabido de esta historia hasta ayer, porque además, nunca me había llegado noticia alguna en estas tres décadas. Me pareció tan inverosímil que seguí indagando.

Así fue como supe que la inundación intencionada de estos 9 pueblos (Anciles, Salió, Huelde, Éscaro, La Puerta, Burón, Pedrosa del Rey, Riaño y Vegacerneja), tras dinamitar muchos de sus edificios de mayor altura, se ha considerado como uno de los delitos ecológicos más traumáticos de nuestra democracia; que fueron 10.000 los vecinos expropiados a la fuerza y desplazados de sus casas; que 30 años no es tiempo para curar estas heridas, porque puede que nunca se curen; que en la conmemoración de los 20 años de cerrarse las compuertas, en 2007, la lucha de vecinos y ecologistas aún recuerda la angustia de aquellos momentos… y así, pude seguir leyendo error tras error, porque, lo más grave aún, el objetivo por el que se construyó este pantano nunca se logró. Subsiste el enriquecimiento de las empresas constructoras y la indecencia de un gobierno que pagó exiguas indemnizaciones fijadas 20 años antes de la puesta en marcha de este pantano.

Imagen del nuevo Riaño, con un puente sobre el pantano situado en el antiguo pueblo. Foto: http://www.puntosgps.com

Y mientras leía y leía me venía a la mente Jordi Évole. Jordi, si me lees, seguro que ya te lo habrán pedido, pero esta historia se merece un Salvados en toda regla.

Aquí me quedo, enganchada a esta magnífica labor de hemeroteca del blog de Ramiro Pinto sobre la ignominia de Riaño y con este documental de 2010 emitido en el programa ‘Informe León’, de la televisión autonómica de Castilla y León. De estas historias cabe solo aprender para que no vuelvan a repetirse.

 

Y si quieren saber un poco más cómo se cubrió la información, otro reportaje de interés.

El grave error de Riaño fue diseñar un pantano en los años 60 con indemnizaciones de aquella época y desalojar 25 años después a una generación distinta”
(Mauricio Peña, fotoperiodista que cubrió el desalojo de Riaño).

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Todo aquella mañana pasó muy rápido, los coches con el altavoz de la campaña, el recuerdo de Isabel diciéndome al oído “¿no es esto lo que quieres?”, la llamada por el portero “baja ya mamá”. Y mamá y su perfume, su tranquilidad, el bulto de la pistola de papá en el bolso. El brillo en los ojos. La sonrisa en los labios pintados de ese carmín rojo sangre. Y aquel paseo que dimos, tan rápido, la brisa de la primavera, el olor del río, de la humedad oculta en los juncos y en la orilla.

Todo pasó muy rápido y el estruendo del disparo, una vez, otra vez. Y la sangre que era menos roja de lo que esperaba. El olor de Isabel mezclado con la pólvora y con la humedad. En mi cabeza aquella pregunta revolotea como una polilla africana:”¿no es esto lo que quieres?”, repetida una y otra vez, cerca de mi oído, y el calor de su pestilente aliento a tabaco y a colutorio dental y a perfume caro.

Todo fue rapidísimo, la pasarela, el Bernesga susurrando, Isabel con la boca abierta queriendo articular un grito y sin apenas emitir ni un sonido, mamá corriendo, yo corriendo. La vida corriendo a toda velocidad para todos, menos para Isabel que quedó allí en el medio del puente.

Y desde ese momento, desde el segundo después de todo eso que sucedió tan rápido, desde que dejamos de pisar la pasarela, se paró todo. Está todo parado.

Hasta hoy, hasta que el juez me ha preguntado, y le he dicho que no sé, que se me ha olvidado todo, porque todo pasó muy rápido.

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Cecil*, melena al viento, nunca imaginaste tu absurdo y triste final, siendo un personaje ya en tu entorno, rey de reyes en la sabana africana.

Cecil, tu belleza, tu porte, tu elegancia… qué importan a esa raza que se cree superior y que paga por conseguir tu cabeza como un trofeo para exponerla de forma ridícula en las paredes de sus horribles casas.

Cecil, te engañaron vilmente, te sacaron de tu reserva para darte caza de forma cobarde y dejarte moribundo varias horas hasta rematarte y degollarte días después.Cecil

Cecil, la miseria humana reside por desgracia en el mismo mundo de tantos otros colectivos que buscan protegerte, a ti y a los tuyos, pero el dinero es tan poderoso que cualquier belleza natural importará siempre menos.

Cecil, malditos cazadores, malditos gobiernos que tuercen la mano para recibir limosnas, maldita la autoproclamación de supremacía de los hombres.

Cecil, pobre Cecil, de qué vale ahora que algunos se rasguen las vestiduras y se detenga a los culpables, que se pidan mil perdones o que se pague con la cárcel un acto tan incomprensible como condenable.

Tus hijos, Cecil, ahora más solos y amenazados que nunca, llorarán tu ausencia y temerán incluso por sus vidas.

Cecil, la belleza de tu rostro y de tu cuerpo serán ya solo el recuerdo de quienes tuvieron la suerte de conocerte.

Qué triste, Cecil, qué triste tu muerte, ni siquiera valdrá para que nos cuestionemos y erradiquemos la estupidez de la caza deportiva, porque tu caída no va a alimentar a ningún ser hambriento y tu muerte, querido león, me temo que ha sido en vano.

*Cecil, el león más emblemático y conocido de Zimbabue, según relatan muchos medios de comunicación, cayó abatido hace unos días por un cazador furtivo, unos cuentan que español, otros que norteamericano, en una zona próxima a la reserva de Hwange, donde había vivido sus 13 años de vida. Deja hijos y quién sabe si compañera de viaje.

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  • El elefante vive unos 70 años y se independiza totalmente de los cuidados de sus progenitores entre los 2 y los 5.
  • El aguilucho a los tres meses de vida abandona el nido y olvida el vínculo paterno y materno para siempre.
  • Al león lo echan de la manada cuando tiene entre 2 y 4 años y debe buscarse la vida solo o morir en el intento.
  • En cambio, el hijo o hija de ser humano “se lleva puesto” hasta la tumba.

¿Por qué?

 

Para mí, y sé que este planteamiento es muy controvertido, la evolución social de la humanidad ha creado obligaciones antinatura bajo el paraguas de la familia. Por un malentendido concepto de amor, estamos criando cada vez más casos de humanos incapaces de sobrevivir por sus propios medios: económicos y emocionales.

Soy de las que piensa que algo falla en este sentido en el modelo de educación familiar. ¿Tú qué crees?

Es un planteamiento polémico, la mayoría no verá las cosas como yo.

Para mí, un hijo o hija debe ser criado para afrontar una independencia real. La educación consiste en dotarles de capacidades para asumir solos, desde muy pequeños, las consecuencias de sus decisiones propias, con sus errores y sus aciertos. Si te pones en pie en una silla y te caes el único responsable eres tú, y no el adulto que te vigila, y asumiendo esto desde el primer golpe es como de verdad se aprende.

Para ser así, el ansia y la capacidad de independencia y autonomía de los niños y jóvenes, -que lo tienen instintivo pero lo matamos día a día-, debe ir acompañada por la existencia de padres y madres capaces de dejarles realmente “volar” solos, sin garantizarles eternamente un colchón en el que caer sin hacerse daño cuando se tropiecen.

Por desgracia, la propia vida demuestra que a veces es imposible para un individuo salir adelante solo pese a haber hecho todo lo posible con gran esfuerzo por ello. Sólo en estos casos extremos el mullido colchón de la familia debe ser el reposo perfecto. Casos que por desgracia, con la crisis que vivimos, se han multiplicado de forma exponencial.

Observo atónita lo que sucede a mi alrededor en estos tiempos convulsos en los que la carencia material está produciendo numerosas y graves crisis personales y, por extensión, familiares.

Entre los millones de casos que padecen dificultades, hay miles que están en esa situación porque hemos criado demasiados “comodones de por vida”: 

  1. Dícese de las personas incapaces de medir con cierta garantía de acierto el riesgo de sus acciones y, especialmente, el de sus dejaciones.
  2. Personas que, desde la inconsciencia de la existencia de la responsabilidad individual, arrastran a su desastre personal a padres, madres, abuelos, abuelas, hermanos y hermanas que, resignados o no, se dejan hacer.

Últimamente he oído demasiadas veces, y sin escrúpulo alguno, esta frase: “si me echan –de casa o del trabajo-, no importa, tengo colchón familiar”.

¿¡Disculpa!? Ellos están para vivir su vida, no para vivir la parte negativa de la que te dieron a ti.

Que una persona, lo diga o no, a la hora de valorar sus circunstancias, cuente de antemano con este salvavidas para situaciones difíciles es uno de los indicadores que, para mí, divide a las personas en dos grupos “comodones de por vida” o “responsables y autónomos”.

¿Por qué no asume cada individuo las consecuencias de lo que ha sembrado en su vida?

¿Por qué creemos que existe una obligación antinatural, -muchas veces autoimpuesta-, para los padres y madres de sacar siempre y pase lo que pase las castañas del fuego a la descendencia?

De la ayuda puntual al gorroneo perpetuo, va un largo trecho, ¿no crees?

 

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Pasó el furgón de la campaña, con los altavoces a todo meter, y sonrió un poco por la comisura de  los labios recién pintados del mismo rojo pardo de siempre. Mancha roja también en los dientes de arriba. La música le sacó cierta sonrisa sádica. Enseguida se silenció el ruido aquel del sonsonete y se disolvió su mueca. Siguió a lo suyo. Pasó la baqueta arriba y abajo. Abrió la caja de cartuchos (cartón amarillento, vieja, número 38 por fuera, cincuenta unidades) y llenó el tambor. Era curioso cómo encajaban a la perfección en los pistones, uno, dos, tres… hasta seis. Cerró el arma y depositó su peso metálico y negro sobre la escribanía de piel verdosa. Sorbió del té verde. Esperó algunos minutos más, mirando por la ventana entreabierta. Hoy era el día. Tanto tiempo esperando.

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Había pasado a recoger a su madre. El coche apestaba a no sé qué. “Algo se habrá caído bajo el sillón”, se dijo mientras cerraba con el botoncito, buic buic. Encendió un cigarrillo, otro, y ya iban cinco en la mañana. Llegó al portal y tocó en el portero automático: “Ya estoy, baja”. Y miró hacia ese cielo blanquecino de Castilla: ni sol ni nubes. Volvió a esperar.

La madre bajó en el ascensor, y dejó dentro de él un rastro de ese perfume de señora; cerró de un golpe la puerta principal del edificio de pisos. “Se va a cagar esa hija de puta”, dijo. “Sí, se va a cagar”, apuntó la hija.

Y ambas se fueron caminando hacia el río.

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