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Posts Tagged ‘hijos’

Los años me van confirmando una de esas teorías sin sostén científico alguno que una crea a base de experiencias: aún funcionamos de forma  muy parecida a cuando vivíamos en las cavernas. Ya, me dirán que menudo descubrimiento, que los antropólogos, entre otros estudiosos, llevan ni se sabe la tira de años ahondando en la materia y haciendo afirmaciones al respecto, pero yo me baso en la práctica, y les aseguro que suele darme la razón en un porcentaje bastante elevado de los casos.

En mi entorno, con mucha frecuencia, observo como las mujeres (por supuesto hay excepciones, pero no voy a referirme a ellas) ejercen de cuidadoras. Y no hablo ya de las que tienen hijos, que ahí la explicación es sencilla cuando aún son pequeños, sino de una especie de condición innata que hace que asistan al necesitado, llámese este niño, enfermo, anciano o, y este es el tema de la entrada, pareja dependiente, y no me refiero a dependiente en el sentido ‘clínico’ del término.

Adoptamos el papel de cuidadoras y creamos dependientes. Hacemos de enfermeras, señoras de la limpieza y sicólogas, todo en el mismo pack, proponiéndonoslo o, en muchas ocasiones, sin proponérnoslo. Restamos autonomía y aparecen individuos que no saben valerse por sí mismos y a los que les cuesta enormemente ser autosuficientes. Y luego nos quejamos. Nos quejamos de que no sepan resolver un problema que vaya más allá del laboral, nos quejamos de que no asuman las labores que les tocan por formar parte de un núcleo de convivencia, nos quejamos del enorme carro que llevamos cargado de responsabilidades que no son nuestras, pero lo cierto es que nuestro afán de protección acaba volviéndose en nuestra contra.

Que seamos capaces de transitar por la vida solos depende de que nos veamos en la necesidad de hacerlo. Por eso me resulta cuanto menos digno de reflexión cómo las mujeres procuramos que nuestros hijos sean autónomos y, sin embargo, alimentamos la dependencia de nuestras parejas.

 

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Como buena carnavalera que soy ya voy notando el bulli bulli, el ritmillo, el frenesí, el entusiasmo recorriéndome de pies a cabeza. Las canciones me salen solas y, sin darme cuenta, mis piernas van preparando  coreografías. Estoy deseando que llegue el viernes, mi día favorito, las ganas acumuladas durante el año saldrán a darlo todo y más, después ya veremos qué pasará.

Este año hay una novedad y es que mi prole, dignos herederos de sus noveleros padres, también están sintiendo la exaltación del Carnaval. Esto, he de reconocerlo, me llena de orgullo, la impronta de la fiesta es algo que hemos logrado inculcarles sin mucho esfuerzo. Espero que siga siendo así durante toda su vida, que lo celebren todo, que busquen razones para disfrutar y encuentren siempre el momento para hacerlo.

Pero, por otro lado, se abre la puerta a una nueva forma de disfrutar de esta fiesta para mí. No voy a tener otro remedio que quedar cada cierto tiempo para ver cómo están y si aún siguen enteros (tengo asumido que algo se van a echar al buche y que no será una Fanta). Se acabaron ‘las noches de fantasía’ a mi bola y, lo que es peor, el fichaje va a ser recíproco, así que la que va a beber sólo Fanta voy a ser yo.

Comienzan las preocupaciones, me acuerdo de aquellos con los que he compartido trayectos, en la guagua primero y el tranvía después,  rumbo a Santa Cruz. Esos que ya se van vomitando por los rincones desde las 10 de la noche, que se fuman un porro con el tranvía abarrotado para ‘deleite’ de los que les rodean, que beben directamente de la botella de tequila o se toman una ‘pastilla’ al lado tuyo. Por muchos valores que les hayas enseñado, por muchas charlas que les hayas echado, es inevitable pensar en si tu hijo hará lo mismo. Sobre todo me preocupa  (esto es algo que comparto con muchos amigos y padres de mi entorno) lo que se puedan encontrar, aunque intento no pensarlo, me aterroriza que topen con algún pirado, que los hay, o que se vean metidos en una pelea o algo peor.

Quizá lo mejor sea aprovechar esa semana para viajar, como hacen tantos, ‘me lo llevo y así evito que salga’. Desde luego esquivas la ansiedad, pero no creo que sea la solución.  No va a quedar otra que seguir echándoles la charla, advertirles, como nos advirtieron nuestros padres, de lo que se pueden encontrar y lo que deben hacer ante cada situación y, sobre todo, confiar en ellos. Todo esto además de quedar cada cierto tiempo para ver cómo van y beber sólo Fanta (con una gotita de ron). Así ha sido siempre y así seguirá. ¡Feliz Carnaval!

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Internet y, en concreto, los medios digitales se han convertido en una fuente inagotable de consejos con los que o alcanzas la felicidad total o te hundes en el más hondo de los pozos si ves que no te ajustas a los parámetros por lo que se debe regir una vida plena.

Parece increíble pero hay listas de cosas que se deben o no se deben hacer para absolutamente todo tipo de situaciones.

A veces leo esas listas por curiosidad pero también, lo reconozco, para saber si puedo considerarme una persona apta para vivir en esta sociedad moderna.

Algunas de esas listas que aparecen de forma recurrente en los medios nos ilustran sobre lo que debemos o no decirle a nuestros hijos si queremos evitar que sean unos desgraciados de por vida, unos debiluchos, unos seres sin autoestima o gente con nula capacidad de liderazgo.1aa2f7441c2e1e8ce1ae43bf58de9bfa_xl

Confieso aquí que soy una madre terrible porque de las diez frases que hay que evitar decir a los niños hay ocho que yo les suelto a mis hijos no a diario pero sí con frecuencia. No se crean que me hace gracia, me lleva a cuestionarme mucho mis aptitudes maternales y llego a preguntarme si no estaré ejerciendo una especie de maltrato motivacional, una autoridad desmesurada sobre esos pobres niños.

Recomiendan ahí que nunca les digas “me tienes harta”. Yo jamás lo hago pero solo porque lo sustituyo por un “me tienen hasta el gorro”, el ya clásico “estoy hasta el moño” o “hasta aquí me tienes hoy”, al tiempo que coloco mi mano un palmo por encima de mi cabeza.

Tampoco hay que decirles “me vas a volver loca” o “porque lo digo yo y punto” porque eso puede tener “un impacto negativo en nuestra relación”, además de generarles “gran ansiedad”. Mira, un impacto negativo es que alguien, en este caso menor de edad y poco preparado para saber lo que le conviene, insista cien veces en los mismos argumentos para ver si consigue lo que quiere. Cuando ya se le han dado varias respuestas más o menos amables y razonadas y se entra en un bucle sin fin creo que es más que adecuado espetar esas y otras expresiones, acompañadas mentalmente, si procede, de un “no te fastidia el monicaco este…”.

“Eres un vago” (a mí me gusta más usar gandul/a) es otra de las frases a evitar porque también “daña la relación paterno-filial” y “provoca en los jóvenes frustración y desinterés”. Vamos a ver, ¿y la visión continuada de ropa, juguetes, libros, tirados por la casa, la existencia de un mini ser echado viendo la tele mientras su cuarto se cae a pedazos… no daña la relación y la convivencia? ¿Acaso no genera frustración? A mí, muchísima.

En fin, no voy a relatar aquí todas y cada una de las (ahora, gracias a las listas, lo sé) barbaridades que digo cuando me canso de ser políticamente correcta. Valgan estas como ejemplo y agradézcanme que les ahorre más detalles. Solo añadiré como anécdota que hace unos días les pregunté por un ejemplo de gran depredador y uno de ellos respondió: “tú, cuando te enfadas”.

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Los Reyes Magos suponen una poderosa arma de chantaje para los padres en estas fechas. Los niños crecen convencidos de que les controlan el 100% del tiempo, de forma que, para algunos, los Reyes son seres mágicos que directamente saben si se han portado bien o mal porque “les están viendo” y para otros, son señores con un contacto directo con sus padres, por lo que durante todas las vacaciones de navidad, la frase más escuchada en casa llega a ser “como sigas así llamo ahora mismo a los Reyes para que no te traigan nada”.

Cuando llega el día de la cabalgata les emociona poder ver a los personajes de un cuento que les han estado contando desde recién nacidos, sus ropajes, sus pajes, las carrozas, las calles repletas de niños, padres y hasta abuelos que gritan, se desgañitan y se abalanzan sobre los demás por conseguir unos caramelos. Pero lo que más les enloquece es pensar que esos tres viejos con barba tienen en algún lugar guardados sus smartphones, sus playstations y sus juegos. Eso les hemos inculcado, que se porten bien para conseguir regalos porque los Reyes Magos les espían y tienen “su felicidad” guardada en un saco gigante que van cargando unos pobres camellos.

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Niños llorando vueltos locos, con los ojos desorbitados, gritando “MI PLAYSTATIOOOOON” a unos señores subidos a unos animales (cuyo estrés no quiero ni imaginar) es lo que en nuestra sociedad llamamos “la ilusión de la navidad”. Padres gastando lo que no tienen por que sus hijos lleguen el primer día al colegio presumiendo de regalos caros. La crueldad no se esconde en el engaño de unos seres mágicos que no existen, la crueldad es convencerles de que esos regalos dependen de lo bien que se porten y no del dinero que mamá y papá puedan gastar. La crueldad estriba en que descubran por sí mismos que Manolito, que es el que más abusa de sus compañeros, el que contesta mal a los profesores y el que más asignaturas ha suspendido, ha recibido todos los videojuegos, una pantalla de 40 pulgadas para jugar, una colchoneta elástica para el jardín, una bicicleta y un iphone 7 o que a Juanito, por mejores notas que saque y por más bien que se porte, siempre le dejan poca cosa.

Después, de mayores criticamos el materialismo y la falta de solidaridad, pero es que desde pequeños nos han aplaudido esa enajenación por conseguir cosas materiales y nos han enseñado a pedir (vía carta manuscrita) para nosotros mismos. Ojalá las siguientes generaciones maduren el cuento y lo actualicen, pues tal y como está establecido ahora, sus Majestades suponen una poderosa arma de chantaje para los padres, pero sólo para los padres que pueden comprar regalos a sus hijos.

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embarazadaConfieso que llevo días dándole vueltas al contenido de esta entrada. Más bien llevo días dándole vueltas a cómo enfocar ese contenido por lo de delicado que tiene el tema, no ya para los que puedan leerme, sino para mí misma. Es un tema que me suscita una lucha interior entre lo socialmente aceptable y los sentimientos sin filtrar que surgen, inevitablemente.

Fue a raíz de este artículo, además del estupendo post de mi compañera siempreenmediera Naima Tavarishka, que decidí abordar el tema de la ‘marcha atrás’ en la maternidad. He hablado alguna que otra vez aquí de mujeres que optan por no ser madres, una elección que sigue siendo incomprendida aunque cada vez menos a tenor de que el número aumenta, pero no de mujeres que se arrepienten de haber tenido hijos.

Para poner los puntos sobre las íes debo aclarar que no hablo de malas madres, de mujeres que no quieren a sus hijos o que no cumplen a la perfección con su papel, no, no, probablemente las mujeres de las que hablo son madres magníficas, responsables, amorosas pero que, en un momento dado y sintiendo angustia, vergüenza y remordimiento han pensado: si volviera atrás no los tendría. Es un pensamiento que no comparten con nadie porque ¿qué dirían si se enterasen de que me planteo alternativas, si supiesen que dejar a un lado un montón de cosas me ha hecho más infeliz a pesar de la felicidad que he sentido teniendo hijos?

Todo esto tiene que ver con ese rol madre que se nos ha asignado a las mujeres, ese rol sin el cual nos han vendido que estamos incompletas, que no hemos hecho aquello para lo que fuimos concebidas. Si hemos cumplido las expectativas ¿cómo vamos a pensar que igual nos hemos equivocado?, sería poner en cuestión las consignas de una aplastante mayoría. Pero sí, se puede estar arrepentido y se puede decir sin que nos quemen en la hoguera o nos señalen, que bastante nos culpabilizamos ya nosotras.

 

 

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IMG_20160430_214001El clan al que pertenezco ha dejado su impronta en la mayor parte de las mujeres de la familia. Y no hablo ya de características físicas, que también, (esa marcada tendencia a acumular los kilos que nos vamos encontrando por ahí, por ejemplo) sino a una suerte de tendencia a una maternidad que a mí se me antoja muchas veces enfermiza.

Sí, ya sé que me dirán que ese sentimiento maternal es común a un porcentaje muy alto de mujeres, que ustedes por sus hijos ma-tan y todo eso, pero yo hablo de madres a las que les cuesta desarrollarse más allá de haber parido y eso, estarán de acuerdo comigo, no es sano, o al menos a mí no me lo parece.

En mi entorno familiar he escuchado que las mujeres son, después de haber parido, por encima de todas las cosas, madres, madres que deben anteponer sus hijos a cualquier otra cosa, llámese esa otra cosa una misma y su desarrollo personal. Y no solo lo he escuchado, he presenciado como esas mujeres han entregado su vida a sus hijos y como algunas de ellas, lógicamente, se han quedado vacías después de que éstos hicieran lo correcto: tomar su propio rumbo.

Ese superlativo sentimiento de maternidad ha llevado a alguna que otra fémina de mi familia a tomar decisiones en contra de sus propios intereses, decisiones que han supuesto aguantar situaciones a la larga, cuando sus hijos ya son autónomos, porque entonces ya no eran capaces de vivir de otra forma. Y hoy, Día de la Madre, esa conmemoración que no sé si inventaron los griegos o El Corte Inglés, me gustaría que las nuevas generaciones hayamos aprendido de los errores y que, siendo buenas madres, seamos, por encima de eso, buenas con nosotras mismas.

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Hace unos días el denominado Club de las Malasmadres puso en marcha una iniciativa que bajo el lema YO NO RENUNCIO, trata de reunir firmas para conseguir  avances en conciliación laboral y familiar. El objetivo es conseguir 100.000 firmas para demandar incentivos fiscales para las pymes que implanten la jornada continua con flexibilidad horaria.

La petición está muy vinculada a las mujeres y a las renuncias que se ven obligadas a asumir. Renunciar al desarrollo profesional, al cuidado de sus hijos o incluso renunciar a ser madres son sólo algunas de las amargaderas del día a día de muchas mujeres pero hay más. Yo echo en falta en esta petición las renuncias a las que se ven obligados muchos hombres sin ser conscientes porque socialmente están en otra onda y no saben que hay cosas que se están dejando, como participar en la crianza de sus hijos, que tiene sus menos pero también sus más.

Aunque ellos no tienen tanta presión social en esto de la paternidad, opino que sus renuncias en el ámbito personal son mayores porque hay cosas que directamente se les vetan si hay una mujer que pueda hacerlas. No es lo habitual que un hombre salga del trabajo a mitad de la jornada para llevar a un niño al médico, para ir a una reunión con el tutor en el colegio (sí, también ponen las reuniones en tu horario laboral) o que se quede en casa a cuidar a un niño enfermo.

Hace poco me he encontrado en la televisión con un anuncio que me molesta especialmente porque intenta vestir de normalidad algo que la mayoría de quienes lo padecen lo viven con angustia por no poder llegar a todo, por vivir siempre con la lengua fuera o por no poder estar donde deberían porque un horario rígido y unas condiciones laborales inflexibles se lo impiden. El anuncio en cuestión muestra a una madre (siempre es una mujer) que tuvo que trabajar todo el domingo y que no pudo llegar ningún día de la semana a tiempo para recoger a sus hijos del colegio. A ella, impecablemente peinada, esto no le importa nada porque se viste con su look más roquero y corre a disfrutar de una actividad lúdica con sus hijos mientras todos comen chocolate.

No  ayuda que desde la publicidad, ese reflejo cada vez más distorsionado de lo que es la vida, se quiera vender como normal y hasta satisfactoria una situación que apena a mucha gente, hombres y mujeres que quieren formar parte real de la vida de sus hijos y no sólo de los buenos momentos mientras el colegio, un cuidador ocasional o, con suerte, los abuelos se ocupan del resto.

Me molesta también esa frase hecha que asegura que lo importante no es la cantidad, sino la calidad del tiempo que puedes ofrecer a los demás.

Me molesta porque yo lo que quiero es tiempo en cantidad, todo el tiempo que pueda conseguir para echar broncas, meterme con la ropa que llevan puesta, revisar las cabezas en busca de piojos, hacer una trenza, enseñar a coser un botón, borrar la tarea si está mal hecha y hacerla repetir hasta que quede bien o echarme con ellos en el sofá a dormitar porque no tenemos nada mejor que hacer. Quiero estar cuando me necesiten y también cuando quieran enseñarme una araña que está colgando del techo y eso sólo se consigue con más tiempo. Honestamente, me da igual la calidad.

 

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