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Posts Tagged ‘filosofía’

No es la primera vez que hablo de este hombre en el bosque. Tengo predilección por él, por sus libros, por la espiritualidad y el reposo que me inspiran y, sobre todo, porque fue un visionario en cuanto a la relación entre el hombre en progreso y la Naturaleza. Esta semana, se ha conmemorado (poco, la verdad) el segundo centenario del nacimiento de Henry David Thoreau , escritor y naturalista estadounidense que presumo no está en nuestros planes educativos, aunque nos haría a todos más felices conocer su filosofía de vida y su obra. Defendió los valores democráticos, luchó contra la esclavitud, estableció una relación personal con la Naturaleza y auguró, hace dos siglos, que el sistema productivo acelerado y masivo nos llevaba a la enfermedad, a la nuestra y la del entorno que nos alimenta.

Y no clamó al desierto desde la comodidad de un ciudadano de posibles, sino que en 1845 se mudó a la laguna de Walden, donde construyó él mismo la cabaña en la que vivió durante dos años, con sus nevadas invernales incluidas. Sus experiencias las recogió en Walden, quizás su libro más famoso, donde reúne las reflexiones que sobre la vida y el mundo le granjeó la soledad buscada en plena Naturaleza. Si hoy levantase la cabeza, estoy segura que Thoreau querría volver de inmediato al bosque, horrorizado de la evolución de la sociedad capitalista más salvaje y de los discursos de aquellos que niegan el cambio climático y el efecto negativo del hombre sobre el medioambiente.

portada de libro Walden de Herny David Thoerau

Portada de Walden, editado por Errata Naturae.

 

 

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Westworld es un parque de atracciones futurista en el que los robots han alcanzado la perfecta imitación del ser humano y permiten, en un ambiente de lejano oeste americano, que los adinerados den rienda suelta a sus instintos que, por norma general, suelen girar en torno al asesinato y el sexo. Esta serie de ficción, que se basa en una película de 1973 del mismo nombre y que escribió el autor de superventas Michael Chrichton, reflexiona sobre dos temas fundamentales de la filosofía humana: el descubrimiento de lo que somos y la libertad. En esa diatriba entre la tecnología y nuestra capacidad para dar vida a lo que en principio no la tiene, en ese juego a ser Dios con la prepotencia de pretender que no surjan errores, hay varias dudas de base. ¿Quiénes son en realidad los robots? ¿Los seres metálicos o nosotros, incapaces de vivir nuestras vidas como queremos? ¿Son sólo ellos los programados? ¿Quién es el creador y quién la obra? Y lo más difícil de contestar: ¿de verdad queremos ser libres? ¿sabemos dejar libres a los otros?

Puede que muchos digan que todo esto no es más que filosofía barata salida de un libro de autoayuda, pero la realidad es que Westworld fomenta la duda existencial, inmersa en un paquete de ciencia ficción bien decorado, con unos actores de que garantizan el disfrute, como son Anthony Hopkings y Ed Harris, y con unas escenas pomposas, que ayudan  a crear el ambiente de fingimiento entre huéspedes y visitantes del parque y que recuerda demasiado al que, quizás, rige nuestras propias relaciones o, al menos, al concepto que tenemos de ellas.

 

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Stephen Hawking, durante una de sus conferencias en Starmus.

Stephen Hawking, durante una de sus conferencias en Starmus.

Abrió su página en Facebook el 7 de octubre, pero hasta ayer no escribió su primera actualización de estado. Stephen Hawking, el conocido cosmólogo y divulgador científico británico, ha publicado en las últimas 24 horas tres entradas en esta red social. Están firmadas con un “SH”, señal de que se trata de una obra suya y no de su equipo de colaboradores.

En la última, subida alrededor de la pasada medianoche, se refiere al festival Starmus que se celebró a finales de septiembre pasado en Tenerife, al que asistió. En él viene a decir que le encantó este encuentro “porque es una combinación de ciencia y música rock”, dos cosas que ama; revela que sus intervenciones favoritas fueron las de los astronautas rusos sobre el fracaso de la Unión Soviética en la carrera espacial; el relato de Robert Wilson —que me extraña que no conociera— sobre cómo él y Arno Penzias llegaron a pensar que una extraña interferencia, que más tarde se confirmaría como la radiación de fondo de microondas, estaba causada por las cagadas de paloma en su antena, o la conferencia sobre vida extraterrestre de Richard Dawkins. Incluso bromea y afirma: “Alguna gente dice que yo mismo soy un alien, con mi voz de robot”. Y concluye: “Espero que haya un Starmus el año que viene y que ustedes me inviten”. Que quiere volver a Tenerife, vamos.

Soy de letras puras. Sin embargo, a través de la literatura y la filosofía me acerqué irremediablemente a algunas grandes cuestiones que pesan desde hace siglos sobre la humanidad y que imagino que todos se han planteado alguna vez: qué es el tiempo, cómo sería un universo sin tiempo, qué relaciona el paso de las horas y el espacio, qué pasa cuando dejan de funcionar las leyes de la física… Verlaine, Antonio Machado, Poe, María Luisa Bombal, Borges y tantos otros se han enfrentado en algún momento a estas preguntas. ¿Obtendrán algún día respuesta? Sinceramente, creo que no. Llegados a este punto, la literatura y la filosofía han entrado en el inventario del cosmólogo como herramientas a las que recurrir cuando la ciencia, tal como la conocemos hoy, se queda sin recursos.

Pensar en el origen y características del universo provoca a priori una extraña sensación de empequeñecimiento, de ridiculez de nuestra existencia. Sin embargo, después de una reflexión sosegada, nos damos cuenta de que puede ser todo lo contrario: cualquier humano, científico o no, es capaz de contener en su cerebro una representación aproximada de la inmensidad de todas las cosas. Nosotros, partículas insignificantes en el océano, imaginamos la inmensidad y la recreamos en nuestras mentes. Somos parte del cosmos, un cosmos que a través de nosotros es capaz de conocerse a sí mismo y cobrar conciencia. ¿Cuál es en realidad nuestro tamaño?

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“En el Principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios…”
Juan 1:1

Pensaba el filósofo alemán Martin Heidegger que el gran error fundamental de la filosofía occidental era haber olvidado la cuestión fundamental de la existencia: ¿Por qué las cosas son, cuando podrían no ser? Argumentaba que la palabra “ser se utilizaba mal al haberla convertido en un sustantivo (el ser humano, el interior de mi ser…) cuando en realidad era un verbo. Y no sólo eso, para Heidegger el verbo “ser” era el verbo primigenio sin el cual, nada existiría; ni siquiera el lenguaje.

Y solemos preocuparnos por cómo son las cosas (o por cómo serán), pero no solemos pararnos a pensar que esas mismas cosas son… pero podrían no ser. Tal vez no era esa la intención de Heidegger al fundar la escuela filosófica del existencialismo, pero lo cierto es que su mensaje sobre la finitud de la existencia, la importancia de la angustia como motor del movimiento y la certeza de que somos entes en continua evolución y aprendizaje acaban por enseñarnos que lo más importante en nuestra vida es aprender y disfrutar; que los conceptos de bueno  o malo son básicamente culturales y no valores absolutos y que lo diferente es, simplemente, ejemplo de diversidad.

Quedan sólo dos meses para que el año 2013 deje vía libre al 2014. En breve todo el mundo comenzará a pedir cosas al nuevo año, a fijarse objetivos: dejar de fumar, ir al gimnasio, bajar de peso… Yo ya no voy a preocuparme por esas cosas, porque después de conocer el pensamiento de Heidegger, Sartre y otros existencialistas, creo que lo importante es que el 2014 va a SER, cuando podría NO SER.

Martin Heidegger (1889-1976)

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J. tiene un puesto de presitigio en un organismo internacional. Vive en Asia Central pero tiene un novio australiano al que echa mucho de menos. El divorcio geográfico, con varios miles de kilómetros de por medio, tiene los muchos inconvenientes que ya se imaginan, pero también la ventaja de que cada encuentro es una luna de miel. Hace un mes que se vieron en Tailandia y dentro de poco se han citado en Dubai.

Además de en su país, J. ha vivido en Alemania y Estados Unidos. Habla con fluidez su idioma materno, además de inglés, francés y ruso. Es guapa, sofisticada e inteligente. Levanta suspiros a cada paso. Ilumina habitaciones enteras con su presencia.

5658407998_ebfda872ac_nAsí se escribe el cuento de hadas, pero también el conflicto: J. tiene un serio problema consigo misma. Como diríamos por aquí, no se jalla. A fuerza de estirar su caparazón, ha acabado por alargar sus costuras. De tanto conocer mundos y gentes, de experimentar realidades ajenas, ha perdido el contacto con sus orígenes. Busca el contacto con expatriados y sueña con los ojos abiertos en retomar su vida berlinesa. Tira de sus amigos alemanes para dispersar currículos a diestro y siniestro y se mantiene al día sobre los cambios en leyes y acuerdos migratorios.

Una de las cosas curiosas de la naturaleza humana es que solo puede ir adelante. Nuestro cerebro está programado para aprender, pero no puede retroceder en lo aprendido. J. es ya una persona diferente, extraña para sus semejantes. Lejos de generar admiración, sus logros la hacen parecer distante. En una sociedad tradicional y conservadora como la suya, es como la bola negra del billar.

Estaría bien que al nacer nos advirtieran que los caminos de la vida son como esas puertas automáticas de los aeropuertos. Sobre cada uno de nosotros también cuelga un cartel que reza: “No se detenga. No retroceda”.

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El otro día me hablaron de “Los cuatro acuerdos”, un libro escrito por el médico mexicano Miguel Ruiz en el que se recoge la sabiduría de los toltecas y los principios que ellos creían básicos para alcanzar el bienestar y la paz interior. En estos días en que el desasosiego, la incertidumbre y el miedo forman parte de nuestro día a día, me gustó conocer la existencia de estos cuatros axiomas que, según dicen, transforman la vida de quien los sigue.

El primero de ellos “Sé impecable con tus palabras”, es decir, piensa dos veces antes de hablar y utiliza la palabra justa en cada momento; el segundo “No te lo tomes personalmente”, esto es, todo lo que pasa a tu alrededor no está dirigido contra ti, ni nace en ti; “No hagas suposiciones”, lo importante es preguntar cuando surgen dudas y no llegar a conclusiones mal planteadas que conducen a malos entendidos; y, por último, “Da siempre lo mejor de tí”.

No sé si servirá de algo (yo al menos lo voy a intentar), ni siquiera si servirá de ayuda para muchas personas que se complican la vida innecesariamente con conflictos que no lo son y problemas que nunca existieron. No sé si será efectivo, ni si será la solución a todos nuestros males; pero aunque no lo sea me resulta fascinante que este tipo de comportamientos establecidos por pueblo nativo mexicano, como lo fue la Tolteca, sigan pudiéndose aplicar en las sociedades actuales. No hemos avanzado nada.

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