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Posts Tagged ‘estrellas’

Supernova 1993J, una estrella que explotó en la galaxia M81 y cuya luz nos llegó hace algo más de veinte años / NASA, ESA, G. Bacon (STScI) (CC BY 2.0)

Supernova 1993J, una estrella que explotó en la galaxia M81 y cuya luz nos llegó hace algo más de veinte años / NASA, ESA, G. Bacon (STScI) [CC BY 2.0]

Hay días en los que me levanto intenso y me da por pensar en la Ley de la Conservación de la Materia. Así, en ayunas, según abro los ojos. Es como para darse la vuelta y seguir durmiendo.

Pienso, ya les digo, en que todos los átomos metálicos del Universo han sido forjados en explosiones cósmicas de supernovas y estrellas de neutrones. En que algunas de las motas de polvo que alfombran mi mesa de noche bien pudieran haber sido las mismas que levantó el caballo de Gengis Kan en su imparable avance por las estepas del Caúcaso. Leves escamas arenosas, que han doblegado al tiempo y al espacio para aterrizar a unos pocos centímetros de mi cabeza.

Otros días en cambio, lo que me levanto es vago. Y según ruedan las pelusas pasillo abajo, rotundas como las aulagas en las películas del Oeste, sonrío al darme cuenta de lo bien que me viene todo esto para no coger la fregona.

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487953_10200669422876423_2088453796_nSubió al observatorio, aún no había llegado el ocaso; el aire tibio impulsado por la calima procedente del continente, cargado de polvo y neblina, barruntaba que no se vería Venus tan pronto como se pusiera el Sol. “Advecciones africanas”, pensó. Revisó el material, todo en orden.

Disfrutó de las últimas horas del día, fumó lentamente y cuando aún no había oscurecido del todo sacó las gamuzas y la fregona y comenzó a limpiar, como cada semana, la cúpula del IAC80.

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En esta semana de tanta agenda Real, en la que se está enumerando todas las inauguraciones y visitas varias de toda la familia en función de su posición tras el día de la abdicación del rey Juan Carlos I, yo me he acordado de este niño real, de mi principito. Es mío porque desde hace muchos años, de vez en cuando, me viene a visitar desde su planeta, pero más bien pertenece a Antoine de Saint-Exupéry, que fue quien se lo encontró en el desierto y después escribió un libro.

El Principito, un clásico infantil para adultos.

El Principito, un clásico infantil para adultos.

En este extracto de El Principito el niño real se encuentra en un planeta con un hombre de negocios, que cuenta y cuenta millones de estrellas que dice poseer. Esta es la opinión del pequeño:

Yo-dijo aún-tengo una flor a la que riego todos los días; poseo tres volcanes a los que deshollino todas las semanas, pues también me ocupo del que está extinguido; nunca se sabe lo que puede ocurrir. Es útil, pues, para mis volcanes y para mi flor que yo las posea. Pero tú, tú no eres nada útil para las estrellas…

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Nunca he sido una groupie. Con cuatro años, llegaba a casa del colegio y pedía a gritos “mi cintaaaaaa”, que estaba compuesta por Cara A: Los Pecos y Cara B: Miguel Bosé. Pero a pesar de tan precoz “gusto” por la música, siempre tuve muy clara la diferencia entre la persona y su obra. Luego, con los años, mira las vueltas que da el mundo, me dediqué a trabajar también con la música y, para colmo, me casé con un músico. El tiempo y la experiencia no ha hecho más que confirmar mis intuiciones, una cosa es la letra y los sonidos que te envuelven de una canción y otra, muy distinta, el ser humano que los ejecuta. Puedo contar, pero haré como que no puedo, centenares de anécdotas sobre cantantes famosos y otros que no lo son tanto. Sobre estrellas que siguen siendo los niños que fueron y otras que, pese a ser  célebres de segunda fila, piensan que conforman un tipo de ser humano superior al resto de los mortales (a algunos ni se les pasa por la cabeza que algún día podrían morir). Y sobre seguidores y seguidoras que pierden la dignidad detrás de un autógrafo o una toalla sudada. Repito que nunca he sido una groupie pero debo confesar, ahora que no me oye nadie, que siempre pienso con rabia en un artista al que nunca podré ver sobre un escenario, más que nada porque murió el mismo año que yo nací: Elvis Presley. Mis amigos, los pobres, han tenido que tragarse el Aloha from Hawaii (histórico concierto que se retransmitió vía satélite) cada vez que pisaban, por primera vez, mi casa. Como ya llevo un tiempo en este blog “siempreenmediero” y ya los considero mis amigos, lo siento, les toca ver y escuchar la ración pertinente de Presley. Que lo disfruten.

http://www.youtube.com/watch?v=d6_aEsFwQ9s

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Ahora, que lo miro con más detenimiento puedo asegurarlo: el universo da vértigo. Da vertigo, por ejemplo, porque el abismo que hay entre nosotros y el resto del… ¿mundo? es tan profundo que aún no se ha llegado a conocer del todo. Asusta un poco pensar que los fotones de luz que se liberaron del Big Bang aún estén flotando a nuestro alrededor, y que podamos verlos a través de los espejos y los espectroscopios, o los rayos gamma, o los microondas, como viajando en el tiempo muchos millones de años…

A las 5.30 de la mañana, cada día, cuando enciendo la radio, escucho una y otra vez comentarios poco esperanzadores de lo que nos pasa, de nuestras miserias humanas teñidas de gráficas económicas, de billetes, de corruptelas, incluso de robos a gran escala perpetrados por aquellos que colocamos, aquí y allá, a la cabeza de nuestras decisiones y ahora resultan ser no más que ladronzuelos viles y aprovechados. Y como a esa hora el Sol no ha asomado aún, suelo usar las noticias de contrapunto, al mirar al cielo y ver algún asterismo conocido, o simplemente montones de estrellas, que nos parecen pequeñas -otra vez el antropocentrismo egoísta- pero que en realidad son mucho mayores que nosotros.

Nuestros problemas son pequeños frente a una inmensidad tan abrumadora – les juro que cuando los astrofísicos empiezan a hablar de parsec, años luz, espectros y demás primos, se me encoge el corazón- y a la vez nos afectan tanto a nuestras relaciones sociales, a nuestra cultura, a nuestra manera de vivir la vida, que nos parecen enormes y la paradoja es brutal.

Qué pequeño es todo aquí dentro (dentro en nuestras cabecitas minúsculas, en nuestras islas minúsculas, en nuestros continentes minúsculos, en nuestro planeta chiquitito, en nuestra galaxia…), y qué importantes y grandes creemos que somos.

Abran la ventana, miren al cielo, es una cura de humildad.

 

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Entre los 1.000 y los 1.800 metros, en la franja que coincide con la corona forestal que circunda al Parque Nacional del Teide, se suele depositar el mar de nubes. Por encima de ahí, el atardecer se vuelve un espectáculo nítido de tonos que van desde el naranja más intenso del sol desapareciendo en el horizonte al azul más profundo de la bóveda celeste.

Durante el resto de las horas del día, el Parque Nacional del Teide es un continuo ir y venir de vehículos y personas. Normalmente hay, ahí arriba, más ajetreo que en un centro comercial lleno de macdonalds y burguerkins. Casi cuarto millones de personas transitan por este espacio natural cada año… bueno, por él no, más bien por cuatro puntos concretos de su vasta geografía.

Pero, curiosamente, al comenzar el ocaso, ese ajetreo se va disolviendo y el mismo escenario se re-convierte en un espacio casi desierto, en el que sólo se oye la brisa y se huele y se siente la naturaleza… de otra forma. Esa magia de la tarde se extiende durante la noche y hasta las primeras horas del día. No hace falta caminar muchos kilómetros, ni ir a ningún lugar recóndito para obtener esa sensación, sólo hay que esperar a que pasen esas “horas comerciales”.

Pruébenlo, es muy recomendable. Y si eso lo pueden conjugar con una eperiencia guiada, mucho mejor.

De esto sabe mucho el personal de TeideAstro. En poco más de una hora estos educadores ambientales ofrecen, allí mismo, in situ,  un recorrido por la historia de la astronomía desde un punto de vista ameno, interesante y lo que es más importante, estructurado en base no tanto a los conocimientos, sino a la inteligencia emocional. Oírlos explicar cada uno de los movimientos de los planetas en su eclíptica, o señalarte dónde está la estrella polar y las diferentes constelaciones en un planetario natural que huele a jaras, a retamas y a hierba pajonera, se los aseguro ¡no tiene precio!

Después de una experiencia como esta uno mira al cielo de otra manera.

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