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Posts Tagged ‘dolor’

Envejecer es una mierda. Y, al mismo tiempo, es una maravilla. Envejecer te trae cosas malas (obviamente, todo el deterioro físico) y cosas buenas, como (quien tenga esa suerte) la sabiduría y el conocimiento. Con la experiencia se gana mucho.

Pero (siempre llega el pero) hay una cosa a la que no acabo de acostumbrarme (y esta se suma a la anterior que tuve con el tema de la presbicia). En mi última revisión ginecológica, algo temerosa por ciertos cambios en la intensidad del dolor y por el hecho de que los analgésicos habituales han dejado de hacer efecto, me dio la sensación de que la doctora me miraba como diciendo “Qué hace esta aquí, si no le pasa nada”. Miren: de verdad que entiendo que el sistema sanitario está saturado, que las consultas de los especialistas deben ser para cuestiones patológicas y que retorcerse de dolor con la regla debe ser lo más normal… Pues no. Una mierda como un piano. No. ¿Por qué tengo que acostumbrarme al sufrimiento, al dolor, solo porque sea “normal”? ¿Por qué a las mujeres cuando nos asusta algo relacionado con la menstruación, el embarazo, la menopausia o lo que sea nos dicen que es “normal” y puerta? Una cosa es tranquilizar y otra normalizar el sufrimiento. Y no.

A ver si vamos investigando en formas de hacer que todo esto vaya a mejor y el sufrimiento deje de ser lo “normal”, porque no me lo creo. No-me-lo-cre-o. Recuerdo cuando el tema de la impotencia masculina era el asunto médico que más preocupaba a la sociedad hasta que apareció la viagra. Ya no se habla del tema. Se le dio carpetazo. Y me alegro mucho. Pero me gustaría que con las cosas “normales” que nos pasan a las mujeres fuéramos igual de insistentes.

Que me tienen un poco frita, la verdad.

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Los efectos de las decepciones son irreversibles. Su huella no desaparece por mucho empeño que pongamos en ello. Hay quien no lo ve, o no lo quiere ver, esconde la mella, el chasquido que dejó el desencanto y lo cubre de excusas pero siempre estará ahí. La desilusión no se perdona nunca, por mucho que digas que si, esa pena jamás se conmuta. Lo que creías pierde sentido y en quién confiabas se convierte en un desconocido. El ingenuo se transforma en receloso, incapaz de volver a fiarse de nada y de nadie y el miedo cobra protagonismo como siempre que falla el amor. Tus expectativas se vienen abajo y el rumbo que seguías se emborrona.

Una vez te han decepcionado el daño es irreparable.

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Del partido de mi debut en la tercera división del fútbol regional apenas recuerdo nada, sin embargo tengo mucho más vívido lo que pasó apenas dos horas antes. Lo que ocurrió fue un accidente de tráfico que hoy rememoro con nostalgia. Mi padre conducía un Cuatro Latas propiedad del club de luchas que tantos años presidió, a su lado iba el que les escribe malhumorado porque llegaba tarde al estadio y detrás mi hermano, que no sé en qué se entretenía.

A la altura del Peñón del Indiano, cuando el camino se bifurcaba, hacia Tomaren o Masdache, el coche seguía recto, directo a las parras de un arenado que esperaban dos metros más abajo. Advertí que mi padre no giraba y grité. Giró, derrapamos y volcamos de medio lado. Algo muy pesado me cayó encima; era mi padre. Mi hermano voló en el sillón trasero hasta estamparse con uno de los laterales del coche (nadie llevaba cinto de seguridad). En este punto nos recuerdo saliendo por la puerta del conductor, que había quedado mirando al cielo, comprobando que estábamos enteros y recibiendo la ayuda de un taxista que pasó para poner el Renault 4 de nuevo en pie. Lo hicimos y sin pausa seguimos la marcha; supongo que todos magullados, pero ninguno refirió dolor alguno.

cuatro-latas-foto-motorpasion-com

También era blanco y ni un rasguño le advertimos

Medio renqueante de un hombro salté al césped del antiguo Avendaño Porrúa de Lanzarote para tratar de ganar al Tenisca con medio tiempo por delante. No sé qué hice sobre el campo, si me enteré o no, mas luego nos contó mi madre que tras el partido el míster señaló a la radio insular que si yo hubiese metido un gol tras una jugada interesante que hube de hacer él “habría tenido un orgasmo deportivo”; así de tremendo era quien se atrevió a remover un vestuario plagado de veteranos con un puñado de juveniles ilusionados. Ilusión del espíritu que en mi caso aquel día goleó de calle al cuerpo ‘adolorido’.

 

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– Hola

– Ehh… hola… ¿Qué haces aquí?

– Tenía que hacer unos recados aquí cerca y pensé en ti… Decidí venir por si te apetececía un café. ¿Salías a desayunar?

– Bueno, es que… pensaba ir con mis compañeros.

– …

– Está bien, vamos.

– ¿Qué tal te va?

– Bien, bien.

– ¿Las cosas con tu jefe se han suavizado?

– Bueno, tiene días.

– ¿Y mis plantas?

– Yo no estoy tan pendiente como estabas tú, ahí van, sobreviviendo.

– ¿No me vas a decir nada?

– ¿Qué quieres que te diga?

– Aún no me has contado por qué. Todo iba bien, estábamos bien…

– Cosas que pasan.

– ¿Y ya está?

– No sé qué pasó, pasó y ya está…

– Si me quisieras…

– Te quiero.

– Así no…

– Lo siento, me tengo que ir.

Foto: abc.es

Foto: abc.es

– Aquí tienen sus cafés.

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centroabiertotomillo.wordpress.com

Esta es una historia triste, no les voy a engañar. Es la historia de una mujer que en 24 horas vio como la vida se le escapaba entre los dedos. Es el relato de una familia que de un día para otro recibió la mala noticia de que pronto quedaría un sitio libre en la mesa a la hora de la cena. Un cuento tan real como ficticio que obliga a muchas personas a reaprender a vivir.

Se trata de la vida de una mujer normal, podríamos ser cualquiera de nosotras. Una persona a la que el trabajo y los niños la llevaban siempre de cabeza. “¡Qué difícil es conciliar la vida laboral con la personal!”, pensaba a menudo. ¡Qué duro resulta llegar a todo cuando en tu casa te esperan dos hijos, cuando quieres estar siempre actualizada, cuando sabes que tienes que dar el 100% en el curro, con tus hijos, con tu pareja, con tus padres, con tus amigos, con tus hermanos…!

¡Qué difícil es cumplir con todo y con todos! Pero qué banales y lejanos suenan ahora todos esos problemas que ayer tanto te agobiaban. Ahora ya no importan; el médico ha confirmado la peor de las noticias. En dos días entrarás en quirófano y después… después ya se verá… después ya veremos cómo evoluciona este puto cáncer… después habrá que esperar a saber cómo responderá la paciente a la quimio y a la radioterapia… después… ¿después?

No sabemos si habrá un después para ella, no sabemos si su familia logrará superar un golpe tan fuerte, duro e injusto; ni siquiera si podrán disfrutar del tiempo que les queda juntos. Por momentos, les asaltan el consuelo y la esperanza de que ese cruel veneno en forma de tratamiento les regale días de respiro y alivio; en ocasiones que están seguros de que sus voluntades lograrán ignorar el tic-tac del pesado reloj que se ha instalado sobre sus cabezas.

Ella, como tantas otras madres que se han ido ya, no podrá ver crecer a sus hijos, ni ellos podrán refugiarse en sus abrazos cuando necesiten ese calor que solo puede dar mamá. No disfrutarán del confort que solo un guiño materno sabe ofrecer, deberán aprender a vivir y a disfrutar de cada día sin él. Tendrán que rehacer sus vidas, seguir adelante, volver a levantar la cabeza y sonreír al horizonte con el tremendo agujero que se quedará para siempre en sus almas.

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De niño adoraba las vacaciones de verano en el camping, esa forma de vida colectiva que me permitía tener siempre amigos, desde el amanecer, para jugar. El campamento al que íbamos era de tercera categoría y casi siempre el agua estaba fría, pero poco nos importaba eso. Al fin y al cabo, era verano.

Ahora, en cambio, en invierno, el agua fría hiela los pensamientos y entumece el cuerpo y la tienda humanitaria en la que vivo con los restos de lo que fue una gran familia deja entrar el viento. Nunca imaginé que un acto tan sencillo como abrir un grifo se convirtiera en un sueño imposible. Ni que mi lugar de residencia se transformara en una jaula. Ni que el horizonte fuera una utopía. Ni que mis ojos se enrojecieran de tanto mirar el paisaje tras las puertas de este campo, donde la ayuda humanitaria quiere pero no puede con todo, en busca de una salida, de una oportunidad de vivir en paz y con la opción de luchar por una vida en condiciones dignas. No pensé jamás que ese mar, de mis juegos de niño, de mis paseos de joven enamorado, de mis castillos de arena con mis hijos, se convirtiera en un muro y pudieran significar sus aguas la diferencia entre la vida y la muerte.

©Karem Issa y Médicos Sin Fronteras. Colabora con msf.es.

©Karem Issa y Médicos Sin Fronteras. Colabora con msf.es.

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Albert ya lo decía (¿o no?)

Albert ya lo decía (¿o no?)

Yo también era así antes. Enganchado a la pantallita estaba. Siempre con un libro delante en el metro (al principio eran de papel, pero por último ni siquiera eso) con tanta ansia como falta de criterio, que lo mismo me empapaba de Vargas Llosa que de Murakami que de Chabon que de Coe. Whatsappeando sin fin en cualquier sala de espera, anticipando cervezas o gestionando pachangas. Googleando con pasión durante charlas y conferencias, concepto aquí, técnica allá, acabando con las dudas a cañonazos. Con una ventanita de chat siempre abierta, esperando. Eternamente con la cabeza gacha y los ojos cerrados al mundo. Apurando incluso algunas veces los límites del aislamiento con unos auriculares y mucha música, también con ansia. Oh, la música. Pero esa es otra historia. Hablábamos de pantallas. Nada sorprendente, yo solo era uno más entre tantísimos.

Hasta que un día caigo del caballo. Y aunque me apena no recordar si tengo que agradecérselo a una cita de Coelho o de Sabina,  sí me doy cuenta de que la verdad está ahí fuera, en la gente, en la cabeza alta y la mirada limpia e inquisitiva. Esa misma tarde jubilo el móvil, me como el iPad con papas, le regalo el e-reader a un dependiente de la FNAC y cierro el portátil sine die.

Hoy puedo decir con orgullo que hace meses que no leo (pierdo vocabulario pero gano vida), no recuerdo cuándo fue la última vez que hablé con mi familia (mal no estarán, la comunicación llega donde sea cuando es necesaria) y no logro organizarme para quedar con mis amigos (irrelevante si cuento todos los potenciales nuevos amigos). En las reuniones de trabajo y en las mil charlas y seminarios no consulto mis dudas y lagunas, lo compenso mirando a los ojos del orador y asintiendo, llenando los huecos crecientes de mi ignorancia con aire fresco y contacto humano. Atesorando caras, iris de mil colores, experiencias escuchadas y vívidas, otras vividas y contadas. Todo real, no siempre interesante, no siempre edificante, solo alguna vez motivador. Pero REAL.

Ahora hablo con cualquiera que me cruce en el metro, en la guagua, en supermercados, salas de espera y espacios variados (no lo había hecho nunca, ni antes de caer en la adicción electrónica, pero qué más da). Yo, el que rehuía toda mirada, el que evitaba las conversaciones triviales con desconocidos, he abierto los ojos a la vida de verdad. Yo, que no sabía vivir sin consumir información, sin comentar cualquier mínimo detalle con el ausente, he logrado despertar libre. Yo, que era como tú, sí, tú, el del móvil, no huyas, no corras. Apaga el móvil. Hablemos. Ya verás qué bien estarás luego. ¿Conoces a Paulo Coelho?

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