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Posts Tagged ‘Dependencia’

Los años me van confirmando una de esas teorías sin sostén científico alguno que una crea a base de experiencias: aún funcionamos de forma  muy parecida a cuando vivíamos en las cavernas. Ya, me dirán que menudo descubrimiento, que los antropólogos, entre otros estudiosos, llevan ni se sabe la tira de años ahondando en la materia y haciendo afirmaciones al respecto, pero yo me baso en la práctica, y les aseguro que suele darme la razón en un porcentaje bastante elevado de los casos.

En mi entorno, con mucha frecuencia, observo como las mujeres (por supuesto hay excepciones, pero no voy a referirme a ellas) ejercen de cuidadoras. Y no hablo ya de las que tienen hijos, que ahí la explicación es sencilla cuando aún son pequeños, sino de una especie de condición innata que hace que asistan al necesitado, llámese este niño, enfermo, anciano o, y este es el tema de la entrada, pareja dependiente, y no me refiero a dependiente en el sentido ‘clínico’ del término.

Adoptamos el papel de cuidadoras y creamos dependientes. Hacemos de enfermeras, señoras de la limpieza y sicólogas, todo en el mismo pack, proponiéndonoslo o, en muchas ocasiones, sin proponérnoslo. Restamos autonomía y aparecen individuos que no saben valerse por sí mismos y a los que les cuesta enormemente ser autosuficientes. Y luego nos quejamos. Nos quejamos de que no sepan resolver un problema que vaya más allá del laboral, nos quejamos de que no asuman las labores que les tocan por formar parte de un núcleo de convivencia, nos quejamos del enorme carro que llevamos cargado de responsabilidades que no son nuestras, pero lo cierto es que nuestro afán de protección acaba volviéndose en nuestra contra.

Que seamos capaces de transitar por la vida solos depende de que nos veamos en la necesidad de hacerlo. Por eso me resulta cuanto menos digno de reflexión cómo las mujeres procuramos que nuestros hijos sean autónomos y, sin embargo, alimentamos la dependencia de nuestras parejas.

 

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En el mundo animal la manada siempre actúa en beneficio del bien común. Amenaza un depredador y si son un número considerable de ejemplares son capaces de abalanzarse al de poderosos colmillos. Saben que algunos caerán, pero que el grupo sobrevivirá. Pese a que se presupone al ser humano más dado a la filosofía y el raciocinio, en ciertos aspectos los animales son mucho más trascendentes que nosotros, abocados en nuestra mayoría al “sálvese quien pueda”. Bien es verdad que hay tribus, de esas que decimos que no son civilizadas como nosotros, en las que los niños son hijos de todos, del pueblo, más allá de su padre y de su madre, cada uno se encarga de la educación y cuidado de los menores. Ése es el poder que no utilizamos los pueblos “civilizados”, el del grupo que, como si de un solo individuo se tratase, es capaz de dirigir sus pasos hacia un objetivo común. Mientras en Islandia, por ejemplo, el pueblo ha conseguido que dimita su primer ministro al aparecer vinculado a los ya famosos “papeles de Panamá”, en España seguimos de casa al trabajo (si tenemos esa suerte) sin más protesta a la vista que quejarnos del eterno problema del tráfico. Nuestro problema es que no usamos el poder de la comunidad y somos incapaces de ponernos de acuerdo ni para cambiar una bombilla. Al paso que vamos, donde una minoría domina de forma asombrosa a una mayoría que se rompe en mil pedazos individuales que no protestan ante despilfarro ni fraude alguno, no va a quedar tronco alguno al que agarrarse.

©CC0 Public Domain.

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sanidad recortesAyer volví a ver a Lucía después de cuatro meses. Lucía es hermana de una amiga y allá por septiembre se cayó y se dañó la rodilla. La lesión fue lo suficientemente seria como para que le dieran una baja médica (Lucía tiene la suerte de tener un trabajo del que no la han despedido por estar de baja. Paco, otro amigo no la tuvo, con el agravante de que lo echaron estando de baja por un accidente laboral).

Para no aburrirles les diré que Lucía, tras pasar por varios médicos que tardaron lo suyo en determinar cuál era su dolencia, padece un bloqueo de rodilla y un esguince de ligamentos, entre otras cosas, que hace necesaria una artroscopia. La lesión le impide apoyar y doblar la pierna. Lucía vive sola, por lo que su nivel de dependencia es mayor.

Después de cuatro meses Lucía no sabe cuándo la operarán. La sanidad canaria ni siquiera ha sido capaz de derivarla aún a uno de los centros concertados que son los que están haciéndose cargo de este tipo de operaciones (¿por interés?, ¿por incapacidad?, ¿por los recortes?, ¿igual porque a ellos, los que cortan el bacalao, los atienden de inmediato cuando lo necesitan incluso en los centros públicos y el resto les importamos una mierda?).

El segundo caso que conozco me es más familiar porque se refiere a la que les habla. En el mismo mes que a Lucía me detectaron un sobrecrecimiento importante de un mioma uterino que había que extirpar con urgencia porque el aumento acelerado podía suponer que el mioma reventase (el médico de urgencias me dijo que si el dolor, que ya era importante en ese momento, aumentaba saliera pintando para el hospital). Las perspectivas que me dibujaron en el centro público situaban la operación, con suerte, para finales de enero. Yo tuve más suerte que Lucía, contaba con un seguro médico modesto que cubría la operación, un seguro que me hice hace años cuando estuve, una vez más gracias a la eficiencia de la sanidad canaria, a punto de quedarme ciega de un ojo porque el desprendimiento de retina que padecí no me lo operaban hasta unos días después (es importante saber que estos casos el tiempo juega a tu favor o en tu contra).

Estoy segura de que existen casos mucho más graves que el de Lucía o el mío. Y la película, cada vez más, se me parece a las americanas que veo desde niña en las que los desgraciados, que somos la mayoría, nos morimos a las puertas de los hospitales cuyos seguros privados no podemos pagar.

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¿Sabían que las hormigas tienen cerebro? Yo me enteré esta semana, debe ser muy pequeño y limitado, pero ahí está. Yo creía que las hormigas van sin ton ni son de un lado a otro trabajando sin parar para que la reina engorde; las imaginaba como en la fábula que nos leían de pequeños, aquella en que ellas trabajaban sin descanso, mientras la cigarra (¡bendita cigarra!) holgazaneaba aquí y allá… Pronto empezaron a instruirnos en el trabajo sin peros, en el hacer sin cuestionar…

Como iba diciendo, las hormigas no sólo tienen cerebro, sino que además unos científicos de la Universidad Libre de Bruselas han descubierto que las ondas que emiten los teléfonos móviles les causan un grave daño, en concreto perjudican su sistema neurológico y con él sus capacidades olfativas, visuales y sus mecanismos de aprendizaje.

Al saber de este estudio no he podido evitar la comparación; ya que después de muchos años de reflexiones me ha permitido encontrar una explicación lógica al comportamiento de muchas personas que utilizan en exceso sus teléfonos móviles. ¡Claro! ¡Ahora todo cuadra! Están, como las hormigas, desorientadas…

¿No se han fijado nunca en que estas personas parecen perdidas, ausentes, abducidas por esos pequeños aparatos inalámbricos. ¡Son las ondas! Estas señales invisibles les obliga a tener el dispositivo siempre al alcance de la mano, por si suena, pero también por si no lo hace…

Da igual el estado en el que se encuentre el teléfono, estos individuos sienten la necesidad de mirarlo constantemente, de responder al microsegundo, de estar constantemente conectados con el mundo; aunque realmente lo que están haciendo es desconectarse de las personas que tienen más cerca… están desorientados y habrá que ayudarles, pues este estudio también concluye que los efectos no son del todo irreversibles.

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