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Posts Tagged ‘calor’

Leonid Mamchenkov @ Flickr.com (CC BY 2.0)

Leonid Mamchenkov @ Flickr.com (CC BY 2.0)

La humedad ha ido corrompiendo la pintura, hasta desdibujar sus ángulos. La balaustrada aparece ahora cubierta de pústulas blancas, a las que el humo del tráfico ha convertido en churretones. Y en su interior se apretuja media docena de personas, que juegan a la brisca o al envite sobre un mantel de plástico a cuadros.

Así se me presenta la escena, a ojos de burgués, mientras la observo día tras día a través del parabrisas. Y en este caso corresponde a Cuesta de Piedra, pero se repite hasta el infinito en Taco, San Matías, Ofra o Cruz del Señor.

Por esta época los barrios populares de la periferia de Santa Cruz se encastillan en los patios y las azoteas. Y entre sudores, a la caída de la tarde, reproducen ritos y juegos que transitan de generación en generación. El verano es su lienzo, el ventilador su herramienta y el ocaso su cómplice.

Durante un segundo, el burgués solitario curiosea y envidia. Al instante siguiente desembraga y ajusta el aire acondicionado.

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Y cuando se aplacaban los ruidos de la loza en el fregadero del patio, y los gritos de los niños peleando por los guayabos. Cuando el olor a café recién hecho empezaba a diluirse y hasta las moscas que daban vueltas sin cesar, sobre una circunferencia imaginada por ellas mismas, se posaban exhaustas a la sombra de las helechas de a metro. Cuando el sol ocupaba el ángulo menos ángulo, y castigaba todo tanto que condenaba a los objetos a quedarse sin sombra, y el camino parecía un revuelo de polvo amarillo, y los lagartos se alargaban como rayas en las paredes de piedra seca. A esa hora en que casi ni corría aire, ni se oía ningún ruido más que el de la respiración del abuelo que se quedaba dormido sobre el canapé del patio, debajo de la granada, que debido a su loza de cemento fratasado era la única superficie de la tierra que mantenía un cierto frescor. Toda la casa se quedaba bajo el sopor de la humedad de los árboles, bajo el sol tamizado por la panza de burro.CIMG0535

En ese momento en el que hasta los diálogos de Pancho, del Piraña, de Tito o de Quique parecieran salidos de otro mundo más allá, un mundo de una sola cadena y música con arreglos; cuando mi tía ponía punto y final a las labores de quitar la mesa, y lo firmaba todo con un chorro de Oro Matón, pulverizado en forma de lluvia asesina de insectos y moscas.

Justo en ese momento en el que cualquier movimiento, cualquier decisión generaba un sudor incómodo y estremecedor, justo en ese instante era cuando nos dábamos cuenta, cuando éramos conscientes, cuando certificábamos y se abría la veda, cuando ya no había marcha atrás, cuando empezaba todo, todo lo bueno, todo lo relacionado con la aventura, con el descanso cansado de jugar en las plataneras y en las paredes, de escalar por el barranco y de bañarnos al amanecer en la arena de las playas de arena negra con ribetes blanquísimos.

Ese era el momento, ese era el instante en que, haciendo hasta un esfuerzo, y para nuestros adentros infantiles nos asegurábamos con todas nuestras fuerzas que el verano ya había llegado.

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De color rojo y blanco, con un frío para guantes y gorros, el olor a turrón y caramelo y la escena que todos tenemos en la cabeza: la familia completa compartiendo manjares mientras al fondo, entre risas y abrazos, titilan las luces del árbol. Debajo de este, una fila de regalos apilados que amenaza con llegar hasta la otra punta del salón, donde aguarda la chimenea una Nochebuena tras otra. Así son estas entrañables fechas, y así nos envuelven y nos arropan, aunque también, sin querer nos arrollan en su esfera de consumismo hasta el punto de ser raro quien pare a echar un ojo a sus compras y no descubra que casi la mitad de sus paquetes son detalles innecesarios, muchos de ellos para gente con la que hay que quedar bien sin más.

RIOLIGHT - 03Foto: Co’Report

Mientras tanto, muchas familias dibujan su navidad sobre el cartón de una caja de leche, con olor a humedad y en colores blanco y negro. El mismo frío pero sin guantes del Claire’s y una escena de cejas arqueadas que se intentan esconder como sea de la presión navideña. Pues incluso sin mala intención, entre amor y alegría, la sociedad entera, como si se tratara del patio del colegio, saca su dedo más punzante y señala al que no estrena, al que no viaja, al que no puede.

No es un problema de particulares. Bien lícito es que quien trabaja para poder permitirse la langosta en el Celler de Canroca vaya a cenar allí, el tema es el dinero público. Yo no me cansaría de aplaudir a los alcaldes que, en defensa de ese espíritu navideño de unión y solidaridad que nos envuelve, decidieran ahorrarse (ahorrarnos) un poco en el alumbrado desmesurado de las calles en Navidad o en la mitad de los interminables pero efímeros fuegos artificiales y a cambio contratasen músicos callejeros que tocasen en el centro para crear ambiente, cocineros en paro que cocinasen comida para los que no cenan, actores y actrices que entretuviesen a los que salen a pasear y alimentasen la ilusión de los más pequeños… Por repartir un poco con los artistas.

Desde luego, para los que son de cenas copiosas, la Navidad no es buen tiempo de apretar cinturones y es que puestos a ahorrar, quizás debieran tirar antes de sobresueldos, pagas desorbitadas, dietas de lujo y tantos otros derroches que ciertamente dejan al alumbrado navideño y la pirotecnia a la altura de minucias.

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Mmmmmm…. ¡Qué rico este solito! Qué pena que el sonido ambiente habitual lo hayan roto estos otra vez. Llegaron hace un rato y no paran de hacer ruido. Corren de un lado a otro, remueven la tierra, mojan todo y me quitan los tomates. ¡Qué necesidad! Me dan un poquito de pena, aunque sean tan molestos. Parecen siempre preocupados. Ayer los oí quejarse de no poder pagar los recibos de la luz y el agua. No entiendo el problema. Vivirían mucho mejor sin esa insoportable luz nocturna tan brillante que no me deja dormir. Y sobre el agua hay una charca enorme cerca, de la que bebemos muchos en total armonía. Sólo tienen que acercarse y probarla y, si no abusan, podemos compartirla, que hay mucha. Y en los campos hay un montón de tomates para comer. Ahora están riquísimos. Y en invierno ya veremos, de todas formas aquí no es muy crudo y siempre hay algún rayito de sol. Ellos nunca se paran a disfrutar del calorcito. Con lo fácil que es la vida y eso que yo soy pequeñito. Ellos, con lo grandes que son, no deben sufrir la persecución de depredadores, al menos no conozco ningún animal tan grande como ellos. Ups, ese se está acercando demasiado, mejor me mando a mudar y ya encontraré otro rinconcito de sol más tranquilo…

El lagarto guancho. Foto de @Perenquen23

El lagarto guancho. Foto de @Perenquen23

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Foto: Dèsirée Martín. (http://desireemartinphoto.com/blog/)

Foto: Dèsirée Martín. (http://desireemartinphoto.com/blog/)

El salitre se había estado comiendo ya hasta las bisagras de las puertas. Los marmullos repicaban una y otra vez contra el malpaís de aquellas costas, y pese a ser agosto, y al calor, y a los mosquitos atraídos por los contenedores de basura apilados en la calle; y a las sábanas limpias recién descolgadas de las cuerdas de la azotea, y pese al cansancio acumulado de tantos días y días de llamadas y preocupaciones, de trabajos inacabados y otros por empezar, pese a que ya no recordaba ni cuándo había sido la última vez que oyó llover por la cristalera, pese a todo eso, decidió abrir la cortina y encender la luz: ser una luciérnaga en la noche, posada en la torre que sabía inhabitada desde la planta 0 hasta la planta 4.

Y había mucho silencio que sólo se interrumpía por su taladrar en el teclado, como el que hacía un pájaro picapinos que arremete nervioso contra la madera.

Quería escribir cosas bonitas, llenas de sentimientos agradables y esperanzadores. Y por más que ponía en el programa Documento Nuevo y empezaba a teclear, sólo le salían lamentos y críticas y análisis y rencillas y cartas en las que no era él, ni ella, sino un otro lleno de odio y de ira.

Paró. Miró hacia fuera y estaba todo negro. Pensó que alguien abajo, en la avenida, estaba fijándose en ese preciso momento en su luz encendida, en su habitación inmersa en un tono amarillento, e imaginó que ese alguien podía estar haciéndose una historia de lo que sucedía en su apartamento. Una historia buena o mala, pero una historia al fin.

Sintió mucha responsabilidad. Fue a la cocina, bebió un poco de agua y luego se acostó.

Dejó la luz encendida, no fuera a estropearle una buena historia a alguien.

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