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Archive for the ‘Tecnología’ Category

 

Internet y las redes sociales han convertido nuestro mundo en un mundo hiperconectado y sobreexpuesto. Estamos sobreexpuestos a información, a desinformación, a imágenes, a verdades, a mentiras y a opiniones. Y tal parece que estemos inmersos en una especie de caos producto de un periodo de adaptación a esta ya no tan nueva manera de comunicarnos y relacionarnos que, olvidémonos de ello, no va a tener vuelta atrás.

Y de entre todas esas cosas con las que nos bombardean a diario hay algo que se ha convertido en casi en un dogma de fe: las opiniones. Cada día sobreestimamos las opiniones de aquellos que están de acuerdo con nosotros y subestimamos y cuestionamos las opiniones de aquellos con los que no comulgamos. Y cada día vemos cómo la opinión toma el lugar que debería ocupar la información, sustituyéndola de manera inadvertida pero peligrosa: cada vez hay más columnas de opinión disfrazadas de periodismo en los medios (tanto online como de la prensa escrita; no es este un fenómeno exclusivo de internet ni mucho menos), cada vez hay más tertulianos “toderos” en los programas de televisión o la radio y cada vez leemos y compartimos más opiniones de aquellos a los que seguimos en Twitter o en Facebook que dicen cosas que nos parecen verdades absolutas (y les seguimos precisamente por eso, relegando al olvido o a la burla al que opina distinto). Y esto forma parte de ese fenómeno de moda que hemos dado en llamar posverdad.

Dice Wikipedia: Posverdad o mentira emotiva es un neologismo que describe la situación en la cual, a la hora de crear y modelar opinión pública, los hechos objetivos tienen menos influencia que las apelaciones a las emociones y a las creencias personales”. Estamos dando a las opiniones una importancia que no deberían tener. Estamos creyendo cosas únicamente porque coinciden con nuestros sentimientos, ideales o creencias sin ni siquiera cuestionar su veracidad. Y nos negamos a escuchar al que tiene opiniones diferentes. La burbuja de filtro que propician las redes sociales y que nosotros obviamos y propiciamos hace que leamos y sigamos a aquellas personas o medios con opiniones cercanas a las nuestras, silenciando al resto. Esto es todo lo contrario de lo que una sociedad crítica y sana necesita: necesitamos confrontar nuestras opiniones, discutirlas y cambiarlas si estamos equivocados. Necesitamos cuestionar todo lo que nos dicen o leemos, comprobar su veracidad, buscar fuentes… y sobre todo necesitamos tener claro que la opinión siempre es personal, y si no va sustentada con hechos comprobables y veraces, no significa nada.

Y, por supuesto, todo este post no es más que mi opinión. Duden de ella y fórmense la suya propia.

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Internet y, en concreto, los medios digitales se han convertido en una fuente inagotable de consejos con los que o alcanzas la felicidad total o te hundes en el más hondo de los pozos si ves que no te ajustas a los parámetros por lo que se debe regir una vida plena.

Parece increíble pero hay listas de cosas que se deben o no se deben hacer para absolutamente todo tipo de situaciones.

A veces leo esas listas por curiosidad pero también, lo reconozco, para saber si puedo considerarme una persona apta para vivir en esta sociedad moderna.

Algunas de esas listas que aparecen de forma recurrente en los medios nos ilustran sobre lo que debemos o no decirle a nuestros hijos si queremos evitar que sean unos desgraciados de por vida, unos debiluchos, unos seres sin autoestima o gente con nula capacidad de liderazgo.1aa2f7441c2e1e8ce1ae43bf58de9bfa_xl

Confieso aquí que soy una madre terrible porque de las diez frases que hay que evitar decir a los niños hay ocho que yo les suelto a mis hijos no a diario pero sí con frecuencia. No se crean que me hace gracia, me lleva a cuestionarme mucho mis aptitudes maternales y llego a preguntarme si no estaré ejerciendo una especie de maltrato motivacional, una autoridad desmesurada sobre esos pobres niños.

Recomiendan ahí que nunca les digas “me tienes harta”. Yo jamás lo hago pero solo porque lo sustituyo por un “me tienen hasta el gorro”, el ya clásico “estoy hasta el moño” o “hasta aquí me tienes hoy”, al tiempo que coloco mi mano un palmo por encima de mi cabeza.

Tampoco hay que decirles “me vas a volver loca” o “porque lo digo yo y punto” porque eso puede tener “un impacto negativo en nuestra relación”, además de generarles “gran ansiedad”. Mira, un impacto negativo es que alguien, en este caso menor de edad y poco preparado para saber lo que le conviene, insista cien veces en los mismos argumentos para ver si consigue lo que quiere. Cuando ya se le han dado varias respuestas más o menos amables y razonadas y se entra en un bucle sin fin creo que es más que adecuado espetar esas y otras expresiones, acompañadas mentalmente, si procede, de un “no te fastidia el monicaco este…”.

“Eres un vago” (a mí me gusta más usar gandul/a) es otra de las frases a evitar porque también “daña la relación paterno-filial” y “provoca en los jóvenes frustración y desinterés”. Vamos a ver, ¿y la visión continuada de ropa, juguetes, libros, tirados por la casa, la existencia de un mini ser echado viendo la tele mientras su cuarto se cae a pedazos… no daña la relación y la convivencia? ¿Acaso no genera frustración? A mí, muchísima.

En fin, no voy a relatar aquí todas y cada una de las (ahora, gracias a las listas, lo sé) barbaridades que digo cuando me canso de ser políticamente correcta. Valgan estas como ejemplo y agradézcanme que les ahorre más detalles. Solo añadiré como anécdota que hace unos días les pregunté por un ejemplo de gran depredador y uno de ellos respondió: “tú, cuando te enfadas”.

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[…] Internet en lugar de disminuir la sociabilidad la aumenta, en lugar de alienar contribuye a desalienar, en lugar de deprimir contribuye a manejar mejor la depresión y el stress. Por una razón muy sencilla: un sistema de comunicación libre e interactivo agrupa a la gente. Cuanto más usamos Internet, más sociabilidad física tenemos”.

Manuel Castells.

 

Si echamos un vistazo a las noticias sobre el uso de internet o del teléfono móvil que publican muchos medios, nos daremos cuenta de que una importante cantidad de ellas intentan convencernos de lo terribles que pueden llegar a ser. Continuamente nos advierten de los peligros de estar en internet, de las consecuencias de pasar nuestro tiempo en Facebook y de la relación entre internet y el aislamiento social e incluso la violencia.

Los seres humanos somos seres sociales por naturaleza, por mucho que el capitalismo y el neoliberalismo insistan en que lo más importante es el individuo. Y precisamente lo que nos proporciona internet es sociabilidad. Es un error pensar que porque una persona pase mucho tiempo de su vida en la web o en las redes sociales está perdiendo el tiempo o se convierta en un antisocial; ese error lo cometemos porque aún no somos del todo conscientes de la enorme capacidad de socialización que tienen las redes.

 

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La imagen que aparece sobre estas líneas era muy habitual hasta la aparición de los teléfonos inteligentes y las tabletas (aún hoy se puede ver algo parecido en cualquier medio de transporte público) y nunca se nos pasaría por la cabeza que esa gente sea antisocial o tenga algún tipo de problema de socialización. Pero la cosa cambia si en lugar de mirar una hoja de papel están mirando una pantalla. Sin embargo, no nos paramos a pensar que lo que está haciendo la gente de esta foto es únicamente informarse y pasar el rato, mientras que el que está delante de una pantalla puede estar haciendo eso mismo y además conversar con personas de cualquier parte del planeta, discutir sobre cualquier tema en las redes sociales, buscar gente con la que hablar o entablar relaciones sexuales o amorosas e incluso escribir un artículo como el que están leyendo en este momento. ¿Es eso ser antisocial? ¿De veras creen que se está perdiendo la sociabilidad?

Hará unos cinco o seis años unos amigos intentaron iniciarme en el mundo de los juegos de mesa. Siempre me han gustado, pero nunca tuve el grupo de personas adecuado con quien jugar. Después de eso me compré un par de juegos y con un pequeño grupo de amigos comenzamos a celebrar jornadas lúdicas (aunque muy espaciadas en el tiempo debido a nuestros compromisos de personas adultas). Todo siguió más o menos así hasta que descubrí la enorme cantidad de aficionados a los juegos de mesa que existen en Internet y que han montado foros, grupos de Facebook o canales de Youtube. Desde que comencé a pasar mi tiempo libre en estos lugares virtuales comencé a comprar más juegos, algunas personas que no conozco personalmente me han añadido a sus redes y me han ofrecido ir a jugar con ellos, he descubierto grupos que organizan jornadas lúdicas en diferentes lugares de mi ciudad e incluso gente de españa (país en el que no vivo) me ha dicho que cuando vuelva podemos organizar partidas. Y todo eso gracias a Facebook o Youtube. No, no pienso que esté perdiendo mi tiempo y tampoco creo que eso no sea socializar. De hecho, este mismo auge de los juegos de mesa es un ejemplo palpable de que la gente no es menos social después de la llegada de internet, sino todo lo contrario.

 

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Así que sí, aunque usted no lo perciba, la gente es hoy más sociable que antes. Conoce más personas y lugares, se reúnen para jugar alrededor de una mesa, para tener relaciones sexuales, para hablar de música, cine, televisión, libros o lo que sea. Porque está en nuestra naturaleza.

 

 

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Westworld es un parque de atracciones futurista en el que los robots han alcanzado la perfecta imitación del ser humano y permiten, en un ambiente de lejano oeste americano, que los adinerados den rienda suelta a sus instintos que, por norma general, suelen girar en torno al asesinato y el sexo. Esta serie de ficción, que se basa en una película de 1973 del mismo nombre y que escribió el autor de superventas Michael Chrichton, reflexiona sobre dos temas fundamentales de la filosofía humana: el descubrimiento de lo que somos y la libertad. En esa diatriba entre la tecnología y nuestra capacidad para dar vida a lo que en principio no la tiene, en ese juego a ser Dios con la prepotencia de pretender que no surjan errores, hay varias dudas de base. ¿Quiénes son en realidad los robots? ¿Los seres metálicos o nosotros, incapaces de vivir nuestras vidas como queremos? ¿Son sólo ellos los programados? ¿Quién es el creador y quién la obra? Y lo más difícil de contestar: ¿de verdad queremos ser libres? ¿sabemos dejar libres a los otros?

Puede que muchos digan que todo esto no es más que filosofía barata salida de un libro de autoayuda, pero la realidad es que Westworld fomenta la duda existencial, inmersa en un paquete de ciencia ficción bien decorado, con unos actores de que garantizan el disfrute, como son Anthony Hopkings y Ed Harris, y con unas escenas pomposas, que ayudan  a crear el ambiente de fingimiento entre huéspedes y visitantes del parque y que recuerda demasiado al que, quizás, rige nuestras propias relaciones o, al menos, al concepto que tenemos de ellas.

 

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Desde hace unas semanas ando leyendo varios artículos, como este o este, sobre la polémica que se ha creado a partir de la victoria de Donald Trump en las elecciones de los Estados Unidos y cierta investigación publicada por el portal buzzfeed.com sobre la viralización de noticias falsas a través de medios y redes sociales, que han propiciado que se hable de la posibilidad de que esas noticias falsas puedan haber influenciado en el resultado de las elecciones. Y con ello han llegado respuestas de Facebook o Google sobre la necesidad de impedir, o al menos dificultar, la proliferación de ese tipo de publicaciones.

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La difusión de noticias falsas no es algo nuevo ni exclusivo de las redes sociales. Los famosos tabloides ya lo hacían y en otros medios tradicionales y con solera también se publican noticias basadas en rumores, sin contrastar y sin rigor periodístico. El problema surge cuando debemos considerar si las redes sociales deben tener una línea editorial en virtud de la cual escojan qué noticias deben difundirse y cuales no. Es obvio que Facebook, Twitter e incluso Google pueden y deben considerarse medios de comunicación, ya que difunden mensajes y noticias pero, ¿es responsable Facebook por noticias que elaboran otros medios y personas que nada tienen que ver con ellos? Pensar que la responsabilidad de evitar la difusión de bulos (o fakes como se les ha dado en llamar) recae los canales de difusión, ¿no es similar a pensar que el repartidor de periódicos o la empresa que los distribuye puerta a puerta también es responsable de la difusión de noticias que pueden ser falsas en las páginas de esos medios impresos? O, ya puestos, ¿las empresas que gestionan y facilitan las emisiones televisivas por satélite también son responsables por los contenidos que las televisiones emiten a través de sus canales de transmisión?

También se abre la duda sobre de qué manera las redes sociales pueden solucionar ese problema: ¿Caerá la responsabilidad sobre una o varias personas, con su propio sesgo ideológico y su falibilidad humana? ¿Lo hará un algoritmo, con su incapacidad para detectar qué noticia es falsa y cuál es satírica o humorística?

Está claro que la proliferación de noticias falsas es un problema que nos afecta a todos y de forma más importante de lo que tal vez podamos pensar, pero al contrario de lo que piensa Enrique Dans en el artículo que enlazo en la primera línea de este post, yo no estoy tan seguro de que la responsabilidad de darle fin o de poner herramientas para su solución sea principalmente de las empresas que facilitan su distribución. El problema es doble: por un lado tenemos a los canales que facilitan la viralización de estos contenidos. Y ahí sí que las redes sociales tienen una responsabilidad importante: tal vez deberían cambiar el modo en que la difusión de los mensajes se premia según el número de likes, de visitas o de veces que se comparte; pero por otro lado tenemos a los propios usuarios que, compartiéndolas, las convierten en una bola de nieve que crece hasta ser imparable. Tal vez lo que deberíamos tener en cuenta no es tanto la responsabilidad de los canales de distribución por facilitar la tecnología necesaria para su difusión, sino la responsabilidad que nosotros, los usuarios, tenemos de contrastar lo que nos llega antes de compartirlo en nuestras redes. No olvidemos que hemos dejado de ser usuarios pasivos ante canales de comunicación unidireccionales para convertirnos en usuarios activos en canales mutidireccionales; nosotros, los usuarios de redes sociales, también somos productores de contenidos que creamos, enlazamos y compartimos en nuestras redes; así que ahora también es nuestra responsabilidad cribar los mensajes que nos llegan, tener espíritu crítico y no creer lo que leemos o vemos solo porque coincida con nuestras ideas o nuestro prejuicios. Una de las cosas que ha traído internet es que la obligación de contrastar las fuentes ya no es exclusiva de los periodistas. Nos incumbe y nos compete a todos los que utilizamos estas tecnologías. El problema puede venir cuando pensamos que otros (como Mark Zuckerberg) es quien debe hacerlo en nuestro lugar.

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Dijo que había salido a “cazar Pokemons”. Lo dijo así, como quien dice que había ido al supermercado o a dar un paseo el domingo por la mañana. En principio no entendí nada, porque yo sabía de los Pokemon o pokémones de hace muchos años atrás, de una serie de dibujos animados japoneses. Pero nada más. Y ahora ella decía, con total impunidad y sin licencia que se había iniciado el proceloso mundo de la cinegética virtual. Cazar. Por su modalidad de habla al principio incluso entendí que había salido a “casar” Pokemon, uno con otro, un Pokemon de cada género, o del mismo, porque ya se permitía en este país el matrimonio homosexual. Pero no, era cazar.

A la hora del almuerzo puse la tele y estaban las noticias. Y entonces lo entendí todo. La realidad virtual de los dibujos inundaba las calles y legiones de personas corrían a capturar imágenes en sus teléfonos.

Una adolescente con un piercing en su nariz y el pelo de colores había dicho, en ese informativo, casi como mi amiga, “gracias a la caza ahora salgo de casa”. Entendí que aquella adolescente pasaba las horas frente al teclado de su ordenador, en una habitación semi oscura, quizás con una alfombra y dos pósteres de Star Wars o de una japonesa dibujada con ojos de occidental, y que ahora, cuando aquel mundo de fantasía inundaba la calle ella podría incorporarse al mundo real, al menos para cazar ceros y unos en su terminal de teléfono móvil.

Recordé. El curso pasado había mandado a la calle a mis alumnos a buscar elementos creativos en las gárgolas de los edificios, en los parques, en los letreros de las tiendas, en los adoquines de las calles. Estuvieron un rato, pocos trajeron algo realmente sorprendente.

Hacía sol, un sol espléndido de julio. Corría brisa fresca del Alisio. Miré hacia las cumbres y eché de menos no estar allá arriba, por el Parque Nacional, porque allí, a la vista, entre las retamas, seguro que podría observar alcaudones, bisbitas, lagartos tizones, escarabajos pimelias, y un montón de especies más que no se dan en ninguna otra parte del mundo. O por la noche mirar hacia arriba y trazar líneas entre el cinturón de Orión y el resto de constelaciones.

Bajé la vista, a mi lado pasaron dos chicos enfocando con las cámaras de sus teléfonos, habían localizado a un bicho de esos inexistente en la realidad real y corrían plenos de alegría.

Todo al revés. Pensé.

Esto cacé yo.

Esto cacé yo.

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La primera vez que vi a Les Luthiers fue allá por el año 1988 en el Pabellón Juan Ríos Tejera de La Laguna. Celebraban por entonces su vigésimo aniversario y de hecho así se llamaba la gira que les llevó a Tenerife en aquella ocasión.

Por entonces (¡qué vieja soy!)no había internet ni nada que se le pareciese, había dos canales de televisión y poco más, por lo que era complicado ver una actuación del grupo cómico argentino si no era en directo, aunque sí recuerdo escucharlos en cassetes que circulaban por mi casa, conseguidos seguramente por mi padre de no sé quién.

Presenciar un espectáculo en directo de Les Luthiers era un privilegio que solo unos pocos podían permitirse, especialmente porque las entradas eran escasas y el interés alto. Era además un privilegio porque la puesta en escena de los argentinos suponía una suma de magistrales momentos cómicos unidos a piezas musicales de un nivel excelente procedentes de instrumentos surrealistas.

Recuerdo salir del Ríos Tejera en estado de gracia, repitiendo los distintos números que componían el programa, volviendo a reír cuando te venía a la cabeza alguno de los locos momentos vividos pocos minutos antes. Y recuerdo, especialmente, a Daniel Rabinovich hablando con Felisa en aquel restaurante, aquel magistral monólogo que hubiese querido ser un diálogo y que supuso que Rabinovich contase con una fan incondicional que trató de volver a verlo unos años después en Madrid pero no pudo porque justamente él se indispuso y tuvieron que suspender la actuación.

Rabinovich y Les Luthiers me han dado algunos de los momentos más divertidos de mi vida y hoy que el primero ya no está me alegro de que las nuevas tecnologías me permitan verlo siempre que quiero.

 

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