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Archive for the ‘Relatos breves’ Category

Mon Œil @ Flickr.com (CC BY 2.0)

Mon Œil @ Flickr.com (CC BY 2.0)

Yo nací por culpa de una berenjena cruda. La habían vaciado y horneado con ajo, tomate, champiñones y algunas hebras de su propia carne. Estaba sabrosa pero cruda, porque las berenjenas son muy puñeteras de hornear.

Él, que era de natural torpe, derramó su vaso de agua cuando se fueron a sentar. Y aquel baño imprevisto tampoco le sentó nada bien a la cena. Masticaron en silencio un buen rato, apretujados junto a la luz de las velas.

El apagón duró un par de horas y arruinó la receta, ya de por si complicada. Y fue por aquella hartura de masticar, resuelta en un remolino de oscuridades sobre el sofá, que acabé naciendo yo.

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Nunca he tenido afición por el riesgo, me cuesta mucho comprender la motivación de quienes, por simple gusto, se enredan en aventuras de final incierto y huyo de cualquier situación que mezcle susto, sorpresa y adrenalina.

Las atracciones de feria son una auténtica pesadilla, me horrorizan todas y soy incapaz de pasar por ese trago pese a los ruegos, presiones y chantajes a los que me somete el núcleo familiar cuando llega la época temida.

Igual me pasa cuando me enfrento a esos altísimos toboganes acuáticos a los que a veces me veo obligada a subir como adulta acompañante, que no responsable. Empiezo a temblar ya desde la fila y una vez arriba, a punto de lanzarme, me encomiendo a todos los santos con la esperanza de que justo en el último instante un rayo divino paralice toda la actividad del parque.

Podría decirse, por tanto, que soy una persona plana, aburrida, sosa… miedica, vaya. Hay quien me lo recrimina creyendo que voy  a picarme y que me lanzaré a vencer esos miedos que me paralizan. A mí me da igual. Lo único que me preocupa es escapar de todas esas situaciones lo más entera posible, con el corazón latiendo a su ritmo normal, sin aspavientos ni pérdida de control.

La edad ha acentuado este rasgo de mi carácter porque recuerdo que de cría me apuntaba a todo, a regañadientes, pero siempre iba. Ahora no. Ni que me paguen. Ahora lo que me gusta es pensar, estúpidamente, que mi vida va a transcurrir sin sobresaltos porque yo hago todo lo que debo. Eso me da tranquilidad y ahuyenta los pensamientos catastróficos, que me asaltan bastante a menudo precisamente porque soy una cagueta.

Pero ha sucedido algo. Ha habido un cambio que, honestamente, tengo que decir que no he propiciado yo. Digamos que me han empujado un poquito. Alguien que me quiere y a quien a veces desespera esta forma de ser que tengo me ha sacudido y, con bastante más paciencia de la que quizás merezco, me ha llevado de la mano a tomar una decisión necesaria pero a la que yo me resistía por aquello de no quebrar el status quo al que me aferro normalmente.

Ahora que el suelo que piso es de lo más inestable y que vivo un día tras otro en un veremos qué pasa, sin saber bien cómo va a acabar esto, debo reconocer que estoy ilusionada, con muchas ganas de hacer cosas nuevas y con una euforia interior que me va convenciendo de que los cambios y los riesgos no van a provocarme la muerte instantánea. De ahí a subirme en una montaña rusa, el pulpo o la barca vikinga va un mundo pero ya empiezo a ver el dichoso tobogán como un reto asequible.

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m01229 @ Flickr.com (CC BY 2.0)

m01229 @ Flickr.com (CC BY 2.0)

Para averiguar si su mujer tenía un amante, pidió un día libre de junio e invirtió aquella mañana en vaciar su mitad del armario. Las camisas de vestir estaban ordenadas por colores, así que primero quitó las blancas, luego las azules, las verdes y por fin las de rayas finas. Las dobló meticulosamente una por una y las apiló en una esquina libre del canapé.

La hilera de cajones de la parte baja ocupaba todo el ancho del espacio, así que encontrar un acurrucamiento cómodo le llevó otra hora larga de ensayos. Lo más complicado no fue encajarse dentro sino cerrar la puerta, que por el interior era completamente lisa. Para lograrlo tuvo que volver a salir, bajar al garaje y escarbar en el equipo de pesca hasta encontrar un carrete de nylon más o menos transparente. Cortó más o menos un metro, volvió al armario, enlazó el pomo de la puerta desde dentro y tiró del sedal hasta que por fin la oscuridad se hizo total.

Tal y como sospechaba, su mujer y su amante se aprovechaban de su jornada continua para follar como animales durante la pausa del almuerzo. Entre golpe y golpe del cabecero identificó incluso al culpable de los cuernos. Era aquel tipo insulso y desgarbado del equipo de contabilidad, al que había conocido durante el último cumpleaños de su hijo pequeño. “Mi Victorín es muy amigo de tu crío” dijo entonces para justificar su presencia en la fiesta. El muy cabrón. Era la misma voz, solo que entrecortada por los gemidos.

Aquella fue la última pieza de un puzzle que había empezado a armar desde las Navidades. Una acumulación de gestos, detalles, excusas y desdenes que se fueron haciendo más obvios con cada semana transcurrida. Por Semana Santa ya no le quedaban dudas en las que refugiarse.

Si aquel día de verano le cambió la vida no fue, por tanto, porque acabase de finiquitar su matrimonio. Si lo hizo fue por el enorme alivio que le sobrevino en aquella oscuridad aromática, preñada de resinas y de lavandas. Cuando aquel día salió del armario, dejando lívidos a su mujer y al contable, nunca más volvió a entrar.

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Le dijo: “yo ya te estaba buscando antes de conocernos, incluso antes de llegar aquí; he estado buscándote mucho tiempo y al fin te he encontrado”. Y luego él dijo algo del atún de lata, porque esas declaraciones de amor lo ponían muy nervioso y le hacían sacar a la luz lo primero que se acumulaba en la cola de pensamientos, en ese buffer que todos tenemos y que se activa con recuerdos olvidados, con series inacabadas, con palabras perdidas de frases que no se han pronunciado e incluso con sensaciones acumuladas sin saber bien de dónde proceden ni dependen: el olor de un pan de leche que comía cuando era pequeño, el amarillo salpicado de marrón de los plátanos en el frutero, la palabra coronel que aún hoy volvía a su cabeza cada vez que chocaban dos metales o incluso la sintonía de una radionovela oculta tras años de abstinencia de las ondas. Y el atún de lata, por supuesto.

Le había dicho aquella frase y, de tan increíble que pudiera parecer, activó no se sabe qué mecanismos que lo hizo temblar un poco, estremecerse por todo lo que significaba, reírse desesperadamente, y pensar en el atún  (incluso en su aceite y en un trozo de pan blanco por dentro y crujiente por fuera). Este amor le sabía a atún y pan, a merienda en el campo, a un sorbo de cerveza fría y a secarse la boca con la antemanga. Era un amor de búsquedas y encuentros (quizás ya Cortázar lo había escrito hace algunos años, sin conocerlos a ambos y sin saber cuáles habían sido sus circunstancias,  “Lo escribió pensando en nosotros”, fue la segunda cosa que se le ocurrió tras aquella declaración, y recordó aquello de “Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”) y le pareció más familiar aún.

Le hubiera gustado haber hecho él esa declaración, la que le dijo ella. Pero no fue así, él habló del atún de lata.

Luego pensó que tampoco estaba tan mal haberse declarado con esto, con un trozo de pescado macerado en una grasa, porque, al fin y al cabo, él sentía siempre y más con el estómago, que era, por supuesto, mucho más agradecido que el corazón.

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Un concierto de siseos, motores y crujidos rítmicos sepultaba de cuando en cuando la explicación.

Necesito que se pongan estas batas. Es por nuestra política de seguridad alimentaria. Como ven, estas son las cinco bahías de carga, que dan paso a otras tantas líneas de empaquetado…

Pfiuuuuu, clonk, clonk, pi, pi, pi, pi, pi.

¿Puedo sacar fotos?

Sí, claro. Por supuesto. La fruta llega con su informe de trazabilidad, que se adosa al exterior de la jaula y es inmediatamente digitalizada por nuestro personal técnico…

Rakatakatak tak tak tak tak

Tras el desmanillado y el lavado, la fruta pasa por este cubo de aire, que retira el exceso de humedad y contribuye a evitar la proliferación de hongos…

Swooooooooosh pfiuuuuu swooooooooosh

 

 Julen Iturbe-Ormaetxe @ Flickr.com (CC BY 2.0)

Julen Iturbe-Ormaetxe @ Flickr.com (CC BY 2.0)

 

En la pausa entre dos silbidos hidráulicos descubrió su mirada a través del visor. En el cuarto puesto de la tercera fila, dos ojos pardoazulados le retaban sin pestañear, encaramados sobre una mueca de hastío infinito. Giró el objetivo para enfocar a las cajas ya formadas, pero allí seguían cuando regresó a la posición inicial.

Cada clasificadora -ahora ya sabía lo que era- dispone de una pesa individual, con la que debe rasar la caja en diecinueve kilos. Nunca más porque la maduración…

Grrrrrararararar tak tak tak tak

Para abstraerse de aquella mirada sin fisuras, se refugió en buscar la equivalencia entre el color de los iris y de las batas (El tono es el mismo, solo que menos saturado, pensó para escapar al hechizo). Y sin embargo el escrutinio seguía allí, esperándolo con la misma firmeza cuando aterrizó de vuelta de aquellas veleidades cromáticas.

El plátano es una fruta climatérica, que a partir de cierto estadío acelera su respiración. Eso es precisamente lo que impedimos con estas cámaras de frío…

Los ojos estaban ya a su espalda, pero los seguía sintiendo punzantes sobre la nuca. Mientras, la visita se aproximaba ya al final del empaquetado.

Este lector láser comprueba de nuevo el pesaje de la caja -shrieeeeeeeekkkkkkk- y si detecta alguna anomalía la saca fuera de la línea…

Como en un ensayo, eso fue lo que sucedió en aquel preciso momento. Una caja semivacía y desequilibrada que, despreciada por el robot, cayó sobre una vía muerta. Al final de aquel carril hacia ninguna parte chocó contra un tope metálico, de forma que el más sobresaliente de sus manojos salió proyectado hacia el suelo de la nave.

Docenas de miradas de terror se giraron hacia aquella catástrofe imprevista, que congeló en un instante la sonrisa de la gerente. Todas las miradas, de hecho, menos la del fotógrafo. Por el círculo del enfoque, y como en cámara lenta, acertó a distinguir el último vuelo de la bata azul. Una silueta despavorida, recortada borrosa en su huida hacia las bahías de carga.

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Hace unas semanas tuve la oportunidad de esquiar por primera vez, así que sin más procedo a relatar ese primer contacto con la nieve a gran escala, porque después de los visto, lo que cae en Tenerife es como la que se forma en el congelador cuando lo dejas abierto.

Grosso modo, en el tan noble como pijotero deporte del esquí hay tres formas de disminuir la velocidad, a saber, haciendo la cuña, dando giros o cayéndote, que es la que más puse en práctica en estos cuatro días en Los Pirineos. Hay otro aspecto fundamental en el esquí que se repite constantemente y es que tus amigos sean unos godos cabrones y daltónicos que confunden el color de las pistas azules con el rojo y a veces con el negro.

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Cerler es una de las estaciones de esquí del pirineo aragonés, una realmente bonita, además. Al comienzo de la misma se coge el telesilla, que te deja en una colina desde la que has de descender unos 200 metros por una pista inclinada como si fueras a un guachinche en La Corujera hasta llegar a Cota 2000, una suerte de campo base desde donde a su vez parten el resto de telesillas hacia las diferentes cumbres.

En cualquier aspecto de la vida, cuando uno es novato lo razonable es comenzar poco a poco y, a poder ser, con unas nociones básicas. Pero cuando uno es novato y va a esquiar con dos ceporros como Carlos y Emilio, para quienes los esquíes son prolongaciones de sus piernas, la cosa se pone peluda.

Así que lo lógico es que pasara lo que pasó.

Todos al unísono: “Tú haz la cuña y tírate”. “¿Y ya está?”. “Y ya está”.

El esquí tiene que ser de gilipollas porque esto lo hago yo con la punta del naipe”, pensé, y me lancé colina abajo con la inconsciencia de un niño de 10 años. Yo no lo sabía, pero las leyes del esquí dictan que si echas el cuerpo hacia atrás, aumentas la velocidad; y si te inclinas hacia adelante y reposas el peso sobre las botas, tienes mayor control sobre los esquíes y te permite disminuir la velocidad. Pero por mucho que te aconsejen, el instinto te dice: “échate para atrás, que es mejor caer de culito que de pechito”. Y no.

Así que yo, henchido de chulería, todo para atrás y cuñita. Aquello se empezó a embalar cosa mala. Un par de manotazos al aire, la cuña que no servía para nada y para minimizar daños, me tiro al suelo con delicadeza. Emilio que me alcanza los bastones y los esquíes, me calzo y lo mismo: “Tú haz la cuña y tírate”. “¿Y ya está?”. “Y ya está”.

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¡Ea!. Tras 20 metros recorridos, tres cuartos de lo mismo, al suelo con la elegancia de Cristiano intentando la ruleta de Zidane. En lo alto de la colina, risitas. “¡Oye!, para mí que la cuña esta no frena, eh…”. “La cuña, tú haz la cuña…”

Tercer intento ya a escasos cien metros de la cafetería de Cota 2000. Mismo resultado y primeras sospechas de que frenar solo con la cuña es como afeitarte sin espuma, se puede, pero acabas hecho un cristo.

Así que cuarto y último intento. Me lanzo pista abajo, hago la cuña de los cojones, recto hacia la cafetería, velocidad, más velocidad, súper velocidad, adelanto a Superman, quita Halcón Milenario que vas pisando huevos, descontrol total, MayDay, puta cuña por qué no frenas, la pared a 10 metros de mí, godos hijueputas, los esquíes que se cruzan, se clavan en la nieve y como si hubiera visto el oro de Moscú delante de mí, aterrizo con toda la cara, los bastones sobre la cabeza, el culo mirándome a los ojos, pierna derecha hacia la izquierda y viceversa. El pencazo padre, primer premio en Humor Amarillo, el hombro a tomar por saco (Ley de Murphy), la boca llena de nieve, el culo lleno de nieve, las verijas llenas de nieve…nieve por todas partes.

Carcajadas en la colina.

Moraleja: Si van a esquiar, no se fíen de sus amigos, con la cuña solo no se frena, hay que hacer más cosas: ¡pagarse un monitor!

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El la cogió en brazos, ella lo rodeó con sus piernas mientras la llevaba a la habitación. No hacían falta palabras, sus miradas lo decían todo.

Era como una primera vez, aunque no lo era. Habían pasado meses y estaban nerviosos, pero se amaban demasiado para que eso importara. Solo importaba ese momento y ellos dos.

Se besaron con una pasión tierna. Hicieron el amor, pero también follaron como locos, lo querían todo el uno del otro.

El clímax llegó casi sin esperarlo, a la par, él se derramó en su interior y ella se desplomó sobre él, llena, plena, satisfecha, enamorada.

Lo mejor estaba por llegar, él sobre su pecho, ella acariciándole su bonito pelo, ahora sí se contaban lo mucho que se habían echado de menos y lo lento que pasaba el tiempo cuando estaban separados. Se dijeron con palabras todo lo que se habían dicho con la mirada momentos antes.

Aquel sencillo momento era para ellos la felicidad absoluta.

“No te vayas de mi lado” – le dijo ella – “nunca” – respondió él.

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