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Archive for the ‘Redes sociales’ Category

Me sé un chiste sobre un niño con cáncer. Tan gracioso como cruel. ¡Lo que me reí la primera vez que me lo contaron! ¡Y lo incómodo y culpable que me he sentido cuando lo he contado yo! Todas y cada una de las veces. Las veinte o treinta. Lo juro.

También me sé toneladas de chistes sobre judíos en campos de concentración. Los disfrutamos mucho en las reuniones familiares. He contado lo típico, las bromas obligadas, sobre Irene Villa. Y los chistes machistas ya casi no los trabajo porque no se ríe demasiada gente, lo ven algo tan cotidiano que no les hace gracia el tema.

En mi descargo he de decir que siempre procuro contar estos chistes en petit comité. Y luego la culpa la trabajo por dentro. Nada ostentoso. Pero por pura vergüenza, nada que ver con la prudencia. Hasta el momento había pensado que me bastaría, llegado el momento, con pedir disculpas a alguien en la audiencia, ruborizarme tras la carcajada y aclarar que no dispongo de carnet de ETA, ni de permiso de armas ni me alegro de las enfermedades ajenas, que es solo un chiste. ¡Que soy buena persona! Quizá aguantar reproches y pasar un mal rato. Y ya. Nunca se me pasó por la cabeza que pudiera ocurrir algo más.

Nunca digas nunca. Del otro día a esta parte vivo acojonado. Borro dos de cada tres tuits antes de publicarlos, bajo la voz en reuniones sociales y he hecho firmar un acuerdo de confidencialidad a mis amigos más cercanos, esos que me ríen las gracias. No quiero tener que renunciar a una concejalía como Guillermo Zapata, que me reabran causas taitantas veces como a César Strawberry o me quiten la beca y la posibilidad de opositar como a Cassandra Vera, por cuatro tontás mal escritas que, además, ofenden poco.

Este miedo no es ni sano ni es normal. Sé que son problemas del primer mundo, que tenemos comida en la mesa y algunos hasta carnet de gimnasio. Pero que tu capacidad de hacer reír no la mida una sonrisa, sino un juez de la Audiencia Nacional, toca un poco los huevos, para qué mentir. Huele a ir quitando la libertad de a poquito. Tan de a poquito, tan como sin querer que, dentro de un tiempo, tú mismo estás pidiendo cárcel para los malos humoristas. Se equivocan. El respeto es otra cosa, más sutil y muchísimo más hecha polvo. Con la cantidad de gente con estudios que ha trabajado esto de los límites del humor, da un poco de cosa que algo tan complejo quede en manos de legisladores (que tantas veces la cagan).

Así que no. No contaré el chiste del niño con cáncer. Por aquí no. Si lo quieres oír búscame, firma unos papelitos y a reír.

Me voy yendo. Aquí abajo unos que saben más del tema. Ah, y que os follen.

 

 

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irrepetibleLlevo unos meses siguiendo en Facebook a Roy Galán.

Afortunadamente algunas veces encuentro contenidos compartidos por familiares o amigos que me interesan. Unas pocas, no muchas, el hallazgo es un pequeño tesoro, y ese fue el caso de los textos de Roy. El primero que leí, el pasado 22 de septiembre, parecía un mensaje enviado desde otra dimensión (y eso que yo no veo más que una) especialmente destinado a mí.

A partir de entonces espero sus publicaciones ávidamente, y casi nunca me decepciona lo que escribe en su muro.

El círculo se completó el pasado 6 de enero cuando mi amigo invisible tuvo el acierto de regalarme ‘Irrepetible’, un libro precioso (tanto por su encuadernación como por sus ilustraciones y su estructura) que sacudió mis cimientos como solamente recuerdo que han conseguido unos cuantos ejemplares.

‘Irrepetible’ es una cuerda que Roy Galán agita, consiguiendo con cada movimiento rozar puntos que parecían inaccesibles por escondidos u olvidados. Tratar de definirlo sería poner etiquetas fáciles y creo que el propio autor no estaría de acuerdo, por lo que lo mejor es leerlo y permitir que llegue, sin más.

Gracias Roy. Por cierto mi palabra es aprena.

 

No vas a estar para siempre.

Eso es lo único que no va a pasarte.

De resto, todo puede ser.

Un día te irás de este planeta.

No sé si de golpe como una rueda al reventarse.

O lentamente como una pared de hielo que se derrite.

Pero te vas a ir.

El tiempo es un bien fungible que se consume con el uso.

Y el jodido capitalismo te ha expropiado todo el tiempo.

Y ha puesto un precio para que lo recuperes.

Te han hecho creer que pagas en dinero.

Pero consumes en minutos.

La chaqueta amarilla de Zara te costó entre quinientos y mil minutos de vida.

Y si no fue a ti, fue a tus padres, que es indudablemente peor.

Gracias, Amancio.

Un tiempo que nadie te va a devolver.

Porque el tiempo es un bien irrecuperable.

Ahora voy a recuperar el tiempo perdido, te dices.

Ningún tiempo es perdido.

Todo tiempo es vivido.

Por eso no entiendo la manía que tienen algunos de reservarse para los gusanos.

Por eso no entiendo que alguien pueda llamarse a sí mismo conservador.

Qué quieres conservar.

Si todo algún día va a desaparecer.

Y sólo van a quedar lagartos sin miedo poblando la Tierra.

Por eso no entiendo a la gente quejica.

Cuando tienes suerte de poder seguir quejándote.

Igual te parece deprimente pensar que te estás muriendo.

A mí me parece tremendamente hermoso.

Porque si me estoy muriendo es que sigo con vida.

Cada instante que no nos vamos.

Es una oportunidad.

¿Qué haces dentro de un armario?

¿Qué haces en la barra del bar sin bailar?

¿Qué haces que no estás diciendo te amo a todo el que amas?

¿Qué haces pudriéndote en ese trabajo de mierda?

¿Qué haces estudiando esa carrera que te importa un pito?

¿Qué haces todo el día con las manos atadas a unas mancuernas?

¿Qué haces en esa relación tóxica?

¿Qué haces que no estás escribiendo?

¿Qué haces cumpliendo las expectativas ajenas?

¿Qué haces que no estás provocando un orgasmo?

¿Qué haces que no me estás besando?

¿Qué haces que no estás luchando por el resto?

¿Qué haces por ti por esa niña o ese niño que fuiste?

Nos tenemos que sobreponer a la vergüenza.

Al miedo.

Vergüenza que la muerte te pille siendo algo que no quieres ser.

Miedo a que la muerte te dé alcance insultando o lleno de odio.

No necesitas excusas para querer.

Querer es el fin y no el medio para nada.

Quiere, joder.

Siente los nutrientes en la garganta.

Duerme abrazado si puedes.

Manda ese mensaje.

Inténtalo todas las veces que haga falta.

El orgullo es cobardía disfrazada de coraje.

Ten coraje.

Echa el corazón por delante.

Hoy.

Ya.

Corre.

Haz que pase todo eso que puede ser.

Porque no vamos a estar para siempre juntos.

Pero ahora, mira tú, qué puta maravilla.

Lo estamos.

Y mi tiempo no es para el drama.

Mi tiempo es para que cuando me vaya.

Encuentren mi existencia.

Totalmente devastada.

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Internet y, en concreto, los medios digitales se han convertido en una fuente inagotable de consejos con los que o alcanzas la felicidad total o te hundes en el más hondo de los pozos si ves que no te ajustas a los parámetros por lo que se debe regir una vida plena.

Parece increíble pero hay listas de cosas que se deben o no se deben hacer para absolutamente todo tipo de situaciones.

A veces leo esas listas por curiosidad pero también, lo reconozco, para saber si puedo considerarme una persona apta para vivir en esta sociedad moderna.

Algunas de esas listas que aparecen de forma recurrente en los medios nos ilustran sobre lo que debemos o no decirle a nuestros hijos si queremos evitar que sean unos desgraciados de por vida, unos debiluchos, unos seres sin autoestima o gente con nula capacidad de liderazgo.1aa2f7441c2e1e8ce1ae43bf58de9bfa_xl

Confieso aquí que soy una madre terrible porque de las diez frases que hay que evitar decir a los niños hay ocho que yo les suelto a mis hijos no a diario pero sí con frecuencia. No se crean que me hace gracia, me lleva a cuestionarme mucho mis aptitudes maternales y llego a preguntarme si no estaré ejerciendo una especie de maltrato motivacional, una autoridad desmesurada sobre esos pobres niños.

Recomiendan ahí que nunca les digas “me tienes harta”. Yo jamás lo hago pero solo porque lo sustituyo por un “me tienen hasta el gorro”, el ya clásico “estoy hasta el moño” o “hasta aquí me tienes hoy”, al tiempo que coloco mi mano un palmo por encima de mi cabeza.

Tampoco hay que decirles “me vas a volver loca” o “porque lo digo yo y punto” porque eso puede tener “un impacto negativo en nuestra relación”, además de generarles “gran ansiedad”. Mira, un impacto negativo es que alguien, en este caso menor de edad y poco preparado para saber lo que le conviene, insista cien veces en los mismos argumentos para ver si consigue lo que quiere. Cuando ya se le han dado varias respuestas más o menos amables y razonadas y se entra en un bucle sin fin creo que es más que adecuado espetar esas y otras expresiones, acompañadas mentalmente, si procede, de un “no te fastidia el monicaco este…”.

“Eres un vago” (a mí me gusta más usar gandul/a) es otra de las frases a evitar porque también “daña la relación paterno-filial” y “provoca en los jóvenes frustración y desinterés”. Vamos a ver, ¿y la visión continuada de ropa, juguetes, libros, tirados por la casa, la existencia de un mini ser echado viendo la tele mientras su cuarto se cae a pedazos… no daña la relación y la convivencia? ¿Acaso no genera frustración? A mí, muchísima.

En fin, no voy a relatar aquí todas y cada una de las (ahora, gracias a las listas, lo sé) barbaridades que digo cuando me canso de ser políticamente correcta. Valgan estas como ejemplo y agradézcanme que les ahorre más detalles. Solo añadiré como anécdota que hace unos días les pregunté por un ejemplo de gran depredador y uno de ellos respondió: “tú, cuando te enfadas”.

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[…] Internet en lugar de disminuir la sociabilidad la aumenta, en lugar de alienar contribuye a desalienar, en lugar de deprimir contribuye a manejar mejor la depresión y el stress. Por una razón muy sencilla: un sistema de comunicación libre e interactivo agrupa a la gente. Cuanto más usamos Internet, más sociabilidad física tenemos”.

Manuel Castells.

 

Si echamos un vistazo a las noticias sobre el uso de internet o del teléfono móvil que publican muchos medios, nos daremos cuenta de que una importante cantidad de ellas intentan convencernos de lo terribles que pueden llegar a ser. Continuamente nos advierten de los peligros de estar en internet, de las consecuencias de pasar nuestro tiempo en Facebook y de la relación entre internet y el aislamiento social e incluso la violencia.

Los seres humanos somos seres sociales por naturaleza, por mucho que el capitalismo y el neoliberalismo insistan en que lo más importante es el individuo. Y precisamente lo que nos proporciona internet es sociabilidad. Es un error pensar que porque una persona pase mucho tiempo de su vida en la web o en las redes sociales está perdiendo el tiempo o se convierta en un antisocial; ese error lo cometemos porque aún no somos del todo conscientes de la enorme capacidad de socialización que tienen las redes.

 

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La imagen que aparece sobre estas líneas era muy habitual hasta la aparición de los teléfonos inteligentes y las tabletas (aún hoy se puede ver algo parecido en cualquier medio de transporte público) y nunca se nos pasaría por la cabeza que esa gente sea antisocial o tenga algún tipo de problema de socialización. Pero la cosa cambia si en lugar de mirar una hoja de papel están mirando una pantalla. Sin embargo, no nos paramos a pensar que lo que está haciendo la gente de esta foto es únicamente informarse y pasar el rato, mientras que el que está delante de una pantalla puede estar haciendo eso mismo y además conversar con personas de cualquier parte del planeta, discutir sobre cualquier tema en las redes sociales, buscar gente con la que hablar o entablar relaciones sexuales o amorosas e incluso escribir un artículo como el que están leyendo en este momento. ¿Es eso ser antisocial? ¿De veras creen que se está perdiendo la sociabilidad?

Hará unos cinco o seis años unos amigos intentaron iniciarme en el mundo de los juegos de mesa. Siempre me han gustado, pero nunca tuve el grupo de personas adecuado con quien jugar. Después de eso me compré un par de juegos y con un pequeño grupo de amigos comenzamos a celebrar jornadas lúdicas (aunque muy espaciadas en el tiempo debido a nuestros compromisos de personas adultas). Todo siguió más o menos así hasta que descubrí la enorme cantidad de aficionados a los juegos de mesa que existen en Internet y que han montado foros, grupos de Facebook o canales de Youtube. Desde que comencé a pasar mi tiempo libre en estos lugares virtuales comencé a comprar más juegos, algunas personas que no conozco personalmente me han añadido a sus redes y me han ofrecido ir a jugar con ellos, he descubierto grupos que organizan jornadas lúdicas en diferentes lugares de mi ciudad e incluso gente de españa (país en el que no vivo) me ha dicho que cuando vuelva podemos organizar partidas. Y todo eso gracias a Facebook o Youtube. No, no pienso que esté perdiendo mi tiempo y tampoco creo que eso no sea socializar. De hecho, este mismo auge de los juegos de mesa es un ejemplo palpable de que la gente no es menos social después de la llegada de internet, sino todo lo contrario.

 

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Así que sí, aunque usted no lo perciba, la gente es hoy más sociable que antes. Conoce más personas y lugares, se reúnen para jugar alrededor de una mesa, para tener relaciones sexuales, para hablar de música, cine, televisión, libros o lo que sea. Porque está en nuestra naturaleza.

 

 

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Desde hace unas semanas ando leyendo varios artículos, como este o este, sobre la polémica que se ha creado a partir de la victoria de Donald Trump en las elecciones de los Estados Unidos y cierta investigación publicada por el portal buzzfeed.com sobre la viralización de noticias falsas a través de medios y redes sociales, que han propiciado que se hable de la posibilidad de que esas noticias falsas puedan haber influenciado en el resultado de las elecciones. Y con ello han llegado respuestas de Facebook o Google sobre la necesidad de impedir, o al menos dificultar, la proliferación de ese tipo de publicaciones.

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La difusión de noticias falsas no es algo nuevo ni exclusivo de las redes sociales. Los famosos tabloides ya lo hacían y en otros medios tradicionales y con solera también se publican noticias basadas en rumores, sin contrastar y sin rigor periodístico. El problema surge cuando debemos considerar si las redes sociales deben tener una línea editorial en virtud de la cual escojan qué noticias deben difundirse y cuales no. Es obvio que Facebook, Twitter e incluso Google pueden y deben considerarse medios de comunicación, ya que difunden mensajes y noticias pero, ¿es responsable Facebook por noticias que elaboran otros medios y personas que nada tienen que ver con ellos? Pensar que la responsabilidad de evitar la difusión de bulos (o fakes como se les ha dado en llamar) recae los canales de difusión, ¿no es similar a pensar que el repartidor de periódicos o la empresa que los distribuye puerta a puerta también es responsable de la difusión de noticias que pueden ser falsas en las páginas de esos medios impresos? O, ya puestos, ¿las empresas que gestionan y facilitan las emisiones televisivas por satélite también son responsables por los contenidos que las televisiones emiten a través de sus canales de transmisión?

También se abre la duda sobre de qué manera las redes sociales pueden solucionar ese problema: ¿Caerá la responsabilidad sobre una o varias personas, con su propio sesgo ideológico y su falibilidad humana? ¿Lo hará un algoritmo, con su incapacidad para detectar qué noticia es falsa y cuál es satírica o humorística?

Está claro que la proliferación de noticias falsas es un problema que nos afecta a todos y de forma más importante de lo que tal vez podamos pensar, pero al contrario de lo que piensa Enrique Dans en el artículo que enlazo en la primera línea de este post, yo no estoy tan seguro de que la responsabilidad de darle fin o de poner herramientas para su solución sea principalmente de las empresas que facilitan su distribución. El problema es doble: por un lado tenemos a los canales que facilitan la viralización de estos contenidos. Y ahí sí que las redes sociales tienen una responsabilidad importante: tal vez deberían cambiar el modo en que la difusión de los mensajes se premia según el número de likes, de visitas o de veces que se comparte; pero por otro lado tenemos a los propios usuarios que, compartiéndolas, las convierten en una bola de nieve que crece hasta ser imparable. Tal vez lo que deberíamos tener en cuenta no es tanto la responsabilidad de los canales de distribución por facilitar la tecnología necesaria para su difusión, sino la responsabilidad que nosotros, los usuarios, tenemos de contrastar lo que nos llega antes de compartirlo en nuestras redes. No olvidemos que hemos dejado de ser usuarios pasivos ante canales de comunicación unidireccionales para convertirnos en usuarios activos en canales mutidireccionales; nosotros, los usuarios de redes sociales, también somos productores de contenidos que creamos, enlazamos y compartimos en nuestras redes; así que ahora también es nuestra responsabilidad cribar los mensajes que nos llegan, tener espíritu crítico y no creer lo que leemos o vemos solo porque coincida con nuestras ideas o nuestro prejuicios. Una de las cosas que ha traído internet es que la obligación de contrastar las fuentes ya no es exclusiva de los periodistas. Nos incumbe y nos compete a todos los que utilizamos estas tecnologías. El problema puede venir cuando pensamos que otros (como Mark Zuckerberg) es quien debe hacerlo en nuestro lugar.

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Escribir tiene mucho de desnudarse emocionalmente. Todo aquel que escribe tiene un estilo, más o menos atractivo, que, quiera o no, dice de esa persona más de lo que quizás esa persona querría dar a conocer. Como lo dice también aquello sobre lo que escribe. Antes, la escritura estaba reservada para unos pocos. Hoy, gracias a las redes sociales, no hace falta ser Baudelaire para marcarse unos versos y que los lean cientos de amigos. Y en esa crónica diaria que es el Facebook o el Instagram, por no hablar de la barra de bar que es Twitter, hay gente para todo.

De entre todos ellos, hay unos que yo denomino ‘los intensos’. Los intensos son aquellos y aquellas que quieren llegar al fondo del yo kantiano en cada palabra, preferiblemente acompañada por una foto que ya quisiera Robert Capa, sin saber que no siempre se puede ser profundo como no siempre se puede estar guapo. Hay días y días. Nadie se levanta cada mañana y resuelve las cosas del amor y la amistad en lo que se hacen las tostadas. Estoy seguro de esto porque yo con el estómago vacío no me sé ni la tabla del tres.

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Sin ánimo de entrar en polémicas, este exceso de intensidad diaria, esta filosofía de barraquito, me da cosita. Y eso que a pesar de mí mismo, yo también soy profundo cuando me pongo pero, con honrosas excepciones en momentos de flaqueza o fechas señaladas, procuro hacerlo en la intimidad y con quien lo merece. No veo nada de malo en dedicar palabras afectuosas a novias, amigos y familiares cuando la ocasión lo requiera, solo faltaba. No critico las expresiones de afecto a aquellos a quienes queremos, pues es preferible esto al insulto, algo igual de cotidiano. Simplemente me hace gracia encontrarme cada día con una nueva selfi reflexión paulocoelhiana.

También me llama la atención con qué facilidad algunos y algunas encuentran la frase exacta para cada instantánea. Envidio con qué locuacidad expresan un sentimiento, un estado de ánimo, que es algo mucho más difícil que un simple te quiero, aunque no lo parezca. Tampoco sé si los intensos siguen a rajatabla sus propias reflexiones o si solo es de cara a la galería. Si fuera por Facebook, se debería declrar el estado de felicidad en la sociedad, cosa improbable y poco creíble.

Con todo, lo más extraño es comprobar que estos seres en la vida real no se expresan así, al menos no conmigo. Ninguno de mis queridos intensos ha llegado un día y me ha dicho: “Fernando, toma tus propias decisiones, no dejes que nadie guíe tus pasos, marca tu propio camino”. Y menos mal, porque a mí la intensidad no me sube hasta el tercer Arehucas.

 

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El miércoles finalmente ocurrió. Y en este bendito blog hay testigos. El miércoles pasado, 28 de septiembre, un evento nunca antes registrado en redes sociales tuvo lugar. Este que les escribe logró hacer cambiar de opinión a alguien favorable a la homeopatía. Bueno, cambiar cambiar, no, pero dudar sí, dudar fuerte. No hubo amenazas ni insultos de por medio, solo una parrafada medio educada, medio balbuceada, un poco argumentada, y un interlocutor abierto al diálogo.

¡En Facebook!

Discúlpenme si no me expreso bien, pero es que aún me tiemblan las manos. No me lo esperaba. Y entendería que no me creyeran. No es algo que uno espere que vaya a pasar. Vendría a ser, puestos a compararlo con algo, como si David Hume apareciera en la última escena de “Amanece que no es poco” gritando ¡Ven como tenía razón! Ni él terminaría de creérselo.

¿Qué ha ocurrido? ¿Ha sido la elección de las palabras? ¿El momento y el lugar adecuados? ¿Un conocimiento primitivo e íntimo de la red de redes? ¿La picadura de una WiFi radiactiva?

Y, claro está, ahora no sé qué hacer. No sé si pasarme por Moncloa a desayunar con Rajoy y comentarle un par de cositas, invitar a Blesa y Rato a comer, a Rita Barberá a un chocolate con churros, plantarme en el Comité Federal del PSOE (esto me ocuparía el sábado entero) o, ya puestos y en Madrid, darle un toque a Florentino para que venda de una santa vez a Cristiano.

Porque, como bien sabe Spiderman, un gran poder supone una gran responsabilidad, y yo estoy que me subo por las paredes.

bajolamascarauniversomarvelcom

Spiderman nº1 (fuente: bajolamascara.universomarvel.com)

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