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Archive for the ‘Publicidad’ Category

Es muy complicado en estos días hacerse un hueco en la mente del consumidor, destacar entre tantos estímulos que recibimos se hace cada vez más difícil y eso lleva a los publicistas a buscar fórmulas extremas. El sexo es uno de los temas preferidos para lograr el efecto deseado, ha sido utilizado en multitud de ocasiones y casi siempre creando polémica. Pero esta vez, Eckhaus Latta, una firma de moda, ha dado un paso más allá de la ‘frontera’, dejando claro que las imágenes de sus anuncios han sido tomadas mientras se practicaba sexo real. Con ese ‘pequeño’ detalle han dado el campanazo, logrando no solo que la gente vea su última campaña sino aparecer de forma gratuita como noticia en los medios y con ello, lógicamente, hacerse viral. Uno no percibe de la misma manera un anuncio publicitario que una noticia, inconscientemente para el primer tipo de comunicación nos preparamos con una barrera: ¡ojo, es publicidad, a ver si me la creo! En el caso de una noticia, nuestra mente reacciona de otra forma, las noticias son veraces, esperamos recibirlas con una mente abierta, incluso ansiosos por estar informados.

Campaña de primavera verano 2017 de Eckahus Latta. Foto: Eckhaus Latta/ Heji Shin

Campaña de primavera verano 2017 de Eckahus Latta.
Foto: Eckhaus Latta/ Heji Shin

Algunos medios la han tachado de pornográfica, se cuestionan si no hay límites para la publicidad, la perciben como escandalosa. Lo cierto es que no se ve nada explícitamente ya que pixelaron las partes de las fotografías que podían crear controversia aunque no hasta el punto de no saber qué está ocurriendo en cada una de ellas. En principio, si no la han retirado es porque cumple con las leyes aplicadas a este tipo de comunicación, habrá que esperar un poco para saber si finalmente la retiran o no, pero hasta que se tome esa decisión, ya la habrán visto millones de personas. La publicidad disruptiva, la que rompe moldes, la más atrevida, la que se sale de los cánones, logra su objetivo de esta forma.

Además, es un nuevo ejemplo de la doble moral de nuestra sociedad, si sale en un anuncio es indecente, si lo veo en un museo o en otro tipo de soporte, es arte. Por otro lado, estés de acuerdo o no, te guste más o menos, hay que destacar  la calidad del trabajo de la fotógrafa  Heji Shin (que de paso también está logrando una gran notoriedad y que se conozca su obra).

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Me gustó más de lo que esperaba; me refiero a That Sugar Film, documental proyectado el pasado jueves en el Museo de la Ciencia y el Cosmos de Tenerife, dentro de su ciclo Ciencia y Biodiversidad. Obviamente, el azúcar omnipresente en el modelo alimentario que nos rodea iba a ser el protagonista de la noche, así que el director del museo, Antonio Mampaso, consideró que quizá el firmante de estas líneas podría aportar algo interesante al debate posterior.

La sala se llenó, signo del interés del asunto y de la capacidad de convocatoria de los organizadores, y el docu me gustó. De un lado, la parte más visual aunque menos interesante a mi juicio del filme: su protagonista, un actor australiano decide prestarse como conejillo de indias para alimentarse exclusivamente durante un tiempo a base de productos alimentarios como zumos de fruta, cereales de desayuno, comidas precocinadas, etc. (aunque nada de refrescos, chocolate o fastfood), con la particularidad de que ingerirá exactamente la misma cantidad de calorías que con su alimentación anterior, basada mayoritariamente en alimentos.

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 Un servidor y el director del Museo, en el coloquio final

Como puede preverse, apenas unas semanas después el equipo médico que lo controla comienza a desaconsejarle que siga con el experimento, pues diferentes indicadores de su salud están empeorando. Lo esperable.

En paralelo se desarrolla la mejor parte del documental: diferentes historias y testimonios de personas que se han topado de frente con el problema de la alimentación procesada, que tiene al azúcar (pero no sólo) como punta de lanza: pequeñas comunidades indígenas australianas que sufren severamente el brusco tránsito nutricional sufrido desde su modo de vida anterior; un dentista que recorre con una consulta ambulante ciudades y pueblos americanos para paliar los destrozos dentales causados por el abuso inmisericorde de bebidas azucaradas por parte de niños y jóvenes; o los testimonios de algunos reputados científicos, ingenieros alimentarios y periodistas de investigación que pude reconocer, quienes, en conjunto, ofrecen una lectura fundamentada y actualizada de esta realidad, que nos atañe a todos.

[Entre ellos, destacaría a Michael Moss, Premio Pulitzer y referente de The New York Times, autor de Salt, Sugar, Fat, monumento descriptivo sobre el funcionamiento de la gran industria alimentaria de nuestro tiempo, cuyas primeras líneas (“El 8 de abril de 1999, en Mineápolis había un aire de tormenta. De una larga hilera de limusinas…”) se graban a fuego, como lo hicieran una vez aquellas en las que Aureliano Buendía, frente al pelotón de fusilamiento, rememorase la tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Una de las cosas más destacables del libro de Moss es que nadie, ni uno solo de los protagonistas de los cientos de en ocasiones escalofriantes relatos literales que recoge, lo haya denunciado por falso testimonio, lo que habla por sí solo de alguien que, por fortuna para nosotros, hace bien, muy bien, su trabajo]

En fin, que tras los títulos de crédito de That Sugar Film hube de salir al pie del escenario, junto a Antonio Mampaso. Comenté que de aquellos barros estos lodos: trayendo a colación un reciente artículo científico sobre el hallazgo de la correspondencia de hace casi medio siglo entre varios científicos prominentes de entonces y la industria azucarera de EE.UU., que muestra que a cambio de lo que hoy serían 43.000 euros se diseñó ad hoc un estudio que minimizó los riesgos de los azúcares para los problemas cardíacos; estudio que tuvo mucho peso para que en las recomendaciones de salud pública posteriores de la administración americana el azúcar saliese indemne, quedando las grasas en el ojo del huracán. Lo ocurrido de ahí en adelante, es historia.

Y comenté también que “el pulso” entre industria y salud pública sigue presente, quizá hasta más vivo que nunca: hace dos veranos el New York Times descubrió (y publicó) que la web de un instituto científico sin ánimo de lucro que defiende la tesis del balance energético (en toscos trazos, que no influye qué comas, sino cuánto comas y cuánto gastes, porque una caloría es una caloría, algo que el protagonista de nuestro docu podría refutar) estaba registrada a nombre de Coca-Cola (uno de los protagonistas se defendió en un primer momento con el relato naif de que ellos no sabían de webs y simplemente la compañía se ofreció). Se armó un gran lío; la empresa fue acusada de financiar de manera encubierta a científicos que se alineen con sus tesis, como la del balance energético, que deja caer todo el peso de posibles problemas de salud en el consumidor, que no es capaz de moderarse.

Ello culminó con un órdago de transparencia por parte de este gigante de la industria alimentaria, que prometió hacer públicas todas sus “colaboraciones” económicas con sociedades científicas, universidades e instituciones de salud en todo el mundo. Y lo ha hecho. Es elocuente echar un ojo, por ejemplo, a su financiación en nuestro país, lo cual no es malo per se ni habría de ser una mácula para las entidades financiadas, si no fuera porque existe literatura que relata que la mayoría de los resultados de los trabajos científicos con conflictos de interés con la industria alimentaria reman a favor de los intereses de la misma (algo de lo que sabe y mucho Marion Nestle, a quien eché de menos en el documental).

En fin, también conté algo de lo que modestamente hacemos por estos lares, y hasta dio tiempo a hacer en la sala una demostración casera de cuánto podría cambiar el punto de vista de un consumidor si el producto que coge entre sus manos le da una información cuantitativa (números y porcentajes, como nos ocurre ahora), o cualitativa (colores y símbolos); esto último sí que facilita elecciones con base científica, informadas y libres. Y para librar la batalla que nos rodea, ésa sí sería un arma cargada de futuro.

 

 

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¿Cuánta publicidad ves en televisión? Supongo que te pasará como a mí, cada vez menos y es que las nuevas formas de consumir este medio nos facilitan evitar los anuncios. En nuestros días, es habitual ver una serie o una película a través de la televisión a la carta, por nombrar sólo una forma de disfrutar de estos productos, ya que nos permite ver el capítulo o la película de un tirón. El hecho de  saltarte los 6 minutos, como mínimo, de cada bloque publicitario en medio de tu serie favorita hace que merezca la pena esperar un ratito y utilizar la opción de ‘ver desde el inicio’ o ‘grabar todos los capítulos’. Y esto lo hago yo, aquella que disfrutaba casi más con los anuncios que con los programas que ofrecía el llamado “medio rey” y que ha  adorado esta forma de comunicación desde niña, así que me hago una idea lo que supone para todos los demás disponer de esta posibilidad.

Me he dado cuenta de que en  los dos últimos años he visto más publicidad a través del Facebook que a través de la televisión.  No creo que esta sea la solución al problema porque, evidentemente, esto ha ocurrido porque me encanta la publicidad y sigo muchas páginas dedicadas a este sector, así que es lógico que los anuncios y lo que se dice de ellos estén siempre presentes  mi muro. Desde luego es una manera muy cómoda de consumirlos, sólo veo lo que yo quiero, cuando yo quiero y a través del dispositivo que yo quiero.

Al resto de personas no tan interesadas en esta industria, también se llega, pero sólo con los anuncios que se hacen virales en las redes sociales que, por otra parte, cada vez son más. Las marcas que pueden hacen grandes producciones, cuentan historias que llegan al corazón, son capaces de hacernos empatizar con sus protagonistas y nos conmueven hasta el punto de querer compartir esos sentimientos con nuestros seguidores. Aunque claro, los anuncios pueden ser de cualquier parte del mundo, lo mismo vemos los de unos grandes almacenes ingleses que los de una marca de fideos chinos. El caso es que queda a la elección del consumidor, somos nosotros los que decidimos qué ver y cuándo hacerlo, con lo que pierde eficacia para los anunciantes.

Se lleva tiempo hablando de una nueva forma de vender espacios en televisión que ya está dando sus primeros pasos, la publicidad programática que, tal y como explican en este artículo, se trata de un formato publicitario parecido al que se emplea en Internet, los anunciantes eligen a quién quieren llegar y, a través de un algoritmo, se relaciona a unos con otros. “Todo está automatizado y todo es mucho más preciso. No se compran cosas genéricas sino elementos específicos y concretos”. Según un estudio realizado por Zenith se prevé que este tipo de publicidad crezca un 31% durante este año, por encima de la publicidad en Internet.

No les cuento nada nuevo, esto es así e irá a más. Como casi todo lo relacionado con los medios de comunicación, a la industria publicitaria no le queda otra que reinventarse o morir y esto último no creo que suceda en un futuro cercano, pero mientras tanto sigamos demandando buenos anuncios, de esos que nos hacen disfrutar, al menos a mí…

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Parece que no siempre fui de tan buen comer como ahora. De pequeña traía a todo el mundo loco porque me negaba a ingerir alimentos que no fueran de mi agrado. Cuando era más chica mi familia recurría a todo tipo de artimañas para convencerme y eran más los días que comía en casa de la vecina -Doña Emelina, a quien quería muchísimo y que tenía un precioso pastor alemán que me encantaba- que en la cocina de mi casa.

Cuando crecí un poco la cosa cambió. Se acabaron las contemplaciones. Había que comer me gustara o no, sin más. No había opción más allá de las tres cucharaditas de potaje que lograba encajarle a mi padre, siempre dispuesto a echarme una manita en lo que sea. Recuerdo a mi hermano Rober cumpliendo su amenaza de calzarme un fonil y hacerme llegar así el potaje a la garganta, sin pasar previamente por la boca.

Me acuerdo del calcio 20, el asqueroso aceite de hígado de bacalao, el redoxón, que sabía a fanta, el kéfir y, sobre todo, los jugos de tomate y zanahoria que me hacían beber antes de comer, todo con el fin de complementar mi, según ellos, deficiente alimentación.

La leche con gofio fue mi peor pesadilla infantil. La aborrecía, me repugnaba como si fuera caca de gato y no me la perdonaban ni un día. Yo sabía que tenía que pasar por aquello, por muchas pegas que pusiera. No me preguntaban, no me daban a elegir, no me convencían, no me sobornaban. Hoy sigo sin poder probar  la leche con gofio pero no tengo traumas, como de todo y me encanta probar cosas nuevas.

Desde hace tiempo veo en los canales infantiles de televisión, a cada momento, el anuncio de un preparado, unos polvos que mezclados con agua son perfectos, dicen, para los niños que rehúsan comer como es debido. Si miras en su web verás, lo primero, un test para que averigües si tu hijo es un “malcomedor”; según la marca, son la mitad de los hijos, porque aseguran que “en España el 45% de los niños en edad preescolar son malcomedores”. También te dicen que los resultados son mejores a partir de los seis meses de consumo, a razón de dos o tres vasos de ese batido al día, a 13 euros el bote de 400 gramos.

Entiendo que pasar por el infierno de lidiar con un crío que no come bien, día tras día, tiene que ser tremendo y desquiciante. Ahí es donde la industria mete la zarpa y da de lleno en la diana.

Por otra parte, permitir que se promocionen estos productos en los canales infantiles me parece un enorme error. Me pregunto qué mensaje les llega a los chicos si les decimos que hasta para cubrir una necesidad tan básica como comer hay un sustituto, un camino llano, sin esfuerzos.

Creo que aprender (y enseñar) a comer bien es aprender a vivir bien y pasar por ese proceso es necesario. Aunque parezca una tontería, en ese conflicto con la comida cuando eres un niño empiezas a entrenarte para saber manejar las dificultades que vendrán después, que son mucho más difíciles y, además, no hay batido que las evite.

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Cuando era pequeña jugaba con mis hermanos a los anuncios, yo creo que alguna vez lo he contado por aquí,  debíamos adivinar el producto antes de que lo dijeran en el spot. Siempre he pensado que ahí comenzó mi vínculo con ese mundo. Me apasiona la comunicación y éste área en concreto mucho más. Quizá fue porque viví los años dorados de la publicidad en España, cuando los canales de televisión le dedicaban programas enteros que veía una y otra vez. Tal vez es porque no había mucho donde elegir,  la 1 o la 2, así que la publicidad en esa época era un soplo de aire fresco, era la parte divertida de la programación.

Luego llegaron las cadenas privadas y con ellas la saturación, bloques interminables de anuncios cuando faltaban dos minutos para el desenlace de la película, eso le valió para acumular miles de detractores.

En esta última etapa, ha tenido que sobrevivir luchando contra el mando a distancia, las posibilidades que da ese artilugio para  evitar los anuncios son infinitas, somos capaces de ver dos películas a la vez o dejarnos llevar cambiando de un canal a otro tanto como dure el espacio dedicado a los spots.

Aun así, a lo largo de todo este último periodo hemos sido testigos de grandes joyas publicitarias. Los profesionales no han desistido en su empeño de sorprender al espectador y se siguen reinventando día a día. Es un ejemplo de cómo una profesión se puede adaptar a los tiempos y no enfrentarse a los avances sino sacarles ventaja. Les digo que es un mundo alucinante, no es fácil conectar con el consumidor en nuestros días, pero todavía lo consiguen.

Si nos paramos a observar la publicidad actual, nos daremos cuenta de que en esta época que estamos viviendo lo que prima son los sentimientos. Conmover al público funciona, por eso nos cuentan historias, eso que los especialistas llaman “storytelling”, es un estímulo que nos hace responder al instante. Los cuentos han estado en nuestras vidas desde la niñez, es algo natural, socialmente aceptado, que no nos causa ningún rechazo y un filón para los publicitarios.

Son muchos los ejemplos, desde la lotería de Navidad hasta los anuncios de P&G por el Día de la madre o de Campofrío, ellos saben tocarnos la fibra como sólo lo podría hacer un especialista. El último spot que me ha cautivado es el del 70 aniversario de La Quiniela, una de esas joyitas publicitarias que llega directamente al corazón.

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La BBC emitió hace unos años un documental en el que dos jóvenes que rondaban la treintena, Karoline y Nick, eran transfigurados en personas mayores; y durante un mes vivieron buena parte de su tiempo con dicha apariencia, relacionándose con el mundo que les rodeaba. Al término de la engañifa, ambos coincidían en un asunto: la ‘invisibilidad’ que implica ser mayor.

Hablábamos esta semana de este experimento televisivo con una persona que cuenta 70 y pico años, quien insistía e insistía en dicha condición de invisibilidad: “Ven, es lo primero que dicen; es que es una cosa terrible; cuando te haces viejo te vuelves transparente para todo el mundo”. “¿Cómo va a ser eso?”, me atreví a objetarle, “si alguien mayor es muy importante, sobre todo para sus familias”. “Sí”, me replicó, “pero eres igualmente invisible, es terrorífico, ya me contarán en 30 años”, retaba al auditorio de veinteañeros y treintones que le rodeábamos, mientras bajaba la cabeza con los ojos ya casi rayados, según pude advertir con cierta turbación.

Los invisibles foto - Fuente original Pixabay

Un señor en un banco (Imagen: Pixabay)

Durante todo ese día estuve a ratos pensando en ello; tratando de analizar mi relación con las personas mayores que están o han estado en mi entorno, en mi familia, en mi vecindario; y no advertí nada extraño que corroborara la hipótesis de la invisibilidad.

Pero hete ahí que esa misma noche TVE emitía un amplio reportaje titulado algo así como ‘Eternamente joven’, en el que se referían los múltiples ardides de que somos capaces los humanos que poblamos la zona menos desfavorecida del planeta para no sucumbir al paso del tiempo: estrambóticas cirugías, terapias, mejunjes…

Reparé entonces en que todas estas argucias tenían un principal y evidente punto en común: la lucha contra la invisibilidad; pues sus protagonistas, muchos de ellos adultos y peinando canas, pretendían como principal objetivo tener un mejor aspecto, casi siempre con la cara como diana, como objeto de culto o frustración. En ese momento lo supe: era cierto, la invisibilidad de los mayores existe.

Mas creo que no es una condición achacable a quienes la sufren: al contrario, somos el resto los que creamos dicha invisibilidad con nuestra ladina ceguera hacia la vejez, los incapaces de asumir sin infantilismos el paso del tiempo, los incapaces de advertir cuánto daño innecesario generan los mercantilizados estereotipos de apariencia que hemos asumido como naturales.

Un daño que ya padecemos. La única diferencia es que los viejos son lo suficientemente sensibles —llámalo sabios— para darse cuenta de su inutilidad, para experimentar y comprender la insana soledad que propaga.

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Los atascos dan para mucho: para poner y quitar canciones en el reproductor del coche, para fumar -los que fuman-, para sacarse los mocos, para mirar hacia sitios insospechados del salpicadero en los que se acumulan motas de polvo y detritos extraños… y para fijarse en la publicidad que nos rodea. En estos tiempos la mayor parte de los mensajes publicitarios, o propagandísticos, que pueblan como setas de cardo nuestro paisaje urbano están relacionados, indefectiblemente, por la campaña electoral.

En un atasco continuo, como en  el que esta isla vivimos, da tiempo para hacer un análisis en profundidad de los elementos que conforman esta vorágine de mensajes publicitarios, colocados sin piedad en árboles y farolas, y a los que nos someten aquellos que auguran pax romana para el pueblo si consiguen engañarnos. Veamos.

Imagen.

Todos los candidatos a las elecciones, tanto locales como autonómica, tienen muy buen humor, son personas muy agradables y, pese a la que está cayendo (un índice de paro desbordante sin parangón en toda Europa, pobreza extrema en muchas áreas sociales, desahucios, etc) sonríen agradablemente, como si tras este gesto -o mueca macabra- se ocultaran oscuras intenciones. Ni uno solo de los que he visto permanece al menos sin ese gesto al que uno no le encuentra ningún sentido (o si le encuentro, y me ofende). Conclusión: Si ahora sonríen, una vez elegido reirán a carcajadas.

Texto (me limitaré a los tres gordos porque si no me da para un artículo de 15 páginas)

Esto es más complejo.

El PP ha optado por tres verbos en infinitivo, despersonalizando así de manera brutal el mensaje: Trabajar. Hacer. Crecer. Y con un punto detrás. Parecería una orden, toda vez que en Canarias el imperativo no se usa demasiado. Los puntos quizá evidencien cierta posición intolerante que suele achacarse a la derecha: “Después de lo que yo digo no hay nada más, o sea, un punto”. pp

CC dice De aquí en adelante. Una frase en la que no hay verbo. Pero: de aquí en adelante ¿qué? ¿qué pasará de aquí en adelante? ¿nos terminaremos de hundir en la sinrazón? ¿seremos algo que nunca hemos sido? ¿es distinto el futuro a partir de aquí? pero… ¿hasta ahora no eran ellos los que gobernaban? Entonces ¿qué pasará a partir de aquí?elecciones2015

Y lo del PSOE ya es para llorar: Gobernar para la mayoría. Señores del partido de los trabajadores: ¿qué clase de afirmación es esta? ¿acaso entraba alguna posibilidad en sus presupuestos de hacerlo sólo para un grupo de ciudadanos y la han desechado? Cuidado con los silogismos, que los carga el diablo.2015041213311456029

No me dio tiempo de más, se abrió el semáforo y tuve que circular.

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