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Archive for the ‘Moda’ Category

MaryP

Le gustaban grandes. Bolsos grandes, muy grandes. Los llenaba poco a poco de todo tipo de cosas, hasta que le terminaba pareciendo que faltaba espacio. Entonces, compraba uno mayor.

Era una escena habitual verla dedicar varios minutos en la puerta del portal a escarbar en su interior para encontrar las llaves. Metía la mano y, palpando el fondo, identificaba el móvil, las gafas de sol, un neceser, una libreta, unas toallitas, un botellín de agua, un espejo, un paquete de chicles, un bolígrafo… Sacaba por fin unas llaves, pero, con probabilidad “murphiana”, primero aparecían las del trabajo, luego las del coche y, siempre las últimas, las de casa.

Sucedía algo curioso… porque, conforme sus bolsos se iban haciendo más y más grandes, ella iba menguando. No era mera cuestión de proporción, realmente estaba encogiendo. Siempre fue una mujer menuda, cierto, pero ya hacía tiempo que parecía una niña. Tenía que meter el brazo hasta el hombro para poder atinar con algo dentro de aquellos maletones. La última vez que la vi, iba empujando un bolso enorme desde uno de sus lados y juraría que le había puesto unas ruedas en la base para ser capaz de desplazarlo.

Algunos vecinos cuentan que la vieron dar un salto para asomarse al borde de su nueva adquisición, meter la cabeza y los brazos y agitar fuertemente las piernas para no perder el equilibrio. Supongo que, en una de esas, se escurrió y cayó dentro. La imagino sobreviviendo a base de migas de galleta. Quedándose dormida con el aroma de las muestras de perfume, arropada entre los resguardos del cajero y acunada por la marea creada por su móvil, que no pararía de vibrar.

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Los 80 están de moda. Lo vemos reflejado en todas partes: versiones de canciones de esos años, remakes en el cine, prendas de vestir retro, artículos de decoración o de coleccionismo… alusiones de la época por doquier. Ya lo sabemos, las modas son cíclicas y es cuestión de esperar un par de generaciones para contar con un mercado de nostálgicos cuarentones con poder adquisitivo y con otro de adolescentes ávidos de rescatar referentes que reinventar.

Pues bien, he decidido sumarme a la tendencia. Aunque (lástima) no voy a aportar un sólo euro a las cifras de consumo. Mi propósito -lógico, dado mi amor por las palabras- es rescatar el vocabulario ochentero. Llenaré el lenguaje de expresiones perdidas que… molaban.

A partir de mañana, saludaré con un “hola, caracola” y me despediré con un “chao, pescao”.

Cuando mis amigos propongan “dar un voltio”, contestaré “ok, Mc Key”, “dabuten, tronco”, “macanudo” o “guay del Paraguay”. Luego, a “mover el esqueleto” y “darle leña al mono (que es de goma)”. Y cuando esté rota y quiera hacer mutis: “demasié p’al body”, “me las piro, vampiro”.

En cualquier momento del día, a tirar de rimas:
– “¡alucina, vecina!”
– “ya te digo, Rodrigo”.
– “no te enteras, Contreras”.
– “de eso nada, monada”.
– “te jodes, Herodes”.
– “a otra cosa, mariposa”.
– “en fin, Pilarín”.
Todos pensarán: “¡qué nivel, Maribel!”.

Para mi jefe reservo: “no te enrolles, Charles Boyer”, “a mí, plin”, “nanai de la China”, “ni hablar del peluquín”y “lo llevas clarinete”; para mi compañero trepa: “¿de qué vas, Bitter Kas?”, “la cagaste, Burt Lancaster”, “vete a freír espárragos”, “papa frita” (imagino sus caras y ¡”me troncho”!).

¿Que estoy en el super y el pescadero me pregunta si soy la siguiente? Le contestaré: “efectiviwonder”. ¿Que se me cuela la típica ancianita “despistada”? Le propinaré un: “a la cola, Pepsi Cola” (“por si las flies“).

¿A que “mola la gramola”? “Cantidubi” 😉

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La BBC emitió hace unos años un documental en el que dos jóvenes que rondaban la treintena, Karoline y Nick, eran transfigurados en personas mayores; y durante un mes vivieron buena parte de su tiempo con dicha apariencia, relacionándose con el mundo que les rodeaba. Al término de la engañifa, ambos coincidían en un asunto: la ‘invisibilidad’ que implica ser mayor.

Hablábamos esta semana de este experimento televisivo con una persona que cuenta 70 y pico años, quien insistía e insistía en dicha condición de invisibilidad: “Ven, es lo primero que dicen; es que es una cosa terrible; cuando te haces viejo te vuelves transparente para todo el mundo”. “¿Cómo va a ser eso?”, me atreví a objetarle, “si alguien mayor es muy importante, sobre todo para sus familias”. “Sí”, me replicó, “pero eres igualmente invisible, es terrorífico, ya me contarán en 30 años”, retaba al auditorio de veinteañeros y treintones que le rodeábamos, mientras bajaba la cabeza con los ojos ya casi rayados, según pude advertir con cierta turbación.

Los invisibles foto - Fuente original Pixabay

Un señor en un banco (Imagen: Pixabay)

Durante todo ese día estuve a ratos pensando en ello; tratando de analizar mi relación con las personas mayores que están o han estado en mi entorno, en mi familia, en mi vecindario; y no advertí nada extraño que corroborara la hipótesis de la invisibilidad.

Pero hete ahí que esa misma noche TVE emitía un amplio reportaje titulado algo así como ‘Eternamente joven’, en el que se referían los múltiples ardides de que somos capaces los humanos que poblamos la zona menos desfavorecida del planeta para no sucumbir al paso del tiempo: estrambóticas cirugías, terapias, mejunjes…

Reparé entonces en que todas estas argucias tenían un principal y evidente punto en común: la lucha contra la invisibilidad; pues sus protagonistas, muchos de ellos adultos y peinando canas, pretendían como principal objetivo tener un mejor aspecto, casi siempre con la cara como diana, como objeto de culto o frustración. En ese momento lo supe: era cierto, la invisibilidad de los mayores existe.

Mas creo que no es una condición achacable a quienes la sufren: al contrario, somos el resto los que creamos dicha invisibilidad con nuestra ladina ceguera hacia la vejez, los incapaces de asumir sin infantilismos el paso del tiempo, los incapaces de advertir cuánto daño innecesario generan los mercantilizados estereotipos de apariencia que hemos asumido como naturales.

Un daño que ya padecemos. La única diferencia es que los viejos son lo suficientemente sensibles —llámalo sabios— para darse cuenta de su inutilidad, para experimentar y comprender la insana soledad que propaga.

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De mago se va vestido, no disfrazado (Instagram: @LaPuncha)

De mago se va vestido, no disfrazado
(Instagram: @LaPuncha)

El otro día me dio por enseñar fotos del traje típico de mi pueblo. El traje de maga. El de La Orotava de toda la vida. ¡Pa’qué fue eso! Era una reunión mixta: italianos residentes en Austria, italianos, gallegos y sevillanos residentes en Barcelona, catalanes residentes en Inglaterra y una catalana residente en su tierra, que era la protagonista de la foto con el traje en cuestión. La opinión general, con escasas excepciones, fue de sorna disimulada (mi educación me impide reconocer que en realidad fue de chorreo evidente). Aún me dura el mosqueo.

El tema es que estoy haciendo un curso de apátrida por correspondencia (franqueo internacional, tan caro como paradójico) y me resisto a aceptar que el chorreo me jode porque se están metiendo con “lo mío”, que se ríen de MIS tradiciones, de MI cultura, de MI identidad. Que no, hombre, que no. Con todo lo que yo he invertido en este curso. No y no. Tiene que haber otra razón.

Y me ha dado por pensar que la gente, así en bloque, no tiene ni idea de lo que quiere. Me iba a quedar tan ancho, pero mi tutor me ha exigido que desarrolle la respuesta. Es significativo, o a mí me lo parece, que una persona que cada Feria de Abril estrena traje de flamenca y se hace un book amateur en la Plaza de España (moño incluido), ría a mandíbula batiente ante la imagen de una falda pesada de colorines y un gorrito de medio lado. O que alguien que ve normal que los jubilados se reúnan los domingos en la Plaça de Sant Jaume y rindan homenaje a sus pertenencias haciendo un corro alrededor de ellas mientras dan saltitos al ritmo de la tenora con semblante serio, no entienda los bordados de un justillo bien apretado. Y es que estamos rodeados de líneas muy muy finas separando espacios demasiado amplios. Uno puede empezar considerando que lo que conoce es lo suyo, pasar a pensar que lo suyo es lo normal, que no solo es normal sino que está muy bien, de ahí pasar a que no es que esté muy bien, es que es lo mejor. Y sin darse cuenta ese alguien puede terminar queriendo defender las cuatro cosas que conoce (¿defender de qué?) a voz en grito en cualquier barra de bar, o en un estrado, en un libro incendiario o vete tú a saber dónde y con qué.

Total, que argumentando y sin argumentar, no se me pasa el mosqueo. Me he encerrado en casa, pertrechado tras un par de sacos de papas bonitas que he comprado en internet, y echándole gofio al potaje de berros como si no hubiera mañana (y a fe que no lo habrá como este calor dure un par de horas más). Y me retiro, que empieza un documental que llevo tiempo queriendo ver. Va de costumbres raras de tribus de por ahí, todo muy gracioso.

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Conté una vez en este blog que en ocasiones me sentía carne de publicidad, el pescado perfecto que pica en los anuncios y va a probar muchas de las cosas que nos venden y que puedo pagar, claro. Y lo decía con cierta lástima, porque consideraba que a veces dejaba de regirme el cerebro para actuar por impulsos borreguiles.

Superada la dura adolescencia en que todos y todas íbamos cual calcos vestidos al instituto, cuando si no llevabas unos All Stars no eras guay, cuando si siendo chica de 15 no te pintabas los labios de rojo chorizo para ir al cine no estabas en la onda, cuando si te ponías una camiseta ajustada eras poco menos que barriobajera (cielos, por qué tuve que vestirme con camisetas ocho tallas más grandes justo cuando podía lucir cuerpito)… hoy, tantos años después, con un poco más de personalidad, admito que no me atrevo a bajarme del tren de la moda.

Y aunque suela estar al tanto de algunas modas textiles, hay otras que no hay forma de que me entren: justo las más sanas y saludables y que no requieren casi inversión económica. Hablo de correr, esa fiebre que le ha entrado a tanta gente que hace apenas unos meses cogía el coche para comprar el pan a la vuelta de la esquina de su casa. Y lo digo con cierta envidia, porque ya que me siento cautiva del fenómeno de la moda, ya podía darme por una en que queme grasas, al menos.

Dibujos de personas corriendo.

vitonica.com

 

No tengo un espíritu muy deportivo, cierto, pero trato con cierta frecuencia (menos de la que debiera) hacer ejercicio. He probado mil gimnasios huyendo del aburrimiento, he luchado contra la terrible pereza comprobando que tras un ratito de saltos me siento mejor, pero no logro verle el entretenimiento al jogging, al footing o, como ahora se dice, al running.

Buscando en internet el porqué de este fenómeno, algunos especialistas dicen que correr está de moda porque es barato; otros dicen que es la mejor manera de disfrutar de la vida (¿no era comer?); y también los hay que piensan que el hecho de que puedas practicarlo en cualquier momento y lugar es lo que lo ha puesto de moda. Yo esto último no lo entiendo, la verdad, porque de toda la vida correr ha estado ahí y nunca tanto como hoy tiene tantos adeptos.

Mi padre, un tipo peculiar y al que admiro mucho, corre casi a diario desde que lo conozco, allá por 1980, cuando empecé a tener recuerdos de verlo salir a correr. Lo hacía muy temprano, casi de noche aún, y en más de una ocasión mi madre llegó a escuchar en el supermercado a gente del pueblo decir “hay un loco corriendo a las 6 de la mañana por ahí; un día de estos lo atropellan”.

Él siempre responde igual, que corre porque se siente bien y es lo que yo no he logrado hacer sin tener la sensación de que se me para el corazón cada dos por tres. Lo suyo sí que no es moda, es un correr en soledad: no le gustan las maratones ni los grandes eventos de running que en los últimos tiempos florecen con una facilidad pasmosa y hasta se han convertido en un negocio nada desdeñable. Ayer, sin ir más lejos, unas 2.500 personas participaron en la Maratón de Tenerife, celebrada en Santa Cruz con pruebas de 8, 21 y 42 kilómetros y con precios de entre 15 y 45 euros. Hagan cálculos.

En fin, que yo lo que quiero es que aquellos que se dedican a darle al tarro para inventar enganchar a la gente con nuevas modas introduzcan algún elemento en la carrera que me despierte la pasión por salir a correr, a ver si me engancho. No sé, algo así como una tarta de chocolate al final del recorrido.

 

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Está muy de moda la reivindicación colectiva. Las redes sociales y el flujo de información que genera Internet han hecho posible que las fronteras físicas no sean impedimento para que una persona china, otra argentina y una afgana compartan una inquietud y expresen al unísono su rechazo o su apoyo virtual a una causa.

Así, juntos, aunque sea desde nuestro cómodo sofá, nos sentimos más activistas y comprometidos con el mundo que nos rodea, y con el que no, también.

¡Y todo a un solo clic a través de nuestros ordenadores o smartphones!

Se conoce como Activismo 2.0. Y como todo, tiene sus luces y sus sombras.

Hay distintas plataformas que lo hacen posible. ¿Quién no ha recibido ya alguna invitación para apoyar causas en Change.org? Sin duda, la más conocida y global. Pero hay más: Avaaz, Care2, OpenIdeo o Kune, entre otras.

En todas ellas, conviven batallas sociales globales, con reivindicaciones locales y sandeces de lo más variopintas.

La oferta para el Activismo 2.0. es tan variada como diversa es la humanidad.

¿Quieres conocer algunas de las causas más actuales por las que somos capaces de ponernos de lo más activistas desde nuestro sofá?

¡Estas dos últimas causas son fantásticas!

No es broma. Las has leído bien.

Saca ya tu pancarta contra quienes han osado cambiar el sabor de nuestros recuerdos infantiles para reducir la cantidad de grasas y aumentar su fibra. ¡Mala gente!

O mejor aún, unámonos todos para que la Administración Pública me prohíba legalmente comprarle a un niño o niña un Happy Meal, porque sencillamente yo soy incapaz de negarle un capricho que me resulta tan insano, y que sé que sólo me pide para aumentar su colección de juguetitos inútiles que ya no le caben en casa.

¡Cómo lo oyes! Esto también forma parte del Activismo 2.0.

Si de verdad estás en contra del fomento de la comida altamente calórica en la infancia, ¿no sería más fácil centrar tus esfuerzos en aprender a decir no al niño o la niña y acostumbrarlo desde pequeño a comer con gusto un buen potaje de verduras, un filete a la brasa o un pescado al horno?

Mi reivindicación para Activismo 2.0: Cursos gratuitos de formación pedagógica básica para padres, madres y tutores legales incapaces de decir NO a los menores que tienen a su cargo.

O tal vez baste con añadir algo de sesera a la cabeza de algún que otro promotor de ciberactivismo, ¿no crees?

Peter Gabriel homenajeó con esta fabulosa canción a un activista auténtico, “Biko”. Él tan sólo es un ejemplo entre miles de personas anónimas y alguna más conocida que han dedicado parte de sus vidas, alguno hasta su muerte, a la lucha activa por causas justas por todo el mundo.

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Este anuncio ya saben cómo acaba, ¿no?

¿A qué huelen las nubes? (Y suena la musiquita).

Pero no, aquí el equipo de Píkara Magazine ha ido al grano y se ha preguntado… ¿a qué huelen los penes?

Pues sí, porque ya está bien de hacernos sentir (casi exclusivamente a las mujeres) con sus anuncios publicitarios que necesitamos estar delgadas (piensen en dietas, fajas, operaciones, pociones mágicas y demás engañifa), al tiempo que hay que estar mien moldeadas y torneadas (¡ni que fuéramos de barro!), ir bien al baño (con yogures cargados de fibra, pastillas para los gases, etc.), estar siempre impecables (maquillaje, ropa, depilación, peluquería…) y, por supuesto, no oler mal gracias a las compresas que evitan que nuestro olor amenace las pituitarias de los que nos rodean (y no hablemos de las pérdidas de orina…).

Los olores están ahí. Habrá que enfrentarse a ellos con naturalidad (o con un estropajo).

Que cada un@ actúe como le parezca más adecuado. Pero cuanto menos caso le hagamos a los anuncios, mucho mejor… Y si apagamos la tele, eso que nos ahorramos.

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