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Archive for the ‘Medio Ambiente’ Category

No es la primera vez que hablo de este hombre en el bosque. Tengo predilección por él, por sus libros, por la espiritualidad y el reposo que me inspiran y, sobre todo, porque fue un visionario en cuanto a la relación entre el hombre en progreso y la Naturaleza. Esta semana, se ha conmemorado (poco, la verdad) el segundo centenario del nacimiento de Henry David Thoreau , escritor y naturalista estadounidense que presumo no está en nuestros planes educativos, aunque nos haría a todos más felices conocer su filosofía de vida y su obra. Defendió los valores democráticos, luchó contra la esclavitud, estableció una relación personal con la Naturaleza y auguró, hace dos siglos, que el sistema productivo acelerado y masivo nos llevaba a la enfermedad, a la nuestra y la del entorno que nos alimenta.

Y no clamó al desierto desde la comodidad de un ciudadano de posibles, sino que en 1845 se mudó a la laguna de Walden, donde construyó él mismo la cabaña en la que vivió durante dos años, con sus nevadas invernales incluidas. Sus experiencias las recogió en Walden, quizás su libro más famoso, donde reúne las reflexiones que sobre la vida y el mundo le granjeó la soledad buscada en plena Naturaleza. Si hoy levantase la cabeza, estoy segura que Thoreau querría volver de inmediato al bosque, horrorizado de la evolución de la sociedad capitalista más salvaje y de los discursos de aquellos que niegan el cambio climático y el efecto negativo del hombre sobre el medioambiente.

portada de libro Walden de Herny David Thoerau

Portada de Walden, editado por Errata Naturae.

 

 

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De esto que es domingo, de esos en los que dices “ay, sí, por favor, necesito quedarme en casita y hacer lo mínimo posible”, y después de comer te lanzas en el sofá -porque si te sientas no es lo mismo- y te pones a trastear en redes, perdiendo ese poco tiempo que tienes y te topas con este titular:

 

 

Imagen del Valle del Riaño, antes de la construcción del pantano. Foto: http://www.puntosgps.com

Leer lo de “desaparición de 9 pueblos” me generó tal congoja que como el breve vídeo de arriba de TVE era solo un cebo me lancé a buscar en internet. “Historia embalse Riaño”, tecleé. Entonces mi congoja se convirtió en angustia. ¿Cómo es posible que un gobierno hiciera desaparecer 9 pueblos, con sus casas, sus calles, sus seguramente iglesias históricas, sus rinconcitos entrañables, sus historias centenarias… y truncara la vida de sus vecinos para construir un embalse?

En 1987 tenía yo 13 años, no era adicta a la información, quizá por eso no he sabido de esta historia hasta ayer, porque además, nunca me había llegado noticia alguna en estas tres décadas. Me pareció tan inverosímil que seguí indagando.

Así fue como supe que la inundación intencionada de estos 9 pueblos (Anciles, Salió, Huelde, Éscaro, La Puerta, Burón, Pedrosa del Rey, Riaño y Vegacerneja), tras dinamitar muchos de sus edificios de mayor altura, se ha considerado como uno de los delitos ecológicos más traumáticos de nuestra democracia; que fueron 10.000 los vecinos expropiados a la fuerza y desplazados de sus casas; que 30 años no es tiempo para curar estas heridas, porque puede que nunca se curen; que en la conmemoración de los 20 años de cerrarse las compuertas, en 2007, la lucha de vecinos y ecologistas aún recuerda la angustia de aquellos momentos… y así, pude seguir leyendo error tras error, porque, lo más grave aún, el objetivo por el que se construyó este pantano nunca se logró. Subsiste el enriquecimiento de las empresas constructoras y la indecencia de un gobierno que pagó exiguas indemnizaciones fijadas 20 años antes de la puesta en marcha de este pantano.

Imagen del nuevo Riaño, con un puente sobre el pantano situado en el antiguo pueblo. Foto: http://www.puntosgps.com

Y mientras leía y leía me venía a la mente Jordi Évole. Jordi, si me lees, seguro que ya te lo habrán pedido, pero esta historia se merece un Salvados en toda regla.

Aquí me quedo, enganchada a esta magnífica labor de hemeroteca del blog de Ramiro Pinto sobre la ignominia de Riaño y con este documental de 2010 emitido en el programa ‘Informe León’, de la televisión autonómica de Castilla y León. De estas historias cabe solo aprender para que no vuelvan a repetirse.

 

Y si quieren saber un poco más cómo se cubrió la información, otro reportaje de interés.

El grave error de Riaño fue diseñar un pantano en los años 60 con indemnizaciones de aquella época y desalojar 25 años después a una generación distinta”
(Mauricio Peña, fotoperiodista que cubrió el desalojo de Riaño).

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Susanne Nilsson @ Flickr.com (CC BY 2.0)

Susanne Nilsson @ Flickr.com (CC BY 2.0)

Mi culo inquieto anduvo posado estos últimos días en un taller de agricultura. El tutor fue Jairo Restrepo, que además de uno de los seres más energéticos y apasionados que he conocido nunca es también el padre de la llamada agricultura orgánica.

No me voy a entretener en explicar sus teorías (para eso ya tienen su poética web lamierdadevaca.com), pero muy por encima la suya sería una corriente opuesta al uso de pesticidas, crítica con algunas prácticas de la agricultura ecológica y muy basada en la fertilización que emana de determinados orificios animales. Es un espectáculo ver a este león próximo a jubilarse desmontando una huerta a golpe de azada. Soltando improperios mitad colombianos y mitad brasileiros. Sudando a chorros pero sin dejar de brincar ni de perder el entusiasmo.

En cualquier caso, no les voy a hablar de Jairo, sino del par de reflexiones a las que me ha movido su taller. La primera es sobre la vida invisible, en la que estamos sumergidos y a la que sin embargo nuestra cotidianidad niega de forma enfática. Millones de bacterias, protozoos, hongos, levaduras y actinomicetos pueblan cada centímetro cúbico de nuestros suelos, sin que nuestra egolatría acierte a tenerlos en cuenta. El milagro de la descomposición (lo que evita que un bosque caducifolio se ahogue de hojas) se explica por la incansable actividad de estas legiones, que devuelven la materia muerta al reino mineral. Y digo más: según algunos estudios cada uno de nosotros carga con algo más de un kilo de estos inquilinos inapreciables. Solo considerando a los que colonizan nuestro aparato digestivo, ya pesan más que nuestros infatuados cerebros.

La segunda reflexión, algo contradictoria y sin embargo a la vez cercana a la primera, es lo lejos que está nuestra ciencia o por lo menos nuestra ciencia agrícola de dominar a la naturaleza. Cada uno de los paradigmas de la agricultura convencional se basa en burdas simplificacies de los procesos biológicos. La mejor manera que concebimos de sacar comida de la tierra es atiborrarla con tres macronutrientes básicos, lo que nos libera de estudiar las cuasi infinitas interacciones que se establecen entre el suelo, las plantas y el clima. Son tantas las variables y tan grande es la complejidad del sistema que la mejor manera que hemos encontrado de enfrentarlo es matar moscas a cañonazos.

Yo solo soy un neohippy medio urbanófilo y converso, acaso temporalmente embriagado de bucolismo. Pero les garantizo que, al menos durante una temporada, cuando me arrodille para arrancar hierba alargaré un poco más de la cuenta la genuflexión. Porque en los pocos meses que llevo ensuciándome las uñas ya he aprendido a sacralizar el olor a tierra mojada. Tanto como en la infancia me enseñaron a venerar el aroma a incienso.

 

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Hace unas semanas tuve la oportunidad de esquiar por primera vez, así que sin más procedo a relatar ese primer contacto con la nieve a gran escala, porque después de los visto, lo que cae en Tenerife es como la que se forma en el congelador cuando lo dejas abierto.

Grosso modo, en el tan noble como pijotero deporte del esquí hay tres formas de disminuir la velocidad, a saber, haciendo la cuña, dando giros o cayéndote, que es la que más puse en práctica en estos cuatro días en Los Pirineos. Hay otro aspecto fundamental en el esquí que se repite constantemente y es que tus amigos sean unos godos cabrones y daltónicos que confunden el color de las pistas azules con el rojo y a veces con el negro.

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Cerler es una de las estaciones de esquí del pirineo aragonés, una realmente bonita, además. Al comienzo de la misma se coge el telesilla, que te deja en una colina desde la que has de descender unos 200 metros por una pista inclinada como si fueras a un guachinche en La Corujera hasta llegar a Cota 2000, una suerte de campo base desde donde a su vez parten el resto de telesillas hacia las diferentes cumbres.

En cualquier aspecto de la vida, cuando uno es novato lo razonable es comenzar poco a poco y, a poder ser, con unas nociones básicas. Pero cuando uno es novato y va a esquiar con dos ceporros como Carlos y Emilio, para quienes los esquíes son prolongaciones de sus piernas, la cosa se pone peluda.

Así que lo lógico es que pasara lo que pasó.

Todos al unísono: “Tú haz la cuña y tírate”. “¿Y ya está?”. “Y ya está”.

El esquí tiene que ser de gilipollas porque esto lo hago yo con la punta del naipe”, pensé, y me lancé colina abajo con la inconsciencia de un niño de 10 años. Yo no lo sabía, pero las leyes del esquí dictan que si echas el cuerpo hacia atrás, aumentas la velocidad; y si te inclinas hacia adelante y reposas el peso sobre las botas, tienes mayor control sobre los esquíes y te permite disminuir la velocidad. Pero por mucho que te aconsejen, el instinto te dice: “échate para atrás, que es mejor caer de culito que de pechito”. Y no.

Así que yo, henchido de chulería, todo para atrás y cuñita. Aquello se empezó a embalar cosa mala. Un par de manotazos al aire, la cuña que no servía para nada y para minimizar daños, me tiro al suelo con delicadeza. Emilio que me alcanza los bastones y los esquíes, me calzo y lo mismo: “Tú haz la cuña y tírate”. “¿Y ya está?”. “Y ya está”.

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¡Ea!. Tras 20 metros recorridos, tres cuartos de lo mismo, al suelo con la elegancia de Cristiano intentando la ruleta de Zidane. En lo alto de la colina, risitas. “¡Oye!, para mí que la cuña esta no frena, eh…”. “La cuña, tú haz la cuña…”

Tercer intento ya a escasos cien metros de la cafetería de Cota 2000. Mismo resultado y primeras sospechas de que frenar solo con la cuña es como afeitarte sin espuma, se puede, pero acabas hecho un cristo.

Así que cuarto y último intento. Me lanzo pista abajo, hago la cuña de los cojones, recto hacia la cafetería, velocidad, más velocidad, súper velocidad, adelanto a Superman, quita Halcón Milenario que vas pisando huevos, descontrol total, MayDay, puta cuña por qué no frenas, la pared a 10 metros de mí, godos hijueputas, los esquíes que se cruzan, se clavan en la nieve y como si hubiera visto el oro de Moscú delante de mí, aterrizo con toda la cara, los bastones sobre la cabeza, el culo mirándome a los ojos, pierna derecha hacia la izquierda y viceversa. El pencazo padre, primer premio en Humor Amarillo, el hombro a tomar por saco (Ley de Murphy), la boca llena de nieve, el culo lleno de nieve, las verijas llenas de nieve…nieve por todas partes.

Carcajadas en la colina.

Moraleja: Si van a esquiar, no se fíen de sus amigos, con la cuña solo no se frena, hay que hacer más cosas: ¡pagarse un monitor!

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Llevo un tiempo intentando reducir mi consumo de carne, debatiéndome entre el amor por los animales y mis necesidades alimentarias particulares. Hasta el momento, y desde el respeto a las opiniones diferentes, siempre acabo en el mismo punto: la crítica a nuestros sistemas de producción actuales. Una vez pasadas las generaciones que tuvimos la suerte de convivir con animales de todo tipo, hemos escondido las granjas y los mataderos para olvidarnos de que la muerte es parte de ese proceso que nos lleva a comprar una bandeja de carne en el supermercado. Desterramos el dolor, el hacinamiento y el engorde artificial para no tener que pensar más allá y, además, para tirar cada día comida en diferentes establecimientos, porque no podemos esperar por los productos, sino tenerlos a granel en las estanterías. De nuevo, como en tantas cuestiones sociales, es fundamental la educación. Hace unos años, cuando comencé la carrera universitaria me sorprendió que una compañera me dijera que nunca había visto una gallina con vida. Sentí mucha pena por ella. Tantos años después me entero por Santuario Gaia que hay centros escolares que enseñan a los niños la vida que surge de unos huevos en una incubadora para luego matar a los pollitos el mismo día. No es esa la educación que yo quiero para los niños de mi mundo y no debería extrañarnos que cuando crezcan consideren que hasta sus mayores somos objetos de usar y tirar.

Queridos niños, los pollitos salen de los huevos, sí, pero no de una incubadora artificial, sino del calor de sus madres, las gallinas. Y si en tu colegio te enseñan algo así, pregúntales qué van a hacer con los pollitos y no dejes que les hagan daño. Ya que los adultos no te han enseñado el amor a los animales, sé tú el profesor por esta vez.

 

 

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«Ustedes, los europeos, no tiran la basura al suelo, ¿verdad? Siempre la guardan en el bolso para tirarla en una papelera», fue la pregunta que nos hizo un vietnamita, sentados en una barca en el mismísimo delta del Mekong. La respuesta fue fácil, pero no la reflexión posterior. «Claro -le dije-, a nosotros nos lo enseñan desde pequeños, pero, aunque no fuera así, estaría demasiado feo que yo viniese de mi país a tirar basura en el tuyo».

img_5842Foto: Co’Report

La conversación se alargó y derivó en un «Seguro que allá el aire es limpio y el cielo azul porque no está tan contaminado todo», del compañero de barco, que añadió: «tenemos que educar a nuestros niños».

Percibí cierta admiración en sus palabras, lo cual no hizo más que avergonzarme. «Nuestro aire es más limpio porque es aquí, en Asia, donde fabrican casi todo lo que usamos. Hemos aprovechado la mano de obra barata para acumular en este lado del planeta toda la contaminación. Por eso tú no ves el cielo azul. Consumimos de sobra y esto hace que ustedes produzcan de más, por lo que generamos más basura que nadie, pero la escondemos en países subdesarrollados -le solté de golpe y con el bochorno en mi expresión, mientras el muchacho asentía bajando la mirada, como el que recibe malas noticias-. Efectivamente, hay que educar a los niños, pero en todas partes del mundo. No basta con tirar la basura a la papelera».

img_1141Foto: Co’Report

Y esa (espero) será la forma de quitarnos de encima la ridícula asociación de ideas por la que vinculamos nuestro primermundismo con el derroche. Consumimos, con los meñiques apuntando al techo, raciones empaquetadas en envoltorios individuales con unas desorbitadas cantidades de residuos plásticos en cada merienda. Y mientras tanto, sus fábricas producen emisiones de gases cuyos derechos (encima) les hemos vendido desde nuestros países con buena nota en polución, pero la demanda es impetuosa y es culpa nuestra que su cielo no sea azul.

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Por fin. Llegó el día. Han vuelto a sus lamentos. No es que durante estos meses haya estado mal en mi refugio, descubrí un lugar bonito y no me faltó el agua ni en las jornadas más calurosas. Pero como en casa no se está en ninguna parte. Sus días pasaron y he podido regresar a mi paraíso. No lo he encontrado como lo dejé, ellos siempre marcan el territorio, aunque su propiedad sea compartida. Algunas de las huellas de este año tardarán miles en desaparecer. Pero yo vuelvo a volar libre, en armonía con el viento, en mi casa, sin el ruido molesto de los hombres.

©Perenquen23.

©Perenquen23.

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