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Archive for the ‘Lenguaje’ Category

Hoy en día, la verdad está en Twitter. ¿Quiere usted saber cómo ser un buen feminista? Vaya a Twitter y lea a Barbijaputa, el feminismo es lo que ella dice. ¿Que no sabe si está actuando como un buen ciudadano de izquierdas? Ningún problema, Antonio Maestre o Irene Montero le dirán qué tal lo está haciendo. ¿Cómo, que está usted a favor del libre mercado? Pues ahí tiene usted a Marta Flich para aclararle que es usted un cretino liberal. Y así con cualquier debate que pueda surgir. En Twitter abundan las gentes que lo saben todo y que se encargan de explicarnos que no sabemos nada; de muy malas formas, además.

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Quizás lo que más me sorprenda de estas personas es la soberbia y rotundidad con la que opinan, cuando no les da por hacer comentarios sarcásticos, cada cual más hiriente y faltón, al que ose posicionarse en contra. Y les un importa un carajo, les da lo mismo que sea usted escritor de éxito, economista reconocido o que haya desarrollado políticas a favor de la igualdad. Nada de eso vale si usted se sale de la línea trazada, porque estas personas poseen la verdad, qué coño, ¡ellas son la verdad! Y nunca se equivocan, claro. ¿Quién puede equivocarse cuando las reglas las inventas tú?

Les envidio porque yo nunca me he visto con esa capacidad para opinar con tal rotunidad de nada. Ojalá tuviera su seguridad para decir que “usted es machista porque se despatarra en el metro” o es “usted un facha porque no apoya ciegamente las reivindicaciones de los estibadores”. Pero, joder, a mí me enseñaron otra cosa en mi casa. A mí me enseñaron a razonar, a relativizar, a tratar de comprender la postura del que te interpela. También a no burlarme ni hacer chanza, a no denigrar ni ridiculizar al que tienes enfrente.

Pero sobre todo me enseñaron a pensar por mí mismo, y si pienso que el hombre tiende a despatarrarse porque entre las piernas tiene un pene y dos testículos (o uno), y no por alguna operación heteropatriarcal orquestada desde el cuñadismo patrio, eso no me convierte en un machista opresor; y si pienso que los estibadores pueden estar equivocados en alguna de sus reivindicaciones eso no me convierte en un miembro de las Nuevas Generaciones del PP. Lo diga Barbijaputa, Antonio Maestre, La Pasionaria o la madre que me parió.

Yo utilizo Twitter para informarme, para aprender, muchas veces incluso gracias a estas personas o perfiles que he mencionado, pero no soporto su soberbia, su tono condescendiente con los que consideran pobres ignorantes, que no somos otra cosa que gente que opina diferente. Poner en cuestión su discurso no tendría por qué convertirte en machista o facha pero, ay, como se te ocurra disentir, la furia twittera caerá sobre ti…y tú, que te despertaste feminista y de izquierdas, te acostarás machista y derechizado. Porque ellos lo dicen, y punto.

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Hace ya cinco años que llegué a Colombia, y al principio todo era nuevo, extraño, caótico. Pero bueno, al menos “todo el mundo habla español”, me decían. “No, hablan colombiano, que es entendible, pero no es lo mismo”. Después de cinco años, ya no hablo español. Hablo colombiano, y me siento muy cómodo. Me expreso con relativa soltura en los términos más cotidianos, ya no pregunto continuamente a mis amigos (ya puedo decir que tengo amigos) qué es cada cosa y en qué contexto se utilizan. Sigo metiendo la pata, para alegría de mis alumnos que, con risillas socarronas, se ríen de mis deslices sintácticos. Pero a mi me da igual: me gusta el colombiano. Siento que soy parte activa de una sociedad de la que no me gustan muchas cosas, pero me acogió cuando decidimos coger la mochila y venirnos hasta aquí para vivir la aventura.

Les dejo aquí algunas palabras claves para que, cuando vengan a verme, puedan interactuar con gracia con los lugareños:

Estar amañado: Que se siente a gusto en un ambiente nuevo. En cuanto saben que eres extranjero (inmigrante en mi caso) te preguntan si estás amañado en el país, si estás adaptado bien.

-Bacano: algo muy bueno. Pero en Bogotá se usa mucho más el término chévere. Yo la utilizo cada dos nanosegundos. Si algo está chévere, es porque es de verdad merece la pena.

-Irse de rumba/enrumbarse: Salir de fiesta. Yo, a mi edad, ya no me acuerdo de qué es eso. Pero en Bogotá hay buena rumba, por lo que me han dicho. Y no solo se baila salsa, hay muchos bares de rock. Se puede beber de todo, pero el aguardiente es importante y el wisky, en la costa del país, también.  

-Enguayabado: Consecuencias de salir de rumba. Guayabo es resaca. La última que yo tuve fue en 1992, pero aquí tienen un sistema infalible para combatirla, el calentao: sobras de comida del día anterior, recalentadas y degustadas en el desayuno. Suelen llevar fríjoles, carne, arroz y huevo frito, entre otras cosas.

-Mamera: Dícese de algo que te molesta, tanto por ser repetitivo como por ser aburrido. A mí ya me da mamera que me de mamera.

-Tusa: Palabra absolutamente maravillosa para describir el abandono o ruptura amorosa. Cuando tu novio/a te deja, la “tusa” puede durar días, meses o años. Para eso tienes la solución de enrumbarte los fines de semana, aunque hay altas posibilidades de que termines enguayabado.

-Sumercé: Nada de “su merced”, aquí en Bogotá te dicen sumercé para todo. “Buenos días sumercé, ¿cómo amaneció?”. En la Universidad, cuando me piden algo me dicen sumersesito lindo. No creo que haya nada más bonito en esta tierra. Es una manera respetuosa, pero cariñosa, de referirse a uno.

-Parcero (Parce): Compañero, amigo. Es una palabra muy paisa, de la zona de Antioquia, pero también se usa en el resto del país. Yo tampoco me la quito de la boca.

-Ser querido: Dicho de una persona simpática, amable. “Conocí a Ángela, es muy querida”.

-Traga: Enamoramiento. “Estar tragado por alguien”. Yo lo estoy desde hace tiempo, pero eso ya lo saben ustedes.

 

Avísenme si quieren una parte dos de este diccionario. ¡Será por preciosas palabras colombianas!

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Internet y, en concreto, los medios digitales se han convertido en una fuente inagotable de consejos con los que o alcanzas la felicidad total o te hundes en el más hondo de los pozos si ves que no te ajustas a los parámetros por lo que se debe regir una vida plena.

Parece increíble pero hay listas de cosas que se deben o no se deben hacer para absolutamente todo tipo de situaciones.

A veces leo esas listas por curiosidad pero también, lo reconozco, para saber si puedo considerarme una persona apta para vivir en esta sociedad moderna.

Algunas de esas listas que aparecen de forma recurrente en los medios nos ilustran sobre lo que debemos o no decirle a nuestros hijos si queremos evitar que sean unos desgraciados de por vida, unos debiluchos, unos seres sin autoestima o gente con nula capacidad de liderazgo.1aa2f7441c2e1e8ce1ae43bf58de9bfa_xl

Confieso aquí que soy una madre terrible porque de las diez frases que hay que evitar decir a los niños hay ocho que yo les suelto a mis hijos no a diario pero sí con frecuencia. No se crean que me hace gracia, me lleva a cuestionarme mucho mis aptitudes maternales y llego a preguntarme si no estaré ejerciendo una especie de maltrato motivacional, una autoridad desmesurada sobre esos pobres niños.

Recomiendan ahí que nunca les digas “me tienes harta”. Yo jamás lo hago pero solo porque lo sustituyo por un “me tienen hasta el gorro”, el ya clásico “estoy hasta el moño” o “hasta aquí me tienes hoy”, al tiempo que coloco mi mano un palmo por encima de mi cabeza.

Tampoco hay que decirles “me vas a volver loca” o “porque lo digo yo y punto” porque eso puede tener “un impacto negativo en nuestra relación”, además de generarles “gran ansiedad”. Mira, un impacto negativo es que alguien, en este caso menor de edad y poco preparado para saber lo que le conviene, insista cien veces en los mismos argumentos para ver si consigue lo que quiere. Cuando ya se le han dado varias respuestas más o menos amables y razonadas y se entra en un bucle sin fin creo que es más que adecuado espetar esas y otras expresiones, acompañadas mentalmente, si procede, de un “no te fastidia el monicaco este…”.

“Eres un vago” (a mí me gusta más usar gandul/a) es otra de las frases a evitar porque también “daña la relación paterno-filial” y “provoca en los jóvenes frustración y desinterés”. Vamos a ver, ¿y la visión continuada de ropa, juguetes, libros, tirados por la casa, la existencia de un mini ser echado viendo la tele mientras su cuarto se cae a pedazos… no daña la relación y la convivencia? ¿Acaso no genera frustración? A mí, muchísima.

En fin, no voy a relatar aquí todas y cada una de las (ahora, gracias a las listas, lo sé) barbaridades que digo cuando me canso de ser políticamente correcta. Valgan estas como ejemplo y agradézcanme que les ahorre más detalles. Solo añadiré como anécdota que hace unos días les pregunté por un ejemplo de gran depredador y uno de ellos respondió: “tú, cuando te enfadas”.

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Es navidad y a lo mejor yo debería escribir hoy algo sobre eso pero de verdad que no me apetece y, total, no voy a aportar nada a la sobresaturación actual. Por eso rescato una de mis muchas pruebas para este blog, una que siempre acaba en el cesto de los veremos y que hoy sí voy a utilizar.

Como mujer que soy, desde que traspasé el umbral de la niñez (ejem) he estado presionada. Muy presionada por el entorno pero también presionada por mí. Nunca, y digo nunca, he estado lo suficientemente delgada como para sentir que estaba bien. Me ha costado años entender que mi cuerpo no era igual que el de las chicas a las que cualquier cosa les encajaba como un guante.

Lo peor es que no he tenido motivos para quejarme porque no tuve problemas de salud y porque siempre entré en una talla que podía considerarse adecuada a mi estatura. ¿Cuál era el problema entonces? que no era flaca, no tan flaca como las que anuncian cosas, no tan flaca como las que triunfan, no tan flaca como las populares. Es más, sospecho que una mujer nunca está lo suficientemente flaca para la masa social.

Tengo que decir que, afortunadamente, hoy me resbala todo eso pero pasé una adolescencia y años posteriores en los que, por poner un ejemplo, odiaba ir a la playa. Hoy siento haber perdido tanto tiempo con esas boberías pero supongo que tenía que pasar por muchas experiencias para que eso cambiara.

Si en aquellos años, los noventa, fue difícil, hoy con el bombardeo social y mediático multiplicado por mil, me imagino que será una pesadilla para muchísimas chicas. Digo chicas porque la presión no es igual para todos.

Basta con poner en Google las palabras “más delgada” y “más delgado”. Si lo ponemos en femenino, nos saldrán todo tipo de trucos para que las mujeres adelgacen, además de noticias relacionadas con actrices, cantantes, presentadoras de televisión, etc, que han perdido peso. Noticias en las que lo importante son sus kilos y no lo que hayan hecho profesionalmente. Si lo escribimos en masculino, veremos informaciones sobre todo tipo de aparatos tecnológicos, los más delgados del mercado. La sección de imágenes en el buscador es también bastante esclarecedora. Me sirven como muestra las dos fotos que ilustran este texto.

Que conste que este bucle histérico en el que todos entramos porque es casi imposible ignorarlo, en el que nos venden una pizzamburguesa con nachos y salsa de queso, seguida de un producto para adelgazar, sin esfuerzo, mientras dormimos, es lo que nos hemos buscado y es lo que hemos permitido. Es lo que les estamos haciendo a todas las que están creciendo más preocupadas por la talla de sus pantalones que por la de su autoestima.

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(…) en el buen periodismo, además de la descripción de un acontecimiento, tenéis también la explicación de por qué ha sucedido; en el mal periodismo, en cambio, encontramos sólo la descripción, sin ninguna conexión o referencia al contexto histórico.

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Ayer me decía mi mujer (periodista de profesión) que igual que en otras profesiones se denuncia la mala praxis, también en el periodismo debería hacerse. Yo llevo años diciendo que el periodismo no recuperará su prestigio perdido hasta que aprendan la necesidad de denunciar a todos esos medios y personas que se valen de él para insultar, mentir, manipular y tergiversar. Últimamente lo veo más, pero me faltan aún más acusaciones por parte de los que verdaderamente hacen periodismo de todos esos que hacen otra cosa por intereses políticos o económicos. Al fin y al cabo, es labor del periodismo desenmascarar las mentiras y contar la verdad.

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Viene todo esto a colación de este artículo -muy necesario- de Pepo Jiménez (@kurioso), en el que pone de manifiesto cómo muchos medios de comunicación contribuyen a seguir perpetuando el machismo inherente a nuestra sociedad heteropatriarcal.  Estos días ha sido asqueroso ver cómo la cara, el nombre y la condición de salud del asesino aparecía en todas la noticias sobre el suceso, mientras que a la víctima se la nombraba casi siempre como “su mujer”. Esa forma de tratar este tipo de temas debería ser considerado mala praxis periodística y debería ser denunciada por los otros profesionales de la información que hacen bien su trabajo. No es casualidad que el periodismo sea una de las profesiones peor valoradas en España y no se debe únicamente a la crisis y al recorte de personal. Tiene que ver con algo mucho más estructural. Y cosas como ésta son buena prueba de ello.

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“La cosa está grave señores, el habla canaria agoniza”. De esta manera comenzaba prosperaenmedio un reciente artículo en este mismo blog, donde relataba su rebeldía de haber dejado de dar ‘Me gusta’ a las publicaciones en facebook de su vecino porque escribe vosotros, estáis y autobús, que luego jamás utiliza en el cara a cara.

En mi caso, aún no he pasado a esta fase, pues sigo tontamente inmerso en la de creer que esto es reversible, y pongo mi granito de arena. Por ejemplo, no dejo pasar una a los niños (así de impío soy con las cosas del lenguaje, que es la casa del ser, dijo Heidegger).

Como asiduo a parques infantiles y, digo más, como presto usuario habitual de los pilla-pilla o los Juan-periquito-andrés que allí acontecen, tengo bien identificada a mi presa, que no tarda en surgir: ‘¡Esperadme!’. No falla, casi siempre acaba apareciendo de boca de cualquier pequeñajo que no quiere quedarse rezagado en el juego. Ahí me paro y le pregunto: ¿Tus padres dicen ‘esperadme’ o ‘espérenme’? ‘Espérenme’, es su respuesta. Y seguimos tan panchos sin más apreciaciones.

Me anima a no cejar en este absurdo empeño (cada uno tiene las aficiones que tiene) el hecho de que mis propios vástagos erradicasen sus tímidos conatos, la punta del iceberg audiovisual que entra como un cañón vía tablets y teles. Mas cuando sus compañeros de clase, el hijo de un amigo o el que pasa a mi lado suelta un vosotros¹, dudo.

Como dudo y tiemblo y lloro por dentro cuando un profe o un concejal o un vicerrector suben a un escenario y perpetran ante el auditorio presente la pronunciación de la segunda persona de los pronombres posesivos y la segunda persona del plural de cualquier verbo: ‘Encantado de que vosotros y vuestras familias hayáis venido hoy’. ¿Por qué?, ¿por qué?

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Estoy a punto de arrojar la toalla. No sé qué haré cuando pase a la fase de rebeldía. Creo que con los peques, me haré el loco, que para eso están sus padres y sus abuelos, a los que debe de chirriar el asunto. Con los adultos acaso llegue al insulto, y vocifere: Ah, cabozo, como te coja otra vez hablando como no sueles, porque piensas que es lo correcto, te hago tiras como un tollo.

 

Nota:

  1. Dicen los estudiosos, algo que como hablante he refrendado en varias ocasiones, que el vosotros se emplea de manera común y antigua en partes de La Gomera y del norte de La Palma, entre otras zonas muy concretas de las islas; igual que nuestra peculiar /s/ implosiva se ejecuta de manera diferente en El Hierro, entre otras muchas pecuaridades. Como se ve, no todas nuestras señas de identidad lingüística acaban en decir gofio.

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Creí que lo de la lista de las “buenorras olímpicas” que cierto medio cambió después por “olímpicas más atractivas” cuando le arreciaron las críticas era solo el producto de la mente calenturienta de cierto jefecillo rancio que se excitaba viendo cuerpos femeninos con cualquier excusa.

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Sin embargo, a medida que transcurrían estos Juegos Olímpicos de Río de Janeiro empezamos a darnos cuenta de que el jefecillo calenturiento no estaba solo en su hazaña, tenía otros aliados en la prensa internacional.

Y así, de pronto, en las semanas que ha durado un evento tan importante como el que hemos vivido estos días y que ha arrojado grandes éxitos para el deporte femenino era difícil no leer que los oros, platas o bronces de muchas de ellas se debían a la perseverancia de sus entrenadores, o que “la mujer de” tal deportista conseguía subir al podio (curiosamente, ella también deportista, vaya por dios) o que las deportistas del equipo sueco eran “las bellezas nórdicas, rubias” o a saber qué otro adjetivo.

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Titular del diario latinoamericano Olé.

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Hasta el punto ha sido el bochorno, que otros medios vieron la oportunidad de recopilar las machistadas más sonadas. La articulista Barbijaputa se atrevió acertadamente a escribir un texto mofándose de todo ese lenguaje sexista que usan esos jefecillos calenturientos. ¡Mi aplauso! A veces solo viéndolo escrito es como nos damos cuenta del ridículo más espantoso que hacen algunos al ensalzar los éxitos femeninos no por la valía deportiva de muchas mujeres sino por sus cualidades físicas.

Incluso un estudio de Cambridge University Press pone en evidencia cómo de las mujeres olímpicas se resaltan su estado civil, su apariencia física o su edad, mientras que de los hombres se destacan valores como la fortaleza física o la habilidad y pericia en el juego.

 

Pero ya la gota del cinismo la vemos en esa misma publicación inicial que hablaba de “buenorras” y que días después dedica un artículo a analizar el machismo que aún persiste en los JJOO, como si no fuera con ellos. ¡Ole ahí!

Poco más tengo que aportar. He aquí otro buen resumen que edita en vídeo El Huffintong Post en su página de Facebook. Yo me voy a acostar.

 

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