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Archive for the ‘Leído en…’ Category

En mis brevísimos minutos de respiro vespertino de los domingos, mientras las fieras corrupias duermen la nano siesta, me topé con este artículo que firma en El País Cecilia Jan: “Acabemos con el timo del tiempo de calidad con los hijos”. Una está en esa etapa en que le ronda cierta frustración cuando se cuestiona si estará educando correctamente a sus hijas, con lo que este artículo, en el fondo, me transmitió algo de tranquilidad. Sí, todos queremos estar más tiempo con nuestros niños, sobre todo si se portan bien -añado-, y muchas veces siento que no soy más que un ente presente, a modo de antigua mesa camilla, postrada en un sofá cuando no estoy en el trabajo y que mi interacción con las golfiantas no es la que desearía, básicamente porque una no da ya más de sí.

Me saltan a la cabeza esas imágenes de padres y madres entregadísimos en su inmenso tiempo libre con sus hijos, haciendo castillos perfectos en la playa, dibujando auténticos Van Gogh con acuarelas, elaborando la masa para hornear unas galletas hiper cuquis, paseando por el parque relajados mientras sus vástagos se divierten… Luego me hago mi propia retrospectiva maternal y veo castillos semiderruidos porque la arena de la playa que usaste no estaba lo suficientemente seca, la clase de pintar se ciñe a dos flores mal trazadas en un pedazo de papel, al horno ni te acercas todavía y el parque te queda algo lejos.

Yo nunca paso del segundo piso sin que un tsunami provocado por las golfiantas destruya lo construido. Foto: http://www.sumedico.com

En su artículo, Cecilia Jan, que se define como bloguera maternal con carné de familia numerosa en su perfil de Twitter, habla de “timo” cuando se refiere a esos padres y madres que orgullosos piensan que ese rato con sus hijos, por pequeño que sea, es de más calidad que el que otros podamos darle a los nuestros, simplemente estando a su lado porque el espíritu no te da para más. Y va más allá: considera que esta estrategia del tiempo de calidad interesa sobre todo al sistema productivo en que vivimos. Está claro que en España este sistema difiere muy mucho del concepto que se tiene de la maternidad y la paternidad de países del norte de Europa.

Comenta Jan lo siguiente:

Hagas lo que hagas, des tiempo de calidad o cantidad, es una trampa para los padres, siempre con la sensación de que no llegan. Pero lo pagan sobre todo los hijos, no solo cuando son niños, sino también de adolescentes. Porque necesitan tiempo, a secas. Atención, pero también presencia, alguien que les haga caso, pero también una figura que esté ahí para cuando lo necesiten. Acabemos con el tiempo de calidad y luchemos por ganar tiempo, sin calificativos.

En esta etapa en que cada día me cuestiono si lo hago bien, si los berrinches de golfianta 1 se deben aplacar como lo hago, si quizá me “esté cogiendo la camella”, como diría mi abuela, y me toree en el futuro, si los rezos a la Meca en protesta por decirle “eso, no” de golfianta 2 los puedo reinterpretar como una acción multicultural o, simplemente, si de verdad no hay por ahí, aunque sea descatalogado, ese manual para educar bien a un hijo… es cuando me digo para mis adentros “¡mi madre, chiquita embarcada la mía!”.

En fin, que a veces pienso que debería ensayar mejores trazos en la libreta donde se pinta.

−¿Dónde se pinta, niñas?, pregunto en plan maestra correctora de Radio Ecca.

−Allí, responden orgullosas mientras señalan la pared.

− ;-(

 

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De esto que es domingo, de esos en los que dices “ay, sí, por favor, necesito quedarme en casita y hacer lo mínimo posible”, y después de comer te lanzas en el sofá -porque si te sientas no es lo mismo- y te pones a trastear en redes, perdiendo ese poco tiempo que tienes y te topas con este titular:

 

 

Imagen del Valle del Riaño, antes de la construcción del pantano. Foto: http://www.puntosgps.com

Leer lo de “desaparición de 9 pueblos” me generó tal congoja que como el breve vídeo de arriba de TVE era solo un cebo me lancé a buscar en internet. “Historia embalse Riaño”, tecleé. Entonces mi congoja se convirtió en angustia. ¿Cómo es posible que un gobierno hiciera desaparecer 9 pueblos, con sus casas, sus calles, sus seguramente iglesias históricas, sus rinconcitos entrañables, sus historias centenarias… y truncara la vida de sus vecinos para construir un embalse?

En 1987 tenía yo 13 años, no era adicta a la información, quizá por eso no he sabido de esta historia hasta ayer, porque además, nunca me había llegado noticia alguna en estas tres décadas. Me pareció tan inverosímil que seguí indagando.

Así fue como supe que la inundación intencionada de estos 9 pueblos (Anciles, Salió, Huelde, Éscaro, La Puerta, Burón, Pedrosa del Rey, Riaño y Vegacerneja), tras dinamitar muchos de sus edificios de mayor altura, se ha considerado como uno de los delitos ecológicos más traumáticos de nuestra democracia; que fueron 10.000 los vecinos expropiados a la fuerza y desplazados de sus casas; que 30 años no es tiempo para curar estas heridas, porque puede que nunca se curen; que en la conmemoración de los 20 años de cerrarse las compuertas, en 2007, la lucha de vecinos y ecologistas aún recuerda la angustia de aquellos momentos… y así, pude seguir leyendo error tras error, porque, lo más grave aún, el objetivo por el que se construyó este pantano nunca se logró. Subsiste el enriquecimiento de las empresas constructoras y la indecencia de un gobierno que pagó exiguas indemnizaciones fijadas 20 años antes de la puesta en marcha de este pantano.

Imagen del nuevo Riaño, con un puente sobre el pantano situado en el antiguo pueblo. Foto: http://www.puntosgps.com

Y mientras leía y leía me venía a la mente Jordi Évole. Jordi, si me lees, seguro que ya te lo habrán pedido, pero esta historia se merece un Salvados en toda regla.

Aquí me quedo, enganchada a esta magnífica labor de hemeroteca del blog de Ramiro Pinto sobre la ignominia de Riaño y con este documental de 2010 emitido en el programa ‘Informe León’, de la televisión autonómica de Castilla y León. De estas historias cabe solo aprender para que no vuelvan a repetirse.

 

Y si quieren saber un poco más cómo se cubrió la información, otro reportaje de interés.

El grave error de Riaño fue diseñar un pantano en los años 60 con indemnizaciones de aquella época y desalojar 25 años después a una generación distinta”
(Mauricio Peña, fotoperiodista que cubrió el desalojo de Riaño).

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A finales de mayo el suplemento de El Mundo La Otra Crónica, que ofrece información así, ligerita, de cotillear y eso, publicó una información titulada La fortuna profesional de las amigas de la Reina Letizia, que leí con gran interés y que me llevó a pensar con qué facilidad juzgamos el éxito o el fracaso de los demás, sin saber ni de lejos lo que les habrá costado.

Ese texto está firmado por una mujer, no sé si periodista, de la que admito que no tengo ninguna referencia y, por tanto, no puedo decir que ni bien ni mal. Lo que sí puedo es opinar sobre una información que se publica en un periódico con muchos lectores y que además de desprender resentimiento y ser tendenciosa, me parece muy  machista.

Como podrán intuir por el título, el texto trata sobre la exitosa carrera profesional de algunas periodistas que son amigas de Letizia, mujeres con años de trabajo y formación en sus currículum que vemos resumidos en tres palabras: fortuna, amiga, reina.

La autora se pasa por el forro de la falda los 25 años de trabajo en la televisión pública de María Oña y sus corresponsalías en varios países de todo el mundo para deslizar que su nombramiento el año pasado como directora de Comunicación de una fundación del BBVA tiene que ver con la amistad que mantiene con la reina.

Así lo afirma también de otras compañeras, al señalar que “el caso de María Oña no es una excepción, ya que son varias las integrantes del círculo íntimo de Letizia, periodistas y amigas de su etapa televisiva, que a raíz de su salto a consorte de Don Felipe, han acabado accediendo a puestos de responsabilidad en el mundo empresarial, político o de la comunicación”.

Resulta indignante, vergonzoso leer estas palabras que menosprecian de tal manera el trabajo de mujeres profesionales a las que les habrá costado lo suyo llegar a ocupar los puestos de responsabilidad en los que hoy trabajan. En su resentido saco mete la firmante a Sonsoles Ónega, periodista parlamentaria de los informativos de Tele5, Cristina Palacios premiada por el Instituto para la Excelencia Profesional. Inmaculada Nácher, consultora política, o Ana Prieto, también consultora. Todas ellas tienen una larga trayectoria laboral pero lo que importa aquí es que son amigas de tal o que le guardaron un secreto a cual.

No dudo que la autora del texto escriba algún día, si no lo ha hecho ya, sobre las dificultades que tienen las mujeres para acceder a puestos de responsabilidad, el techo de cristal y todo eso que te hace parecer justa y reivindicativa porque visto el patrón, ya me puedo imaginar el traje.

 

 

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María Lorena Ramírez, de 22 años, participó hace unas semanas en la carrera UltraTrail Cerro Rojo, celebrada en la localidad mejicana de Puebla, recorriendo una distancia de 50 kilómetros en siete horas. Ganó la carrera en la modalidad femenina y eso la ha convertido en noticia porque lo hizo sin ninguna preparación física especial, en cholas, con falda y llevando solo una botella de agua como sustento.

Su participación en esta maratón habría pasado totalmente desapercibida de no haber quedado la primera, quitando todo el mérito al hecho de que solo haber terminado, aunque fuera la última, en esas condiciones, ya habría sido una proeza grandiosa. Ni nos habríamos enterado aquí donde, por lo general, los corredores afrontan las múltiples pruebas que se celebran con todo tipo de equipamientos, preparación previa y accesorios.

En los medios de comunicación que publican la noticia explican que ella proviene de la comunidad indígena rarámuri (tarahumara), a los que se conoce por ser los mejores corredores de Méjico, y que su familia está habituada a correr largas distancias. El padre, también corredor, dice que lo hace con la motivación de “ganar”, “de no perder” y “de no tener hambre”.

María Lorena no es corredora profesional, ya se lo habrán imaginado. Se dedica a cuidar el ganado y camina a diario entre 10 y 15 kilómetros. Para poder participar en la carrera tuvo que pasar por dos días de viaje y varias horas en coche. Luego llegó y ganó.

En las fotos aparece con cara seria, como si aquello no fuera para estar dando la vuelta carnera. Supongo que se habrá alegrado de haber quedado primera, o quizás para ella no era lo más importante. La verdad es que me cuesta ponerme en su lugar, sobre todo, porque carezco de esa voluntad que te lleva a correr durante siete horas en las circunstancias en las que ella lo ha hecho.

Me habría gustado muchísimo entrevistarla, saber qué piensa de todo esto, conocer más sobre su vida, sus aspiraciones a sus 22 años, sus motivos, qué la limita y qué la impulsa, pero para mi desgracia será una de tantas entrevistas soñadas y nunca realizadas a gente con tanto interesante que contar.

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Internet y, en concreto, los medios digitales se han convertido en una fuente inagotable de consejos con los que o alcanzas la felicidad total o te hundes en el más hondo de los pozos si ves que no te ajustas a los parámetros por lo que se debe regir una vida plena.

Parece increíble pero hay listas de cosas que se deben o no se deben hacer para absolutamente todo tipo de situaciones.

A veces leo esas listas por curiosidad pero también, lo reconozco, para saber si puedo considerarme una persona apta para vivir en esta sociedad moderna.

Algunas de esas listas que aparecen de forma recurrente en los medios nos ilustran sobre lo que debemos o no decirle a nuestros hijos si queremos evitar que sean unos desgraciados de por vida, unos debiluchos, unos seres sin autoestima o gente con nula capacidad de liderazgo.1aa2f7441c2e1e8ce1ae43bf58de9bfa_xl

Confieso aquí que soy una madre terrible porque de las diez frases que hay que evitar decir a los niños hay ocho que yo les suelto a mis hijos no a diario pero sí con frecuencia. No se crean que me hace gracia, me lleva a cuestionarme mucho mis aptitudes maternales y llego a preguntarme si no estaré ejerciendo una especie de maltrato motivacional, una autoridad desmesurada sobre esos pobres niños.

Recomiendan ahí que nunca les digas “me tienes harta”. Yo jamás lo hago pero solo porque lo sustituyo por un “me tienen hasta el gorro”, el ya clásico “estoy hasta el moño” o “hasta aquí me tienes hoy”, al tiempo que coloco mi mano un palmo por encima de mi cabeza.

Tampoco hay que decirles “me vas a volver loca” o “porque lo digo yo y punto” porque eso puede tener “un impacto negativo en nuestra relación”, además de generarles “gran ansiedad”. Mira, un impacto negativo es que alguien, en este caso menor de edad y poco preparado para saber lo que le conviene, insista cien veces en los mismos argumentos para ver si consigue lo que quiere. Cuando ya se le han dado varias respuestas más o menos amables y razonadas y se entra en un bucle sin fin creo que es más que adecuado espetar esas y otras expresiones, acompañadas mentalmente, si procede, de un “no te fastidia el monicaco este…”.

“Eres un vago” (a mí me gusta más usar gandul/a) es otra de las frases a evitar porque también “daña la relación paterno-filial” y “provoca en los jóvenes frustración y desinterés”. Vamos a ver, ¿y la visión continuada de ropa, juguetes, libros, tirados por la casa, la existencia de un mini ser echado viendo la tele mientras su cuarto se cae a pedazos… no daña la relación y la convivencia? ¿Acaso no genera frustración? A mí, muchísima.

En fin, no voy a relatar aquí todas y cada una de las (ahora, gracias a las listas, lo sé) barbaridades que digo cuando me canso de ser políticamente correcta. Valgan estas como ejemplo y agradézcanme que les ahorre más detalles. Solo añadiré como anécdota que hace unos días les pregunté por un ejemplo de gran depredador y uno de ellos respondió: “tú, cuando te enfadas”.

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Es navidad y a lo mejor yo debería escribir hoy algo sobre eso pero de verdad que no me apetece y, total, no voy a aportar nada a la sobresaturación actual. Por eso rescato una de mis muchas pruebas para este blog, una que siempre acaba en el cesto de los veremos y que hoy sí voy a utilizar.

Como mujer que soy, desde que traspasé el umbral de la niñez (ejem) he estado presionada. Muy presionada por el entorno pero también presionada por mí. Nunca, y digo nunca, he estado lo suficientemente delgada como para sentir que estaba bien. Me ha costado años entender que mi cuerpo no era igual que el de las chicas a las que cualquier cosa les encajaba como un guante.

Lo peor es que no he tenido motivos para quejarme porque no tuve problemas de salud y porque siempre entré en una talla que podía considerarse adecuada a mi estatura. ¿Cuál era el problema entonces? que no era flaca, no tan flaca como las que anuncian cosas, no tan flaca como las que triunfan, no tan flaca como las populares. Es más, sospecho que una mujer nunca está lo suficientemente flaca para la masa social.

Tengo que decir que, afortunadamente, hoy me resbala todo eso pero pasé una adolescencia y años posteriores en los que, por poner un ejemplo, odiaba ir a la playa. Hoy siento haber perdido tanto tiempo con esas boberías pero supongo que tenía que pasar por muchas experiencias para que eso cambiara.

Si en aquellos años, los noventa, fue difícil, hoy con el bombardeo social y mediático multiplicado por mil, me imagino que será una pesadilla para muchísimas chicas. Digo chicas porque la presión no es igual para todos.

Basta con poner en Google las palabras “más delgada” y “más delgado”. Si lo ponemos en femenino, nos saldrán todo tipo de trucos para que las mujeres adelgacen, además de noticias relacionadas con actrices, cantantes, presentadoras de televisión, etc, que han perdido peso. Noticias en las que lo importante son sus kilos y no lo que hayan hecho profesionalmente. Si lo escribimos en masculino, veremos informaciones sobre todo tipo de aparatos tecnológicos, los más delgados del mercado. La sección de imágenes en el buscador es también bastante esclarecedora. Me sirven como muestra las dos fotos que ilustran este texto.

Que conste que este bucle histérico en el que todos entramos porque es casi imposible ignorarlo, en el que nos venden una pizzamburguesa con nachos y salsa de queso, seguida de un producto para adelgazar, sin esfuerzo, mientras dormimos, es lo que nos hemos buscado y es lo que hemos permitido. Es lo que les estamos haciendo a todas las que están creciendo más preocupadas por la talla de sus pantalones que por la de su autoestima.

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Creo recordar que el propio Richard Ford utiliza el término yanki para identificar la percepción que del estadounidense medio tienen los extranjeros, en alguna de las miles de páginas que ofrece en la considerada como nueva trilogía literaria de la cultura americana, compuesta por  El periodista deportivo, El Día de la Independencia (premios Pulitzer y PEN/Faulkner) y Acción de Gracias, tres voluminosos libros protagonizados por Frank Bascombe. Los orígenes de la palabra no están claros y parece partir de los grupos de nuevos colonos ingleses que llegaron a Estados Unidos allá por el siglo XVIII y se instalaron en asentamientos donde dominaban los holandeses, que tradujeron el John habitual por “Jan”. Otros dicen que significa, en un idioma de tribu nativa, “cobarde” pero, una vez leída la trilogía, yo lo traduciría como neurótico, un estadounidense (nacido en EEUU o no) inmerso en el sistema capitalista más exagerado, que intenta dominar las lógicas emociones y pensamientos negativos que le produce trabajar sin descanso para poder comprar productos (hamburguesas, fuegos artificiales para el 4 de julio, coches o casas) que luego no tiene tiempo de disfrutar y que, en todo caso, no duran mucho, bien por sus características de bienes perecederos o porque el mercado te alienta a comprar y vender y luego volver a comprar y vender, como si no hubiera un mañana. Frank Bascombe representa a esa sociedad que se da cuenta de que está inmersa en un sistema que no le conviene pero que no ve una salida, como si ella misma no fuera la creadora del círculo vicioso del que quiere escapar. Más allá de las diferencias culturales, es casi imposible para el lector occidental no sentirse identificado con Bascombe y compañía y descubrirse igual de neurótico que el pobre Bascombe, que percibe la demagogia en la que vive pero no puede sustraerse a ella y termina por alimentarla.

El periodista deportivo, primera parte de la trilogía.

El periodista deportivo, primera parte de la trilogía.

En El Día de la Independencia, Frank Bascome se convierte en agente inmobiliario.

En El Día de la Independencia, Frank Bascome se convierte en agente inmobiliario.

Portada del último libro de la trilogía, Acción de Gracias

Acción de gracias cierra la trilogía del escritor estadounidense Richard Ford.

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