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Archive for the ‘Historia’ Category

A mí el Guernica me apabulló. Sabía que era un cuadro espectacular, pero nunca me imaginé que me envolvería y golpearía con toda su carga de horror en blanco y negro. Cuando lo contemplé, con algo más de frialdad tras el primer impacto, me embargó también la compasión. Y ahí me quedé nadando, entre el terror de la guerra, el sufrimiento y la empatía hacia las mujeres, niños y animales que sufren en el cuadro. Se cumplen 80 años de que Picasso pintara esta obra, a petición del Gobierno de la II República Española, para la Exposición Internacional de París y también 80 de aquel 26 de abril de 1937 en el que Guernica fue arrasado por las aviaciones alemana e italiana. Piedad y Terror en Picasso es el título de la exposición que ofrece el Museo Reina y Sofía, en Madrid, para conmemorar estas ocho décadas y los 25 años que se cumplen de la llegada del cuadro a este centro. Comparto aquí con ustedes la información realizada sobre la muestra por Televisión Española, que a mí me ha servido para recordar aquellas emociones que hace años me produjo el Guernica, entre ellas, lo absurdo de la guerra, del daño absoluto que el hombre es capaz de ejercer contra sí mismo.

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Debo reconocerme seriéfila a estas alturas de la vida. La televisión en sí no me interesa, pocos programas hay que sean dignos de ver en ella, incluso me atrevo a decir que existen cadenas que aboliría en mi televisor. Por eso hace ya tiempo que lo que veo son documentales o series, mayormente series, y si son históricas mucho mejor.

A lo largo de esta semana he visto The White Queen, basada en los libros de Phillippa Gregory –La Reina Blanca, La Reina Roja y la Hija del Hacedor de Reyes-. Quitando el hecho de que son novelas históricas y como tales tendrán parte de ficción, he de reconocer que me ha llamado mucho la atención en el sentido de que, precisamente, por ser parte de la historia, la gran mayoría de los hechos ocurrieron y fueron así.

En las novelas y por lo tanto en  la serie se relata cómo se desarrolló La Guerra de Las Dos Rosas (1455-1485). Por un lado estaba la Dinastía Lancaster (los representaba la rosa roja) y por otro lado la Dinastía York (a los cuales los representaba la rosa blanca). Cuesta creer la cantidad de pactos, traiciones, secretos, ambiciones, hipocresía, cambios de bando y muertes que se produjeron durante esta guerra. El que hoy era tu aliado mañana podía ser tu enemigo más acérrimo y viceversa ¡Y se quedaban tan anchos!

Pongo un ejemplo gráfico para que os hagáis una idea. En teoría, Margarita Beaufort (madre de Enrique Tudor, futuro Enrique VII de la Dinastía Lancaster) ordena el asesinato de los hijos varones del Rey Eduardo IV (Dinastía York) e Isabel Woodville tras la muerte de este para evitar que lleguen al trono y, conseguir así, que su hijo esté más cerca del mismo. Pues la Reina Isabel que ya no es Reina, caída en desgracia tras haber sido declarado nulo su matrimonio con Eduardo IV y sus hijos bastardos, y a pesar de tener este dato de la más que posible traición de Margarita, promete a su hija mayor, Isabel, con Enrique Tudor, para que así ella llegue a ser Reina de Inglaterra y digamos, la dinastía York, siga en el trono.

¿En serio? ¿Tan importante es el poder? Muchas veces decimos que la realidad supera a la ficción, pero yo no me puedo creer la cantidad de “malas artes” que se pueden utilizar para llegar o conservar el poder ¿a cualquier precio?

Me he quedado bastante impactada con todo lo que sucedió a nivel histórico en la serie y esto me ha hecho preguntarme si hoy en día el poder sigue teniendo esa gran influencia en las vidas de las personas. Probablemente sea así, otros problemas, otras historias, otros secretos y otros tiempos en definitiva, pero el fin es el mismo. Quien tiene el poder tiene la fuerza, da igual el precio que haya que pagar. Simplemente no lo entiendo.

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Pocas veces se da en la historia del cine que los espectadores podamos contar con un largometraje que cuenta unos hechos reales y un documental reciente que justo prueba esas referencias. Es el caso de Snowden, la película del cineasta Oliver Stone de reciente estreno, y el documental,  que ganó un Oscar en 2015, Citizenfour. De hecho, la directora de este último, Laura Poitras, es uno de los personajes de la primera. De esta forma, podemos optar a dos formatos narrativos sobre la filtración de documentos clasificados del programa secreto de vigilancia mundial de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, que realizó el informático y ex agente de la CIA, Edward Snowden. Aunque la película de Stone es, para mi gusto, demasiado larga, resulta interesante, entretenida y una buena primera aproximación a lo que descubrió y envió a varios periodistas Snowden. Otra cosa es el documental, que es un excelente ejercicio periodístico, pero que requiere de algo más de profundidad a la hora de disfrutar de él, para no perderse en los entresijos informáticos. Citizenfour parece la verdad desnuda y permite al espectador sacar sus propias conclusiones sobre Snowden y sobre las reacciones del gobierno estadounidense y de otras administraciones del mundo a la publicación de los datos. Merece la pena también comparar al Edward real con la interpretación que de él realiza Joseph Gordon-Levitt en la película de Stone y que resulta más que notable. Realizar la comparación entre estas dos propuestas cinematográficas permite descubrir los elementos que convierten un largometraje en un producto de entretenimiento. En mi opinión, para que el espectador pueda hacerse una composición del personaje, uno de los que más divide a la sociedad estadounidense en estos momentos, debe disfrutar de ambos, de los datos personales y el desarrollo dramático que añade Stone a la película Snowden y de la verdad desnuda que parece transmitir Laura Poitras, que se centra en la historia de la filtración de los documentos, desde que en 2013 le comenzaron a llegar correos electrónicos encriptados de una tal citizenfour.

 

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El próximo domingo 2 de octubre el pueblo colombiano está llamado a las urnas para votar en un plebiscito. Este plebiscito busca refrendar los acuerdos de paz a los que ha llegado el gobierno tras cuatro años de negociaciones con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Desde fuera, cualquier persona que no sepa nada sobre estos acuerdos o sobre Colombia, pensaría que es una gran noticia que las FARC abandonen la lucha armada y entreguen las armas, sin embargo, no todo es tan fácil como aparenta. Son muchas las voces que se alzan en Colombia en contra de este acuerdo, y todas hablan de lo mismo: la “impunidad” que tendrán los guerrilleros, los “beneficios” que disfrutarán y lo poco que se puede confiar tanto en ellos como en el gobierno.

Foto: Ángela Verge

Foto: Ángela Verge

Sobre el tema impunidad, es cierto que es posible, pese a lo que dicen los acuerdos (que hablan de 8 años de cárcel para los que reconozcan sus delitos y hasta 20 años de cárcel para los que no), que muchos guerrilleros -y más aún los principales comandantes- no lleguen a pisar la cárcel; estamos hablando de cerca de 16.000 personas las que se pretende que se desmovilicen y abandonen las armas. Esto puede resultar duro para mucha gente, y respeto a las víctimas y familiares de víctimas que piensen así, pero es algo que pasa en todas y cada una de las negociaciones de paz que han tenido lugar en otros países del mundo. Cualquier negociación no trata sobre repartir castigos, sino sobre buscar la no repetición, y los actores armados que se deciden a negociar lo hacen -como es lógico- buscando el mejor acuerdo para ellos. Sin embargo, para muchas personas que han vivido día a día los horrores del conflicto, saber que los hechos que se han visto obligados a experimentar no van a volver a repetirse en el futuro supone otra forma de justicia que tiene más valor que el castigo por hechos pasados.

Sobre los presuntos beneficios que tendrán los guerrilleros que se desmovilicen: Serán beneficiarios de una renta del 90% del salario mínimo (que, créanme, no da para prácticamente nada en Colombia) únicamente dos años y mientras no tengan trabajo, además de programas sociales para acceso a vivienda y ayudas económicas para iniciar negocios. Y es muy lógico, estamos hablando de miles de personas que se van a incorporar a la sociedad después de pasar años (muchos casi toda su vida) en el monte con un fusil. Esas personas no pueden lanzarse a la vida civil sin ningún apoyo, de modo que se vean abocados a introducirse en el mundo criminal. De hecho, ese es uno de los principales problemas con se va a topar la implementación de los acuerdos: evitar que los desmovilizados se conviertan en delincuentes. Pero evitar eso no corresponde tanto a los acuerdos en sí como a la voluntad de vigilar su cumplimiento por parte del gobierno y del nivel de aceptación e integración en la sociedad colombiana.

Por último, sobre la poca confianza que existe en el proceso: es algo muy colombiano el no confiar en nada ni en nadie, y es ese otro de los grandes peligros de cara al postconflicto. El pueblo colombiano tiene sobradas razones para no confiar en el gobierno o en los miembros de las FARC, pero olvida el papel activo que la sociedad debe tener en este proceso. Los colombianos -todos- deben vigilar el cumplimiento de lo acordado y actuar en consecuencia (tanto en las urnas como en la calle). Y para eso deben implicarse. Es por eso que este acuerdo de paz no es de Juan Manuel Santos ni de las FARC, sino de todos los colombianos. Desde mi punto de vista, como inmigrante que vive en Colombia, los textos de los acuerdos, pese a sus problemas (que los tiene), son una gran oportunidad para cambiar el futuro de un país con un pasado de violencia y guerra. No van a terminar con la violencia, ni mucho menos: aún queda el ELN en activo, además de las muchas bandas criminales que se dedican al narcotráfico, la minería ilegal, la extorsión y demás delitos, y que pueden recibir a muchos excombatientes de las FARC que no quieran o puedan reintegrarse a la sociedad. Pero pese a eso creo que es un gran paso adelante en un país con más de 50 años de conflicto que han dejado  220.000 muertos, 117.422 desaparecidos y 6,9 millones de desplazados internos. Decir no a esa oportunidad es negarse a cambiar esto. A todos, colombianos o no, les recomiendo leer, si no las 300 páginas de los acuerdos, al menos este estupendo trabajo periodístico de la Silla Vacía.

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En Berlín, debajo de los montículos de los jardines, hay escombros y cascotes acumulados de cuando la gran guerra. Cayeron los edificios, y los muebles, y los trozos de bombas que caían del cielo y se acumulaban en las calles.

En Berlín, aún hoy, hay restos de un muro que años después de aquello se fue construyendo con alevosía y mala conciencia. Aún en esos trozos de muro, que ya han caído, hay restos de la grasa que le ponían los fronterizos para que nadie saltara, o si lo hacía se escurriese.

En Berlín, cuando haces un tour con la cámara en la mano, el guía se para encima de un aparcamiento arramblado y sucio, y te dice que allí, bajo tus pies, estuvo el bunker de Hitler y ya no hay nada, que todo aquello se convirtió en escombros un día. Que los rusos destruyeron aquel templo de la ignominia megalómana y sobre sus ruinas levantaron otro templo de otra ignomina no menor que la primera.

En Berlín hay monumentos hechos de hormigón que recuerdan la relación de esa ciudad con los ajusticiamientos sin justicia y con las muertes robadas durante aquel periodo oscuro de la historia oscura.

En Berlín ya casi todo rebosa cierta normalidad turística, pero tras ese visillo sigue habiendo muros, alambradas, noches de cristales rotos, golpes, metralla, tiros, gritos…

En Berlín el cielo suele estar gris, por más que sea primavera. El cielo sobre Berlín

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Foto: mortadelon.blogspot.com

Mi padre trabajó toda su vida en una oficina bancaria. Eran otros tiempos, cuando se podía empezar de ordenanza, llevando papeles de aquí para allá, y acabar de director de la sucursal. Se podía y él pudo. Supo subir, pero no supo hacer suya la maquinaria infernal. En todo ese proceso, eso sí, le dio tiempo a acumular experiencias y conocimientos suficientes sobre el tema. Tantos como para atreverse a darme el único consejo laboral del que se creyó capaz: “Trabaja en lo que quieras, menos en esta mierda” (puede que no usara estas palabras, siempre ha hablado mejor que yo).

Debido a su trabajo y siendo yo un tierno infante, llegó a mis manos un cómic (un “chiste” le decíamos allá y entonces) de Mortadelo y Filemón titulado “La historia del dinero”. En aquella época, y más en mi tierra, merchandising no era una palabra que supiéramos pronunciar, pero imagino que cuanto más frágil es el terreno que pisa una empresa, más simpática, cercana y necesaria necesita mostrarse. Y funciona. Ese cómic fue mi libro favorito durante muchísimo tiempo. Lo releí como releen los niños, compulsivamente, hasta sabérmelo de memoria. Mortadelo y Filemón contribuyeron muy mucho a este hecho (¡es el marketing, estúpidos!). Pero además lo que contaban era interesante, y lo presentaban muy bien, ¡qué coño! Grande Ibáñez. Ideas sencillas, hilo conductor fácil de seguir, todo parecía tan lógico. Y es que era lógico. El dinero aparece porque así ha de ser. El trueque está bien, pero para un rato. Todo es más fácil con billetes de por medio. Ya es jodido hipotecarse como para además tener que pagar en ovejas. Mortadelo así lo muestra. Ve Filemón que es bueno.

A día de hoy no tengo ni la más mínima idea de dónde está el cómic. El hecho de que esté perdido puede ser un fino y malvado paralelismo con su título. O no, que la vida es más simple que todo eso. Pero sí me imagino a Mortadelo disfrazándose de pared o de hombre invisible, dejando a Filemón avergonzarse él solo ante todos los niños que crecimos y nos ha dado tiempo a conocer otras verdades. Les diría que ellos no tienen la culpa. No son los culpables de que el dinero sea otra cosa. Que sea juez y parte. Sobre todo juez. Sobre todo parte. Que decida quién tiene derechos y quién no. Quién vive y quién no. Quién triunfa y quién no. Quién vale y quién no. Quién está limpio y quién no. Quién sabe y quién no. Quién aprende y quién no. Quién bebe y quién no. Que sea nuestro aire y  nuestro miedo y nuestro dios. Que sus servidores anden por doquier. Que el libre albedrío viviera en el solar donde se construyó la primera caja de ahorros.

Ni Mortadelo ni Filemón ni el niño que los admiraba (a lo mejor Ibáñez sí, pero no me puedo enfadar con él) eran conscientes de que lo que el hombre crea para facilitarse la vida puede terminar siendo el reloj que marca sus horas y la espada que lo mantiene contra la pared. Como la religión, como las patrias. ¿Cómo los blogs?

Total, que mi padre mañana cumple 71 años. Espero que sea consciente de que, por más que nos empeñemos él y yo en discutir por siglas e ideologías, soy lo que soy porque ha hecho lo que ha hecho y como lo ha hecho. Y lo ha hecho bien. Y cuando se sintió en la necesidad de medio obligarme a algo (“Trabaja en lo que quieras, menos en esta mierda” seguro que con otras palabras) lo hizo aún mejor.

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Si no me hubiera afeitado aquel día, si hubiera hecho caso omiso a aquel comentario sobre la pelusilla que cubría mi labio superior no estaría esclavizado ahora cada cierto tiempo con la hojilla y la espuma.

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Si no hubiera visto todas esas páginas…

Si no hubiera abierto la primera página de aquel primer libro, si no hubiera descubierto que detrás de aquellas y de otras miles de tapas de cartón se escondían cascadas y mareas, cielos borrascosos y azules sin fin, gente mala de verdad y buena de verdad, amores y odios, historias y cuentos sin fin… ahora no sería un soñador que relaciona palabras y gestos con personajes ficticios, y encuentra parecidos razonables con personas y bestias o con bestias y personas.

Si no hubiera probado el sabor dulce de la miel, el amargo de las almendras, el salado del marisco recién cogido, aún palpitando de olas y espumas, el agrio de los limones del patio de mis abuelos -o de un poema de Machado en su infancia de Sevilla- ahora no estaría todo el día pensando que el placer tiene nombre de comida y que si uno no sabe diferenciar entre lo apetecible y lo desagradable no sabe diferenciar entre lo bueno y lo malo.

Si no hubiera visto el Entierro del Conde de Orgaz en Toledo, o aquellos girasoles en Londres, o las sombras tenebrosas del Guernica en Madrid, ahora no sabría qué sensaciones se pueden desbordar cuando uno cruza el pasillo de un museo y es capaz de admirar cuánta vida acumulada puede haber en un cuadro sin vida.

Si no hubiera hecho todo esto no sería quien soy ahora. Sería otro, ni mejor ni peor, otro no mas.

Y, sinceramente, no me apetecería nada conocerlo.

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