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Archive for the ‘Gastronomía’ Category

Le dijo: “yo ya te estaba buscando antes de conocernos, incluso antes de llegar aquí; he estado buscándote mucho tiempo y al fin te he encontrado”. Y luego él dijo algo del atún de lata, porque esas declaraciones de amor lo ponían muy nervioso y le hacían sacar a la luz lo primero que se acumulaba en la cola de pensamientos, en ese buffer que todos tenemos y que se activa con recuerdos olvidados, con series inacabadas, con palabras perdidas de frases que no se han pronunciado e incluso con sensaciones acumuladas sin saber bien de dónde proceden ni dependen: el olor de un pan de leche que comía cuando era pequeño, el amarillo salpicado de marrón de los plátanos en el frutero, la palabra coronel que aún hoy volvía a su cabeza cada vez que chocaban dos metales o incluso la sintonía de una radionovela oculta tras años de abstinencia de las ondas. Y el atún de lata, por supuesto.

Le había dicho aquella frase y, de tan increíble que pudiera parecer, activó no se sabe qué mecanismos que lo hizo temblar un poco, estremecerse por todo lo que significaba, reírse desesperadamente, y pensar en el atún  (incluso en su aceite y en un trozo de pan blanco por dentro y crujiente por fuera). Este amor le sabía a atún y pan, a merienda en el campo, a un sorbo de cerveza fría y a secarse la boca con la antemanga. Era un amor de búsquedas y encuentros (quizás ya Cortázar lo había escrito hace algunos años, sin conocerlos a ambos y sin saber cuáles habían sido sus circunstancias,  “Lo escribió pensando en nosotros”, fue la segunda cosa que se le ocurrió tras aquella declaración, y recordó aquello de “Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”) y le pareció más familiar aún.

Le hubiera gustado haber hecho él esa declaración, la que le dijo ella. Pero no fue así, él habló del atún de lata.

Luego pensó que tampoco estaba tan mal haberse declarado con esto, con un trozo de pescado macerado en una grasa, porque, al fin y al cabo, él sentía siempre y más con el estómago, que era, por supuesto, mucho más agradecido que el corazón.

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Recuerdo las Nochebuenas y días de Navidad de mi vida por un plato del menú: los canelones que hacía mi abuela Nena. Casi como los imprescindibles langostinos de muchas casas en estas fechas, en la mía el plato principal eran los canelones rellenos de carnita tierna, suave bechamel y rico queso fundido por encima. Lo cierto es que mi abuela siempre contaba que fue su suegra, en Lleida, quien a principios de los años 50 le enseñó a hacerlos, un plato muy tradicional en Cataluña en esta época del año.

En el cole, cuando escribíamos la típica redacción de lo que habíamos hecho en las vacaciones de Navidad y nos contábamos los ricos manjares, algunos compañeros me miraban con cara extrañada. “¿Canelones?, eso se come en Italia, ¿no?”. Poca o nula familia italiana tengo yo, mi Pérez lo deja claro de entrada. Es cierto que mi abuela podía representar ese papel de Mamma, la necesaria figura aglutinadora de las familias, pero de ahí a tener influencias italianas…

Mi abuelo se pirraba por los canelones y mi madre recuerda siempre sus Navidades con una bandeja sobre la mesa. Como quienes iban a la Misa del Gallo la noche del 24, estos ricos rollitos de pasta rellenos formaban casi parte de la religión que se profesaba en mi familia. Fue tal la fama, que mi abuela se metía en la cocina esos días y elaboraba bandejas para otros miembros de la familia que cenaban con su gente.

Ya en la adolescencia, esa etapa estúpida pero necesaria para llegar a la juventud, llegué a decir una Nochebuena, como gesto de rebeldía, que si no había otra cosa que cenar, que si había que comer siempre canelones. A veces he pensado que si fuera posible en estas intervenciones de la pubertad verte desde fuera en ese momento con algunos años más, seguramente nos evitaríamos las borderías de esa edad. Y así, creyéndome tan importante por haber hecho tal comentario, los años hicieron su trabajo, por suerte.

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Y ahora que lo pienso, a los últimos canelones que nos comimos ayer y que duraron un suspiro, no les hicimos foto. Esta bandeja me recuerda a las de mi abuela.

Con el tiempo, en casa optamos por comer otros platos también muy ricos. Mi padre hacía campaña por un sabroso pescadito al horno (debilidad de mi abuela, todo sea dicho), mi hermano se emocionaba con el brazo de cangrejo (mi abuela también metía el tenedor) o mi madre se afanaba en un sabroso caldo (fundamental para empezar la cena, que decía mi abuela), de esos que sientan las madres, especialmente el día de Navidad, cuando entonces, resacados de la noche anterior, mi hermano y yo nos arrastrábamos hasta el comedor cuando nos llamaban a la mesa.

Mi abuela murió en 2010 y llevábamos años sin los canelones. Pero la primera Navidad sin ella, cuando mi madre, cinco meses antes, como es habitual en ella, nos preguntó qué nos apetecía cenar en Nochebuena, nos miramos y casi al unísono dijimos “¿canelones?… ¡¡¡sí, canelones!!!”. Y así optamos por hacerle un homenaje a Nenita.

Ya no puedo imaginar unas fiestas navideñas sin este plato porque, entre otras cosas, además de acordarme de ella, ahora me sienta las madres, ya no tanto de resaca, como de falta de sueño.

 

 

 

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nachosmooth @ Flickr.com

nachosmooth @ Flickr.com

Me cambiaste la manera de cocinar el arroz. Yo lo hacía como mi madre, cocinándolo con un diente de ajo pelado y añadiéndole el doble de agua desde el primer minuto. El golpe maestro era destaparlo al final, para que el calor residual de la vitro lo acabase de secar. Más o menos le tenía cogido el punto.

Cuando entraste en mi vida me cambiaste la técnica. Primero rehogar en aceite, luego darle candela y al hervir bajar el fuego al mínimo. Sin ajo. Sin destapar. Con la misma cantidad de arroz que agua. Confiando en la receta. Confiando en ti.

«Si lo destapas lo jodes», amenazabas. Y tenías razón. Siempre te salía brillante. Untuoso. Con el grano suelto. Inflexible con los minutos, cocinabas con la precisión de un alquimista. Ni las salpicaduras se atrevían a desafiar tu mandil blanco. Y yo era feliz friendo las salchichas.

Después de cuatro años de arroz quemado, en mi cocina ya solo entra el basmati. Es fragante. Delicado. Exótico. El príncipe de los currys y los biryanis, porque resulta que me he vuelto vegetariano. Pero somos un desastre: unos días nos sale crudo y otros se nos pasa.

El azar se llama Delia. El pelo le huele a canela y a cardamomo. No siempre fregamos los platos después de comer.

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O el plato indicado para comer un día de frío bogotano.

El sancocho es uno de los platos típicos más populares de Colombia, aunque no sólo se prepara en este país. También se puede degustar en República Dominicana, Ecuador, Panamá, Puerto Rico, Venezuela o Cuba. En todos estos lugares su preparación varía, incluso dentro de Colombia se hace de distintas formas (Con carne de res y cerdo en el Departamento de Antioquia, con gallina en el Valle del Cauca, o el “trifásico” con los tres tipos de carne) pero todos tienen en común que se trata de una sopa con tubérculos, legumbres y carnes; un plato fuerte para comer a la hora del almuerzo.

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De entre todas las recetas posibles del sancocho colombiano, he encontrado una que resulta sencilla de hacer por si alguien se anima a probarlo.

Ingredientes (para 4-6 personas):

  • 4-6 piernas de gallina (una para cada comensal)
  • 1 cebolla
  • 2 dientes de ajo picado
  • 2-3 mazorcas de maíz
  • 3 litros de caldo de pollo o agua
  • 3 plátanos verdes (muy verdes)
  • 4-6 papas (una para cada comensal)
  • 1/2 kilo de yuca cortada en trozos grandes
  • Cilantro fresco picado
  • 2 cucharadas de aceite
  • Sal y pimienta

Preparación:

En una sartén con aceite sofreír durante cinco minutos la cebolla y el ajo picados.

En un caldero grande con el caldo de pollo o agua agregar las piernas de gallina y cocinar durante media hora, añadir las papas cortadas en dos o cuatro trozos y los plátanos (pelados, claro) cortados en varios trozos. Después añadir la cebolla y el ajo, los trozos de yuca y ls mazorcas de maíz cortadas en dos; salpimentar y cocinar hasta que la gallina esté tierna.

Una vez esté listo, apagar el fuego, rectificar de sal, añadir el cilantro picado y dejar reposar unos cinco minutos.

Como acompañamiento-guarnición se pueden usar frijoles, ensalada mixta, más cilantro picado, arroz blanco… nosotros lo hemos probado con una guarnición de arroz blanco y aguacate, y esa es la que recomendamos. Avisamos además desde aquí que la costumbre bogotana es la de ir añadiendo la guarnición a la propia sopa, pero eso lo dejamos -como se suele decir- a gusto del consumidor.

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Parece que no siempre fui de tan buen comer como ahora. De pequeña traía a todo el mundo loco porque me negaba a ingerir alimentos que no fueran de mi agrado. Cuando era más chica mi familia recurría a todo tipo de artimañas para convencerme y eran más los días que comía en casa de la vecina -Doña Emelina, a quien quería muchísimo y que tenía un precioso pastor alemán que me encantaba- que en la cocina de mi casa.

Cuando crecí un poco la cosa cambió. Se acabaron las contemplaciones. Había que comer me gustara o no, sin más. No había opción más allá de las tres cucharaditas de potaje que lograba encajarle a mi padre, siempre dispuesto a echarme una manita en lo que sea. Recuerdo a mi hermano Rober cumpliendo su amenaza de calzarme un fonil y hacerme llegar así el potaje a la garganta, sin pasar previamente por la boca.

Me acuerdo del calcio 20, el asqueroso aceite de hígado de bacalao, el redoxón, que sabía a fanta, el kéfir y, sobre todo, los jugos de tomate y zanahoria que me hacían beber antes de comer, todo con el fin de complementar mi, según ellos, deficiente alimentación.

La leche con gofio fue mi peor pesadilla infantil. La aborrecía, me repugnaba como si fuera caca de gato y no me la perdonaban ni un día. Yo sabía que tenía que pasar por aquello, por muchas pegas que pusiera. No me preguntaban, no me daban a elegir, no me convencían, no me sobornaban. Hoy sigo sin poder probar  la leche con gofio pero no tengo traumas, como de todo y me encanta probar cosas nuevas.

Desde hace tiempo veo en los canales infantiles de televisión, a cada momento, el anuncio de un preparado, unos polvos que mezclados con agua son perfectos, dicen, para los niños que rehúsan comer como es debido. Si miras en su web verás, lo primero, un test para que averigües si tu hijo es un “malcomedor”; según la marca, son la mitad de los hijos, porque aseguran que “en España el 45% de los niños en edad preescolar son malcomedores”. También te dicen que los resultados son mejores a partir de los seis meses de consumo, a razón de dos o tres vasos de ese batido al día, a 13 euros el bote de 400 gramos.

Entiendo que pasar por el infierno de lidiar con un crío que no come bien, día tras día, tiene que ser tremendo y desquiciante. Ahí es donde la industria mete la zarpa y da de lleno en la diana.

Por otra parte, permitir que se promocionen estos productos en los canales infantiles me parece un enorme error. Me pregunto qué mensaje les llega a los chicos si les decimos que hasta para cubrir una necesidad tan básica como comer hay un sustituto, un camino llano, sin esfuerzos.

Creo que aprender (y enseñar) a comer bien es aprender a vivir bien y pasar por ese proceso es necesario. Aunque parezca una tontería, en ese conflicto con la comida cuando eres un niño empiezas a entrenarte para saber manejar las dificultades que vendrán después, que son mucho más difíciles y, además, no hay batido que las evite.

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Hago un inciso en la serie siempremediera para detenerme en esas pequeñas cosas cotidianas a las que no damos importancia. Hace algunos días una amiga lanzaba una plegaria en su perfil de Facebook. Decía así: “Querido virus de la gripe: la próxima vez que vengas, al menos trae un taper”. Pobre, pensé, no hay nada más jodido que estar mala y no tener en casita una sopita, un pollito compuesto, unas lentejitas, una ropita vieja…tupperware-880x660

Entonces me di cuenta de que nuestra vida sería mucho peor sin esos ‘tapergüer’ de los papis, los suegros o cualquier buen alma conocida que te los quiera ofrecer. Esas albóndigas que te salvan la vida un jueves, por ejemplo, reventada de no dormir a causa de dos mocosas que prefieren llorar de madrugada que durante todo el día en casa de los abuelos; ese bacalao con cebollita y papas panaderas que te resuelven la comida de un lunes; esa cremita de calabaza con la que te vas a gusto a la cama.

Yo sobrevivo ahora gracias a los ‘táper’, en realidad lo vengo haciendo hace mucho tiempo, desde que no paso de lo urgente, como decía un buen amigo, o desde que “no me da la vida” que también decía una conocida. Gracias a los ‘táper’ almuerzo hoy de lunes a jueves y evito darle a un disco duro bastante tocado como el mío para pensar en qué comer al día siguiente, un disco duro al que le cuesta hilar a veces frases sencillas del tipo ‘mi mamá me mima’, con lo que no puedo pedirle que decida y ejecute la elaboración de mi almuerzo del día siguiente.

Por eso creo que los ‘táper’ están poco valorados, que se merecen un reconocimiento público mayor del que le damos. No hablo de esos ‘táper’ de bonitos colores y formas de una marca de calidad que todos conocemos. No, hablo del ‘táper’ con contenido, con alma que alimenta…

Oh, ‘tapergüer’, gracias por hacer tanto bien.

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Parece ser que consumimos muy por encima de nuestras posibilidades y por eso vamos a necesitar otro planeta de aquí al año 2030 porque con los recursos que hay en este no nos va a llegar. Otro planeta de momento no hay así que habrá que buscar en este la solución al problema.

Si piensan que lo de evitar comprar comida que de antemano sabemos que terminará en la basura o dejar de comprar cosas que no necesitamos son opciones válidas, se equivocan.  La cosa va más bien de buscar la manera de producir más en menos tiempo para poder mantener así nuestro consumo desenfrenado.

Salmones

En Estados Unidos, la autoridad que regula el consumo de alimentos y medicamentos ha aprobado la venta de salmón que ha sido modificado genéticamente para que pueda crecer en la mitad de tiempo que un salmón normal.

Es el primer animal transgénico que se va a vender como comida  y quien lo consuma no va a poder saberlo porque no es obligatorio identificarlo. Las autoridades no ven necesario dar esta información porque dicen que es absolutamente seguro pero a mí me gustaría tener, al menos, la posibilidad de saber lo que como y de elegir si quiero comerlo o no.

Dicen también que no hay que preocuparse por la posible transferencia genética entre estos peces con los genes cambiados y los salmones de toda la vida porque los van a criar en tierra, en unos tanques con “una serie de barreras físicas múltiples y redundantes para evitar que los huevos y los peces se escapen”. No sé bien qué significa esto pero deben ser muy peligrosos estos súper salmones y sus huevos porque en la noticia hablan también de perros vigilando los tanques y alambres de espino rodeándolos.

Si este primer paso funciona y da beneficios económicos, como parece que va a ser, el consumo de animales modificados genéticamente es una vía rápida para cubrir una demanda imparable pero también es el camino que nos lleva justo al lado contrario al que tenemos que ir.

 

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