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Archive for the ‘Educación’ Category

Andaba pensando si la hiper-conexión que nos abraza supone realmente un agente paralizante; si la ingente cantidad de datos que nos abrasa deriva al cabo en desinterés o, peor, erosiona la capacidad humana de separar la paja del grano, de desperezarse.

Sin embargo, puede que este pensamiento obedezca a un error de percepción, y que todo siga siendo tal cual siempre ha sido. Que, pese a todo, las semillas siguen germinando, que quien tiene algo que hacer, lo hace. Es posible.

En todo caso, es bueno procurar rodearse de gente con cosas que hacer. Como es el caso de la persona que ha esbozado, imaginado y azuzado la creación de muchas cosas parecidas a lo que ves en la foto bajo estas líneas; y desinteresadamente, podríamos añadir; pero no es así, siempre hay un interés; cómo si no gastas horas y energía en proyectos comunitarios, como el que nos ocupa. Lo que pasa es que el interés, por fortuna, trasciende lo pecuniario, y eso nos salva, nos redime, nos completa.

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Las ideas de Rubén tienen la virtud de hacerse realidad

En fin, que llevo tiempo (años) siguiendo a pies juntillas a un tipo —el presidente de la AMPA del cole de mis hijos— capaz de sobreponerse a la hiperconexión que nos abraza, a la ingente cantidad de datos que nos abrasa, con algo que hacer. Y aprendo, admiro y también observo cómo en derredor emerge más gente así.

Y concluyo entonces que sí, que mi pensamiento inicial obedecía a un error de percepción. Que las semillas no cesan de germinar por doquier. E, interesadamente, eso me salva, me redime, me completa.

 

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Aquí, una semilla germinada

Nota: estas líneas han sido espoleadas por el proyecto El Bosquecito.

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Tengo la suerte de no estar rodeada de padres semejantes a los que el otro día dieron un vergonzoso espectáculo en el campo de fútbol en el que jugaban sus hijos en Palma de Mallorca, o el que protagonizaron poco antes otros energúmenos parecidos en Gran Canaria. Me consta que no es la tónica general. De hecho conozco a no pocos progenitores de niños que practican fútbol u otros deportes que tratan, por todos los medios, de inculcar a sus hijos los valores que se suponen en cualquier juego de este tipo, máxime si es un deporte de equipo: respeto, compañerismo, justicia…

Pero lamentablemente este tipo de situaciones bochornosas se repiten con demasiada frecuencia en muchos campos de fútbol a los que los niños debieran ir a pasar un rato agradable, a practicar deporte, a estar con sus amigos y, por encima de todo, a disfrutar, no a convertirse en el objeto de las iras de padres frustrados que pretenden que sus hijos sean Messi, Cristiano Ronaldo o cualquier otro astro del fútbol.

No puedo evitar ponerme en el lugar del niño o joven que presencia como su padre la emprende a puñetazos y patadas con otro por un partido, en la vergüenza que debe pasar, en lo que debe costarle volver, en el caso de que vuelva, a reunirse con sus compañeros sin pasar un mal rato. Y todo porque unos descerebrados no son capaces de ver el daño que su conducta genera a sus hijos, que cuando crezcan tienen muchas papeletas para convertirse en violentos jugadores o aficionados. Para eso, como bien dice Aarón Gómez y compañía en este vídeo, si eres de esos padres: deja al pibe, hombre.

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Cartel del "Día internacional de la mujer y la niña en la ciencia". Crédito: María del Álamo Ortega @marialamortHay que ver lo complicado que es a veces ser feminista… Más que nada porque los “ismos” siempre me han dado yuyu. Así que cuando aprendí que el feminismo no es un “ismo” sino un reto por alcanzar la igualdad, ya era toda una señora (fetén, pero señora). Quiero decir que no he sido una joven activista incendiaria en temas de feminismo. Si lo hubiese sabido antes, si lo hubiese percibido antes, quién sabe. Pero ahora sí que me doy cuenta de muchas cosas. Y no es por la madurez, sino por la información.

Quienes me conocen saben de mi amor por la ciencia y, más que por la ciencia, por la búsqueda de un pensamiento crítico que nos haga tomar nuestras decisiones de la forma más autónoma posible. Así que, cuando empecé a ver informes, estudios y artículos científicos donde se analizaban las cifras, me quedé patitiesa. ¿Por qué seguía habiendo muchas mujeres brillantes en los escalafones de formación y pocas en los de dirección y toma de decisiones? Ya éramos conscientes de esto hace años y pensábamos que era cuestión de tiempo. Pero no. Ahí siguen los números. Mujeres brillantes en ciencias que son menos valoradas, peor puntuadas e invisibilizadas. Mujeres brillantes que están a la altura de sus compañeros y, sin embargo, siguen estando un escalón (o muchos) por debajo a la hora de, por ejemplo, elegir nombres para altos cargos o para premios.

Y lo peor es que nosotras mismas empezamos, desde muy pequeñas, a pensar que lo nuestro no son las ciencias, que no podemos ser tan brillantes como nuestros compañeros. No es que lo pensemos de forma consciente: es un sesgo (esta palabra me trae por la calle de la amargura, me paso el día preguntándome cuáles serán los míos…).

Así que, mientras seguimos estudiando y analizando dónde está el origen de estas desigualdades para intentar corregirlas, se hacen cosas como celebrar el “Día internacional de la mujer y la niña en la ciencia“. Les recomiendo que visiten la página porque van a encontrar materiales de todo tipo, ya sean profes (hay biografías de grandes científicas para usarlas como material en el aula), alumnos (mujeres de la ciencia han enviado vídeos cortos que están en youtube donde cuentan, entre otras cosas, por qué les gusta lo que hacen) o ávidos lectores, como yo. Lean la sección “Mujer y ciencia“. La información es apabullante y da mucho que pensar y, si aún no conocían los datos, les aseguro que les van a impresionar.

Como he dicho en tuiter, “Hoy es el ‘Día de la mujer y la niña en la ciencia’. Hoy es un gran día. Hagamos que todos los días sean grandes”. 😉

 

P.D.: En la web de Naukas se están recopilando posts relacionados con mujeres y ciencia. ¡No se los pierdan que hay historias de ciencia maravillosas!

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Internet y, en concreto, los medios digitales se han convertido en una fuente inagotable de consejos con los que o alcanzas la felicidad total o te hundes en el más hondo de los pozos si ves que no te ajustas a los parámetros por lo que se debe regir una vida plena.

Parece increíble pero hay listas de cosas que se deben o no se deben hacer para absolutamente todo tipo de situaciones.

A veces leo esas listas por curiosidad pero también, lo reconozco, para saber si puedo considerarme una persona apta para vivir en esta sociedad moderna.

Algunas de esas listas que aparecen de forma recurrente en los medios nos ilustran sobre lo que debemos o no decirle a nuestros hijos si queremos evitar que sean unos desgraciados de por vida, unos debiluchos, unos seres sin autoestima o gente con nula capacidad de liderazgo.1aa2f7441c2e1e8ce1ae43bf58de9bfa_xl

Confieso aquí que soy una madre terrible porque de las diez frases que hay que evitar decir a los niños hay ocho que yo les suelto a mis hijos no a diario pero sí con frecuencia. No se crean que me hace gracia, me lleva a cuestionarme mucho mis aptitudes maternales y llego a preguntarme si no estaré ejerciendo una especie de maltrato motivacional, una autoridad desmesurada sobre esos pobres niños.

Recomiendan ahí que nunca les digas “me tienes harta”. Yo jamás lo hago pero solo porque lo sustituyo por un “me tienen hasta el gorro”, el ya clásico “estoy hasta el moño” o “hasta aquí me tienes hoy”, al tiempo que coloco mi mano un palmo por encima de mi cabeza.

Tampoco hay que decirles “me vas a volver loca” o “porque lo digo yo y punto” porque eso puede tener “un impacto negativo en nuestra relación”, además de generarles “gran ansiedad”. Mira, un impacto negativo es que alguien, en este caso menor de edad y poco preparado para saber lo que le conviene, insista cien veces en los mismos argumentos para ver si consigue lo que quiere. Cuando ya se le han dado varias respuestas más o menos amables y razonadas y se entra en un bucle sin fin creo que es más que adecuado espetar esas y otras expresiones, acompañadas mentalmente, si procede, de un “no te fastidia el monicaco este…”.

“Eres un vago” (a mí me gusta más usar gandul/a) es otra de las frases a evitar porque también “daña la relación paterno-filial” y “provoca en los jóvenes frustración y desinterés”. Vamos a ver, ¿y la visión continuada de ropa, juguetes, libros, tirados por la casa, la existencia de un mini ser echado viendo la tele mientras su cuarto se cae a pedazos… no daña la relación y la convivencia? ¿Acaso no genera frustración? A mí, muchísima.

En fin, no voy a relatar aquí todas y cada una de las (ahora, gracias a las listas, lo sé) barbaridades que digo cuando me canso de ser políticamente correcta. Valgan estas como ejemplo y agradézcanme que les ahorre más detalles. Solo añadiré como anécdota que hace unos días les pregunté por un ejemplo de gran depredador y uno de ellos respondió: “tú, cuando te enfadas”.

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Es navidad y a lo mejor yo debería escribir hoy algo sobre eso pero de verdad que no me apetece y, total, no voy a aportar nada a la sobresaturación actual. Por eso rescato una de mis muchas pruebas para este blog, una que siempre acaba en el cesto de los veremos y que hoy sí voy a utilizar.

Como mujer que soy, desde que traspasé el umbral de la niñez (ejem) he estado presionada. Muy presionada por el entorno pero también presionada por mí. Nunca, y digo nunca, he estado lo suficientemente delgada como para sentir que estaba bien. Me ha costado años entender que mi cuerpo no era igual que el de las chicas a las que cualquier cosa les encajaba como un guante.

Lo peor es que no he tenido motivos para quejarme porque no tuve problemas de salud y porque siempre entré en una talla que podía considerarse adecuada a mi estatura. ¿Cuál era el problema entonces? que no era flaca, no tan flaca como las que anuncian cosas, no tan flaca como las que triunfan, no tan flaca como las populares. Es más, sospecho que una mujer nunca está lo suficientemente flaca para la masa social.

Tengo que decir que, afortunadamente, hoy me resbala todo eso pero pasé una adolescencia y años posteriores en los que, por poner un ejemplo, odiaba ir a la playa. Hoy siento haber perdido tanto tiempo con esas boberías pero supongo que tenía que pasar por muchas experiencias para que eso cambiara.

Si en aquellos años, los noventa, fue difícil, hoy con el bombardeo social y mediático multiplicado por mil, me imagino que será una pesadilla para muchísimas chicas. Digo chicas porque la presión no es igual para todos.

Basta con poner en Google las palabras “más delgada” y “más delgado”. Si lo ponemos en femenino, nos saldrán todo tipo de trucos para que las mujeres adelgacen, además de noticias relacionadas con actrices, cantantes, presentadoras de televisión, etc, que han perdido peso. Noticias en las que lo importante son sus kilos y no lo que hayan hecho profesionalmente. Si lo escribimos en masculino, veremos informaciones sobre todo tipo de aparatos tecnológicos, los más delgados del mercado. La sección de imágenes en el buscador es también bastante esclarecedora. Me sirven como muestra las dos fotos que ilustran este texto.

Que conste que este bucle histérico en el que todos entramos porque es casi imposible ignorarlo, en el que nos venden una pizzamburguesa con nachos y salsa de queso, seguida de un producto para adelgazar, sin esfuerzo, mientras dormimos, es lo que nos hemos buscado y es lo que hemos permitido. Es lo que les estamos haciendo a todas las que están creciendo más preocupadas por la talla de sus pantalones que por la de su autoestima.

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Nunca es tarde para pedir perdón… Y nunca es tarde para aprender cómo pedirlo. Sí, incluso algo así se puede hacer bien o mal y se puede aprender. Existen determinados elementos que no deben faltar en una disculpa para que sea efectiva y para, por tanto, tener mayor probabilidad de conseguir ser indultado. Ahora sabemos que pronunciar la palabra “perdón” no sólo no basta, sino que es el menos relevante.

Por más que nos esforcemos en evitarlo, todos nos equivocamos alguna vez y todos podemos hacer daño, ¿verdad? Una gestión emocional madura exige, primero, que seamos capaces de reconocerlo y, después, que pidamos disculpas a los afectados por nuestra metedura de pata (dando por descontado el procurar que no vuelva a suceder).

Según un estudio reciente de la Universidad de Ohio, son seis los elementos que no deben faltar en una disculpa eficaz:

  1. expresión de pesar.
  2. explicación de lo que sucedió.
  3. reconocimiento de la responsabilidad.
  4. expresión de remordimiento.
  5. ofrecer reparaciones a la falta.
  6. pedir perdón.

Los puntos 3 y 5 fueron los más importantes para la gran mayoría de los 755 participantes en el estudio. El 6, sin embargo, pedir perdón, el de menor importancia. Tomemos nota y no nos limitemos a un mero “lo siento”.

Por otro lado, pensemos en la posición del afectado. Perdonar no es en absoluto un acto de debilidad, ni quitar importancia a lo que pueda tenerla. Es ponernos en el lugar del otro sabiendo que todos fallamos y reconocer la necesidad de la otra persona de recibir aceptación y confianza a pesar de lo que haya hecho. Supone también desterrar sentimientos negativos (rencor, ira, amargura, rabia, ansiedad…) que alargan el conflicto y dañan la relación entre las dos personas. Además, esos sentimientos negativos pueden conducir a una mayor infelicidad que la inicialmente provocada por el sujeto”pecador”.

Si bien este estudio no lo incluía, podemos añadir que siempre es mejor que esa disculpa (y también ese perdón) sea en persona y no por escrito. Y, como nos enseñaron de niños, aún mejor si se termina con un fuerte apretón de manos o un abrazo sincero.

 

 

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El primer recuerdo de mi infancia es, creo, de cuando aprendí a montar en bicicleta en la plaza de la Basílica, en Candelaria. Me costó poco aprender, como poco me costó atropellar a los primeros que se pusieron por delante. Una hilera de creyentes que se disponía a visitar a la Virgen se interpuso en mi recto camino (el primer día de aprendizaje no hay otro camino que no sea recto) y opté por embestir. Ahí quizás nacieron mis fricciones con la Iglesia, que aun hoy perduran.

Mi infancia estuvo marcada por la introversión y la timidez. Yo lo que quería era pasar desapercibido, no llamar la atención. Eso es de lo poco que recuerdo, porque en realidad mis recuerdos son destellos. Sé que tenía un gran amigo, Dani, con el que crecí y aprendí hasta que la vida se lo llevó antes de cumplir los 30. Prácticamente nos criamos mano a mano, él siempre un paso por delante, con esa inteligencia natural suya.

Fue una buena generación esa del 83 en el Colegio de Igueste. Solo por Dani y Sheila ya podría justificarse el haber construido ese centro. Si sería buena, que en Octavo de EGB (sí, éramos de la EGB), tanto él como ella no asistían a clases de matemáticas, sino que se dedicaban a llevar las cuentas del viaje de fin de curso. Sheila era, y es, la inteligencia caótica y creativa, explosiva, emocional, bordeando la locura pero con la suficiente cordura para mantener un pie fuera de las farmacias. Dani era igual de brillante pero discreto, el Steve Jobs de Barranco Hondo. Él nació sabiendo y murió explicándoles a los médicos por qué se iba.

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Su capacidad de deducción le llevó a concluir que los Reyes no existían, cosa que tuvo a bien en compartir conmigo. “Pero, ¿cómo lo has sabido?”, le pregunté. “Porque el bajo de la escalera está lleno de juguetes”, dijo. Su razonamiento era impecable, como siempre.

Con él, aparte de ir al colegio, fui a clases de natación y de tenis, vivimos nochebuenas y nocheviejas, reyes, vacaciones y fiestas hasta el amanecer. Fue tan inteligente hasta para dejarme ganar en los deportes. Lo único que le hacía perder se capacidad de raciocinio eran las peleas con su hermano, que lo sacaba de quicio hasta que conseguía que lo castigaran; cuando no lo conseguía yo al reventarle la lavadora a la madre de un balonazo imparable, porque como portero sí que era malo.

En realidad mi infancia se resume en todo lo que hice con Dani. Incluso, ahora caigo, mi primer recuerdo es de él: el primer día de preescolar, esperando en el portal con forma de arco de la clase a que llegara nuestra maestra, Dulce. Ese día nació una amistad que el paso del tiempo diluyó porque la vida es así, te separa hasta de los que más quieres. Y te das cuenta de eso cuando un día te despiertan de la siesta para decirte que Dani se ha ido, que ya se ha acabado todo, su sufrimiento y también nuestra esperanza.

Aquel día que aprendí a montar en bici empecé a intuir que dios no existía.

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