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Archive for the ‘Dudas telegráficas’ Category

‘Cambia, todo cambia’, le decía a una amiga hace unos días, añadiendo que es la única manera de discernir lo que permanece (como los afectos que nos profesamos). La sentencia de marras me la había traído a las sienes el así titulado himno del acervo musical latinoamericano.

Pocas cosas más ambiguas que las palabras que terminan aisladas en frases hechas, pues siempre se hallará otra que la contraríe con igual presteza. Pero todas, seguro, tienen un poso de verdad. Y ésta, la de que todo cambia, lo tiene. Que se lo digan a la turba de charlatanes que se valen de ella para vivir a cuenta de quienes la vida, su vida, su entorno (llámalo crisis) se les ha trastocado en su discurrir vital. Desde su grupa gritan, los charlatanes, que cualquiera puede ser astronauta, milmillonario o conductor de masas, que sólo hay que creerlo. Ja. Luego pasan el cepillo sin que se note.

Sin embargo, es así, al menos a veces es así. “Cambia el rumbo el caminante / aunque esto le cause daño / y así como todo cambia / que yo cambie no es extraño”, me retumba de vez en cuando Mercedes Sosa en el espíritu.

Ahora me da por pensar que cambiar acaso sea condición necesaria para querer, apreciar, amar. Y quien no lo hace, quien es incapaz de querer, de apreciar, de amar, quizá es que no ha podido cambiar lo suficiente. Ay.

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A veces hay calima en agosto, y no me gusta.

A veces hay calima en agosto, y no me gusta.

Me gustan: las tardes del verano, la brisa, el mar al fondo.
No me gustan: los pinos quemados, el olor a ceniza.

Me gusta: comer camarones y beber cervezas heladas.
No me gusta: el miedo constante, la criminalización indiscriminada, las culpas.

Me gusta: ver documentales sobre alimentos.
No me gusta: la calima.

Me gusta: emocionarme con deportistas desconocidos que dan todo en los Juegos Olímpicos
No me gusta: Messi, Ronaldo, el Madrid, el Barça.

Me gusta: que ya estés de vacaciones.
No me gusta: no dormir a tu lado.

Me gusta: la pasión que pone Murakami, incluso para escribir.
No me gusta: Sálvame de Luxe, los gritos, las elecciones repetidas.

Me gusta: que llevemos sólo quince días de agosto.
No me gusta: que hayan pasado ya quince días de agosto.

Pd.: Hace algunos años se me ocurrió esto de destacar a modo telegráfico cosas que percibo en agosto, cuando -quizás- estoy más desocupado. Aquí la la quinta entrega; y por si apetece ver qué más me gustó y me disgustó aquí está la primera, aquí la segunda, aquí la tercera, y aquí la cuarta.

¡Buen verano!

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Dijo que había salido a “cazar Pokemons”. Lo dijo así, como quien dice que había ido al supermercado o a dar un paseo el domingo por la mañana. En principio no entendí nada, porque yo sabía de los Pokemon o pokémones de hace muchos años atrás, de una serie de dibujos animados japoneses. Pero nada más. Y ahora ella decía, con total impunidad y sin licencia que se había iniciado el proceloso mundo de la cinegética virtual. Cazar. Por su modalidad de habla al principio incluso entendí que había salido a “casar” Pokemon, uno con otro, un Pokemon de cada género, o del mismo, porque ya se permitía en este país el matrimonio homosexual. Pero no, era cazar.

A la hora del almuerzo puse la tele y estaban las noticias. Y entonces lo entendí todo. La realidad virtual de los dibujos inundaba las calles y legiones de personas corrían a capturar imágenes en sus teléfonos.

Una adolescente con un piercing en su nariz y el pelo de colores había dicho, en ese informativo, casi como mi amiga, “gracias a la caza ahora salgo de casa”. Entendí que aquella adolescente pasaba las horas frente al teclado de su ordenador, en una habitación semi oscura, quizás con una alfombra y dos pósteres de Star Wars o de una japonesa dibujada con ojos de occidental, y que ahora, cuando aquel mundo de fantasía inundaba la calle ella podría incorporarse al mundo real, al menos para cazar ceros y unos en su terminal de teléfono móvil.

Recordé. El curso pasado había mandado a la calle a mis alumnos a buscar elementos creativos en las gárgolas de los edificios, en los parques, en los letreros de las tiendas, en los adoquines de las calles. Estuvieron un rato, pocos trajeron algo realmente sorprendente.

Hacía sol, un sol espléndido de julio. Corría brisa fresca del Alisio. Miré hacia las cumbres y eché de menos no estar allá arriba, por el Parque Nacional, porque allí, a la vista, entre las retamas, seguro que podría observar alcaudones, bisbitas, lagartos tizones, escarabajos pimelias, y un montón de especies más que no se dan en ninguna otra parte del mundo. O por la noche mirar hacia arriba y trazar líneas entre el cinturón de Orión y el resto de constelaciones.

Bajé la vista, a mi lado pasaron dos chicos enfocando con las cámaras de sus teléfonos, habían localizado a un bicho de esos inexistente en la realidad real y corrían plenos de alegría.

Todo al revés. Pensé.

Esto cacé yo.

Esto cacé yo.

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¿Qué es esto? ¿piedras rodeadas de césped? o ¿césped en el que hay piedras?

¿Ya es la hora? ¿son las seis? ¿no hay agua caliente? ¿qué le pasa al calentador? ¿preparo café? ¿tú recoges al niño? ¿dónde aparcaste anoche? ¿a qué hora saldrás? ¿llevas la comida?

¿Usted es creativo? ¿le gusta la política? ¿qué le pareció Interstellar? ¿se pasará Luke al lado oscuro? ¿quién ganará el debate? ¿a qué partido vas a votar?

¿Por qué has faltado a clase? ¿y tú trabajo? Profe, ¿cuándo nos dará la nota?

¿Qué le ponemos hoy? ¿sopa o potaje? ¿de menú? ¿tiene cambio?

Papá, ¿qué es un perroflauta? ¿y un asedio? ¿qué pasará si un meteorito cae sobre la tierra? ¿y si cae en el agua?

¿Esto, de qué se trata?

¿Me recomienda un libro? ¿tiene fuego? ¿me dejas 80 céntimos para un cortado? ¿a qué sala me ha dicho? ¿son numeradas? ¿quiere centro o pasillo?

¿Quién es ese? ¿por qué nos mira tan fijamente? ¿lo conoces?

¿Tiene que pagar a hacienda? ¿embarazada otra vez? ¿la dejó él? ¿o fue ella? ¿suspendiste? ¿lloverá mañana?

No sé, ¿quiere saber algo más?

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Y llega ese día en que no aguantas más. Y revientas.

Se te descompone el estómago y vas al retrete a dejar allí todo esto que te estaba haciendo daño, y apesta, y lo haces de manera brutal e improvisada, en medio de un dolor y un placer, de un odio y un te quiero. Te quedas allí por un rato sin saber qué hacer: seguro que no es por la comida ni por el café, ni por nada. Tú sabes bien por qué esta diarrea repentina y estruendosa.

O te da por llorar, y no puedes ni siquiera mirar la televisión cuando llegas a casa e ignoras quien está allí, ni la mujer ni el hijo, ni la planta que pide agua a gritos sordos, ni los libros por leer, ni la comida por hacer, ni la ropa por lavar. Te quedas aplastado en el sillón y abres la vía del llanto. Se desbordan todas las represas y lloras y lloras hasta que no queda ni una lágrima más. El nudo en el estómago apretando fuerte. Y entre pañuelo y pañuelo, entre moco y sollozo no encuentras la maldita razón de tanta lágrima.

O, en el peor de los casos, arramblas con todo o con todos los que están por allí. Levantas la voz al grito, golpeas la mesa, amenazas a todo bicho viviente y atacas brutalmente todo lo que pasa por tu lado. Sin tino, sin justificación, sin orden. Y tú mismo sabes que todo esto no tienen sentido, y que incluso detestas esos gritos, y esa actitud beligerante, y piensas, como en las situaciones anteriores por qué se produce esta mierda. Y no sabes. O sí.

Y mañana, como tras una catarsis, a empezar de nuevo, a empezar a llenar (o a que te lo llenen) el vaso de nuevo. Gota a gota.

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Si no me hubiera afeitado aquel día, si hubiera hecho caso omiso a aquel comentario sobre la pelusilla que cubría mi labio superior no estaría esclavizado ahora cada cierto tiempo con la hojilla y la espuma.

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Si no hubiera visto todas esas páginas…

Si no hubiera abierto la primera página de aquel primer libro, si no hubiera descubierto que detrás de aquellas y de otras miles de tapas de cartón se escondían cascadas y mareas, cielos borrascosos y azules sin fin, gente mala de verdad y buena de verdad, amores y odios, historias y cuentos sin fin… ahora no sería un soñador que relaciona palabras y gestos con personajes ficticios, y encuentra parecidos razonables con personas y bestias o con bestias y personas.

Si no hubiera probado el sabor dulce de la miel, el amargo de las almendras, el salado del marisco recién cogido, aún palpitando de olas y espumas, el agrio de los limones del patio de mis abuelos -o de un poema de Machado en su infancia de Sevilla- ahora no estaría todo el día pensando que el placer tiene nombre de comida y que si uno no sabe diferenciar entre lo apetecible y lo desagradable no sabe diferenciar entre lo bueno y lo malo.

Si no hubiera visto el Entierro del Conde de Orgaz en Toledo, o aquellos girasoles en Londres, o las sombras tenebrosas del Guernica en Madrid, ahora no sabría qué sensaciones se pueden desbordar cuando uno cruza el pasillo de un museo y es capaz de admirar cuánta vida acumulada puede haber en un cuadro sin vida.

Si no hubiera hecho todo esto no sería quien soy ahora. Sería otro, ni mejor ni peor, otro no mas.

Y, sinceramente, no me apetecería nada conocerlo.

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ejemplo_errorEl uso de ansiolíticos me da grima. En alguna ocasión he tomado, bajo prescripción facultativa, y la reacción consciente a sus efectos fue alarmante (a mi criterio, claro). Por supuesto entiendo que la administración de este tipo de medicamentos puede estar clínicamente argumentada y justificada. Líbreme cualquier dios de cuestionar las decisiones de los médicos. No obstante, soy libre de sentirme “grimoso” del uso de este tipo de fármacos, y de los efectos que pueden generar a personas cuya necesidad no se determine “imprescindible”.
Esta mañana he leído que la niña Asunta Basterra había consumido 27 píldoras de Lorazepam el día de su muerte. En enero de 2014 ya mostré mi indignación aquí y ahora me indigno más aún. Veo a los padres de la niña en la televisión, con los ojos encharcados en lágrimas y me pregunto qué pasará o qué pasó por sus cabezas cuando decidieron obtener en una farmacia unos medicamentos altamente peligrosos, con receta o cualquiera sabe cómo, e introducir en la comida de esta pequeña no una, sino 27 de esas pastillitas demoníacas.ejemplo_error

Asunta era una niña oriental, supongo que adoptada a través de un programa internacional, esto no lo sé. ¿Por qué alguien puede llevar a cabo un despropósito de este calibre? Los padres de Asunta quisieron optar a una paternidad voluntariamente, fueron a su país de origen, tramitaron un expediente, la sacaron de su entorno (más o menos hostil) la trajeron a España, le enseñaron una lengua, a pensar y actuar en esta sociedad, la hicieron hija. Era su hija, y también la nieta de unos abuelos, la amiga de unas amigas, la alumna de unos profesores, la vecinita de unos vecinos ¿en qué momento y por qué se arrepintieron de ello? ¿cuál fue la solución que encontraron a ese arrepentimiento?

ejemplo_errorY si la solución fue administrarle 27 ansiolíticos ¿qué merecen estas personas?

Llegado a este punto en mi cabeza sólo sale un mensaje de error. Una y otra vez.

 

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